«Me mandaron preso los gerentes»

Crónica de una vida a merced de los gerentes de la Ford

 

En aquel entonces nada era como ahora, dice Luis María Degiusti. No es que la gente sabía lo que estaba pasando, por eso se alegró al ver entrar de pronto a uno de sus compañeros, también secuestrado, a la comisaría de Tigre. «Nosotros ni sabíamos lo que estaba pasando. Es más, creíamos que no iba a pasarnos nada: para mí era todo una equivocación, todo nos parecía increíble». A más de 42 años, hoy está convencido de todo lo contrario: que el 24 de marzo de 1976 fueron a detenerlo a su puesto de trabajo en el comedor de la sección de estampados de planta de Pacheco de Ford Motor Argentina porque los gerentes entregaron sus datos. «Los milicos les habrán preguntado quién era el más conflictivo, el de más ascendiente entre la gente, y les habrán dicho Degiusti y Constanzo porque a mí no me podían haber llevado por ningún acto de extremismo, ni ningún acto de nada. Yo solamente hacía acatar la ley de contrato de trabajo».

Degiusti declara en la sala de audiencias de San Martín frente a los jueces del Tribunal Oral Federal 1. Es la quinta audiencia del juicio a Ford, que revisa la participación civil de la automotriz en los crímenes contra 24 trabajadores y delegados secuestrados en 1976. No hay luz en la sala. Diego Barroetaveña, presidente del Tribunal, le pide que hable bien fuerte para que todos escuchen. La sala está llena. Barroetaveña pide a todas las partes algo de prudencia con las preguntas porque, paradoja de los tiempos modernos, la batería de las computadoras tienen autonomía para poco más de media hora de una historia que así comienza atragantada, con un relato que vuelve a alumbrar la microfísica de las relaciones de poder… y el escarmiento.

—¿Jura por sus creencias religiosas decir la verdad?

—Sí, juro —dice Degiusti, pantalón gris, zapatos y camisa negra, de espaldas al público.

—¿Conoce las consecuencias del falso testimonio o necesita que las repita?

—No es necesario, las conozco.

El presidente pregunta, entonces, si conoce a los acusados. Degiusti menciona a Héctor Sibila, jefe de seguridad de la planta, retirado del Ejército en 1962 y ascendido a teniente coronel luego del secuestro de los trabajadores. Dice que siempre lo veía parado en la guardia de la Puerta 2, zona de ingreso de los obreros. Y luego menciona a Pedro Müller, gerente de Manufactura de Pacheco y número dos de la compañía. Dice que solía verlo en el comedor, donde Degiusti pasó cinco años trabajando. Que solía verlo en el comedor de los obreros, lo veía caminar como supervisando: lo veía casi todos los días en los que trabajé en ese lugar.

—¿Cuándo ingresó a la Ford? —interroga el magistrado.

—A fines del ’71, o comienzos del ’72. Era menor de edad, y entré al comedor.

—¿Al comedor?

—Sí. Al comedor, que en ese momento tenía otro nombre. Era una especie de concesionaria, era de la Ford pero en los papeles supuestamente no lo era.

—¿Hasta qué fecha estuvo?

—Hasta 24 de marzo del ’76 —responde el hombre vestido de negro—. Ese día me detuvieron adentro del comedor de la fábrica.

Degiusti tenía 17 años cuando entró a la fábrica. Hizo la revisión médica en el predio. Y empezó lavando ollas en un sector de gente muy joven, muchos llegados de otras provincias en busca de un trabajo que funcionaba de trampolín antes del servicio militar para después tener una chance de entrar a otros puestos de la planta, mejor pagados. Vivía con sus padres. Los fines de semana se iba de baile. Después del trabajo, se juntaba con los compañeros de la fábrica a jugar a la pelota en la canchita del predio. Y de militancia, nada de nada. Soy argentino y peronista, dijo años más tarde, cuando un arma le apuntó a la cabeza en un simulacro de fusilamiento. Tomas Ojea Quintana es abogado querellante de los obreros del juicio. Y quien hizo las siguientes preguntas. Preguntó cómo ingresó. Degiusti dijo lo que dijo y que no sabe si el dato es importante, pero que muchos de sus compañeros llegaban de Corrientes, Misiones, Chaco, La Rioja y Jujuy.

