Miguel no se iba por el río

A 29 años de la desaparición del estudiante de periodismo, todavía falta encontrar su cuerpo

 

“Me acuerdo que lo vi entrar por el pasillo de la Escuela de Periodismo en calle 44. Tenía las clásicas zapatillas Topper blancas con algunos agujeros, un jean gastado, una remera de los Sex Pistols, el pañuelito enroscado como se usaba en esa época y una campera de gamuza un poco rota. Venía a preguntar para estudiar. Yo militaba en la Federación Juvenil Comunista y le di un folleto; a partir de ahí empezamos a cruzarnos. Él era anarquista, andaba para todos lados con sus perros Dago y Magui, jugaba muy bien al fútbol. Era un tipo que amaba la libertad”. Así se expresa Alberto Mendoza Padilla, quien a principios de los ’90 era estudiante de periodismo, amigo de Miguel, y hoy es profesor titular de la cátedra de Derechos Humanos de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) e integrante de la Asociación Civil Miguel Bru.

“Nosotros éramos militantes y conocíamos la historia de lo que habían sido la dictadura cívico-militar-eclesiástica y el terrorismo de Estado. Sabíamos perfectamente de la existencia de desaparecidos y desaparecidas, pero que aun así en el ’93, ya a varios años de haber recuperado la democracia, nos haya faltado un compañero, amigo, con quien compartíamos cursadas y salidas, nos golpeó muy fuerte”. Luego de un período sangriento como el ’76-83, que volviese a haber una persona desaparecida era espeluznante porque develaba que ciertas estructuras de poder jamás habían dejado de operar. Miguel Bru, de 23 años, desapareció en la ciudad de La Plata el 17 de agosto de 1993. En esos días se suponía que iba a estar cuidando la casa de unos amigos, cercana al Río de la Plata, pero cuando fueron a buscarlo, no estaba.

Recuerda Mendoza Padilla: “Rosa, la mamá de Miguel, llegó a la zona del río y ahí había un personaje llamado Rojas, que tenía algo parecido a lo que sería la estructura de un colectivo donde había instalado una heladera, y ahí vendía algunas cosas. Era una suerte de puestero de la zona. Rojas comentó que había visto pasar a un pibe con las características de Miguel para el lado del río y que había ropa tirada por ahí, entonces fueron a buscarlo hacia esa zona. Cuando llegaron encontraron la bicicleta de Miguel apoyada en un árbol y ropa desperdigada como si alguien se hubiese ido desvistiendo de camino hacia el agua. En ese momento Rosa, típica madre, agarra el calzoncillo, lo huele y tenía olor a limpio. Eso había sido una escena montada”.

 

 

Mural en la sede de la Facultad de Periodismo de calle 44, en La Plata, bautizada con el nombre de Miguel.

 

 

Esta es la orden de allanamiento

Lo primero fue entender qué había pasado. En este sentido, recuerda Alberto: “Carolina, la novia de Miguel, empezó a narrar que él le había manifestado que estaba un poco asustado con el personal del servicio de calle de la Comisaría Novena, que generalmente son policías que andan de civil. Había uno en particular, el sargento Justo José López, que tenía una Chevy y lo seguía a paso de hombre cuando Miguel salía de su casa”. Miguel vivía en calle 69 con otros jóvenes, tenían instrumentos musicales, iban a las Marchas de la Resistencia de las Madres de Plaza de Mayo, estudiaban periodismo, cosas que a principio de la década del ’90, en una ciudad chica como La Plata, eran observadas con detenimiento por una policía que había ingresado a la democracia con las mismas lógicas y prácticas que sostenía desde la dictadura. En esa casa, la policía había llevado a cabo un allanamiento, un día que casualmente Miguel no estaba:

