Mojados

Quilmes bajo el agua: el cocinero Martiniano suspendió a los cooperativistas que limpiaban dos arroyos.

 

Carina Pereyra hace tiempo puso dos hileras de ladrillos en la entrada de la casa, sobre la calle 820, a la altura del 1.400, en un barrio que los vecinos llaman La Olla. Este barrio está abajo del terraplén que lo separa del arroyo Las Piedras, uno de los dos arroyos del distrito de Quilmes donde se convive con los desechos de curtiembres, frigoríficos, aceiteras y graseras asentadas en la costa. Carina puso los ladrillos para frenar el avance del agua de los días más feroces de lluvia. Pero a las seis de la mañana del domingo 29 de abril, cuando empezó a llover «grandísimo» —como dice—, la casa que le venía aguantando empezó a escurrir no sólo por la puerta, sino por las esquinas del piso, paredes y techo.

«Acá está todo inundado, el patio es una laguna, y empezó a subir más a las tres de la tarde. Me entró a la pieza de las nenas, está empezando a entrar a la cocina y, como siga lloviendo, no va a parar. Filtra por abajo». Idéntica situación relevó entre los vecinos de la cuadra. Las mujeres comenzaron a documentar el azote del agua durante la madrugada a través de sus teléfonos celulares con los pantalones remangados hasta las rodillas, mientras ponían a salvo lo que podían y enviaban imágenes a quienes estaban afuera, iniciando una cadena que hasta la noche no había logrado mover ninguna presencia del Estado.

 

 

La tormenta provocó inundaciones y evacuados en el resto de los barrios construidos alrededor de los arroyos Las Piedras y San Francisco: así estaba el barrio Santa María, La Matera, La Sarita, el barrio Itatí con zonas donde los arroyos habían desbordado. La gente del lugar sabía que eso iba a pasar. Y algunos saben incluso que esta vez las desgracias del agua no fueron todavía terribles porque son las primeras lluvias después de meses de sequía. Que la tierra aguantó, pero dicen que no será lo mismo con las próximas lluvias. Vienen alertando de la situación al gobierno de María Eugenia Vidal y al cocinero Martiniano Molina, jefe de gobierno de Quilmes, porque en realidad el problema no es la lluvia y tampoco el arroyo: hace más de un año el gobierno no renueva el trabajo de la cooperativa de vecinos que se encarga de mantener limpio los cauces de los arroyos y de remover la basura.

Natalia Franco es la presidenta de la Comisión de Lucha contra las inundaciones y la contaminación del arroyo las Piedras y San Francisco (COLCIC), la organización no gubernamental que desarrolló las tareas de limpieza entre 2004 y 2012, durante los cuales lograron frenar el avance del agua en las casas, salvo en enero de 2007 por un fenómeno climático que hizo llover en un día el promedio de un año. COLCIC se reunió con los responsables del ministerio de Infraestructura de la Provincia y con secretarios del cocinero, pero les dijeron que no van a reintegrarles el contrato a las cien familias que trabajaban en la limpieza porque no tienen máquinas adecuadas o no lo hacían bien.

«En este momento hay vecinos limpiado el arroyo Mosconi y el San Francisco para que pase el agua y empiece a correr porque la basura tapona el arroyo —dice Natalia—. Nosotros somos vecinos afectados por las inundaciones, yo misma mamé las inundaciones desde chica, me crié con el agua, y sabíamos que esto iba a pasar. Se lo venimos advirtiendo al ministro de Infraestructura, al intendente y a todos: no fuimos escuchados y hoy pagamos las consecuencias. Y hoy esto no es tan grave porque es la primera lluvia. Si el miércoles llueve la misma cantidad, la tierra no va a aguantar. Por eso nuestra urgencia es que se pongan a limpiar los arroyos porque esto es sólo una muestra de lo que va a pasar. Que resuelvan. Hasta ahora hicieron oídos sordos y los vecinos pagan las consecuencias. El Estado tiene que prevenir y asistir. Quilmes no es sólo el barrio Rivadavia, somos todos los barrios que nos sentimos abandonados por este municipio. Y con la basura y el agua, llegan todos los problemas de contaminación».

Mientras estuvieron en funcionamiento, COLCIC limpiaba 23 kilómetros de rivera desde Solano hasta Wilde con métodos que ellos mismos fueron desarrollando y la asistencia de la universidad de Quilmes. Armaron cuadrillas de recolección por zonas y barrios y fabricaron catamaranes caseros con mallas de acero para barrer la basura, mucha de ella desechos de las fábricas de la costa y de los servicios de recolección de residuos que se inventan los que habitan los confines del mundo. Los hombres del barrio dicen que la gente de Martiniano estuvo el año pasado por el barrio pero hicieron un operativo de «circo», limpiando menos de doscientos metros de arroyo cuando la cuenca es mucho más grande. Y también dicen que el intendente no quiere darle el trabajo a COLCIC porque no quieren una cooperativa ni una ONG, sino una empresa privada.

 

 

Durante el domingo temprano pasó un camión de Bomberos por La Olla, la única presencia de algo parecido al Estado. Virginia González, otra de las vecinas, lo vio pasar a dos cuadras de distancia justo cuando estaba buscando al forma de salir del barrio, pero tuvo que quedarse con las ganas. Carina se pasó el día subiendo las cosas de la casa a la altura de una mesa. Y midiendo los niveles de la crecida del agua. Al mediodía hizo un guiso caliente para sus hijos y a la tarde preparó tortafritas. Tiene un varón de año y medio y cinco mujeres en escalera de 8 a 15 años, la más grande con una cardiopatía por la que la tuvo todo el día en una cama. Si evaluó redes para salir de la casa, las descartó. Así como Natalia recibió en su casa de madrugada al hijo de una amiga, Carina supo a esa hora que la casa de su madre, en el barrio vecino, también estaba llena de agua. Tampoco quería dejar sola la casa por eso se quedó con cada uno de sus hijos. «Yo siempre ando con mis hijos arriba, aunque sea como ahora, que tengo las camas unas arribas de otras». Con su teléfono registró a su perro en el patio, con las patas tapadas y a un niño jugando. «Esta mañana grabé unas imágenes y las mandé. Cuando te llega el agua te viene la desesperación por los chicos, pero ¿yo a quién voy a echarle la culpa? Este es un terreno en el que estoy desde el ’98. Yo vine acá, nadie me mandó. Eso es lo que pasa. Esta no es la primera vez que se inunda». Cuando caía la noche escuchó que alguien había comenzado a limpiar uno de los cruces del arroyo. Tal vez eran esos mismos vecinos de la cooperativa que salieron a reemplazar, como pudieron, los vacíos del nuevo Estado que avanza. Virginia había logrado salir del barrio. Pasaban la noche en el club San Martín evacuadas con otras seis familias. Treinta personas con colchones secos pero sin calor y sin comida.

 

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