—¿Y usted de dónde es? —se metió Barroetaveña.

—De Entre Ríos —dijo él.

La planta tenía cuatro comedores y después sumó otro. Degiusti era delegado de la sección de estampados que atendía dos espacios: uno abajo, para los obreros, y otro arriba para gerentes y empleados administrativos. Servían desayuno, almuerzo, cena y un servicio de comida nocturno después de las diez de la noche. En los momentos más calientes, eran capaces de atender en quince minutos a las 700 personas de una línea de producción en una fábrica de unos 7.000 trabajadores.

—Vos recién dijiste que ingresaste en 1971 y te secuestraron en 1976 —dijo Ojea Quintana—. Durante ese periodo, ¿te involucraste en actividad de tipo gremial?

—Bueno, sí —respondió—. Nosotros, los chicos, nos juntábamos a jugar a la pelota y un día vemos que falta el correntino. No vino, dijo uno. ¿Por qué? Porque se afilió a gastronómicos y lo echaron. ¿Y qué podemos hacer?, nos dijimos. Y empezamos a conversar, a ver qué pasaba. Armamos una comisión. En el comedor nadie estaba afiliado. Y gastronómicos parecía tener más que ver con el rubro, pero cada vez que alguno se afiliaba, era instantáneo: te echaban al otro día. La empresa te despedía automáticamente y, es más, se enteraba antes la empresa de que te habías afilado, que vos mismo. Por eso armamos esa comisión. ¿Por qué no nos afiliamos?, dijimos. No sabíamos nada de nada, nada de política. Pero fuimos a la CGT. Habrá sido en el ’73. Llegamos. Y nos recibió una persona en la entrada. ¿Ustedes tienen audiencia? No, dijimos. Queremos hablar con alguien porque tenemos un problema.

Explicaron. Contaron que cada vez que alguno se afiliaba a un sindicato, los echaban.

Así que queremos afiliarnos todos juntos, dijimos, y justo andaba José Rodríguez por ahí, que era secretario general de SMATA y el otro lo llamó. José, vení, le dijo. Estos muchachos son de la Ford. Rodríguez vino. Nos hizo subir. Tomamos un ascensor. Entramos a su oficina. Y explicamos el problema. Tienen todo mi apoyo, dijo al final. Se van a afiliar al SMATA. Después vamos a darle un encuadre sindical.

Como la gran mayoría de los trabajadores eran del gremio, iban a poder absorber al comedor por la ley de contrato de trabajo.

—Le dijimos que no éramos del SMATA. Él dijo que de todos modos teníamos su apoyo. Vayan a buscar las fichas a la filial de San Isidro.

Habló por teléfono con alguien. Degiusti y la gente retiraron más de cien fichas de afiliación. Se las llevaron a la planta. Y empezaron a entregarlas a los más conocidos. Luego pusieron día y hora. Y un día, semana siguiente, se fueron a afiliar todos juntos.

—Los del turno de las dos de la tarde, nos juntamos a las 10 de la mañana en San Isidro. Habremos sido unos 30 o 40. Y los que salían de la planta a las 2 de la tarde, llegaron después. Así que en un día nos habremos afiliado 70 o 100 personas, un número muy muy importante.

Hubo elecciones. El comedor eligió delegados. Estampados eligió a Degiusti, a Jorge Constanzo y a otros tres delegados que para marzo de 1976 habían renunciado. Ojea Quintana volvió a las preguntas. Quiso saber la reacción de la empresa.

—No hubo reacción porque el sindicato tenía un poder muy grande sobre la empresa y a nosotros nos recibieron sin mayores inconvenientes—, dijo Degiusti—. No tuvimos grandes conflictos, sí discusiones. Y lo primero que hicimos fue equiparar los sueldos del comedor con los empleados de la Ford. La gente de Ford ganaba muy bien. A plata de ahora, uno que barría el comedor tal vez ganaba 12.000 pesos y el que barría en la Ford ganaba 26.000. Así que hicimos la equiparación. La empresa aceptó. Y de un día para otro, todos los trabajadores del comedor pasamos a ganar más de un cien por ciento de sueldo.