“El primer allanamiento había sido sin orden judicial. Quienes fuimos estudiantes acá en La Plata y hemos hecho fiestas en departamentos sabemos que cuando había una denuncia por ruidos molestos venía un patrullero, se bajaba el policía, tocaba timbre y te decía: ‘Bajen la música porque hay vecinos denunciando y va a haber quilombo’, y ahí terminaba todo. Lo que pasó en la casa de Miguel fue otra cosa: un operativo con autos de civil, patrulleros, una camioneta. Sentados en la vereda estaban Carolina, Quique, El Chino. Entre los policías venían el subcomisario Walter Abrigo y López, el de la Chevy. Pusieron a los chicos contra la pared, empezaron a avanzar por un pasillo hacia la casa y adentro estaba el ‘Mono’ Vázquez, que cuando vio a un tipo de civil que venía queriendo entrar, le cerró la puerta y le pidió la orden de allanamiento. López le apuntó con la pistola en la cabeza y le dijo: ‘Esta es la orden de allanamiento’”. Entraron, revisaron todo, buscaron droga, no la encontraron, y se fueron amenazando con quemarles los instrumentos. Cuando Miguel volvió y supo lo que había pasado, se fue solo a hacer la denuncia. Eso hace alguien que cree en la democracia y en las instituciones. Pero cuando todo está tan podrido que los que te toman la denuncia son los mismos que te allanaron sin orden judicial, la vida se pone muy compleja. A partir de allí empezó el hostigamiento, porque a un pibe de 23 años que tocaba rock and roll se le había ocurrido que podía denunciar a la propia policía.

“Al poco tiempo hubo un segundo allanamiento, este sí con una orden judicial por una denuncia de un robo a un kiosco que estaba en la esquina de calle 69. Hicieron el allanamiento como forma de amedrentar a los chicos y después nos dimos cuenta de cómo eran las cosas, porque por supuesto en la casa no encontraron nada y a los dos o tres días la causa se cerró, es decir que fue una causa armada como diciendo: ‘Yo te allano con orden y te allano sin orden’. La violencia comenzó a escalar hasta llegar al 17 de agosto”. Los amigos y compañeros de Miguel, habiendo reconstruido la historia y pudiendo vincular al servicio de calle de la Comisaría Novena con la desaparición, comprendieron que necesitaban abogados y acudieron a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), donde hablaron con Marta Vedio y Roberto Bugallo. Estos abogados fueron a hacer la denuncia de la desaparición y resulta que el juez que les tocó era Amílcar Vara.

 

 

El juez Amílcar Vara, ya fallecido.

 

 

 

El gobernador, el juez, el policía

Es usual que las víctimas de determinados delitos, o sus familiares, relaten que les costó hacer la denuncia porque el propio sistema es reacio a recibirlas. Quizá se pueda dimensionar cuán difícil es obtener justicia si el primer paso, que es denunciar, es un desafío en sí mismo. “A Rosa y a Carolina les costó mucho hacer la denuncia. En la comisaría de Bavio no se las tomaban porque les decían que eso, al ser la zona del río, le correspondía a Prefectura. Prefectura tampoco se las tomaba y vinieron a La Plata y tampoco. Tuvieron un peregrinaje bastante extenso, largo y cansador, hasta que al final fueron a la Comisaría Cuarta de Villa Argüello, en Berisso, donde trabajaba el papá de Miguel, Néstor, y ahí Rosa logró que el comisario le tomara la denuncia por búsqueda de paradero”, relata Alberto. Resulta demoledor que una familia a la que le falta un hijo logre denunciar única y exclusivamente porque el propio padre del desaparecido trabaja en la Policía.

El peregrinaje apenas comenzaba. A partir del asentamiento de la denuncia en el juzgado de Vara, también inició un derrotero difícil porque los amigos y compañeros de Miguel no lo sabían, pero tenían en frente a un personaje nefasto, dice Padilla: “En un momento Rosa fue a un canal de televisión con la foto de Miguel y le dijeron que para poner la imagen en cámara y decir que estaba desaparecido necesitaban una orden judicial. Entonces, ella se la pidió al juez Vara y él le dijo que no, que seguramente Miguel se había ido por ahí o que andaría con alguna minita. Esto fue un hecho emblemático, que le empezó a sacar la venda de los ojos a Rosa respecto de quién era ese juez y comenzó a estar presente esta confrontación no sólo con la policía, sino con el Poder Judicial. A este hecho se sumó que después, adelante de algunos periodistas, el juez vio una foto en la que Miguel estaba rapado y con un sobretodo, como abriéndose el saco, y Vara al ver la imagen dijo: ‘Ah, pero este pibe parece homosexual’, como si esa categoría justificase lo que le había pasado”.

