MEMORIAS DE MONOBLOCKS

El uruguayo Gonzalo Baz construye una breve novela entre infiernos e infinitos

 

Desde antes de Sófocles y hasta bien entrado el Renacimiento, el lugar de los encuentros y la magia por excelencia eran los cruces de caminos. Nudos carreteros en el que alguna movida grossa se armaba, desde un fratricidio hasta una alianza impensable. Luego el feudalismo transportó la acción a las cortes y castillos medievales. El capitalismo desparramó el despelote por geografías más democráticas, entre las cuales los conjuntos de viviendas colectivas, durante el siglo XX y hasta ahora gozaron de ciertos privilegios ficcionales. Por estos pagos, conocidos como barrios de monoblocks, tuvieron su auge legendario a partir del primer peronismo, con la leyenda de la negrada levantando los pisos de parquet para hacer asados y en torno a sus fuegos desarrollar las típicas orgías de sexo y sangre en las que devoraban infantes y, cuando la horda estaba muy sacada, ni siquiera escupían los botones.

Complejos habitacionales que evolucionaron al son del neoliberalismo en pajareras con pretensiones, para erigirse hoy como ostentosos barrios cerrados de altas torres con jardines, piletas y amenidades. Por el resto de Latinoamérica la onda cundió en tiempos y modalidades semejantes. Con el pasar de las décadas fueron quedando estos primitivos complejos urbanísticos, testimonio de las sucesivas improntas de clase, movilidad social y, en algunas oportunidades, respectivas decadencias. Un emplazamiento de abigarradas torres en una barriada marginal es el elegido por el escritor —y librero— uruguayo Gonzalo Baz (Montevideo, 1985), nacido al concluir aquella dictadura, para su primera novela Los pasajes comunes. Título que hace alusión a los vericuetos que se esparcen dentro del barrio de torres, con sus pasadizos estrechos, plazas secas y espacios abiertos, escenarios ideales para las pasiones y trapisondas de los adolescentes que por allí deambularon en tiempos de cambio de siglo.

 

 

El autor, Gonzalo Baz.

 

 

Figurado como un gigantesco insecto de recia caparazón articulada, el barrio de torres nombradas con letras y números resume su historia hacia antes y después de la inflexión secular, desde su construcción en 1978 por iniciativa de un milico que pijoteó materiales de construcción mientras alucinaba prebendas, hasta nuestros días con una población descascarada que intenta sobrevivir como puede. En la banda occidental de la costa uruguaya también esos escenarios siguen siendo elegidos a fin de cobijar simpáticas historias domésticas, no menos que para enclavar crueles evocaciones salpicadas de truculencias.

El intercambio entre ambas orillas del proceloso Río de la Plata sigue siendo fecundo en locaciones, vicios y virtudes literarias. Baz se suma a la corriente que prefiere los textos de pocas páginas (menos de cien), y exige un narrador en primera persona al tiempo que se diferencia mediante una prosa cuidada, sin abandonar el tinte popular ni excluir la ironía. Al principio mismo de la novela, traza con sorna los propios parámetros narrativos. Los pone en boca de una amigovia del protagonista, señalándole “con su español atravesado que yo lo que necesitaba era ir a terapia, bajar de peso, dejar el alcohol, conseguir más notas, salir del círculo de la escritura autorreferencial, dejar de escribir siempre lo mismo, no volver a Montevideo”. Entre otras líneas de lectura más preponderantes, el personaje realiza todas y cada una de las exigencias, sin cumplir ninguna al pie de la letra. Perspicacia que salva a Baz de quedar succionado en el remolino del fashion que impone efectismo, chanchadas, redacción simplona y regocijo con la nada.

 

 

 

 

Aspectos que suman la nouvelle en el fervor por el cuidado de la escritura que caracteriza las letras orientales. Mediante tal ejercicio establece la acción entre dos fronteras, el Infierno y el Infinito, recovecos materiales así bautizados por los gurises, a partir de los cuales se desencadenan los besos, los porros, el fulbito, las pedradas a la policía, los ardides para ganarse el pan, huidas, regresos. Universo demostrativo de que “no hay lugar de donde partir mas que de ese mapa arrugado que amasija recuerdo, alucinación y presente”. El mismo que se traslada con los personajes donde vayan, atraviesa latitudes reinstalándose en cada geografía como rémora de ese exilio –antes político, después económico— uruguayo que atrapa anécdotas pretéritas, a veces gratas, a veces trágicas: “Un paralaje de conversaciones y recuerdos falsos. De imaginar los recorridos que hicieron mis amigos después que cada uno siguió su rumbo. Y, sobre todo, de constatar que lo que hacíamos por esos años era vigilado por alguien del que no sabemos casi nada. Tendría que hablar de cómo los recuerdos se modifican, pero la compulsión queda”.

Sin juicios de valor, con movimientos que bien parangonan el del caballo de ajedrez, la historia sostiene su coherencia al retorcerse en el tiempo y el espacio. El imprevisto instante en que una oscura motivación hace al pintoresco lumpen de la aldea de cemento romper una botella y clavársela a un vecino sin anuncio ni razón, una madre que esconde el dinero entre las páginas del Manifiesto Comunista, el fin del amigote artista en el condominio proletario de San Pablo, la muñequita brava que arrima el vintén con una canasta de pan bajo el brazo, el fugaz paso en cámara lenta por Portugal, el regreso al terruño donde todo es igual y distinto, son algunas de las sutiles puntadas que ilustran el tapiz de apariencia caótica. Estadía sedentaria, barrial, que obra como un viaje en sí mismo, subsume otros recorridos donde “la experiencia de volver profana la memoria”.

 

 

FICHA TÉCNICA

Los pasajes comunes

Gonzalo Baz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2021

91 páginas

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