Hace unos años, cuando comenzaban a sucederse las primeras investigaciones sobre responsabilidad empresaria en dictadura, la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad trabajó un protocolo para analizar puntos comunes en la embestida contra los trabajadores organizados. Ya no sólo buscaban hechos de sangre, sino observar qué había pasado con los números y las cuentas de las empresas antes y después de la represión. En esa ocasión, Carolina Varsky y la contadora Judith König de la Oficina de Investigación Económica y Análisis Financiero de la Procuración volvían a poner en escena el «fifty-fifty», uno de los datos de los que suele hablar Victoria Basualdo cuando da cuenta de la embestida sobre el movimiento obrero. Ellas decían que la participación de los trabajadores en el ingreso nacional para 1974 y 1975 alcanzaba el 45 %, un “fifty-fifty” que cayó abruptamente desde junio del ’75. Y fue cayendo. Y llegó al 22 % tras la dictadura. En ese momento no sólo se perdió salario real y puestos de trabajo, sino vidas humanas con un número que la CONADEP situó en 30,2 %, pero hoy los investigadores discuten para señalar que en realidad alcanzó al 70 % de los desaparecidos.

Tras la equiparación de salarios, el comedor mejoró condiciones materiales de trabajo. Aunque parezca mentira, dice Degiusti, hasta ahí baldeábamos a pata cuando se te mojaba el calzado. Lograron día femenino. Mejoraron las condiciones de trabajo para las mujeres expuestas a temperaturas de 50 grados en los hornos de la cocina industrial. Obtuvieron cobertura para guarderías.

—Parece mentira, pero lo que hacíamos era sólo hacer cumplir las reglas establecidas con la ley de contrato de trabajo y de acuerdo al convenio establecido con la empresa. O sea, las condiciones de trabajo cambiaron totalmente.

En julio de 1975, una marea humana atravesó la Panamericana durante una jornada de huelga contra el Rodrigazo. Degiusti recuerda aquello como una marcha de las coordinadoras obreras, con enorme participación de la Ford pero de la que el Comedor no participó. El dice que de todos modos sufrieron las consecuencias: el lunes siguiente tenían 25 trabajadores despedidos.

—Había habido una movilización importante, nosotros no participamos —dice— pero nos despidieron 25 compañeros que no habían ido a la marcha. Quisimos hablar con el jefe de personal. Nos dijeron que estaban muy ocupados. Eran las 10 de la mañana y decidimos pedir la reincorporación de los compañeros con una medida de fuerza. Como no queríamos perder el día de trabajo, nos pusimos a repartir la comida de forma lenta, lo que sería trabajo a reglamento. Y así empezó a formarse una cola terrible. Si habitualmente dábamos la comida en 15 minutos, imagínense lo que era en ese momento: sacábamos los platos uno a uno, ¡y se formó una cola de dos cuadras!

En medio de ese desbarajuste de tiempos, llamaron los gerentes.

—Pero cuando vimos que teníamos todo el poder de nuestros compañeros que nos apoyaban, los hicimos esperar. Les dijimos que estábamos muy ocupados. Eran las doce. Que nos juntábamos a la tres de la tarde. Nos pusimos a trabajar un poco más rápido para no hacer perder tanta plata a la Ford. Y ese día hablamos con los gerentes. Llegamos a un acuerdo. De la Ford habían despedido a 500 personas y no volvieron a tomar a ninguna. Del comedor habían despedido a 25 y todas entraron de nuevo.

En diciembre de 2015, Flacso, la Secretaría de Derechos Humanos, el Cels y el programa Verdad y Justicia del Ministerio de Justicia de Nación presentaron un análisis sobre la responsabilidad empresaria en dictadura. Allí describieron el caso Ford. Y señalaron que la participación de los obreros de Ford fue clave en la resistencia a la implementación del plan económico anunciado por el ministro de Economía Celestino Rodrigo. Una situación a la que se sumaba la suspensión de las discusiones en torno a los convenios colectivos de trabajo, en escenarios que dialogan todo el tiempo con el presente.

