Mauricio Kartun, palabra de jardinero

Una pluma aguerrida entre la vis cómica del poder, la musicalidad de la palabra y los gatos.

 

«El teatro fue desde siempre una reserva curiosa, la de la palabra en función coloquial, su versión más humilde, más barata, la que sobreabunda, esa a la que el cerebro ni siquiera se digna registrar en detalles: fijate que podemos recordar qué cosa nos ha dicho alguien pero sería improbable que pudiésemos reconstruir las palabras que usó. Con ese material de desecho la dramaturgia viene trabajando desde hace siglos, reciclándolo a materia poética. Es parte de su función más metafísica. Pero por encima del asunto, si de resistencia se trata hoy el teatro tiene una mucho más importante y más belicosa: la defensa aguerrida y guerrillera del tiempo natural enfrentado al virtual. El teatro se sostiene como ceremonia en tiempo real y punto de vista único frente a la tecnología audiovisual que te lleva de paseo a los ojos adonde ella quiere. Y en estado de convivencia social, minga de streaming sólo en casa comiendo maní. El épocas en las que el caminar, la lentitud y la vuelta a la tierra se constituyen en acciones contraculturales, el viejo teatro se termina volviendo ritual emblemático». dice Mauricio Kartun, en vísperas del estreno de su última obra La vis cómica.

¿Cómo empezó tu vínculo con el teatro? 

Como espectador al principio, escribiéndolo luego; en una época de producción olvidable poniéndole el cuerpo como actor, y cuando tomé coraje montando mis piezas como director. La fortuna es que el teatro en esa sabiduría callada que tiene va fundiendo y confundiendo los saberes, los puntos de vista, y un día sin saber cómo fue te avivás de que te volvió teatrista.

¿A qué atribuís la vitalidad de tus obras, esa permanencia que parece nunca agotarse?

Nadie tiene la vaca atada ni mucho menos. Y en lo nuestro no hay recetas de nada. Frente al estreno somos todos siempre hojitas trémulas al viento. Ahora, si de vitalidad se trata, será por ahí que me divierto mucho haciéndolo. Y que trabajo sólo por deseo, lo que me da un plus de energía. Y que como me apasiona lo que hago le dedico además mucho tiempo.

¿Cómo te sentiste durante estos años de degradación, en que Cultura descendió a Secretaría, permaneció por años cerrado y sin respuestas el Teatro Alvear y todas las calamidades que conocemos?

Los artistas te nadamos un día en aguas cristalinas y al siguiente en dulce de leche. Tenemos largo entrenamiento de bracear en la oscuridad y hasta algún atavismo. Y la tenemos dolorosamente clara además: nadie te concede nada que no salgas a reclamar con pancarta. El campo artístico en general  se plantó con mucha dignidad frente a estos años neoliberales.

Desde Teatro Abierto para acá, ¿podemos decir que el movimiento de teatristas y su público nunca abandonaron un lugar de lucha desde distintas maneras de expresar el pensamiento, mostrar realidades sociales y llevar a la reflexión sobre lo que se pretende ocultar mediáticamente?

Bueno, tampoco la idealización. En buena parte sí, y nos alcanza, pero no hay que ser inocente. Como en todos lados no deja de aparecer cíclicamente el sector desorejado. Mirás y lo ves: la derecha parecería llegar a veces con los años, como la jubilación. El alma conservadora es como la autoestima, en la dosis justa es sana, te protege de los peligros y te permite equilibrar deseos en relación con los de los otros. Dos guitas más arriba se llama narcisismo y es una mierda.

¿Alguna vez pensaste en dejar el país?

En el ’75 dos referentes queridos que partían a un exilio prudente me lo propusieron y recomendaron: Augusto Boal y Pino Solanas. Cada uno por su lado, solidarios, ofrecieron una mano en el exterior si me rajaba. Creo que no medí el riesgo y me quedé. Si pasé aquí aquella época siniestra difícil que alguna otra me pudiese expulsar.

¿Cómo es tu relación con los medios de comunicación?

Sé diferenciar a la empresa, y a su ideología, de sus periodistas. Mantengo relaciones de respeto mutuo y afecto incluso con unos cuantos que se sostienen en ellas con dignidad y marcando sus diferencias.

Debo anunciar que esta es la pregunta más seria: ¿cómo influyeron los gatos en tu escritura?  ¿Todo escritor que se precie debería tener un gato?

El mejor amigo del dramaturgo. Son el ansiolítico más amoroso y más divertido que te puedas encontrar. Me cago de risa con los míos y sus ocurrencias sin parar. Te empujan a lo mejor, a ponerte un cacho más frufrú cuando estás rígido, a acariciar que es siempre un impulso hermoso. A jugar y a dormir siestas. Una vez más: lo que te saca de los patéticos tiempos virtuales y te conecta con los de la tierra te sana. No sé si te pone más humano, porque la categoría de humano ya está medio fané, pero seguro te pone más universal. Un toquecito más cerca de lo absoluto, te pone. Para los que laburamos en casa, y muchas veces solos, son la compañía más amorosa y sedante.

