El primer muerto del 24 de marzo de 1976 fue un militar: el teniente coronel Bernardo Alberte. Un año antes habían sido asesinados los coroneles Martín Rico y Jorge Montiel. Cinco meses después del golpe fue acribillado el general Omar Actis. Todos revistaban en el Ejército, al igual que varios soldados. Y todos cayeron por intereses de la organización terrorista por excelencia: la que integraban miembros de la dictadura.
De familia
El Rico más famoso, el carapintada Aldo, hacía campaña partidaria con una pretendida postura ecuánime cuando refería que tenía familiares “de los dos lados” y víctimas sobre las que evitaba explayarse porque prefería dejar atrás la “guerra sucia”, para explotar mejor su condición de “héroe” de la guerra limpia contra “el inglés”.
El halo misterioso era menos opaco para los vecinos de Quilmes que recordaban a Lilian Rico, directora de la escuela secundaria de Ezpeleta que lleva el nombre de su pareja, Martín Rico, asesinados en 1975, en la misma noche que su par Jorge Oscar Montiel.
Ambos coroneles investigaban la relación de su Ejército con la ultraderechista Triple A, que se suponía inventada, controlada y dirigida por el poderoso ex secretario de Juan Perón, muerto un año antes.
Luego de que en 1973 José Rucci fuera asesinado por guerrilleros de FAR en vías de unificación con Montoneros, el cumpleaños de Perón en la quinta de Olivos sirvió como pretexto para reunir a personas de armas tomar dispuestas a un ingreso extra, de lo que no llegaron a hablar con el Presidente, porque se retiró y los dejó con José López Rega. Perón ya había nombrado a Montiel jefe de Superintendencia de Seguridad Federal, y lo pasaría a la SIDE en 1974.
Aquel germen de reacción contra-revolucionaria fue ampliándose con integrantes de distintos focos. Sus esbirros mataron en 1974 a Julio Troxler, sobreviviente de la Operación Masacre relatada por Rodolfo Walsh. Tiraron su cuerpo en el “Pasaje Coronel Rico 720”.
Quién sabe si Martín lo asoció con las sugerencias del general de división Ernesto Della Croce para que dejara de investigar al terrorismo paraestatal. Confiaba en la protección del teniente general Leandro Anaya.
Rico, de la Inteligencia de Ejército adscripto al Estado Mayor Conjunto, continuó su investigación junto a Jorge Montiel, un teniente coronel retirado que trabajaba en la SIDE y que debía mantener informada a la viuda de Perón en tanto Presidente.
Ambos fueron a reunirse con integrantes del comando en jefe del Ejército antes de desaparecer.

El coronel muerto por sus camaradas
La última comunicación de Rico fue telefónica:
–Estoy saliendo. Ceno con el flaquito, no te preocupes.
Al otro lado del teléfono, Lilian Fernández colgó. Miró la hora y la foto de su marido: su uniforme ajustado marcaba un porte que justificaba que a cualquiera le dijera “flaquito”, incluso a su primer hijo, ya de 21 años. Junto al portarretrato había una carta remitida por Anaya, jefe del Ejército. Recordaba los rezongos de él contra la corrupción y otras pestes mientras acariciaba la panza de cinco meses; su única preocupación además de la Escuela Media 5, a su cargo desde 1973.
Cuando el tiempo de espera la intranquilizó, subió a su Chevy verde y fue a la Comisaría de Quilmes.
–Salió de la Capital y todavía no llegó a casa, en Moreno 407.
–Bueno, señora, pero tiene que esperar 24 horas o…
–¿En Semana Santa? ¡Rico es del Estado Mayor Conjunto!
El policía empezó a anotar: miércoles 26 de marzo, 22.30…
Lilian regresó al auto y, rumbo a la Capital, denunció lo mismo en cada seccional del recorrido. En el Estado Mayor Conjunto subió lo más rápido que pudo. Halló cerrada la puerta del despacho y gritó:
–¡La guardia! ¿Dónde está la guardia?
Varios uniformados se acercaron. Uno ordenó:
–¡A ver, el libro de salidas!
–Salió en un Falcon de la dependencia. Hace mucho, señor.
–Inicien el trámite de búsqueda de paradero.
El jefe del Estado Mayor Conjunto, general Ernesto Federico Della Croce, recordó el apercibimiento que, por pedido de Jorge Videla, había debido aplicarle al subalterno que cuestionaba “su par de amantes” y la relación con la AAA.
A la mañana siguiente, Rico fue hallado en un baldío de Avellaneda vendado, maniatado, baleado en cabeza y la espalda, entre cápsulas de 9 mm.

