META SWING

Esa cualidad caprichosa y esencial para hacer y disfrutar el jazz, en un manojo de expresiones literarias

 

Hay una relación íntima entre la escritura y la música. La que la segunda produce en el cuerpo al momento de otorgarle a la primera cierta cadencia; una armonía, un ritmo. Para el escriba, lo extraño es cuando un fondo musical no acompañe su tarea, no guíe la pluma. Tratándose del jazz, este vínculo biunívoco se ratifica. Abundan los escritores que lo incluyen en su trabajo. El piloto de El Cohete a la Luna lo hace explícito en cada edición. Julio Cortázar supo realizar con ello un rasgo de estilo. El gran Boris Vian, declarado cholulo del jazz, trompetista él mismo, lo introdujo en la Francia de entreguerras. Uno de los novelistas rioplatenses más notables, Carlos María Domínguez, se solaza como cronista especializado. Siguen firmas.

 

 

Boris Vian.

 

 

Los recién mentados y veintisiete más nutren las páginas de Gente con Swing II, continuación del volumen de 2018 que rescata textos variopintos oportunamente publicados en diarios, revistas, papers académicos, blogs, libros. Transcripciones, poemas, reportajes, pequeños ensayos, apuntes técnicos, ficciones, perfiles, semblanzas, evocaciones, constituyen esta polimórfica colección compilada por el escritor, periodista y arqueólogo musical rosarino hasta los tuétanos Horacio Vargas (Rosario, 1960).

 

 

El compilador, Horacio Vargas.

 

 

Si bien el Swing propiamente dicho recorta una modalidad y una época del jazz, sucedánea de las grandes bandas que pervivieron a la Gran Depresión de los años ’30, compete a una modulación musical que rueda hasta nuestros tiempos. Impacta inclusive en el rock nacional, como lo constata el mismísimo Luis Alberto Spinetta: “Tenía la sensación de que el jazz era música para tipos con whiskies en la mano, apoyados en la barra de un boliche oscuro. Y después me di cuenta que el jazz es la libertad que no se fija límites a la inspiración”. Declaración ejemplar rescatada por el periodista Fernando Ríos, forma parte de una de las tantas joyitas que componen Gente con Swing II. Síntesis potente que grafica “eso que se tiene o no se tiene”, el swing, eso indispensable para componer, tocar y disfrutar del jazz.

En conjunto, los autores convocados por Horacio Vargas son Adrián Iaies, Mariano del Mazo, Claudio Kleiman, Raúl González Tuñón, Paco Urondo, Raúl Gustavo Aguirre, Mario Trejo, Daniel Salzano, Alberto Giordano, Joaquín Sánchez Mariño, Berenice Corti, Teodelina Basavilbaso, Marta Lambertini, Raquel Roberti, Eduardo De Simone, Fernando Ríos, Miguel García Urbani, Pablo Bagnato, Leandro Arteaga, Paul Citraro, Pere Pons, Fernando Abaca, Adrián Baigorria, Néstor Tkaczek, Gonzalo Chicote, Boris Vian, Federico Monjeau, Horacio Verbitsky, Sun Ra, Jack Kerouac y Carlos María Domínguez. Heteróclita banda que el swing propio del jazz hace sonar acorde, por su variedad es tan prudente como representativo ofrecer un manojo de arbitrarios fragmentos de sus respectivos textos:

 

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Carlos María Domínguez (Buenos Aires, 1955)

Variaciones sobre el bebop. El mensaje del jazz para la literatura corre por puentes virtuosos. En primer lugar, hay una semejanza entre la ambición de tocar dos y tres cosas al mismo tiempo, y la acertada definición de Ricardo Piglia acerca de que un buen relato cuenta, simultáneamente dos cosas. Una historia explícita en el argumento, y otra silenciosa que corre por debajo. A partir de esta coincidencia básica, es posible leer algunas confesiones de Dizzy Gillespie y varios jazzmen en clave literaria.

Radica en la importancia del fraseo. Es que al cabo de las muchas historias contadas por un escritor, lo que perdura en la memoria es el sonido de su prosa, una manera personal de hacer oír el idioma. Los músicos de jazz, y en particular del bebop, desarrollaron una conciencia agudísima del fraseo, porque si la progresión de los acordes mantenía las melodías abiertas, en el fraseo concentraban la unidad del estilo, y así como hay uno singular en la trompeta de Armstrong, Roy Eldridge, Gillespie, Miles Davis, hay un fraseo inconfundible en el saxo de Lester Young, Charlie Parker, Ben Webster, Coleman Hawkins y Coltrane.

 

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Pablo Bagnato (Rosario, 1980)

“… a Chet le había bastado con omitir la primera, reveladora estrofa y arremeter desde la segunda y borrar así el género del deseo y lograr que sus labios cantasen entonces para cualquier destinataria y que miríadas de jóvenes se enamorasen al instante y anhelasen desesperadamente al resplandeciente astro, y todo ello mucho antes de la beatlemanía y otros fenómenos”.