29 años de lucha son un período extenso, lleno de recovecos, obstáculos y pequeñas victorias. Lo que queda claro, a modo de síntesis, es que el camino que emprendió ese grupo de personas, que sería luego la Asociación Miguel Bru, fue mucho más que buscar a un pibe que faltaba. Lo que acometieron, al principio a tientas y después con profunda conciencia, fue el proceso de desnudar toda esa estructura violenta, represiva, siniestra, que estaba enmascarada de democracia, pero que arrastraba sus lógicas desde dictaduras anteriores. Por eso los familiares y amigos de Miguel, que aquí se expresan en la voz de uno de ellos, necesitaron ser muy inteligentes y sobre todo estar juntos para ir desarrollando las mejores estrategias: “Las marchas que hacíamos por Miguel fueron cambiando. No íbamos siempre al mismo lugar porque también las exigencias se empezaban a ampliar. En un momento, nuestra demanda era hacia el Poder Judicial, después era también hacia el poder político y entonces nos manifestábamos en la Casa de Gobierno, cuyo titular en ese momento era Eduardo Alberto Duhalde, el malo, que también se constituyó en alguien a quien teníamos que enfrentar”.

Es notable como, excepto Rosa, Carolina y una abogada, todos los personajes que van apareciendo en esta historia son masculinos. Un mundo de hombres en una década liberal, donde la cocaína y la corrupción eran más comunes que el aire. En esos despachos de cuerinas con olor a cigarrillo, la trama parecía inabordable: “Cuando pasó lo de Miguel, el jefe de Policía era Pedro Klodczyk, un personaje también siniestro, y Duhalde decía que contaba con la mejor policía del mundo. O sea, la Bonaerense, que había desaparecido una persona en democracia, para él era la mejor. Una vez Duhalde –chiquito, bajito, cabezón– nos esperó en su despacho. Me acuerdo que llegamos con Rosa, Jorge, Antonia, Quique. Él nos recibió de mala manera. Creemos que no desconocía lo que había pasado. Rosa empezó a contar: de a poco se iba constituyendo en la referente que es hoy, empezaba a empoderarse, a hablar, a tomar la palabra y construir su relato. En un momento, Duhalde la cortó y le dijo: ‘Pero hábleme como madre, no como abogada’. A lo que Rosa le contestó: ‘Yo le hablo así porque estoy aprendiendo a hablar como abogada, porque la Justicia no me está dando una respuesta’”.

 

 

Sin cuerpo, hay delito

“Rosa iba tanto a América, en ese momento Canal 2, como al programa de Mirtha Legrand o a la radio FM de Villa Montoro. Ella decía que todo el mundo tenía que saber lo que le había pasado a Miguel, y que si la llamaban de una radio con un alcance de cuatro manzanas ella iba a ir igual porque quería que esas cuatro manzanas conocieran la historia. Uno que lo conoció a Miguel sabía cómo era, esa persona humana, solidaria, amigable; y después, conociendo a Rosa, se entiende por qué Miguel era como era”. Esta descripción que hace Alberto contiene quizá una de las claves por las que el colectivo que aún hoy en día sostiene la memoria de Miguel y la búsqueda permanente de su cuerpo, logró tantas cosas. Esa mirada del mundo que trataba con igual relevancia al programa de Susana Giménez o a un comunicado estudiantil, es la que ha operado en cada marcha, en cada comunicado, en cada asamblea.

“A partir de la presión comunicacional, social y cultural que fuimos ejerciendo, del trabajo con nuestros abogados, y de la labor del Procurador de la Corte, Eduardo de la Cruz, se inició el juicio político a Vara por su accionar parcial a favor de la policía”. En 1998, Amílcar Benigno Vara fue destituido y considerado culpable de encubrimiento, prevaricato, abuso de autoridad y violación de los deberes de funcionario público en 27 causas judiciales. No sólo había tenido a cargo el caso de Miguel Bru, sino también el del obrero Andrés Núñez. La destitución fue quizá el primer gran paso porque sin el juez funcionando como obstáculo se pudo avanzar, y todo el trabajo comunicacional que se venía acumulando pudo tener su correlato jurídico.

