METEMPSÍCOSIS

La historia de las mentalidades como marco analítico para la política argentina

 

Los escarceos con la Justicia en sí mismos y con respecto a la relación crecimiento económico-instituciones llaman a preguntarse, por un lado de donde sale el poder para resistir de ciertos personeros de organismos que no dan para más y, por el otro, hasta dónde es factible lograr una superestructura jurídica que los deseos asimilan a la de los países desarrollados con una estructura productiva subdesarrollada. En otras palabras, que grado de solución real admite el asunto y cuál es la naturaleza del problema político que se enfrenta durante la transición que deja atrás la república bananera (o sojera, poco importa el bien de uso). En tiempos en que la guerra psicológica cuenta con armas técnicas muy poderosas y de bajo costo para el orden establecido, los interrogantes tientan a convocar para encontrarle una respuesta, a lo que los historiadores ingleses llaman el problema de la historia de las mentalidades; en particular en su diálogo con los historiadores franceses de la escuela de los Annales.

Ocurre que la atención puesta en la conversación de estos dos grupos de intelectuales orgánicos lleva a la reflexión de cómo la acción política capitaliza los aciertos y errores del pasado, para que sirvan de guía en el presente de cara al propósito de la superación del atraso de la estructura socio-económica, que en nuestro caso tiene al menos a la mitad de los argentinos viéndola pasar muy desde abajo. El dato coyuntural a considerar con sus matices, lo aporta Ellen Cushing, editora de The Atlantic (08/03/2021), a quién Tina Franklin, una neurocientífica de la Georgia Tech le dijo que la pandemia «está exponiendo a las personas a micro dosis de estrés impredecible todo el tiempo», incluso para aquellos que lo hacen con relativa comodidad. Informa Cushing que la investigación de Franklin “ha demostrado que el estrés cambia las regiones del cerebro que controlan la función ejecutiva, el aprendizaje y memoria”.

El paralelo comparativo entre ese diálogo franco-británico y la cultura política argentina escudriña el contraste para encontrar la punta al ovillo de los rasgos más característicos que la definen. Entre ellos, el del desapego al costo político de cualquier cambio, al punto de no inhibirse de propender a efectuarlo cuando su más probable resultado es negativo. En la tradición que por ahora amalgama en Juntos por el Cambio a los macristas con las huestes de la Unión Cívica Reaccionaria (UCR), es moneda corriente que no ahorren ninguna acción contraria a la integración nacional. Cualquier opción conservadora que se precie de razonable puede discutir el ritmo de los cambios, no la dirección cuando estos no solo no cuestionan los fundamentos del sistema sino que lo mejoran. Los salarios al alza intensifican la perspectiva de la inversión porque la segunda es una función creciente de los primeros. Los obtusos conservadores argentinos no hay oportunidad en que no se pongan como meta rebanar la remuneración del trabajo y así arruinar el crecimiento. Pintan con el mismo talante en la esfera de la justicia.

Entre los que están en las antípodas de esta actitud política dañina y sensibilidad social no les falta, el comportamiento de situarse en el presente reivindicando hechos y personajes del pasado más o menos reciente en que se leyó muy mal las relaciones de fuerzas signadas por la Guerra Fría o las que las sucedieron desde que cayó el Muro, sugiere que nunca han terminado de entender que el problema no era el capitalismo sino el capitalismo subdesarrollado y que la forma más rápida y de menor costo político con que contaban y cuentan las mayorías nacionales para elevar su nivel de vida era y es lograr el desarrollo, para lo que hacen falta capitales y oportunidades de inversión, es decir que prime el mercado; o sea que haya consumo. Pero, simplemente negaban entonces y siguen remisos ahora a conceder que eso fuera posible, no por las instituciones capitalistas en sí, sino por lo que creían y creen que promete un imposible por inexistente paraíso donde la acumulación de capital no cuenta. El costo político de semejante fantasmal nirvana es enorme para los trabajadores, y los beneficios nulos.

