el aleteo de la mariposa

Incidencia en las elecciones de la sustitución de importaciones y los votantes independientes

 

Las proyecciones del importante consultor electoral demócrata David Shor, sobre la performance electoral del partido del POTUS Joe Biden sugieren un reinado indiscutible de los republicanos de aquí a una década.

Son innegables las repercusiones del intríngulis norteamericano para la economía mundial. Se verifique o no la primacía republicana, la vuelta a cierta normalidad del comercio exterior planetario, sin los obstáculos que les ha erigido el conflicto interno de los Estados Unidos con sus multinacionales para que frenen la tendencia a desinvertir adentro para invertir afuera en la zonas de bajos salarios –que en la superficie se manifiesta como una disputa geopolítica con China– va a tomar un largo tiempo para encarrilarse. Esta vuelta al protagonismo de las aduanas certifica que los heraldos de la salida exportadora argentina no las tienen todas consigo.

Para la cosecha argentina, de las ideas de Shor también se infiere que las idiosincráticas movilizaciones a la Plaza de Mayo no deben inhibir la reflexión acerca de su rentabilidad política, enmarcada en la conquista del electorado independiente (que explica un cuarto de los votos), que está para cualquiera y que, en definitiva, decide la elección.

 

 

Andar en Shor

Shor, que orilla los 30 años, es un marxista de la elite universitaria, según lo afirmado en una larga entrevista publicada en la sección Intelligencer de la New York Magazine (17/07/2020) en la que se analizan distintos aspectos de su criatura conceptual: la teoría unificada de la política norteamericana. Su carrera como encuestador despuntó en 2008 –a los 16 cumplidos– con un modelo aplicado a la elección de ese año que presentó en su blog, el cual dio buenos resultados. En 2012 fue uno de los responsables de la campaña por la reelección de Barack Obama, haciendo un informe cotidiano que trazaba las acciones a desplegar para el electorado. La parábola de un twitt hizo a Shor la estrella demócrata de la ciencia de datos. El asesinato del morocho George Floyd por la policía de raza blanca desató muchos disturbios. Shor twitteó a sus pocos seguidores de entonces: “Los disturbios raciales posteriores al asesinato de MLK (Martin Luther King) redujeron la participación de los demócratas en los condados circundantes en un 2%, lo que fue suficiente para inclinar las elecciones de 1968 hacia Nixon”. Las protestas no violentas, subrayó, tendían a ayudar electoralmente a los demócratas. La consultora con fama de progresista en la que trabajaba lo echó a causa de la indignación que produjo ese twitt, centrada en el reproche de querer ahogar legítimas reivindicaciones con una estrategia electoral.

Como el hecho lo puso en primer plano, fundó una consultora, consiguió otros contratos y actualmente hay un “culto a Shor”, según el sitio Politico, en el que se informa que el enfant terrible de la ciencia de datos tiene “una audiencia en la Casa Blanca y es uno de los analistas de datos más solicitados en el país”. Hoy les marca la cancha a los demócratas, a los que le dice lo que no quieren escuchar, de acuerdo a lo que subraya una nota sobre él en el New York Times (08/10/2021).

Desde 2019 a la fecha Shor ha estado construyendo un modelo que bautizó “simulador de potencia”, con el que intenta predecir los resultados de las elecciones ejecutivas y legislativas entre hoy y 2032.

A consecuencia del asentamiento territorial del padrón que tiende a sobre-representar el interior rural despoblado republicano y la mala respuesta demócrata a esa realidad, Shor y su modelo predicen que si los demócratas del Senado no cambian de estrategia, podrían ganar el 51% ciento de los votos bipartidistas en las próximas dos elecciones y terminar con sólo 43 escaños en el Senado. Hoy hay 50 senadores demócratas y 50 republicanos, o sea: están empatados, pero hay dos de esos senadores demócratas que le están haciendo la vida muy difícil a Biden. El rey y la reina de la mala leche son Joe Manchin de Virginia Occidental (se financia desde el sector carbonífero, donde tiene intereses personales) y Kyrsten Sinema de Arizona (una de los principales receptoras de grandes donaciones farmacéuticas). Uno le hundió el plan verde; la otra, la ley para abaratar los medicamentos, cuyos precios son, en promedio, dos veces y media más altos que en otros países desarrollados. Ambos sumaron sus votos a la unánime oposición de los 50 senadores republicanos.

