Milagro es otra Milagro

Vida cotidiana de Milagro Sala en la casa-cárcel de La Ciénaga 

 

Milagro es otra Milagro. El pelo mojado, recién lavado. Se peina y recorre la casa. El fondo verde del valle. Ruido de pájaros. La decisión de sentarse en la cabecera de la mesa. Como en los cuentos de hadas, la visita a lo que parece una casa tendrá un punto final dentro de dos horas, pero para eso falta. Mientras tanto ella se levanta y revisa los discos que le han regalado: algo de Mercedes Sosa, uno del Potro Rodrigo. Están sus ollas de hierro viejo. Una canasta de papas, cebollas y tomates frescos. Su cara comienza a volver a las formas perdidas dos años atrás y, por fin y cada tanto, llega la risa. Esa ironía loca con la que la Túpac Amaru desarmó al poder, carnavaleando las calles de Jujuy, es la misma con la que ahora logra sacarse de encima el hostigamiento absurdo de esta nueva forma de cárcel.

—¡Buenas!— les grita a los custodios—. ¡Necesito que pase el del agua!

Dice. Y sabe que las cosas acá no son sencillas. Aquel grito va dirigido a un pelotón de 15 gendarmes parados en la puerta de su cárcel de La Ciénaga, donde mantienen un campamento militar de tres carpas, un enorme tanque de agua, baño químico, cocina, bolsas de dormir, mesa de requisa y todo tipo de pertrechos ante la casa alambrada por púas, 26 cámaras de seguridad, dos garitas en los costados y un retén de la Policía de Jujuy a cuatro kilómetros.

—¡Necesito que pase el del agua!— les dice Milagro.

Y siempre sucede lo mismo. La Ciénaga no tiene agua corriente. Ni gas natural. Tiene luz eléctrica, en un valle donde también existen problemas con ese suministro.

—¡No puede pasar nadie, Sala!

Le dicen invariablemente los gendarmes al otro lado del portón. Y ella oye cuando también le dicen que no pueden dejar pasar ni agua ni al señor que la trae porque para eso necesitan autorización del juzgado.

—¡Pero qué juez ni juez! —dice ella—. Necesito agua.

—Es que según el oficio, no puede recibir a nadie.

Y al otro día, la escena es más o menos parecida.

—¡Eh!— los llama.

—¿Qué quiere, Sala?

—¡Se me cortó el gas!

Y del otro lado, nada.

—¡Va a venir el gasista!

Y escucha:

—Pero si viene, tiene que ser un gasista matriculado.

Parece raro, pero no: Milagro se muere de risa. Por fin puede hacerlo y no dejarse caer. Esa es, tal vez, la conquista más importante de estos días: en La Ciénaga parece volver a estar viva, poco a poco. El Cohete a la Luna la visitó el martes pasado, cuando se cumplieron dos años de su arbitraria estadía en prisión. Llegaron a la provincia integrantes del Comité Nacional por la Libertad de Milagro y amigos de todo el país, que pasaron a la cárcel por turnos, cada dos horas. En Buenos Aires se hacía la marcha del Obelisco a la Casa de Jujuy, para que Gerardo Morales cumpla los mandatos de las organizaciones internacionales que exigen su libertad. La otra opción para la administración Morales sería detenerla en su casa real; La Ciénaga, en cambio, es un lugar diseñado para recuperar personas con adicciones, una bocanada de selva con problemas de abastecimiento. Durante el próximo invierno, la falta de gas natural puede dejarla varios grados bajo cero.

Raúl Noro es su esposo. Dice que está pensado en todo eso. Prepara matecocido para ella. Té para él. Mate para las invitadas. Milagro pasa revista a momentos de su nueva vida, con detalles de quien disfruta por primera vez. Que escucha música. Que le encanta. Que lo que más le gusta es el rock, lo romántico y la cumbia villera aunque dice villerío. Que cocina. Que Raúl no cocina ni loco. Que todos los días llama por teléfono a la cárcel del Alto Comedero, porque quiere saber de sus compañeras. Que habla con una. Que habla con otra. Que está preocupada porque está muy mal un sobrino de Graciela López, que más que sobrino es un hijo. Que Graciela tiene autorización del juez para salir dos veces por día para verlo, pero que la noche anterior no la dejaron. Que quería hacer algo pero no pudo comunicarse con el director del penal, que de una iba a llamarlo. Y que sí, que cada vez que habla con sus compañeras les dice lo mismo: que ellas son presas políticas y tienen que resistir.

