MODELOS DE DEMOCRACIA

¿Cómo evitar un modo de hacer política que atenta contra el estado de derecho?

 

Hay dos razones para suponer que el gobierno de Cambiemos tiene un final anunciado. La primera es lo que dicen las encuestas de aprobación de gestión, intención de voto y otras variables que indican que Macri, el candidato a competir, no será reelegido. Esta razón es ampliamente compartida. Hay una segunda razón que nadie se atreve a poner en consideración, quizá por temor a ser considerado destituyente, que es la falta de sentido común que implica creer que un gobernante, que en cuatro años llevó al país a un desastre inédito en su situación económica y social, aunque contando con la disponibilidad de 180.000 millones de dólares, pueda cambiar ese desastre acelerando sus políticas sin financiación alguna. No tiene ningún sentido racional creer que eso sea posible. No es necesario saber qué pasaría ante la catástrofe que seguiría a esa posibilidad, para imaginar que sería políticamente inviable.

Por eso lo que el gobierno de Cambiemos nos plantea hoy es cómo pensar el daño que sus políticas han hecho a la sociedad y a las instituciones de la democracia. ¿Qué explicación debemos dar a esta etapa política y cómo evitar un modo de hacer política que atenta contra el estado de derecho? Porque si la presidencia de Macri hay que entenderla como una forma más de la democracia liberal que nos constituye, entonces hay mucho para explicar para saber en qué consiste esa democracia.

 

El equilibrio de las desigualdades

Cambiemos dice que su modelo, consagrado con el voto de todos aquellos que en modo consciente, confuso y hasta irracional, privilegiaron el aspecto consumidor de su opción de vida (sin importar cómo ni con qué recursos retóricos y de propaganda se captaron esos votos), hoy resulta ser el único camino (frente al populismo que fomenta consumir más de lo que se produce), porque logra un equilibrio entre oferta y demanda al fomentar la soberanía de los consumidores (apertura indiscriminada de las importaciones), respetando los diversos deseos de la gente (mercado libre de cambios), promoviendo los recursos productivos genuinos (el campo y las industrias extractivas), para estar insertados en “el mundo” (los mercados globales de capitales). Pero esto era y sigue siendo una mezcla de adelantado fracaso por la ausencia de respaldo explicativo a su imaginaria bondad y eficacia, y la consiguiente y esperable insatisfacción colectiva de ese nuevo mercado de ilusiones.

El supuesto equilibrio entre oferta y demanda del modelo adoptado por Cambiemos no es más que un equilibrio profundizado de las desigualdades. Y la soberanía del consumidor como sujeto ideal de la ciudadanía es contradictoria con el supuesto de nuestra democracia de igualdad de derechos para el goce de las capacidades individuales de cada ciudadano.

La “demanda” de “productos” políticos no es utópicamente libre para todo individuo ya que el soporte dominante de esa demanda son los recursos económicos que permiten hacerla oír (por ejemplo los aportantes —truchos o no— a la campaña política de Cambiemos) y esos recursos nacidos en los que más tienen se dirigen a demandar lo que los que más tienen quieren, viejo obstáculo de la democracia liberal desde sus orígenes. Pero la demanda política de bajos recursos se considera despreciable, estigmatizable y reprimible (demandas “choriplaneras” que pagan los punteros del barrio), aunque sea expresión de mayorías.

 

Tino Cuesta, "La pobreza", 2010.

 

La grieta que hay que cerrar

Y es que el modelo Cambiemos requiere de la apatía ciudadana para sostenerse, de modo tal que la “grieta” de la realidad económico-social entre pobres y ricos se disocie y se convierta en una “grieta” del fenómeno político que en sus diferencias y disputas está expresando aquella realidad. El gran éxito del creador de esa disociación y de sus promotores fue que se replicara masivamente hasta ser incorporada incluso en el lenguaje de muchos de quienes  se oponen a esa realidad de desigualdades.

Pero la “grieta” es desigualdad política, económica, social y legal, en clases de ciudadanos. Por eso la “grieta” no es la distancia que separa a Macri de Cristina Kirchner, ni a Cambiemos del peronismo, y no se salda con el triunfo de una tercera vía. La grieta es el abismo que existe entre quienes comen y quienes tienen hambre, quienes tienen acceso a la salud y quienes no pueden comprar sus medicamentos, quienes pueden llevar sus hijos a la escuela para aprender y no para alimentarse. Y esa grieta exige la obligación democrática de ser saldada por cualquier opción política que resulte elegida para gobernar el país, las provincias y los municipios.

