Memoria es no volver a empezar desde cero

Los martirios sin justicia siguen sobrevolando el presente

 

En un pueblo de Cerdeña llamado Tres Nuragues se inauguró hace tiempo un centro cultural que lleva el nombre de Mastinu-Marras en memoria de Martin Mastinu y Mario Marras, dos mártires obreros de los astilleros Astarsa y Mestrina. Los padres de ambos provenían de esta isla que se encuentra frente a las costas de Italia.

Víctimas y de la dictadura militar. El jueves en Comodoro Py declararon entre otros en la causa conocida como Puente Doce, Santina Mastinu, hermana de Martin Mastinu, delegado paritario del Astillero Astarsa y esposa de Mario Marras junto a su hijo Diego Mastinu. Ambas declaraciones atravesadas por la angustia del secuestro y asesinato de su familiar, hablando luego de 42 años con la misma congoja que lo hubiesen hecho si hubiese sucedido la semana pasada.

Entre las víctimas de Puente Doce hay una treintena de desaparecidos que fueron parte del movimiento sindical de los años ’70, animadores de las coordinadoras sindicales; la de zona norte fue la más numerosa de todas, a quienes los militares tomaron como blanco de sus ejecuciones. Entre los imputados hay más de una docena de policías bonaerenses y miembros del Ejército, entre ellos el emblemático Miguel Etchecolatz.

En noviembre del ’75 la Triple A había secuestrado a tres delegados, los había torturado brutalmente y luego debió liberarlos porque una asamblea obrera paralizó los astilleros y varias fábricas de la zona hasta que aparecieron. Después en el ’76 los militares concluyeron la tarea con el asesinato de Mario Marras, que se había refugiado en una isla del Delta y que tenía en ese momento a su pequeña hija de tres años en brazos. Posteriormente secuestraron al tano Mastinu, que por relatos de testigo se supo que estuvo en Puente Doce. Santina Mastinu contó cómo su padre, que peleo en la guerra en Italia y fue prisionero de los ingleses durante seis años, decidió emigrar a la Argentina porque no quería que sus hijos tuviesen que padecer otra guerra. Murió de tristeza, al decir de Santina.

En el directorio de Astarsa figuraban dos Braun Menéndez y un Braun Cantilo, éste último tío del actual jefe de gabinete de Ministros, Marcos Peña Braun Cantilo.

Entre los familiares y militantes de derechos humanos que acompañaban en la audiencia se encontraba el Chango Sosa, delegado de Astarsa y sobreviviente de aquella cacería humana. También los secretarios de derechos humanos de la Federación Gráfica bonaerense, el de la Asociación del personal Aeronáutico y el de los metrodelegados junto a los responsables de derechos humanos de la CTA de los Trabajadores. Todos convencidos que aquellos ejemplos atraviesan el presente.

Estos relatos vienen bien a cuento del reacomodamiento sindical que se intenta concretar en estos días, donde se debate una nueva reorganización de la CGT, ¡con un perfil dialoguista con los representantes de aquel mundo empresario con tantas cuentas pendientes en la justicia! Si aquella historia no hubiese existido, tal vez esta discusión presentaría alguna lógica.

La simultaneidad de los hechos que suman todos los días despidos, lockouts patronales como el caso Cargill y retiros voluntarios, dan cuenta de una ofensiva patronal que no se verificaba desde hace décadas en nuestro país. Si a ello le agregamos las paritarias cerradas hasta aquí con el techo impuesto sin tapujos por el gobierno nacional del 15 %, cabe preguntarse si lo que está en discusión no es el destino del sindicalismo en la Argentina.

Una de las pistas para entender cómo se fue tejiendo la historia del movimiento obrero argentino tiene que ver con que las acciones y reacciones que jalonaron su existencia no reconocen interrupciones y ver cómo los actores de ayer y sus descendientes y sucesores lo hacen en el presente. Aquella genialidad de Rodolfo Walsh, que decía que las clases dominantes se empeñan en que los trabajadores no tengamos historia ni memoria y que en cada lucha empecemos de nuevo, se verifica diariamente. El aporte extraordinario de los sobrevivientes y víctimas del Terrorismo de Estado va construyendo esa memoria colectiva que le quita legitimidad a todos los intentos de olvido y de reconciliación con los verdaderos responsables de aquel horror, no solo con los autores materiales.

A cincuenta años de la constitución de la CGT de los Argentinos podemos decir que el espíritu de resistencia que la signó sigue viviendo en las nuevas generaciones. Que Huerta Grande y la Falda como programas históricos siguen desafiando la conciencia de los que se asumen como dirigentes de la clase trabajadora.

Martina y Diego fueron describiendo el dramatismo de una época siniestra. Las expresiones y los silencios de aquellos protagonistas dan cuenta de un discurso sindical que se expresaba cada día más en voz baja porque el terrorismo reinante así lo imponía.

Martin y Mario seguían hablando por boca de sus seres queridos, explicando a los jóvenes delegados atónitos que escuchaban detrás del vidrio que hay otro sindicalismo construido desde el piso de la pirámide que se impone sobre las traiciones y los miedos de algunos dirigentes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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