—Mirá vos— le dijo Aníbal Ibarra esa tarde—. Resulta que a vos te teníamos que levantar con cucharita para que entendieras que tenías que estar bien y ahora se los decís a ellas, así como así.

Algo cambió en Milagro. No ahora sino entre septiembre y octubre del año pasado, cuando dejó el penal del Alto Comedero por primera vez. Durante el primer año y medio en la prisión, se autolesionó. Le pegaron. Entró en cuadros depresivos. La castigaron. Hizo huelga de hambre. Y padeció sobre todo el hostigamiento del sistema judicial de Morales, con el encadenamiento de causas y su exhibición pública como escarnio. Esos datos permitieron que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) elaborase un diagnostico de riesgo de vida y exigiese la inmediata salida del penal. Ella salió una vez y después volvieron a llevarla. Pero ya en los primeros días en La Ciénaga Milagro había empezado a sanar.

—Yo hasta ahora nunca les dije que soy una presa política— les largó a las penitenciarias, apenas volvió a la cárcel—. Siempre estuve acá con humildad. Me mandaban limpiar los pisos, y limpié los pisos. Siempre tomé eso como un acto de militancia. Pero ahora quiero que me respeten, que me traten como presa política.

Dice que desde ese momento se puso firme.

En estos dos años, Milagro recibió cientos de visitas. Todo tipo de personas: militantes de base, gobernadores, jueces o ex jueces, periodistas, escritores y hasta integrantes de los organismos internacionales. Se publicaron decenas de entrevistas, varios tipos de libros, las organizaciones de derechos humanos impulsaron acciones y hubo pronunciamientos de Naciones Unidas, la CIDH, la CorteIDH y la Corte argentina. Pero cuando alguien les contaba a las tupaqueras detenidas lo que iba sucediendo afuera del penal, ellas decían que escuchaban, que lo sabían, que todo bien, pero que no había forma de entender todo eso porque el mundo se les terminaba en el alambrado de la cárcel. Algo de eso le pasó incluso a Pachila, cuando dejó el Penal y un día en medio de la marcha del 24 de marzo en avenida de Mayo no podía parar de llorar, estremecida por los abrazos de la gente. El paso por La Ciénaga generó en Milagro algo parecido a una salida. Tal vez porque la casa tiene dos puertas. Un portón en la entrada con candado que se abre y se cierra desde el exterior, con una llave que maneja Gendarmería. Y otra puerta que ella abre, entorna o cierra en una casa donde puede poner el cuerpo abajo de la ducha sin el miedo aterrorizador de la cárcel.

—¡Sala! ¿Qué está haciendo? –le preguntaron un día en el penal.

—Me baño.

—Sala. ¡Qué está haciendo!

Insistió una de las celadoras. Y le abrió la puerta.

—¿Pero qué queres, vos?— dijo Milagro–. ¿Verme en bolas? Te aclaro que no soy tortuga, eh. Porque acá te pechan y te hacen tortuga de prepo.

Y salió de la ducha como dios la trajo al mundo.

En la casa – cárcel, cuelga las sartenes así:

De esta manera organiza las verduras:

En las paredes hay un cuadro del Che Guevara, dos fotos del Papa Francisco, el abrazo de Chavez y Fidel. Una imagen de ella misma consagrada como ícono de la libertad.  Y tres números escritos a las apuradas en el lugar de las emergencias médicas.

Electricista Adolfo

Gas YPF

Gringo

Milagro dice que está escribiendo historias del penal. Y no para de contarlas. Cynthia García, de La García, le pregunta qué pasó con ella durante la primera noche de cárcel. “Fue una de las peores noches de mi vida”, le responde. “Pero después, de a poco, comencé a entender que esa era una forma de disciplinamiento. A mí me podrán quitar la libertad, pero mi pensamiento no me lo sacan. Soy colla, india y me crié de esta manera”.