El 28 de abril de 1999, seis años después de la desaparición, comenzó el juicio oral y público. Durante dos semanas de audiencias declararon alrededor de 70 testigos. Se pudo constatar que Miguel ingresó a la Comisaría a las 19 y que fue sacado de allí “inerte” a las 2 de la mañana. Se supo que le practicaron métodos de tortura, como el “submarino seco”. Fue central el aporte de otros hombres que estaban allí presos y que pudieron dar testimonio. Uno de ellos, de apellido Suazo, fue muerto tiempo después, una semana después de haber recuperado la libertad en un presunto enfrentamiento con la policía. Su hermana, la trabajadora sexual Celia Giménez, fue también una voz clave en el esclarecimiento de los hechos. Otra pieza esencial fue la pericia caligráfica sobre el libro de guardia de la Comisaría, a partir de la cual quedó demostrado que habían escrito el nombre de Miguel Bru y que después lo habían borrado, escribiendo encima el nombre de otro detenido.

El 17 de mayo de 1999, el tribunal integrado por los jueces Eduardo Hortel, María C. Rosentock y Pedro Luis Soria condenó a prisión perpetua a los policías Justo José López y Walter Abrigo, acusados de tortura seguida de muerte, privación ilegal de la libertad y falta a los deberes de funcionario público. Juan Domingo Ojeda, quien estaba al frente de la Comisaría la noche que Miguel desapareció, fue condenado a dos años de prisión, al igual que Ramón Ceresetto, quien era el suboficial de guardia. Hoy en día, el único que continúa detenido es Justo José López, en la Unidad 24 de Florencio Varela. Abrigo murió estando preso en 2003, sin haber aportado ningún dato acerca de dónde se encuentra el cuerpo de Miguel, aún buscado. En este sentido, recientemente la gobernación de la Provincia de Buenos Aires ha ascendido a 5 millones de pesos la recompensa para quien aporte información fehaciente para encontrar sus restos.

Concluye Padilla: “El juicio de Miguel sentó un precedente en la jurisprudencia a nivel provincial, e incluso nacional, porque fue el primer caso en el que se juzgaba a miembros de las fuerzas de seguridad y se las condenaba a cadena perpetua sin que estuviera el cuerpo del delito. Un argumento que utilizó Vara en su momento, parafraseando a quien fuera el dictador Jorge Rafael Videla, quien decía que si no hay cuerpo, no hay delito. Pero el tribunal pudo desandar lo que había pasado, demostrar el asesinato. Cuando terminó el juicio, inmediatamente Rosa dijo: “Si no tenemos un lugar a donde llevarle una flor a Miguel, cada 17 de agosto vamos a estar en la Comisaría Novena haciendo una vigilia, y esa vigilia va a durar el tiempo que Miguel estuvo detenido con vida’. Así ha sido, todos los años hemos estado ahí”.

 

 

 

Rosa en el rastrillaje número 39.

 

 

 

¿Dónde está Miguel?

La consigna madre que ha guiado este camino nació entre las paredes de la Escuela de Periodismo, el lugar que Miguel transitaba y que se transformó en su casa para siempre. Allí fueron las primeras asambleas, las instancias colectivas, el pensar cómo comunicar eso tan aberrante que había sucedido. Rosa siempre dice que nunca se ha sentido sola, que tanto ella como Néstor, el papá de Miguel, encontraron allí refugio y sostén. No hay ingresante de la hoy Facultad de Periodismo que desconozca esta historia, y quienes allí hemos estudiado vimos en las vigilias, en el amor de Néstor haciendo el guiso para todos, y en la claridad de Rosa dando entrevistas hasta el cansancio, cómo es hacer comunicación popular, cómo es pararse frente al enemigo más feroz con la dignidad de quien tiene algo por decir, y alguien por encontrar.

 

 

 

 

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