«Las jornadas de junio y julio de 1975 van a tener entonces un resultado paradójico —dice el Informe—: los trabajadores logran derrotar el plan Rodrigo y que se homologuen los convenios. Pero en el caso de Ford, que estuvo a la cabeza de los reclamos y obteniendo uno de los mejores convenios, van a terminar con el despido de cientos de trabajadores que lideraron los mismos, un estricto régimen de control y represión dentro y fuera de la planta y el desplazamiento de la comisión interna de aspectos que eran de su incumbencia, con un fortalecimiento en términos materiales y de relaciones de poder muy importante de la conducción nacional del SMATA».

Ojea Quintana le preguntó a Degiusti si participaba de la comisión interna. Dijo que sí. Pero también que era joven. Y que muchos de los que estaban en diálogo directo con los gerentes eran los más viejos. También le preguntaron por sus interlocutores habituales en la fábrica. Mencionó a dos gerentes del comedor. Y dijo que cuando había reclamos más importantes veían directamente a dos gerentes de la Ford, una suerte de «supervisores de la Ford sobre los gerentes del comedor».

El 24 de marzo de 1976 llegó a la hora de siempre. Pero a las dos de la tarde, Constanzo —el delegado de la mañana— decidió quedarse para tranquilizar a los compañeros. Que supiesen que no pasaba nada. Que iba a seguir todo igual. Que mientras cumplieran con las normas de trabajo, nadie iba a echarlos. Cerca de las dos de la tarde, Degiusti comía empanadas en una mesa de pastelería. De pronto llegó alguien.

—Te buscan.

—¿Quien?

—No sé.

—Vamos.

Nos pusimos a caminar. Había unos 20 o 25 metros de pasillo. Vimos al muchacho que cuidaba las cámaras.

—¿Quién nos busca?

—Debe ser el sindicato. Quieren hablar con ustedes.

Degiusti y Constanzo alcanzaron la entrada de los proveedores, por la que también entraban ellos. Y cuando pisaron la puerta, los agarraron. Los tipos sacaron una credencial. Eran agentes vestidos de verde con armas largas. Caminaron diez metros del brazo. Y los tiraron adentro de un Falcon. Metieron a Constanzo en la parte de adelante y a Degiusti en la parte de atrás. Les vendaron los ojos con las camisas de trabajo.

—¿Falcón? ¿De qué color? —preguntó Ojea Quintana.

—Verde —dijo él—. Como en las películas, era verde.

Degiusti no dijo si esos autos tenían patentes. Pero durante la primera jornada de testimonios, uno de los delegados explicó que de esa planta salieron autos sin patentes destinados a la represión.

—De la sección nuestra salían los coches hacia la concesionaria ya identificados con una patente que venía anotada en una planilla, pero esto no pasaba con los Falcon que salían sin identificar, y todos decían que esos autos se los llevaban los militares —dijo Pedro Troiani en esa audiencia, entonces delegado de Montaje.

Alguna de las partes le preguntó un poco más. Troiani abundó en detalles sobre las planillas con datos que comienzan a proveer información sobre uno de los símbolos de la dictadura y la responsabilidad de la Ford. Y que dialogan con un decreto reservado y secreto (3630/77) firmado por Albano Harguindeguy con la orden para adquirir 90 autos que no fueran identificables para equipar a las policías de las provincias, contenido del que dio cuenta María Seoane en un artículo de marzo de 2006.

A Degiusti lo dieron vuelta en el auto y lo llevaron al quincho del que los delegados y trabajadores vienen hablando desde la primera audiencia. Un lugar ubicado en el parque recreativo que se encontraba cubierto con una lona y funcionó como centro clandestino.

—Yo la verdad nunca supe si los que estaban ahí eran de Gendarmería o Prefectura, pero eran uniformados. Siempre estuvieron. Y yo los vi hasta el 24 de marzo. Sabíamos que estaban ahí porque nosotros le llevábamos la comida en camioneta.