 

 

 

¿Todo teatro es político?

Todo. Por opinión, por posición, por prescindencia, por encuadre económico, por espectador imaginario, por estética. Hasta por lo vincular en un elenco. Son siempre elecciones y en las elecciones está el compromiso. Pero no el compromiso con mayúsculas ostentosas, no el compromiso piripipí, el cotidiano digo, el micropolítico, el del hacer y no el del decir.

¿Cómo visualizas una próxima etapa en la que desde el Estado la Cultura vuelva a tener un lugar preponderante? ¿Cuáles son las primeras medidas que te gustaría ver implementadas?

El concepto de la cultura como inversión sostenida a largo plazo y no como gasto por compromiso. Eso es lo fundamental. Después podemos hablar.

 ¿Qué nos podés contar sobre tu próxima obra, que se estrenará en breve?

La vis cómica. Un término medio obsoleto que me gusta mucho. En casa lo usaban a veces mis viejos: fulano tiene la vis cómica. La fuerza cómica, la comicidad nata. Me metí con un tema que me empuja mucho: el teatro que hay adentro de los juegos del poder. Y los juegos del poder que hay adentro del teatro. El actor que se interna en las políticas del poder y termina actuando, representando, pero en tragedias reales. Y los políticos del poder que en la escena de la tragedia real no dejan de representar como cómicos. Esos límites lábiles del horror. Esa confusión entre lo verdadero y lo verosímil, mágica en la escena y siniestra cuando se aplica a la realidad.

¿Terrenal seguirá paralelamente en cartel?

Sí. Nos la llevamos ahora en octubre a España por tercera vez, a hacer una temporada en Madrid en una sala hermosa, La Abadía. Y al regreso volvemos al CC2037 para encarar la séptima temporada. Terrenal ha sido una especie de regalo precioso de la profesión. Pero nobleza obliga: por encima de que los espectadores la sigan apoyando, y muchos la vuelvan a ver dos o tres veces, se sostiene porque tiene un elenco de fierro. Un grupo que la ha tomado como propia y la gestiona con una dedicación sin la cual hubiese bajado ya hace unos años.

 ¿Te parece que con las vivencias presidenciales de los últimos años podría  surgir material para una nueva versión de El niño argentino

De aquel niño argentino, petimetre y decadente, por ahí sí. Pero si de mis obras se trata, quizá la que mejor la represente sea Ala de criados: las ideas de una oligarquía garca defendidas como propias por una clase media desclasada a la que lleva a la ruina.

 El queridísimo Ricardo Monti fue uno de tus maestros. ¿Podés compartir algunos de tus recuerdos, ante su reciente fallecimiento?

Fue una luz, el tipo. Un faro. Llegué a sus talleres siendo uno y salí de ellos un par de años después siendo otro, con toda una cosmovisión diferente de la creatividad y el teatro. Y además con una profesión: la de maestro de dramaturgia. Fue a instancias suyas que me animé. Un gran tipo.

 ¿Cómo te relacionás con la exploración de distintos lenguajes que hace que cada una de tus obras no deje de sorprendernos?

Será que no creo en que el texto teatral tenga que ser allanado, traducido en sus complejidades para que todos lo entiendan en placidez lisita. Disfruto del texto teatral en su musicalidad y su extrañeza, que es la extrañeza sorprendente siempre que tiene lo coloquial. Pienso a la dramaturgia como generadora de letra pero también de música. Y de palabras que a veces por ahí no se entienden en su significado literal pero se las comprende en un sentido mucho más amplio. Jugar al teatro con sus misterios más que con sus obviedades. La sorpresa nunca está en lo claro: antes de aparecer se esconde siempre en el oscuro.

 ¿Qué habrías hecho de no ser escritor?

Por tradición familiar, pequeño comerciante. El viejo me enseñó a comprar y vender. Y me fue bastante útil en la vida, te voy a decir. Me ayudó sobre todo a tener con la guita una relación llana: cuando la hay, cuando escasea o cuando falta. Arreglárselas sencillo sin demasiado rollo. Fluir económico digamos. Si fuese por pasiones en cambio hubiese terminado jardinero. Es la cosa que más me gusta hacer.

 ¿Alguna vez te sentiste censurado, prohibido o limitado por el contexto político?

Te cuento una patética. En el ’75, durante el período isabelino laburé en Radio Argentina escribiendo un radioteatro diario, Crónicas de la feria. Las tensiones internas con la tendencia eran tremendas y, una vez desplazado el Negro Carella de la dirección de Radiodifusión, había avanzado ahí la derecha más brava. Yo tenía un personaje con continuidad, un vendedor callejero al que mencionaban siempre por su valija roja. Un día me llaman de la dirección de la radio: la palabra rojo no podía proferirse al aire. Se la consideraba ícono subversivo. Los guiones los tipeábamos por entonces en esténcil para sacar ocho copias de cada tipeado, era un quilombo. Me tuve que escribir toda una semana completa de nuevo, pero ahora con la palabra colorado.

 

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