Razones de más entonces para entrever qué tiene para decirle a la práctica política argentina en general y para encarar una mejora en la institucionalidad de la administración de justicia, la experiencia francesa que ha desembocado en una economía en extremo dirigista y la inglesa que ha construido la sociedad más socialista de Occidente, metió la pata con el Brexit (del cual siempre está a tiempo de arrepentirse) y tiene preocupadas a las almas sensibles del planeta con las vivencias monárquicas de Meghan y Harry. Eso sí, extramuros nunca nadie dudó del compromiso de ambas naciones con el librecambio y la libre empresa.

 

 

Revoluciones

El diálogo actual de historiadores ingleses y franceses sobre las mentalidades tiene su gran antecedente en cómo resolvieron las dos naciones las cuestiones generadas por las llamadas revoluciones burguesas: la industrial inglesa de corte económico y la política francesa. En el momento en que la clase burguesa entra a jugar como vector de una transformación radical de la sociedad –la más radical de todas después de la dislocación de la comunidad primitiva y el principio de la lucha de clases— la fuente casi única de excedente era el trabajo de los pequeños agricultores. El problema de la revolución industrial acontece pues como un problema de la mecanización de la agricultura. Esta tecnificación implica la introducción de relaciones capitalistas en la agricultura, dado que la granja capitalista posee un poder de absorción de maquinaria de lejos muy superior a la de la chacra de los pequeños agricultores. Si esto funciona así, entonces hay sólo dos vías para llegar: transformar directamente la propiedad del señor noble en propiedad capitalista o transformar al pequeño agricultor en propietario burgués y esperar que las relaciones mercantiles la disuelvan –por la proletarización de unos, el enriquecimiento de otros— y la transformen en propiedad capitalista. En los dos casos es preciso atravesar, se lo quiera o no, por la expropiación de los propietarios anteriores, inmediata y violenta en el primero, lenta y evolutiva en el segundo. (En el primer caso se le expropia directamente, lo que luce más racional. En el segundo, se comienza por consolidar los derechos y se los expropia después, lo que luce absurdo).

Así es como entra a tallar el factor político en las relaciones de fuerza del momento. La clase burguesa revolucionaria no puede combatir en dos frentes. O  acuerda con los señores feudales y expropian a los pequeños agricultores, y los señores feudales se convierten en capitalistas (caso inglés), o acuerda con los pequeños agricultores y proceden a abolir los derechos de los señores feudales (caso francés). En el primer caso, la revolución es pacífica en el plano político, camina hacia la integración en el plano económico y permite a las fuerzas productivas dar un salto hacia delante. En el segundo, la revolución política es radicalizada y se pone en marcha un sistema híbrido en la cual la agricultura precapitalista, parcelaria, se convierte en un freno, una tara y una hipoteca para el porvenir.

 

 

 

Annales

Así se inició en ambas costas del Canal de la Mancha el largo aprendizaje de cómo desplumar a la gallina sin que cacaree, con una clarísima ventaja inglesa en términos de integración nacional. El alcance del proceso de aprendizaje entre unos y otros lo calibra Eric Hobsbawm, el refugiado del Imperio Austro-Húngaro que se convirtiera en una referencia global entre los historiadores desde su patria de acogida, comentando la influencia entre los historiadores ingleses de la escuela francesa de los Annales, titularizada por Fernand Braudel. Hobsbawm previene que “pese al enorme valor de las personas asociadas con los Annales, no cree que en Inglaterra los que se ocupan de la historia de las ‘mentalidades’ tengan contraída una gran deuda directa con los Annales”.

Como en mayor o menor medida todo suma entre los historiadores ingleses “además de estas influencias extranjeras, ha habido importantes influencias locales o, si quieren, internacionales: por ejemplo, Marx y el marxismo, incluido Gramsci”. Y estas influencias primordialmente operaron sobre dos cuestiones. Una es la de subrayar “la relación absolutamente esencial entre el mundo de las ideas y los sentimientos y la base económica, si quieren, la manera en que las personas se ganan la vida en la producción”.