Elizabeth Gómez Alcorta es la otra abogada por la querella. Poco más tarde, le preguntó a Degiusti por este asunto. ¿Cuándo le llevaban la comida? ¿Cuántos eran? ¿Desde cuándo estaban? ¿Dónde se movían? Degiusti dijo que llevaban la comida todos los días al mediodía y a la noche, desde hacía como un año, que servían los platos en viandas, que calcula que eran entre 18 o 20 viandas por turno, y que les mandaba por ejemplo, carne al horno con papas en bandeja de acero inoxidable. Gómez Alcorta le preguntó si ellos también comían en el comedor como habían contado otros trabajadores. Degiusti dijo que hasta el 24 de marzo no los vio pero que tenía entendido que lo hacían, que él no los veía si iban al mediodía porque cumplía turno a la tarde. Como sea, llegaron al quincho. Primero bajaron a Constanzo y después lo bajaron a él.

—Estaba cerrado con lonas, me tiran al piso y empiezan a decirme: Así que sos machito vos, así que defendes a las mujeres, y nos cagan a palos, a patadas, y después lo traen a Jorge Constanzo y nos golpean esporádicamente. Habremos estado una hora, dos horas o tres, la verdad es que no podría precisarlo porque uno pierde la noción del tiempo. Después me levantan, y me llevan otra vez, en las mismas condiciones, en el Falcon, me sacan por la Puerta número 1 sin que nadie haga ninguna pregunta.

Después de un simulacro de fusilamiento durante el cual gritó eso de que soy argentino y peronista, lo trasladaron a la comisaría de Tigre. Luego a la cárcel de Devoto y a la Unidad 9 de La Plata. Pero antes de que llegara a este punto, había vuelto la luz. Barroetaveña ordenó un cuarto intermedio sólo de cinco minutos para conectar los equipos. A Degiusti le mostraron una pizarra para que señale el recorrido dentro del predio. De la comisaría del Tigre, dijo que se puso mal cuando se dio cuenta que se perdía el baile. De Devoto, que apenas llegó volvieron a atormentarlo. Así que son de Ford ¿Así que sos el montonero? Tenes que firmar esta ficha.

—Yo no quería —dijo Degiusti.

La ficha decía que tenía una posible vinculación con la organización Montoneros.

Cuando salió con libertad vigilada ocho meses más tarde, volvió a la puerta de la fábrica para cobrar el sueldo.

—¿Le liquidaron antigüedad, los años de servicio y demás? —quiso saber Barroetaveña como si todo eso fuese muy normal.

—Nada.

—¡¿No?!

—No. No. Eso no. Me liquidaron el mes que había trabajado y punto. Cuando me secuestran adentro de la Ford, evidentemente los gerentes estaban enterados, ¡si fueron ellos los que me señalaron! Los milicos les habrán preguntado quién es el más conflictivo, el de más ascendiente entre la gente y les habrán dicho Degiusti y Constanzo porque a mí no me podían haber llevado por ningún acto de extremismo, ni ningún acto de nada. Yo solamente hacía acatar la ley de contrato de trabajo.

—¿La empresa le mandó telegrama? —le preguntaron.

—Me mandó al otro día del secuestro un telegrama para que me presente a trabajar. ¡Si me habían secuestrado ahí adentro y todos lo sabían! ¡Si ellos mismos me mandaron preso! Y la prueba está en que 20 días antes de que a me liberen, me mandan un telegrama de despido. Eso quiere decir que los directivos de Ford se enteraron 20 días antes que yo salía porque recién después de ocho meses me mandaron el telegrama de despido, ¡sabían que yo iba a salir en libertad! Eso se cae de maduro. Para mí es uno más uno, y uno más uno es dos.

Gómez Alcorta le preguntó cuánto tiempo más estuvo vigente el convenio colectivo. Y después le preguntó cómo había cambiado su vida.

—Uno pasa a ser otra persona —dijo—. Se hace difícil trabajar, me levantaba a las cuatro de la mañana para buscar trabajo. Trabajé en la empresa Kenia lavando ollas, pero duré quince días hasta que llegaron mis antecedentes penales. No se lo deseo a nadie.

 

 

  • Imagen de portada: Degiusti con sus compañeros del comedor de la Ford. Está vestido de camisa amarilla contra la ventana. Gentileza: Alejandro Jasinski (empresasydelitosdelesa.blogspot.com.ar)

 

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