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Si se impone el voto bronca, por ahora no se ve cómo evitar sus malditas consecuencias

 

Los argentinos están solos y esperando, otra vez. Mascan bronca. El impasse de la alegría de vivir se palpa, de un lado, por la atmósfera que se respira en la vida cotidiana y, del otro, por lo que se infiere de las dudosas compulsas a los ciudadanos. Es que las personas –por lo general– se niegan a ser sondeadas, cosa que no sucedía en este grado hasta ahora, obligando a los resignados encuestadores a estimar con sus modelos matemáticos con muestras que están lejos de contar con un volumen de datos aceptables. El encuestador es el encuestador y sus sesgos. Como quien dice, es poco, pero es lo que hay de las encuestas, que informan que el liberal ultramontano Javier Gerardo Milei está en auge. Los jóvenes pobres lo votan. Los adultos cabrones –con y sin efectivo–, también. Así es como la sociedad civil argentina está en proceso de parir una flor de crisis política, afín a lo que fue el Brexit. A los pocos días de haber expresado la bronca por la caída del nivel de vida inglés votando por la salida, ya estaban apiolados de que romper con la Unión Europea los perjudicaba, en vez de beneficiarlos. Se dieron el gusto, pero metieron la pata. Acá los resultados que pueden vislumbrarse resultan marcadamente peores, en vista no sólo de las pulsiones de la economía nacional y de la economía-mundo, sino también –y primordialmente– de la propia naturaleza de la inopia.

Votar a la derecha reaccionaria y fascistoide por el desagrado que provoca la malaria es una contradicción en sus términos. Pero tiene su lógica, retorcida, pero lógica al fin y al cabo. El ciudadano de a pie cavila y se pregunta: si el actual gobierno nos hundió en el pantano de la subsistencia y el desorden, ¿por qué apostar por su continuidad? Parece que no se conmueven –en lo más mínimo– por el gesto del vértice del Ejecutivo de haberse plantado frente al G7 y pedirle que paren la guerra entre Ucrania y Rusia porque nos está llevando al peor de los mundos. También parece que el argumento de que sus eventuales reemplazantes los van a hundir más y que el mentado orden es un feroz esquema represivo, por más que sea la pura verdad (que lo es), tiene poca convocatoria. Ahí se termina la similitud con el comportamiento que llevó al Brexit. Los súbditos de su Graciosa Majestad, con sus dificultades, han tenido margen para recoger el barrilete. Si el voto bronca se impone, de momento no se observa que haya margen a la vista para recular y evitar sus malditas consecuencias.

La temeridad de los personeros de la derecha durísima es notable. No van a caer en la ingenuidad del desahuciado Mauricio Macri, quien creía que era Gary Cooper a la hora señalada y se ahogó dejando flotar el dólar. Es evidente que suponen exitoso –sin más– al esquema anti-inflacionario que propugnan, constituido por variantes de la convertibilidad de los '90. Es eso –se persignan– lo que les va a dar espacio para poner en marcha los clásicos del programa liberal de achicar el Estado, bajar salarios, bajar jubilaciones, dictar tarifazos, abrir la economía y privatizar. Gran programa con 40% de pobres. Es presumible la enorme andanada de palos que van a tener que pegar, ni bien sus electores perjudicados tomen nota de hasta dónde han metido la pata con su voto enculado. En cualquier caso, la única manera de alimentar esa dinámica política absolutamente contrahecha es a dosis crecientes de política facciosa. Vienen despuntando los primeros síntomas de ese comportamiento, con magnicidio fallido y todo.

A esta altura de la soirée, las grandes empresas que le dieron manija y medios a la derecha extrema para llegar hasta acá están conscientes de lo que está sucediendo una vez que fluyó la electricidad hacia el cuerpo del nuevo Prometeo del Dr. Frankenstein. Pero cuando se los consulta al respecto, asoma un voluntarismo rayano en la atroz irresponsabilidad. Los empresarios son muy quesos para comprender la diferencia esencial entre el comportamiento impulsado por la pasión política y el operado por el deseo de ganar plata para ganar más plata, y así. No creen que algo tan abstracto como una idea pueda llevar a las propias criaturas que alimentaron a acciones extremas. Siempre habrá un acuerdo que alcanzar, se esperanzan en vano. Con flor de serendipia se pueden llegar a encontrar. Los que sospechan que en la vida cotidiana argentina se está escribiendo una crónica de una sociedad sola y que no sabe si está esperando o qué está esperando, tienen a favor de su desasosiego que es difícil encontrar elementos para retrucarlos. Pero que los hay, ¡los hay!

 

 

 

Llora, llora cocodrilo

Tanto el gobierno como la oposición creen que el espacio político, que al primero se le achica y para la segunda luce sumar menos que cero –como si fuera para ambas facciones como la vergüenza cuando se pierde–, depende de si logran domar a la inflación. El gobierno se diferencia de la oposición porque asume que sin inflación –vaya a saber uno por qué– mejora la distribución del ingreso. En todo caso, no empeoraría más. Ahora, ¿mejorar? No se ve dónde sin una política al sólo efecto, que ni siquiera se ha enunciado alguna vez durante esta administración. Encima, el gobierno es absolutamente renuente a la suma fija. Los opositores, en cambio, aprecian que sin inflación se le hace campo orégano el objetivo de bajar los salarios, dado que entienden que lo que vuelve inmanejable la balanza de pagos –y hace corcovear al dólar– es el nivel de remuneraciones muy por encima de lo que pueda pagar la economía argentina.