En el penal cortaba el pasto y limpiaba la canchita. De día escuchaba música. Música fuerte. Y dice que ponía el disco de Copani. Y ahí se muere de risa, porque la ventana de la celda daba sobre el patio de las detenidas, a cincuenta metros del despacho el director del Penal. El disco de Copani era un disco inédito, dice Milagro, con canciones de Cristina. Otras veces ponía Mercedes Sosa. Y otras —vuelve a reírse— Pablo Lescano, con letras de todo el villerío diciendo putos canas.

Cuando Milagro dejó la cárcel, ni las detenidas ni las celadoras ni el director querían que se fuese. En estos dos años funcionó como una suerte de delegada, incluso de las penitenciarias. Poco a poco las presas lograron organizarse. Hicieron asambleas. Escribieron petitorios. Consiguieron mesas y sillas para el patio de visitas; agua caliente para las duchas en invierno; un teléfono extra que multiplicó por dos la única línea y, luego de mucha batalla —diez días de huelga de hambre y una inspección del Grupo de Trabajo sobre Detenciones Arbitrarias de ONU—, desactivaron la celda de castigo conocida como “el chancho”. Las denuncias tramitadas por el equipo de abogados lograron, además, remover a cuatro jefes penitenciarios. Milagro denunció a una celadora que vendía pasta base y pastillas en un termo. Y llegó el día en que el jefe del Penal le pidió ayuda para organizar una olimpiada de asado entre las chicas. Al parecer, se trata de algo habitual. Milagro le dijo que sí, quédese tranquilo. Y puso a disposición la red de comités solidarios. Entonces llegó la carne.

También hubo días malos. Muchos. Ella no tenía ganas de comer. Ni de levantarse. Pero ahora se acuerda de doña Adela, una de las viejas detenidas, mujer de las más hostigadas por una causa de matricidio. Chicas, nosotros no somos ni jueces ni fiscales, les dijo Milagro a las detenidas. Doña Adela se le sentaba al lado y la hacía comer. También hubo una celadora que se le acercó a decir que era peronista. Y otra, que se confesó kirchnerista, hasta le prometió acompañarla cuando asuma la banca de diputada.

En diciembre, cuando dejó el penal, todas las celadoras se formaron en fila. Milagro juntó las piernas, se cuadró y les hizo una venia:

—Ahora me tienen que saludar como a un coronel: si me pongo a contar, cuando salga en libertad voy a tener más grados de los que tienen los jefes.

Milagro lo dice y se ríe. Sabe que era un poco en serio y un poco picardía. Se los dijo porque, mientras estuvo detenida, recibió una condecoración del gobierno de la república bolivariana de Venezuela. Nicolás Maduro le otorgó la “Orden a las Mujeres Heroínas de la Patria”, con una réplica del sable de Simón Bolívar. Milagro no viajó, pero en su lugar asistieron sus compañeros. Maduro le dijo a su abogado Luis Paz que, cuando Milagro saliera en libertad, iban a darle grado militar de revolucionaria. Por eso les dijo lo que dijo a las celadoras. Y las mujeres se cuadraron, devolvieron venia y saludo. Mientras se iba, Milagro vio que entre ellas corrían lágrimas.

“Hicieron mucho para dañar a la organización en estos meses, pero el perjuicio no me lo causaron a mí, se lo causaron a miles de compañeros que quedaron sin trabajo”, le dice a Cynthia García en la casa-cárcel. “Yo estoy presa pero tengo un plato de comida, en cambio hay niños y ancianos durmiendo en la calle. Por eso digo que a nosotros nos llevó doce años reconstruir el país, pero ellos en dos años lo tiraron abajo”.

Envía mensajes a los militantes. Pregunta cuál será la mejor opción de alianzas en el Congreso. Evalúa la campaña de Unidad Ciudadana. Habla de los balazos de diciembre. Y dice que ahora hay que pensar bien cómo vienen las cosas. Que ellos ya se equivocaron tres veces con las alianzas en la provincia, que no quiere equivocarse por cuarta vez. Porque ahora si nos equivocamos, dice Milagro Sala, acá nos matan a todos o nos hacen desaparecer.

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