En la misma noche fue secuestrado Montiel. Días antes había hablado con Julio González, secretario privado presidencial, y ambos habían agendado una reunión con Estela Martínez de Perón a fin de ponerla al tanto de la conspiración en su contra.
Por estos días del cincuentenario del Golpe, los familiares hablaron con Mariano Obarrio, de Clarín, para recordar a Montiel, cuya última actividad conocida era una reunión reservada en el Comando en Jefe del Ejército. “Era un militar muy cercano a Perón, leal. Quiso evitar el golpe, pero no llegó a informar a Isabel”, comentaron los nietos al diario.
Esa noche en que no regresó a casa, María A. Ramírez Calderón de Montiel esperó mucho más que Lilian Fernández.
González recordará la confesión de Montiel sobre revelar nombres y rangos de oficiales en contacto con organizaciones extremistas para desestabilizar al gobierno. Dirá a la prensa: “La última noticia fue que salió del Comando del Ejército con Martín Rico y tomó un taxi. Le pregunté al general Paladino dónde estaba Montiel. Calló, porque sabía”.
Otto Paladino había mandado en el II Cuerpo de Ejército hacia 1975 previo a ser jefe de la SIDE antes y después del Golpe de 1976. Su hija noviaba con el quilmeño César Alejandro “Pino” Enciso, de 25 años, ladero de Aníbal Gordon.
“Rico debió ser abatido por Gordon”, evaluó quien rastreó la mejor documentación sobre el caso, Juan Gasparini (en su libro La Fuga del brujo, Norma, 2005:218-220). El móvil de ambos crímenes fue validado a lo largo de los años por periodistas e investigadores como Ignacio González Janzen (en su libro de 1986, prologado por Horacio Verbitsky); Martín Malharro (Página/30), quien me señaló lo sugestivo de que Troxler fuese arrojado en el “Pasaje Coronel Rico”; Juan Salinas (Pájaro Rojo), quien profundizó en el coincidente doble secuestro, y Carlos Juvenal (Buenos muchachos, Planeta, 1994), quien aporta que Montiel pudo haber sido “cremado junto a dos del ERP por Antonio Antich Mas, de la Inteligencia de Ejército”. Antich integraba la banda de Gordon, según Juan Gelman, a lo que Juvenal aportó precisiones como que juntos secuestraron a militantes en Uruguay, raptaron al agente de Bolsa Pedro Zavalía, o se codeaban en la SIDE con una tal Marta García Tezanos Pintos.
Obarrio rescata que “una hipótesis judicial señala que fue asesinado en un garaje de la SIDE y quemado en Chascomús; nada probado”.
En marzo de 1975 no estaba del todo incorporado a la consciencia social que la Triple A fuera regenteada por López Rega. De ahí que impactara tanto la tapa de La Opinión del 6 de julio en la que Heriberto Kahn reveló el “informe secreto del Ejército” que depositaba en el peronismo la fuente de todos los males.
La trama que no se revelaría era que a las Fuerzas Armadas les convenía el incremento de la violencia por izquierda y derecha, para quedar como el centro ordenador. En pos de esa acción psicológica es que Mohamed Alí Seineldín operaba como nexo, según revelaría el comisario de la Federal Peregrino Fernández, y una célula que operaba desde la capital bonaerense hasta la capital federal salió de CNU para integrarse a la AAA al mando de Gordon, quien reportaba directo a la SIDE de Paladino.
La especulación respecto de los asesinos se saldó contra el malo más evidente: López Rega. A partir de lo cual, su cercano jefe de la Armada, Emilio Massera, se distanció del gobierno y lo mismo le propuso al amigo de Rico, el general Anaya, quien habrá de coincidir:
–Estoy muy molesto por los ecos del crimen, en el Ejército.
Sin embargo, Rico no figura en la lista de “muertos por la subversión” en el hall del Edificio Libertador, ni recibió ascenso post mortem, que también le fue esquivo a Montiel.
A 72 horas de la desaparición del militar, tres agentes de inteligencia de la Fuerza Aérea se presentaron en la vivienda de los Montiel: con la excusa del pésame, preguntaron por su portafolio, previo a revolver en busca de carpetas o documentos que mencionaran a los inminentes secuaces de Ramón Agosti.
El Golpe
Ni Agosti ni Videla estuvieron al mando de sus fuerzas sino hasta agosto y diciembre de 1975.
Consumada la detención de Isabelita, lanzaron el revanchismo por el que esperaron tres años.
El primer muerto de ese 24 de marzo que prescindió de disparos fue el ex delegado de Perón, Bernardo Alberte. Medio siglo después, el historiador Marcelo Larraquy reconstruyó: Alberte se levantó, advertido por su hija Lidia de que forzaban la puerta; se colocó la sobaquera con el revólver y avanzó.
Diez patoteros irrumpieron al grito de: “Alberte, ¡te venimos a matar!” Mientras un grupo revolvía la casa, otro empujó al teniente coronel por el balcón.
“No sólo había que tirarlo por la ventana a Alberte, sino a todos los peronistas”, le dijo al abogado familiar el juez Rafael Sarmiento. Otro, Juan Bautista Sejean, explicó que, si buscaba testigos, “me matan a mí”. Catorce jueces se declararon incompetentes, recordó Alberte (h). Pasaron el expediente a la justicia militar como “suicidio”.
El teniente coronel Jorge O’Higgins, que le robó las cartas de Perón, padecía Alzheimer en 2012 cuando le llegó el allanamiento del juez Daniel Rafecas. Había revistado en la Jefatura II de Inteligencia del Ejército a órdenes del general Carlos Alberto Martínez, mandado a detener a los 85 años, cuando murió con prisión domiciliaria, en 2013. El general Oscar Enrique Guerrero (cuya foto en Santa Cruz empezó a viralizarse por estar junto a Néstor Kirchner) fue reconocido por la familia Alberte y debía prestarse a indagatoria cuando murió. La causa sigue abierta.