Gobierno y oposición coinciden en el diagnóstico monetarista de la inflación. Por eso resulta algo sorprendente que mediante voceros oficiosos y trascendidos, el Ministerio de Economía se quejara de que hubo asuntos no acordados con el Fondo Monetario Internacional (FMI) en un informe de poco más de 100 páginas –dado a conocer por el organismo multilateral a principios de abril–, sobre la economía argentina, con recomendaciones de política económica y monetaria. Pese a aceptar el FMI –en medio de la sequía– un volumen menor para las reservas de divisas, la referencia explícita a frenar la nueva moratoria previsional y a ajustar más el gasto: baja de subsidios a los servicios públicos, encabezando el lote; déficit fiscal de 1,9% del PIB, supuestamente contrario al gobierno. Lo de “supuestamente” es porque al ser las actuales autoridades de Economía monetaristas de entre los más convencidos, esas medidas solicitadas deberían agradarles, no disgustarles, porque son muy propias del arsenal anti-inflacionario que les es propio. Máxime cuando han confesado –con sensatez– que de frenar la inflación depende su futuro político inmediato y de más largo plazo. No pinta como un largo adiós.

El monetarismo de las autoridades de Economía, en clave de farsa, no es únicamente para saber cómo es la soledad en el Frente de Todos (los que no son monetaristas), sino que es inútil para atajar la inflación. Lo que talla en el soliviantado nivel de precios argentinos es la devaluación continúa del peso (engendros como los dólares soja hacen lo suyo), la no financiación estatal de los aumentos paritarios privados y la falta de retenciones adecuadas. La renta inmobiliaria (urbana y rural) hace el resto. En realidad, en el nivel de precios del país que sea –porque lo que lo mueve son los costos–, la moneda es pasiva, se adapta. De manera que nuestros monetaristas, fieles a su infructuosa tradición, pueden ajustar mucho el gasto público, ufanarse de bajar la cantidad de dinero (un cuento), pero a la hora de la verdad, la devaluación del peso amplifica, en lo que le toca, que en estas semanas el precio del barril del Brent haya saltado de los 70 a los 85 dólares y se encamine pronto a los 95 dólares, según los analistas de estos mercados. Hace un año, el barril de Brent cotizaba a 125 dólares y la inflación argentina se soliviantó, mientras caía a 70 dólares. Cuando sube la nafta, sube todo: la verdad sabida de los argentinos a full.

 

 

Esta pulsión alcista de los costos se contrapone a la crisis bancaria que vive el centro. Por ahora no se sabe a ciencia cierta qué primará en los bancos centrales para frenar o no la suba de la tasa de interés, aunque de momento los mercados juzguen que no habrá más aumentos del costo del dinero. Lo cierto es que las ambivalencias están en la orden del día. El director del Departamento de Estudios del FMI, Pierre-Olivier Gourinchas, señala que “la desaceleración de 2023 tendrá una base amplia, con países que representan alrededor de un tercio de la economía mundial a punto de contraerse este año o el próximo. Las tres economías más grandes, Estados Unidos, China y la Eurozona, seguirán estancadas. En general, los shocks de este año reabrirán heridas económicas que sólo se curaron parcialmente después de la pandemia. En resumen, lo peor está por venir y, para muchas personas, 2023 se sentirá como una recesión”. Por su parte, Agustín Carstens, director general del Banco de Pagos Internacionales (BIS, por su sigla en inglés), sopesa que “el ajuste a tasas de interés más altas no será fácil (…) Los hogares, las empresas, los mercados financieros y de bonos soberanos se han acostumbrado demasiado a las bajas tasas de interés y las condiciones financieras acomodaticias, lo que también se refleja en niveles históricamente altos de deuda pública y privada (…) Tampoco será popular el cambio requerido en el comportamiento del banco central. Pero los bancos centrales han estado aquí antes. Son plenamente conscientes de que los costos a corto plazo en términos de actividad y empleo son el precio a pagar para evitar mayores costos en el futuro. Y tales costos representan una inversión en la valiosa credibilidad de los bancos centrales, lo que genera beneficios incluso a más largo plazo”.

 

 

 

Pagar el pato

Ese berretín de hacerle pagar el pato a los trabajadores, enunciado esta vez por Carstens, es presentado en todo el orbe como lo inevitable que indica la racionalidad. Los gorilas argentinos no hacen más que azufrar el sentimiento. En el sistema capitalista, el crecimiento depende de la inversión y la inversión es una función creciente del consumo. Que consuma sus lujos el chancho burgués o las exportaciones el mundo es una elección contra el consumo popular de las mayorías nacionales, pero no económica, sino política. ¿De dónde emana ese aroma de prestigio, que en verdad es un desagradable miasma?