La segunda evalúa el ámbito de la primera, puesto que “el modelo marxista de la base y superestructura […] entraña una consideración de la superestructura así como de la base, esto es, la importancia de las ideas”. De ahí que Hobsbawm insista en no perder de vista la importancia de “las creencia de la gente y no como si fuese sólo una especie de espuma encima de las estructuras de clase o los movimientos económicos” y asimismo en “la importancia crucial de la estructura de clases, de la autoridad, de los diversos intereses de los gobernantes y los gobernados y las relaciones entre ellos en el campo de las ideas también”.

Hobsbawm entiende que “el problema de las mentalidades no es sencillamente el de descubrir que la gente es diferente y de qué manera lo es […] Es encontrar una relación lógica ente varias formas de comportamiento, de pensamiento y de sentimiento, verlas como formas que concuerdan con otras. Es, si quieren, ver por qué tiene sentido, pongamos por caso, que la gente crea que los ladrones famosos son invisibles e invulnerables, aun cuando sea obvio que no lo son”. Al respecto indica que “No debemos ver estas creencias puramente como una reacción emocional, sino como parte de un sistema coherente de creencias relativas a la sociedad, relativas al papel de los que creen y al papel de aquellos que son objeto de tales creencias”. Ilustra esa categorización aludiendo a los campesinos y preguntándose “¿Por qué exigen solamente tierra sobre la cual creen tener derechos jurídicos o morales? ¿Por qué no escuchan a las personas que les piden que exijan tierra basándose en otros motivos, como, por ejemplo, los que proponen los políticos radicalizados actuales? ¿Por qué parecen tener simultáneamente argumentos pidiendo tierra o justicia que a nosotros se nos antojan incompatibles? No es que sean tontos. No es que no sepan lo que les conviene. Debería haber una cohesión”.

El eminente historiador inglés para la historia de las mentalidades apuesta al análisis antes que al descubrimiento, razón por la cual propone ver “la mentalidad como un problema no de empatía histórica o de arqueología o, si quieren, de psicología social, sino de descubrimiento de la cohesión lógica interna de sistemas de pensamiento y comportamiento que encajan en la manera en que la gente vive en sociedad, en su clase en particular y en su particular situación de la lucha de clases, contra los de arriba, o si quieren, los de abajo”. Para los estudios de la mentalidad las nociones del tiempo en cada etapa de la sociedad tienen su peso ponderado y, particularmente, talla el sentido de la historia que para Hobsbawm “[…] es muy importante, y hasta que lo hayamos descubierto realmente no podemos hacer mucho con el pasado”.

El conjunto de estas categorías analíticas y singularmente la del sentido de la historia, estarían indicando que la mentalidad argentina a fuerza de la nada feliz práctica política de distintos fragmentos (algunos muy importante) de la clase dirigente argentina que no se pone como meta bajar al mínimo el costo político de cualquier transformación, que encima no son tales sino idealizaciones a derecha e izquierda sin sustento en la realidad, ha aprendido muy bien lo que no quiere pero dista mucho de saber lo que quiere. De ahí que acciones relativamente simples como disponer y ordenar una institucionalidad jurídica agotada, se convierta en una tarea de dudosa consecución. Si no se sabe bien cómo y hacia dónde transformar la estructura productiva, resulta una mera ilusión tratar de materializar instituciones que funcionarían cabalmente si esa condición necesaria se cumpliera. Es así como la vida política tiende a una asfixiante y tediosa profesión de metempsícosis, es decir, de buscar en el pasado que las almas transmigren en el presente a otros cuerpos de mayor perfección por merecerlo, dados los méritos alcanzados en la existencia anterior. La tarea de generar conciencia y organización en el movimiento nacional es muy grande para que en ese instante helado del almuerzo desnudo, todos vean lo que hay en la punta de sus tenedores y se percaten de lo que debe hacerse para dejar atrás el subdesarrollo.

 

 

 

 

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