Pese al marcado pesimismo que trasunta Shor, la variante en la campaña electoral que propugna el analista de datos matemáticos para evitar este desastre electoral demócrata proyectado es centrarse en ganar estados que se inclinan por los republicanos. Al respecto, el New York Times consigna –haciéndose eco de las ideas de Shor– que los demócratas, “para hacer eso, necesitan internalizar que no son como los votantes que necesitan para ganar y no los entienden. Los votantes que pueden ir al coleto demócrata en estos estados no son liberales, no son lúcidos y no ven el mundo de la forma en que lo ven las personas que trabajan y donan a las campañas demócratas”. Los números expresan que los demócratas ganan más votantes blancos con educación universitaria y menos votantes blancos no universitarios. El contacto con los votantes de la clase trabajadora de todas las razas que necesitaba para ganar las elecciones no es el adecuado. Los votantes con educación universitaria se agrupan en las ciudades y sus alrededores, mientras que en las zonas rurales los votantes no son en su gran mayoría universitarios.

Para Shor parte de los escollos para llevar adelante la propuesta está en que “las personas que trabajan en campañas tienden a estar muy motivadas ideológicamente y, por lo tanto, son muy propensas a convencerse a sí mismas de hacer cosas estratégicamente tontas”, según dijo en el reportaje en la New York Magazine. Remacha la idea en el Times, diciendo que cree que el problema central del Partido Demócrata es que la gente que dirige y trabaja en él «es mucho más educada e ideológicamente de izquierda (liberal) y vive en ciudades, y en última instancia, nuestro grupo de candidatos refleja eso”. Frente a esta gran constelación de problemas, Shor advierte que “la forma más importante en que las personas con estudios superiores que siguen la política de cerca somos diferentes de todos los demás es que tenemos mucha más coherencia ideológica en nuestras opiniones. (En cambio) los votantes ‘moderados’ no tienen puntos de vista moderados, sólo ideológicamente inconsistentes (…) Entonces, esto significa que cada vez que abres la boca, tienes este complejo problema de optimización en el que lo que dices te gana algunos votantes y te pierde a otros votantes”.

Para los intereses argentinos, lo realmente importante es el mar de fondo que hay en la superficie de esta disputa agónica. La supervivencia política lleva a que ni demócratas ni republicanos tengan otro margen político que impulsar el Build Back Better (reconstruir mejor) o la alternativa previa de hacer a los Estados Unidos grande de nuevo, lo que conduce a la exacerbación del proteccionismo. Ninguno va a desinvertir en los Estados Unidos si la aduana le impide comercializar internamente lo que se fabricó extramuros localizando esa desinversión.

  

 

Plazas inherentes

Hasta donde llega nuestro conocimiento, nadie ha estudiado bajo cuáles circunstancias las convocatorias a la Plaza de Mayo (como las recientes) son o no políticamente rentables. Bastante ingenuo en sí, y más cuando un cuarto del electorado es independiente (o ideológicamente inconsistente, como dice Shor) y necesario para ganar una elección. Es para sopesar el impacto de las convocatorias de Perón a partir del triunfo del candidato a Vicepresidente Alberto Teisaire (abril de 1954, con una décimas más que la fórmula Perón-Perón de 1973). Don Juan, objetivamente, estaba estancado en cómo seguir gestionando el capitalismo argentino. Esos llamados a la Plaza eran casi como un ejercicio de violencia verbal para aplacar la frustración. Masas de sus partidarios deambulando irritadas por el centro de la Capital (en sí, una minoría electoral) no debiera ser muy tranquilizador para la mayoría. Un general retirado, sin medios, lo desalojó del gobierno al año posterior a esa hazaña en los comicios. El apoyo de la Iglesia fue decisivo, pero habilitado por esa base de errores políticos y falta de perspectiva económica. Shor diría: “No espantes a los independientes, ni tampoco a tus partidarios, faltando a la cita”. Pero lo que en ese análisis del matemático electoral está implícito es que la llave del convencimiento está en robustecer el mercado interno.