129 conscriptos
El 18 mayo 1976, una bomba mató a tres tripulantes de una ambulancia rumbo a Caspinchango, Tucumán, durante el Operativo Independencia: el soldado Carlos A. Cajal, el sargento enfermero Alberto E. Lai y el subteniente Juan Ángel Toledo Pimentel (no es familiar de los fundadores de FOSMO). Con este caso, el Ejército hizo “propaganda antisubversiva”. Sin embargo, el ex conscripto chofer Domingo Antonio Jerez declaró en sede judicial:
“Yo no manejaba el camión; iba atrás, cerca de la compuerta. Cuando íbamos llegando al puente, había gente a los costados. Parece que tenían la bomba para la ambulancia y la han desactivado cuando vieron el camión. No era para nosotros. Había uno escondido, alcancé a ver. Después conocí a uno que trabajaba en el servicio de inteligencia de los militares; vivían de civil. Cuando llegamos a Caspinchango, sentimos estallar la bomba. Les han tirado la ambulancia… Me parecía que eran los mismos militares. Conocí uno que trabajaba en inteligencia, un flaquito, que lo alcancé a ver atrás de los yuyos”. (El caso Toledo Pimentel: ¿Un “caído” víctima del terrorismo de Estado?, Santiago Garaño y Patricio Rovira, Ponencia, 2025)
El 28 mayo, el conscripto Miguel Cucurullo murió en un enfrentamiento contra “Montoneros que atacaron Campo de Mayo”, según recuerdan los negacionistas, sin aportar detalles.
El 7 de julio, Augusto María Conte Mac Donell (hijo del dirigente de la Democracia Cristiana) fue desaparecido de la Base Naval de Punta Indio, donde cumplía el servicio militar obligatorio. Fue uno de 129 casos compendiados por el capitán del Ejército José Luis D'Andrea Mohr en su libro El Escuadrón Perdido. (La lista, en el portal La Voz de los Colimbas).

La fusta deportiva
Omar Carlos Actis, general de brigada retirado en 1973, administró Yacimientos Petrolíferos Fiscales y presidía el Ente Autárquico Mundial ‘78 cuando fue ultimado, el 19 de agosto de 1976.
Ninguna guerrilla se lo atribuyó, como si habían hecho con los atentados contra un teniente general (Pedro Aramburu, 1970), dos generales de división (Juan Sánchez Verdugo, 1972; Jorge Cáceres Monié, 1975) y tres de brigada (Enrique Salgado, Ricardo Muñoz, 1975, y Cesáreo Cardozo, 1976). El séptimo y último cayó a manos de otra de las fuerzas.
Con el delegado del Ejército fuera del EAM78, la Armada conducida por Emilio Massera pasó a controlar el flujo de gastos para la construcción de estadios y aeropuertos, que saltó de los estimados 70 millones de dólares a más de 700, motivo de críticas del secretario de Hacienda Juan Alemann, a quien le pusieron una bomba en la casa, detonada cuando la Argentina convirtió el cuarto gol contra Perú.
Luego de nombrar a Julio Grondona al frente de la AFA, Lacoste llegó ser vicepresidente de la Conmebol y de la FIFA, donde ocuparía seis cargos. Incrementó su patrimonio en 443%, coincidente con el Mundial. La sospecha fue tal que Eugenio Méndez se atrevió a titular su libro: “Almirante Lacoste: ¿Quién mató al general Actis?”. También Adolfo Scilingo lo involucró en la represión ilegal con epicentro en la ESMA.
Actis murió cuando “un comando que chequeaba sus movimientos lo ejecutó en la transitada calle Las Flores, de Wilde, con un primer disparo que lo hirió en el hombro y la cabeza, mientras guiaba su auto sin acompañante; ya sin gobierno, fue ultimado desde ambos lados”, reza el texto de un proyecto de ley de reparación presentado en 2008 por la diputada Nora Ginzburg. Esta legisladora del PRO incluyó a Rico, pero ni menciona a Montiel y mucho menos a Alberte. Dio por lógico que Rico y Actis fueran asesinados por “organizaciones terroristas desatadas en esa época”.
Montiel tampoco es recordado por CELTyV, la entidad con la que hizo campaña Victoria Villarruel hasta llegar a la vicepresidencia.

Montiel figura en la base de datos de desaparecidos del Parque de la Memoria, como “Agente de la SIDE y coronel retirado”, aunque en el ítem “Víctimas simultáneas” no consta Rico.
Sus datos de legajo militar constan en la web de la Presidencia de la Nación desde que, en 2006, él y Rico fueran ascendidos post mortem y se revelara la verdad. Fue durante la gestión de Nilda Garré, la ministra a quien la familia militar miraba desconfiada y la que más aportó a completar la memoria.
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