Manipulación criminal

Crear una atmósfera de desorden, transformar a sus víctimas en clientela política

 

De la criminalidad organizada de tipo mafioso sabemos mucho más de lo que comprendemos (se trata de una de las tesis más relevantes de Diego Gambetta, Fragments of an economic theory of the mafia, European Journal of Sociology, 1988). Veamos qué podemos sacar en claro de una teoría del poder –argentina, pero con terminaciones globales– atravesada por una racionalidad mafiosa, de cuyas acciones sabemos mucho, pues se despliegan ante nuestros ojos, pero que no comprendemos en una de las claves que corresponde.

En la Argentina hay actores que trabajan profusamente para construir –de nuevo– una idea de desorden. Lo dicen con estas palabras: “En un país con esta […] descomposición social, donde nadie cumple las reglas y nadie se las hace cumplir, es imposible salir adelante. Si no confiamos en la ley, y el propio Estado tampoco lo hace, entonces todo se transforma en la ley de la selva, la ley del más fuerte”. Sigue luego la amenaza que se despliega sobre el cuerpo del país: “Paremos con esto. Recuperemos el respeto por la ley”.

En la concepción mafiosa, aquellos que son capaces de ejercer la violencia –y el miedo–, de dominarla, refinarla y convertirla en un método confiable de poder –esto es, de orden– integran una élite. Los mafiosos se autoperciben (son) fuertes. Más allá de los límites de esa “fortaleza” se encuentran los débiles (i molluschi, como dijo alguna vez Luciano Liggio, mafioso siciliano, de Corleone, ligado a Cosa Nostra y uno de los mayores imputados del maxi proceso de Palermo de 1986-1987). El primer recurso de las mafias es el uso activo y sistemático de la violencia y los mafiosos son “los más feroces”, aquellos que “en el orden de la selva” despliegan “funciones de control represivo” (Paolo Ricci, Le origini della camorra, Sintesi, 1989). De otro modo: para las mafias la violencia es un factor ordenador y de regulación social. Dentro de esa atmósfera funciona la figura del homicidio. El homicidio mafioso –que se conoce como vendetta– no es autopercibido como delito, sino como gesto cuya finalidad es reconstituir un orden que se pretende alterado o suspendido: el orden que la racionalidad mafiosa quiere articular. Un atentado mafioso además no suele dejar rastros (de los mandantes; los ejecutores pueden ser sacrificados). De esto desciende que si se quiere crear la sensación de desorden magno para restaurar un orden de índole mafiosa, ¿qué mejor cosa que conmover la existencia en común con un hecho político de la más destacable magnitud? Un magnifemicidio (así lo calificó Dora Barrancos). Dicho de otro modo: en la Argentina asistimos a la acción de actores concurrentes que están tratando de instalar esta idea: el país se encuentra gobernado por un Frente tan incapaz que no logra preservar siquiera a su integrante más conspicua. Equivale la instalación de esa idea con la de un estado de desorden que como tal reclama su intervención.

La escena del atentado político a la Vicepresidenta –y no “Cristina”, pues trocar una investidura del más alto rango democrático por el nombre de pila se corresponde con un mecanismo cognitivo: rebajar el dramatismo inherente a un hecho desmesurado– responde a una lógica ancestral de las mafias: crear desorden –estimulando “el orden de la selva”– a cambio de la promesa de orden sobre la base de un ofrecimiento de protección. Y la protección implica cobrar un tributo al sujeto que, creando desorden, se postula como garante de orden. El “precio de la paz” en el caso de la Argentina pesa sobre toda la sociedad nacional y se lo pretende cobrar a través de una elección política con viso democrático. Aquí está el secreto de la inteligencia criminal: activar el mecanismo violencia/organización dentro de las formas de la convivencia democrática. La actividad específica de la empresa mafiosa es la venta de protección privada sobre la base de un conflicto generado dentro del Estado para dominar el Estado (o algunos de sus sectores). Estamos ante la simpleza de un mecanismo paradójicamente complejo, que transforma la protección en confianza y a sus víctimas (potencialmente una sociedad entera) en clientela política. Es la industria de la violencia. Funciona inyectando en el mercado o en la sociedad dosis calculadas de desconfianza-oferta (desorden) y venta monopólica de confianza (orden). El precio se conoce como pizzo (de pizzicare: pellizcar, la parte de un todo sobre la que se interviene) que en la Argentina se pretende recaudar como tributo electoral (Marc Monnier, La camorra. Notizie storiche raccolte e documentate, 1863).

Esta lógica no es nueva. Ya fue desplegada con la fórmula de la “pesada herencia”. Ese concepto –repetido hasta el hartazgo por actores políticos cambiemitas y la prensa confusional y caotizadora de intoxicación– se impuso a una identidad política para transformarla en una cueva de ladrones transgresores de las leyes. Ahora, de nuevo, con el atentado político a la Vicepresidenta se crea una atmósfera de desorden nacional, atacando el corazón latente de la emancipación. Con ese acto se quiere enfrentar a la mayor porción posible de la sociedad argentina –clases medias (encandiladas por élites depredadoras) y a amplios segmentos de las clases bajas (fragmentadas entre sectores integrados y marginales, que están por debajo de la línea de indigencia)– con la emancipación, instalada como factor de desorden, o como un orden incompetente.

Quieren volver y para hacerlo deben destruir. Piensan así. Y empalman la racionalidad mafiosa con la acción fascista. Se trata de una manipulación criminal (ma-cri, por su sigla) de alta intensidad, que convoca a actores concurrentes: segmentos del Poder Judicial, actores económicos que activan un fenómeno inflacionario por oferta, escuadrones policiales, los good fellows de siempre y una estructura de ejecutores tan bien tabicada, e ideológicamente fluida, que parece ininvestigable (aunque es posible), simpáticamente adjetivados “copitos”, escoltados por el sinuoso acompañamiento de la prensa, desde revistas universitarias presuntamente autónomas hasta un nuevo medio –LaNueva+flia– que destacó: “Lo que se ha presentado como un intento de magnicidio y que seis de cada diez creen en un montaje inventado”, como si no se supiera que lo que se pretende medir (con la encuesta) crea lo encuestado.

Esta manipulación criminal de alta intensidad tiene una terminación nerviosa en la persecución al movimiento estudiantil (y a sus familias) que ejerce el derecho de toma de sus colegios como forma de protesta –y que reclama un diálogo– ante los descalabros de la Giorgia Meloni porteña. En el corazón de sus reivindicaciones laten tres consignas mínimas y del más profundo vitalismo: viandas de calidad, edificios seguros (pues la escuela es el cuarto propio que concierne a la temporalidad de lo común), reactividad respecto de la servidumbre enmascarada de “prácticas laborales obligatorias”. Sobre esta otra vertiente de la emancipación se despliega otra declinación de la expectativa de violencia represiva y del desorden para luego recrear una idea de orden. Esa expectativa responde a un doble poder inconfesable.

Sin embargo, la Argentina que expresa grandes luchas para regenerar espacios de emancipación sigue ahí: con la gran vestimenta revolucionaria de su juventud que nos invita a colaborar de nuevo en la obra de libertad que siempre inicia.

 

 

 

 

 

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