 

 

La Plaza es de las Abuelas y de “los años y de las Madres santas / que buscan a sus hijos y los seguirán buscando / Es parte de la historia / Es parte de la sangre”, canta León Gieco, y eso no está, ni puede estar, en discusión.

 

 

Bueno tenerlo presente por las posiciones pro-exportadoras, aunque cabe señalar que sus partidarios le están haciendo decir a sus objetores cosas que no dicen. El punto es que uno exporta para importar. En consecuencia, se lo quiera o se lo deplore en términos de porcentaje del producto bruto y no de valor absoluto, se va a exportar menos por efecto a largo plazo de la política de sustitución de importaciones. Declamar que pueden avanzar juntos ambos componentes contradictorios de los flujos del comercio exterior de un país o bien se trata de un razonamiento apurado en el que se confunden porcentajes del producto bruto con valores absolutos, o bien de una coartada discursiva para encubrir la total falta de interés en la sustitución de importaciones y así ilusionarse con no pagar costo político alguno. A las personas que animan estos debates rara vez le son ajenas cuestiones cuantitativas. Más que un yerro técnico en el que se mezcla porcentaje con valor absoluto, lo más probable es que intenten cobijarse en una engañifa.

La sustitución de importaciones no ha quedado omitida en este planteo pro-exportador, pero sí falseada. En verdad, a lo que se refiere cuando se habla de promover exportaciones es al ofertismo de favorecer mediante créditos, subsidios –y eventualmente protección aduanera– a la cadena de proveedores de los sectores considerados “dinámicos”. Eso significa consolidar lo existente en función, supuestamente, de mejorarlo. Si este es el propósito de máxima, es opuesto por definición a hacer aflorar lo que es necesario e inexistente. No se trata de un programa que contemple restablecer las industrias básicas en la Argentina, sino simplemente conseguir unos dólares con lo que hay. En la práctica, todo esto ha llevado a que se otorguen créditos o ventajas a empresas con el presunto objetivo de alcanzar estas metas, cuando no queda claro (más bien gris oscuro) que de verdad sean determinantes de alguna modificación significativa en sus proyectos.

El argumento pro-exportador se vuelve interesante como coartada de la explotación entre países y dentro de los países. La estratagema les calza como anillo al dedo a las naciones ricas, pues les permite comprar barato por los salarios bajos y vender caro por sus altos salarios. A muy determinados sectores (¡ah, cierto, dinámicos!) de las clases dirigentes y los empresarios vernáculos los favorece porque preservan su rentabilidad a través de los subsidios en medio de un ambiente de malaria y así pueden despreocuparse de tener que adecuar la economía para mejorar el bienestar de las clases trabajadoras, lo que perturbaría su condición privilegiada. Esto redunda a que se ciña la expansión de la economía argentina a la suerte de los sectores exportadores, que no puede coincidir nunca con las aspiraciones de desarrollar el país y elevar significativamente la calidad de vida de su población por el simple hecho de que se sigue manteniendo la condición de una economía cuyo subdesarrollo beneficia a los demás países mediante la transferencia del excedente por el intercambio desigual.

Todos los países desarrollados alcanzaron su estado actual protegiéndose para industrializarse, porque sencillamente mantener más industrias es ampliar la capacidad nacional de producir y, por ende, de consumir. Lo que sugiere el análisis de la situación electoral norteamericana es que el proteccionismo se va a volver más espeso. Es tradición que se aluda a las sutilezas de las conexiones sistémicas inescindibles con la figura del aletear de una mariposa, cuyos efectos se van encadenando hasta provocar un huracán en una geografía distante y remota. Por el tipo de sus contradicciones –en lugar de mariposas aleteando–, la relación entre la lucha de clases en los Estados Unidos, la estrategia del desarrollo argentino y la construcción de la coalición política que funge de condición necesaria para hacerlo posible evoca al legendario vuelo rasante de un gigantesco y no menos legendario pájaro UyUyUy. La Argentina no está para las sutilezas de las pobres mariposas.

 

 

 

 

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