Un primer indicio se escombra en el número de abril de la revista The American Prospect en una nota de su editor David Dayen junto a Rakeen Mabud, economista jefe y director de Groundwork Collaborative, una fundación dedicada al análisis económico. Titulado “Oculto a la vista. El poder distorsionador de los modelos de política macroeconómica”, los autores advierten que “como economista y periodista que se basan en datos y pruebas, de ninguna manera somos reflexivamente escépticos sobre el uso de números, (pero) cuanto más grande sea el sistema que se está modelando, más difícil será que esas predicciones representen la verdad. Eso es particularmente cierto cuando se habla de sectores enormes como (…) los modelos macro,  que se alimentan de datos de toda la economía nacional durante un lapso de años o incluso décadas”.

Dayen y Mabud, con un toque de ingenuidad política, creen que “debería haber más humildad acerca de los resultados de los modelos de políticas macro cuando se utilizan en los debates de políticas, especialmente dado que con frecuencia sirven como armas políticas. Si bien producen métricas potencialmente útiles para evaluar las políticas, los modelos son tan buenos como los supuestos que se construyen en ellos y la información que se ingresa”. Y consignan que el mal uso de los modelos arrecia cuando “usan el lenguaje de las matemáticas y la presunción de certeza para descartar soluciones innovadoras antes de que puedan construir una coalición de apoyo popular. Afirman ser árbitros neutrales que reflejan realidades rígidas sobre cómo funciona el mundo. Pero sus métodos son inciertos, sus prejuicios apenas se ocultan y sus objetivos ideológicos son evidentes, si se sabe dónde brilla la luz”.

Y en la ciudad de luces enceguecedoras, Gita Gopinath, subdirectora gerente del FMI, escribió un corto artículo titulado “Crisis y política monetaria”, en el que vuelca los desafíos que deberán sortear los bancos centrales en los próximos años en términos de bajar la inflación, aumentando el desempleo y empeorando la distribución del ingreso. Dice Gopinath: “Si bien la curva de Phillips estándar vincula la inflación con la brecha de desempleo (A), la rápida recuperación del empleo puede haber jugado un papel importante en el impulso de la inflación, lo que implica que los ‘efectos de velocidad’ son más importantes de lo que se pensaba anteriormente. También puede haber importantes no linealidades en la pendiente de la curva de Phillips: las presiones sobre los precios y los salarios por la caída del desempleo se vuelven más agudas cuando la economía se calienta que cuando está por debajo del pleno empleo. Finalmente, el aumento de la inflación de bienes durante la recuperación, cuando las restricciones en la oferta y la demanda de servicios significaron que el estímulo masivo recayó fuertemente en los bienes, sugiere la importancia de las restricciones del uso de la capacidad instalada a nivel sectorial, así como en el agregado”.

Admítase por un instante que el alza de los precios sea de naturaleza inflacionaria. Los planes de austeridad, como los que busca Gopinath –sobre la base del modelo macroeconómico que hace eje en la curva de Phillips–, están fundados sobre preceptos cuantitativistas tradicionales –como los de Sergio Massa– y por eso jamás van a controlar la inflación asentados en esas razones. Gopinath olvida que la distorsión principal proviene de las asignaciones por desempleo, que les permiten a los desempleados mantener su nivel de consumo sin producir. Desde otro ángulo, cuando el nivel de vida es tan elevado como el de los países industrializados modernos, la elasticidad del conjunto del consumo de las familias con relación a las fluctuaciones del empleo es baja. Los propietarios de los factores se apegan a su modo de vida habitual. Buscan compensar la falta de remuneración, o la diferencia entre remuneración y asignación por desempleo, dejando de ahorrar y/o pidiendo prestado.

 

 

 

 

 

 

En las economías capitalistas modernas, esta rigidez relativa del consumo es uno de los antídotos más poderosos contra el proceso de reacción en cadena que, de otra forma, llevaría derecho a una crisis de mayor magnitud. Hoy en día, una gran parte de una producción adicional eventual puede ser operada sin creación proporcional de un nuevo poder de compra. La relación de Phillips está invertida (B). Lejos de acrecentar la inflación, el avance del empleo compensa el excedente de demanda, y lejos de reducir los beneficios monetarios, el desempleo tiende más bien a aumentarlos, debido a que la oferta de mercaderías está reducida de la totalidad del valor agregado no producido, mientras que la demanda no es reducida más que de la diferencia entre salarios y asignaciones por desempleo.

Ciertamente, hay umbrales de discontinuidades. Más allá de un cierto punto, la contradicción interna del proceso explota. Ni las asignaciones por desempleo, ni el des-ahorro o los préstamos servirían para financiar un desempleo que creciera indefinidamente. Pero este es precisamente el peligro de la operación para la sensatez política y lo que esta propugnado Gopinath (idea de la que participa con todo Massa): si la demanda no tiene que ver con el alza de los precios, es siempre posible frenar los precios comprimiendo la demanda de manera continua. Es suficiente no ir demasiado lejos en esta vía para provocar una caída pronunciada del nivel de actividad.

 

 

 

 

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