Match Point

De jueces, Presidentes y el tenis como acto de poder de las elites

 

“El temor de parcialidad se configura, entre otras situaciones, cuando el juez juega al tenis con el imputado y después se van a comer juntos”.

Con esta cita, el maestro de derecho penal alemán Claus Roxin elige ejemplificar el concepto de temor de imparcialidad de la Justicia. Es la misma cita que CFK utilizó hace una semana, para dar cuenta de las relaciones del ex Presidente Macri y los jueces Mariano Borinsky y Gustavo Hornos, los ingresos a la Casa Rosada y a la quinta de Olivos, las excusas del partido de tenis, etc.

El ejemplo que da Roxin es perfecto. No parece haber discusión posible en términos del concepto de imparcialidad de un juez. Un juez no puede jugar al tenis con una de las partes. Sin embargo, como la naturaleza copia al arte, la realidad copia a los libros.

Es decir, la increíble pertinencia es la de ser caso de manual.

Muchas veces esto ocurre porque las elecciones afectivas de los jueces dejan al descubierto sus propias miserias, o las maneras que tienen de escabullirse para que la sociedad no se percate de sus juegos de poder. Que un juez juegue al tenis con el Presidente de turno es un verdadero acto de poder para ambas partes, pues aun esa aparente distensión dice mucho sobre una forma de hacer política y de tomar ciertas decisiones.

En ese sentido, el ejemplo que da Roxin en su tratado sobre el juego del tenis funciona casi como un lugar común entre las tentaciones de los jueces y los deportes que eligen para sus roscas; pues aun fuera del Palacio de Justicia, un juez es un juez, y debe mantener el decoro y la actitud recta e imparcial entre las partes. Y esto es algo paradójico, dado que el tenis, si bien es un deporte de elite, distinción y status (podríamos decir al igual que el golf o la equitación), forma parte de cierto espíritu de pertenencia dentro del mundillo judicial, en el que todos los años la Asociación de Magistrados celebra su torneo anual, al que se anotan muchos de los jueces de Comodoro Py.

Digo que es paradójico porque en el tenis la función del juez (el umpire) sentado arriba, en la silla, en el centro, es la de ser un absoluto imparcial frente a los jugadores a cada lado de la red. Esa función del árbitro del tenis marca una relación con la forma de impartir justicia que es ejemplificadora para un juez de la ley. Uno nunca se imaginaría al umpire –so pena de caer en temor de imparcialidad– comiéndose un asado antes del partido con uno de los tenistas.

 

Moliné O´Connor viendo un partido de tenis.

 

Desde el cortesano Eduardo Moliné O’Connor, que no se perdía ni un Gran Slam, sentado siempre en primera fila en Wimbledon, pasando por los memorables partidos de Carlos Menem jugando con Guillermo Vilas o Gaby Sabatini; hasta los partidos entre Macri y compañía, las elecciones afectivas no fueron casuales, y el tenis funcionó en esos roles como un verdadero acto de poder.

Y eso fue también un modo de hacer política que se hereda como vicio de cierta época (los ‘90) y a veces, como dice el gran David Forster Wallace en un clásico de la literatura, se convierte en una experiencia casi religiosa: “Esa economía despreocupada con que los auténticos profesionales de élite parecen calentarse, esa despreocupación serena de que hacen gala las criaturas que están en lo más alto de la cadena alimentaria”.

Lo cierto es que en Olivos la cancha de tenis –como la de fútbol– siempre estuvo ahí, y la usa el Presidente que quiere, y muchas veces elige jugar con quién quiere. ¿Qué jueces se negarían a un partidito con el señor Presidente? A menos que se filtre, eso es algo que desconocemos. Lo cierto es que algunos Presidentes no juegan al tenis, y menos lo harían con jueces de la Nación. Y del otro lado, por suerte todavía hay jueces de la Nación que jamás jugarían al tenis con el poder.

 

Menem y Gaby Sabatini.

 

Y en esto no puedo terminar la nota sin ese homenaje al deporte del tenis, que nada tiene que ver ni tiene la culpa de que algunos jueces y presidentes lo usen a escondidas para digitar los destinos de la patria. Me refiero a la película de Woody Allen Match Point, que comienza con una imagen en cámara lenta de la pelota de tenis que rebota en la red y se eleva. La acción se congela allí, con la pelota en el aire, mientras una voz en off plantea que cambiará el resultado del partido, tratándose de un punto decisivo, según el lado para que caiga tras el rebote.

¿Acaso la imparcialidad sería ese momento, el justo medio de la pelota suspendida? Como en la balanza, esa leve inclinación que la Justicia hace –finalmente– caer de un lado de la cancha, para convertirse en poética. Todo muy lejos del juego de las apariencias, todo muy lejos de pretender incidir sobre de qué lado caerá la pelota.

 

 

 

* El autor es abogado y escritor.

 

 

 

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