 

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Raúl Gustavo Aguirre (Buenos Aires, 1927-1983)

Jazz de verano (In memoriam Charlie Parker). Yo me inclino ante un hombre/ que rompió simplemente/ contra el silencio su cabeza// contra el silencio de la vida de la muerte/ de la miseria inútil/ del dolor sin sentido// son estas las alabanzas/ de un hombre que sostuvo/ que sostuvo y sostuvo/ en el fondo de un vaso un sonido sin fin// para que nadie nunca nunca más esté solo.

 

 

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Raúl González Tuñón.

 

 

Raúl González Tuñón (1905- 1974)

Jazz Band. (…) La luna igual que tú, eh, apártate, porque el jazz romperá sus platillos sobre tu peluda cabeza. Córtate la melena y la vida te será más fácil. Enciende un cigarrillo rubio como esta copa de whisky dulzón que paladeo junto con la voz de la muchacha del bar. Entra un contrabandista de licores. Abre las piernas, descontorsiónate en el Charleston epiléptico y bullicioso, reconcíliate con la vida que una nueva alegría me ha venido a los ojos y un nuevo deseo me ha venido a las manos. Préstame tus senos, dame un montón de palabras para arrojarlas a la calle, a la noche, al mar.

 

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Paco Urondo (Santa Fe, 1930- Mendoza, 1976)

Los gatos (fragmento). Paso mi vida en esta parte del mundo y a veces me quejo de mi suerte; todos me reprochan esta debilidad, pero nadie puede curarla; entonces me dejo llevar, atrapar por las fieras

que esconden y afilan sus uñas. Alguien toca la guitarra;

un hechicero hace brincar las salamandras del siglo. Hay luz en la vida nocturna;

Jim Hall destroza la noche pesimista de El Bajo,

disimula la tristeza pesada de estar entre nativos;

la vergüenza de ser del sur los parientes pobres; la sorpresa imposible

de reconocer al mundo en otros lugares, en otros sueños,

en otro alcohol de la gente. Los nativos olvidan las injurias

y admiran la ternura del jazz y perdonan y aman, todavía.

 

 

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Jack Kerouac  (Estados Unidos, 1922- 1969)

Coro 241 (fragmento). Perdóname Charlie Parker./ Perdóname por no poder responderle a tus ojos/ Que pudieras captar./ Charlie Parker, ora por mí/ Ora por mí y por todos/ Desde el nirvana de tu mente/ Donde te ocultas benévolo y grande,/ No hay más Charlie Parker/ Pero el secreto inefable/ Que llevas merecidamente contigo/ No se puede medir desde aquí/ Ni desde arriba ni desde abajo,/ Ni desde el este o el oeste// Charlie Parker aléjame de la perdición/ A mí, a todos.

 

 

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Adrián Iaies (Buenos Aires, 1960 )

Mi puerta de entrada. Bill Evans fue mi puerta de entrada, mi eslabón natural con el jazz. Mi formación fue clásica y yo venía tocando a Schumann, a Bach y a los impresionistas cuando descubro que algo de esa misma gama de colores, de esa misma densidad sonora, de esa materia prima estaba presente en el discurso de este tipo pero con una articulación diferente, “ese” fraseo. Y eso me atrapó. Como si Evans parafrasease a Schumann o a Chopin para hablar acerca de su propia cotidianeidad.

(…) A Evans lo escuché por primera vez a los 14 años, en la casa de Manolo Juárez, mi maestro de composición y orquestación. Fue inmediato el flash: lo oí y me caí de culo. El disco era Bill Evans at Town Hall. (Manolo me confesó alguna vez que le había robado ese vinilo a Litto Nebbia.)

 

 

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Horacio Verbitsky (Buenos Aires, 1942).

Un rollito en la fila cuatro. Sinatra dijo una vez que Tony Bennett era el mejor de todos y que le impresionaba cómo entendía lo que el autor quiso decir. A mí siempre me pareció que lo que cantaba le estaba ocurriendo a él en ese momento, ya sea la ruptura de una pareja (The Two Lonely People), la ilusión de un reencuentro (We’ll Be Together Again), la fascinación de una nueva relación (My Foolish Heart), la esperanza de un nuevo amor por venir (You Must Believe in Spring o Make Someone Happy), la reflexión melancólica sobre el paso del tiempo que deja tantas cosas pendientes (Some Other Time), o el milagro de un nacimiento (A Child Is Born). Mi nieta E., que acaba de cumplir dos meses, cierra los ojitos y sonríe mientras escucha A Child Is Born. Ha llegado una nueva generación de amantes de Tony Bennett.

