MODELO PARA ARMAR (PRESIDENTES)

Biografía del pitoniso ecuatoriano que transformó en profesión el hobby por el poder de Mauricio Macri

El primer país sudamericano en perder la moneda propia y adoptar el dólar fue Ecuador en el año 2000. El Presidente que cometió la hazaña fue Jamil Mahuad. (“El Fernando de la Rúa ecuatoriano”.) Desde 1998 contaba como secretario de la Administración Pública (“un cargo que equivale a la jefatura de gabinete argentina”, es decir el Marcos Peña de allí) a su amigo y consultor durante la campaña electoral, el hasta entonces ignoto Jaime Durán Barba (Ecuador, 1947), que “había caído en la tentación del pecado que lo puede: la vanidad”; tan próxima a la codicia, que a menudo se superponen.

El Presidente ultraderechista Mahuad, desde agosto de 1998 hasta enero de 2000, “se las arregló para congelar depósitos, arruinar a millones de ahorristas, proteger bancos que igualmente quebrarían y dolarizar la economía”. Cayó por peso propio tras un feriado bancario en el que quebraron veinte bancos llevándose el dinero depositado, sumado al empujoncito de una rebelión indígena que ocupó las calles de Quito. Mahuad huyó hacia le embajada chilena, el Congreso lo declaró cesante por abandono del poder, escapó a los Estados Unidos, no puede volver a Ecuador, vive en Boston.

Durán Barba “tenía la habilidad de mantener a Mahuad en el aire, fuera de la realidad. El presidente no era consciente de que su caída era inminente (…) Mientras el país se estaba incendiando, él lo tenía viviendo en una burbuja, en donde todo tenía una explicación y una salida posible”. Puede cuestionarse la presunta inocencia del Presidente, aunque lo que hoy y aquí interesa es que el episodio resulta “muy parecido a lo que hace  (Marcos) Peña en la administración de Macri. Fueron 18 meses de mucho poder para Jaime (Durán Barba). El es muy capaz en las campañas, no así en la asesoría gubernamental”.

En efecto, durante el proceso de instalación del candidato derechista andino, el consultor moldeó una figura que lo mostraba “como el representante genuino de la novedad, en contraste con el ex Presidente” con quien competía; una estrategia por entonces original. Como se ha hecho tradición, Durán Barba formula sobre el episodio una versión distinta que reniega de toda adversidad y lo reivindica como factotum de la paz con Perú por un conflicto limítrofe. De la crisis social, ruina económica y pérdida de la soberanía monetaria, ni noticia.

Los párrafos entrecomillados pertenecen a Durán Barba, El Mago de la Felicidad, perfil y crónica de parte de la vida del pitoniso ecuatoriano realizado por Andrés Fidanza (Buenos Aires, 1981), periodista del emporio que conduce Jorge Fontevecchia y de la radio de CNN. Ni oficial ni no autorizada, la biografía se desenvuelve en los entretelones de las correrías del personaje, cuya figura transcurre parte en una sobreexposición farandulesca y parte en una espesa nebulosa. Esta última se halla compuesta por una multitud de versiones echadas a rodar tanto por admiradores como por adversarios (posiciones que se han demostrado intercambiables), incluyendo al sujeto mismo. Muestra plena de ello es “el antecedente que él preferiría eliminar de su biografía”, su paso por la estragante función de gobierno en Ecuador que se consigna más arriba, no menos que un turbulento romance con una combatiente argentina desaparecida en la década del ’70 en Bariloche. Episodio al menos sospechoso, dado que por aquel entonces en la hoy tan turística ciudad rionegrina se conocían todos y no aparecen registros ni antecedentes semejantes. De todas maneras, una mota juvenil rojilla destinada a teñir la infancia opulenta y una actualidad derechosa, en la invención del mito de origen. Con prudencia Fidanza se aparta de los aspectos íntimos, sentimentales, sexuales y familiares al que el género es afecto. Como sea, cierto es que este hijo de millonarios, propietarios latifundistas, dueños de una mina de oro y esmeraldas “donde trabajaba una comunidad de esclavos africanos” y una refinería de petróleo en los Estados Unidos, llegaba a su colegio secundario católico en uno de los dos Mercedes Benz patentados en Quito por aquellos tiempos. Fábula, realidad, rumor o autobombo parecen convivir en esta cruza bonachona, un tanto cínica de quien desde 2002 “es la Coca-Cola de la comunicación política” por estas subdesarrolladas pampas “puesto al servicio de hacerlo ascender (a Mauricio Macri) en su nuevo hobby” (sic).

 

El autor, Andrés Fidanza.

 

Campaña y gestión “son exactamente lo mismo”, pontifica el ecuatoriano en lo que constituye el primer mandamiento de su credo, hoy por hoy comprobado salvavidas de plomo. Instala la comunicación en un espacio prioritario, anterior a la acción política dado que “debe ocultar al Estado; tiene que manejar la asimetría de poder presente”. Y ejemplifica con el caso Chocobar: “Está mal explicado, la gente cree que la policía puede matar a cualquier y no es así. Hay que explicar que es para defender”.

Investigación prolija, la de Fidanza repasa y ordena aspectos en su momento difundidos, concatenándolos de tal forma que vayan bosquejando un sentido, una mirada de “la Argentina de Macri a través del prisma duranbarbiano”. Se vale del testimonio recabado en tres reuniones de dos horas cada una con el propio protagonista, cuya historización es ampliada por diversos testimonios, registros periodísticos y recortes bibliográficos. De los mismos se desprende un dogma ideológico invariable, equivalente al afán por reconocimiento intelectual y académico que, cuando no obtiene, construye como impostura en la reiterada táctica —amparada en su propia versión de la psicología conductista— de metamorfosear una técnica auxiliar en ciencia y convertir un manual de autoayuda en filosofía.

 

 

FICHA TÉCNICA

 

Durán Barba – El Mago de la Felicidad

 

 

 

 

Andrés Fidanza

Buenos Aires, 2019

230 págs.

 

 

 

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