MÁS ALLÁ DE LA SEGUNDA VUELTA

Los resultados del ballotage en Brasil tendrán repercusión en toda Latinoamérica

 

Las preguntas sobre la gobernabilidad brasileña van más allá de la segunda vuelta del 30 de octubre. Concretamente, se corren al 1 de enero de 2023, cuando asuma el gobierno que dirigirá el país por cuatro años. ¿Cuál será el diseño del nuevo edificio político en el gigante sudamericano?

Diseño que tendrá una repercusión directa en toda Latinoamérica. Con sus 220 millones de habitantes y 8.5 millones de kilómetros cuadrados, es el país que más peso tiene en la región. Y de su propio futuro dependerá, en parte, si América Latina puede dar pasos más significativos hacia la unidad económica y política, por el momento en un relativo stand-by.

Diversas son las certezas y desafíos con respecto a esta nueva etapa política a punto de comenzar.

Brasil sale de las urnas extremadamente polarizado. Ninguno de los dos campos –el de la extrema derecha, conducido por Jair Messías Bolsonaro, y el del centro izquierda, por Luis Inázio Lula da Silva— podrán lograr una hegemonía suficiente como para conferirle al próximo Presidente un poder incontestable. La misma gobernabilidad brasileña podría correr serios riesgos en el futuro cercano.

El Parlamento será un espejo directo de la creciente polarización post electoral. Dos caras de una misma moneda: fueron electas importantes voces representativas de los movimientos sociales urbanos, del Movimiento de los Sin Tierra y del movimiento indígena, lo que permite aumentar el número de diputados alineados con Lula. Sin embargo, la derecha más radical parece consolidarse, y dependiendo de las negociaciones internas de ese espacio, incluso podría asegurar la mayoría en ambas cámaras.

 

El MST se moviliza contra Bolsonaro y denuncia el aumento de la crisis alimentaria en Brasil. Foto MST.

 

 

Luego de estas elecciones, el proyecto de la extrema derecha en Brasil ya no depende, solamente, de lo que represente un líder mesiánico, sino que ganó peso y se muestra consolidado. Por otra parte, en tanto proyecto ultraconservador se proyecta como referencia político-ideológica de los sectores reaccionarios de todo el continente, desplazando de ese rol al que jugaron las fuerzas de derechas colombianas, hoy golpeadas por la pérdida de hegemonía a partir de las últimas elecciones y la victoria de Gustavo Petro.

El proyecto bolsonarista expresa en América Latina fenómenos semejantes que se producen en diferentes latitudes del globo. Entre otros, el trumpismonorteamericano; Fratelli d’Italia,que se alzó con la victoria electoral en la península a fines de septiembre; VOX en España, convertida en tercera fuerza; el Frente Nacional de Marine Le Pen, en Francia —que logró llegar al ballotage en la segunda vuelta en abril—, y la derecha victoriosa en Suecia en las últimas elecciones del 11 de septiembre. Sin olvidar la fuerza que el proyecto de las derechas viene acumulando desde hace tiempo en otros varios países, como Austria y Hungría, entre otros.

La brecha económico-social interna en Brasil es cada vez más profunda y seguirá marcando no solo los próximos cuatro años sino varias generaciones de brasileños. El 60% de la población no logra hoy asegurar las cuatro comidas diarias y 33 millones de personas padecen hambre, situación semejante a la de la crisis de inicios de 1990.

A pesar de ubicarse entre las primeras quince economías mundiales por el volumen de su Producto Interno Bruto (PIB), Brasil también se encuentra en la cima de las naciones más desiguales del planeta. En diciembre pasado, el Laboratorio Mundial de la Desigualdad, dependiente de la Escuela de Economía de París, afirmó que el 10% más rico de Brasil gana casi el 59% del total del ingreso nacional. En términos de proporción, eso significa que el 50% más pobre gana 29 veces menos que el 10% más rico (en Francia, dicha proporción es de 7 veces).

En cuanto a la participación en el patrimonio nacional, según el mismo Laboratorio, co-dirigido por el economista francés Thomas Piketty, en 2001 el 50% más pobre sólo poseía el 0,4% de la riqueza (activos financieros y no financieros, como bienes inmuebles y propiedades), mientras que el 1% más rico era propietario de casi la mitad de dicha riqueza. En otra perspectiva global: el 10% más pudiente posee el 80% del patrimonio nacional. Cinco de los 10.000 millonarios más ricos de América Latina son brasileños.

 

Los movimientos sociales de Brasil denuncian la impronta de ultraderecha neofascista de Jair Bolsonaro. Foto MST.

 

Según un estudio de OXFAM Internacional, de mantenerse los niveles de desigualdad de las últimas dos décadas, cada brasileña/o con un salario medio actual deberá trabajar 19 años para ganar lo que recibe en un mes un/a compatriota del privilegiado grupo del 0,1% más rico de la población. Las mujeres brasileñas solo lograrán la eventual equiparación salarial con los hombres en 2047, y los ciudadanos negros del país sudamericano llegarían a ganar lo mismo que los blancos recién en 2089.

Más allá de cifras y porcentajes, la cotidianeidad de los sectores populares brasileños está marcada por una economía de sobrevivencia. Situación agravada por el impacto directo del COVID 19, que dejó un lastre de 700.000 muertos y averías profundas en sectores productivos del país.

Del próximo gobierno de Brasil podría depender, también, un rediseño de la perspectiva regional latinoamericana. Hoy, la realidad regional incluye gobiernos que aspiran a reforzar las alianzas. En los últimos años, por ejemplo, han sido públicos los acercamientos entre México y Argentina para tratar de revitalizar la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) en una etapa en que la Organización de Estados Latinoamericanos (OEA) experimenta una profunda crisis de credibilidad. Ambos gobiernos jugaron un rol decisivo para preservar la vida de Evo Morales en la crisis institucional boliviana de noviembre de 2019 y asegurar una pronta restitución democrática en ese país.

El futuro del Mercado Común del Sur (Mercosur), así como del Parlasur, es uno de los interrogantes que se podría clarificar a partir del 1 de enero próximo. La integración latinoamericana en lo económico y el reforzamiento de las alianzas, como la Unasur, en el ámbito de la política internacional, podrían adquirir una mayor centralidad en el debate y la acción consensuada a nivel continental dependiendo de la continuidad o del cambio político en Brasil.

 

Los principales movimientos sociales de Brasil sostienen activamente la candidatura de Lula.

 

 

¿Podrá reconstruirse el espacio de gobiernos progresistas latinoamericanos de inicios de los años 2000, cuando Lula, junto con Néstor Kirchner y Hugo Chávez, hicieron fracasar el Acuerdo de Libre Comercio que pretendía imponerles el gobierno estadounidense? Pregunta de difícil respuesta, aunque el resultado electoral de Brasil podría jugar como freno o acelerador de la dinámica integrativa continental según sean los resultados del ballotage en apenas dos semanas.

La debilidad de algunos de los gobiernos de centro o progresistas de la región sugiere que una nueva primavera democrática latinoamericana estará más condicionada a la capacidad de movilización de los actores y movimientos sociales que de la decisión gubernamental de arriba. Sin embargo, la apuesta de un continente más unido sigue abierta. El 1 de enero del 2023, cuando asuma el Presidente electo de Brasil, se podrá comenzar a develar el rumbo.  

 

 

 

 

 

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