(…) …Me acerqué a la boletería. Estaba el tablero con todos los agujeros vacíos, salvo un rollito en la fila cuatro. Dése prisa que ya comienza, me dijo el tipo. Terminé de sentarme, se encendieron las luces y Tony Bennett comenzó a cantar Speak Low, de Kurt Weill, acompañado por Ralph Sharon, que con esa pinta de escribano de la City tenía un swing admirable. La elección del repertorio es otra clave del arte único de Tony Bennett, que encantó a madres, padres, hijas, hijos, nietas y nietos.

 

 

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Eduardo De Simone (Buenos Aires, 1961)

La última batalla de dos colosos. Los solos de Coltrane –especialmente su extensión– fueron también motivo de trifulca en la banda durante la gira. Miles tenía que obligarlo a parar porque Trane a menudo se encaminaba a tocar un solo de media hora cuando el set completo no debía superar los cuarenta y cinco minutos. “Me meto en esto y no sé cómo frenar”, se angustiaba. “Muy simple: probá con apartar el saxo de la boca”, lo sacudía Miles.

 

 

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Berenice Corti

El Jazz Negro en la Argentina. Esos años fueron también los de las visitas de grandes músicos norteamericanos a la Argentina (Dizzy Gillespie en 1956, Louis Armstrong en 1957, Duke Ellington en 1968). Los conciertos formaban parte de giras continentales programadas como política del Departamento de Estado de los Estados Unidos, en donde el jazz, según tituló el periódico New York Times en 1955, era el “Arma sonora secreta” de la llamada Guerra Fría, capaz de “contrarrestar la supuesta propaganda soviética sobre la segregación y la injusticia racial”, como sostiene el investigador E. Taylor Atkins. El Jazz Ambassadors Tour se extendió hasta la década del ’70 en los llamados países no alineados o en proceso de descolonización, aún más allá de la Cortina de Hierro. El hincapié puesto en la racialidad de los músicos no era casual, pero paradójicamente las giras también concitaban reacciones de solidaridad con el pueblo afronorteamericano, y algunos de sus protagonistas, como Armstrong o Gillespie, aprovechaban para señalar que no se podía ocultar la política racial de los Estados Unidos.

 

 

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Teodolina Basavilbaso (Buenos Aires, 1987).

Gato Barbieri, ceremonia íntima en Nueva York. Ese que está por bajar de su camarín –en cualquier momento– era todavía un niño cuando sostuvo por primera vez un instrumento. Empezó tocando un requinto en vez de un clarinete –como hubiese preferido–, porque tenía manos muy chicas. Ese que está por tocar en uno de los clubes de jazz más famosos del mundo nació en 1932 en Rosario, Santa Fe, donde excepto prostíbulos, no había mucha vida nocturna, según él mismo relata. Ese que está por subir al escenario rodeado de gente dejó la escuela en sexto grado porque era tartamudo y tenía dificultades para expresarse y se avergonzaba cuando debía pasar al frente. El público que está sentado cerca de la escalera por la que bajará el músico empieza a aplaudir y se levanta de sus asientos. Ese que está por tocar su saxofón es famoso en todos lados, hasta en Rusia, donde sienten un gran amor por el tango, y extrañamente –ya que él no toca estrictamente tango–, por “Mr. Gato”. Ese mismo que vino a tocar esta noche en Blue Note colaboró en dos discos del trompetista estadounidense Don Cherry, considerados hoy clásicos del free jazz y el vanguardismo de los años ’60: Complete Communion y Symphony for Improvisers. Y también con Santana, en una versión de bolero del tema Europa. Ese que sale a tientas de su camarín es, probablemente, el músico de jazz más importante que dio la Argentina.

Y ahí está el Gato.

 

 

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Thelonious Monk.

 

 

Julio Cortázar (Ixelles, 1014- Paris, 1984).

La vuelta al piano de Thelonious Monk. Cuando Thelonious se sienta al piano toda la sala se sienta con él y produce un murmullo colectivo del tamaño exacto del alivio, porque el recorrido tangencial de Thelonious por el escenario tiene algo de riesgoso cabotaje fenicio con probables varamientos en las sirtes, y cuando la nave de oscura miel y barbado capitán llega a puerto, la recibe el muelle masónico del Victoria Hall con un suspiro como de alas apaciguadas, de tajamares cumplidos. Entonces es Pannonica, o Blue Monk, tres sombras como espigas rodean al oso investigando las colmenas del teclado, las burdas zarpas bondadosas yendo y viniendo entre abejas desconcertadas y hexágonos de sonido, ha pasado apenas un minuto y ya estamos en la noche fuera del tiempo, la noche primitiva y delicada de Thelonious Monk.

 

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Gente con Swing II

Horacio Vargas (compilador)

Rosario, 2020

160 págs.

 

 

 

 

 

 

 

 

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1 comentario
  1. Marcelo Marmer dice

    Muy tentador el comentario del libro.
    Gracias

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