 

La democracia como participación

La demanda de una verdadera representación del pueblo por la clase política, que suponía el potente reclamo del “Que se vayan todos”, y la oposición social manifestada ante el Congreso por la reforma previsional, seguida de la represión que inició la decadencia del actual gobierno, son señales que indican el fracaso del modelo político tradicional centrado en la economía de mercado como rector de la vida comunitaria.

Y esas demandas piden una mayor participación de los diversos sectores que integran la comunidad para lograr no sólo formular las necesidades e interrogantes que los políticos y expertos deberían resolver, sino también para atender a aquellas propuestas de resolución de problemas que tengan en cuenta a los afectados no por un mero reclamo de intereses particulares que han de ser “consensuados” o “negociados”, sino por la coherencia de ese reclamo a la luz de una economía comunitaria que en su ética permita reducir las desigualdades entre el conjunto de los ciudadanos como sujetos de derecho.

Los ciudadanos no pueden tener la capacidad de resolver los problemas políticos, económicos y sociales de una sociedad plural y compleja, y para eso se constituye un gobierno que en su conjunto permita alcanzar esa capacidad. Pero las políticas públicas para la resolución de la complejidad de esos problemas, generan una dinámica que mal puede resolverse si no es con una participación que ponga en evidencia la problematización persistente o renovada de los problemas abordados. La iniciativa popular tiene sus límites en la complejidad de la realidad política. Pero la autoridad política tiene sus límites en la problematización de la vida comunitaria (algo despreciado por las políticas del gobierno actual).

 

Ni utopía ni ucronía

 

 

Aunque cada país debe responder a su historia y su sociedad, no se trata de una utopía (un no lugar) ni de una ucronía idealista (un no tiempo). La Bolivia de hoy es un país que ha conjugado economía y comunidad plurinacional en una reducción de las desigualdades. Y si no existiera ningún ejemplo comparativo que mostrara antecedentes de posibilidad, tampoco sería un obstáculo a un proyecto político fundamentado para procurar alcanzar esa economía de la igualdad en la que el mercado se subordine a la vida comunitaria.

Un problema es sin duda el de cómo fortalecer el sentimiento de pertenencia a una comunidad a diferencia de la exaltación del  individualismo consumidor y posesivo. Es claro que este requisito es educativo y cultural aunque tiene sus límites. Por eso tanto o más se trata de las políticas  de reducción de las desigualdades que han de llevar de hecho a la percepción de una sociedad sin “grietas” en el goce de derechos. Sin embargo, este requisito también tiene sus dificultades.

Es posible que la derrota eleccionaria del  gobierno anterior y su política de ampliación de derechos, haya tenido buena parte de su explicación en la transformación y reacomodo de las clases medias y bajas, si éstas entendieron esa ampliación como aumento de su condición de consumidores y por tanto como una mayor conciencia de ser sujetos de mercado que sujetos comunitarios. Si esto fuera así, muchos nuevos votantes de la ya conocida ideología del actual gobierno, podrían haber dado su voto a un grupo de empresarios creyendo que éste aumentaría aún más la condición de consumidores de esos sectores de las clases medias y bajas.

Pero ¿cómo alcanzar esa conciencia comunitaria? Podemos creer que es casi imposible contrarrestar la visión consumista de las sociedades actuales y sus democracias que en algunos casos la incentivan. Sin embargo, hay señales en contrario. El dominio de la Patagonia por extranjeros, y la contaminación y destrucción de las reservas naturales que promueve la economía de mercado en sus variantes extractivas o de extensión de la frontera agrícola intensiva, repugna a buena parte de nuestros habitantes.

Por otro lado, el fortalecimiento y reconocimiento de los movimientos sociales y comunitarios (de los que la lucha contra el hambre y el desempleo son sus mayores expresiones), es otra marca de esa conciencia. El lugar de las pequeñas y medianas empresas, que con su destrucción por la economía oligopólica de este gobierno, ha puesto en evidencia su potencia en la creación de empleo y condiciones de trabajo más comunitarias, es otro elemento a tener en cuenta entre varios otros. De modo que una democracia participativa que tenga como fin primario el bienestar de la comunidad, y a la vez resulte eficaz en los resultados de su economía, es no sólo deseable sino también posible.

 

 

 

 

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