MORIR

Sin hablar del morir, la muerte no es más que un horroroso vacío

 

El número de muertos

El reporte diario vespertino del Ministerio de Salud de la Nación del  jueves 15 de octubre de 2020 por la tarde nos dijo que en las últimas 24 horas se habían confirmado 17.096 nuevos casos y se habían notificado 421 nuevas muertes por Covid-19.

En las últimas semanas las cifras de infectados y de muertos va en aumento superando registros anteriores.

Y aunque ninguna persona sensata puede cuestionar o negar el valor del seguimiento estadístico de la pandemia, hay algo vacío en esa escucha diaria. Un vacío que nos hace pensar.

Escuchamos, analizamos, opinamos, y criticamos al comparar si ese número es mayor o menor y sus razones. Y comparamos porque los números son comparables entre unos y otros en su magnitud. Pero a esa magnitud, para que su comparación no sea meramente matemática con abstracción del mundo físico, se la debe acompañar de algo real, algo que tenga un lugar y un momento en el que lo midamos, ya que los números en sí mismos son abstractos, no tienen espacio ni tiempo.

El número 421 no ocupa lugar ni momento alguno. Pero comienza a dejar su abstracción vacía que no dice nada de nada, cuando señala que se trata de muertos. Con lo que de allí surge lo comparable. Por ejemplo entre los muertos de un día y los de otro. Y aunque eso es verdad, todavía su vacío no nos abandona. Porque: ¿qué decimos al decir «un muerto»? y ¿qué decimos al decir «los muertos», que han pasado a ser una de las medidas de cada uno de los días que vivimos en pandemia? ¿Qué medimos? ¿Qué comparamos?

Podemos comparar el número de muertos para decir que el jueves 15 de octubre, con 25.342 muertes acumuladas, Covid-19 era la cuarta causa de muerte en la Argentina frente a los registros tradicionales. Pero con eso no llenaremos el vacío de la pérdida de cada uno de aquellos.

 

 

Mortalidad general en la Argentina en 2017.

 

 

 

¿Qué vacío el de la muerte?

No es lo mismo morir en terapia intensiva, en una sala general, o en domicilio. Tampoco es lo mismo morir en el AMBA que en Jujuy con un sistema de salud desbordado. Desde marzo a mediados de julio muchos de los pacientes con Covid morían en las salas de clínica general. Un buen número de ellos eran pacientes provenientes de geriátricos o casas de cuidados crónicos, y estaban siendo atendidos por sus enfermedades previas hasta que un día se infectaban con coronavirus. Cuando esos pacientes estaban recibiendo cuidados paliativos previos, sus familiares pedían que no se los suspendieran y que no los ingresaran a unidades de terapia intensiva (UTI). Eran pacientes que en general no tenían conciencia de la muerte próxima aunque sus familias sí.

Pero cuando la circulación comunitaria del virus fue aumentando, los pacientes pasaron de ser leves y poder ser asistidos en sala general a ser pacientes moderados o graves. Y hoy, la mayoría de los pacientes que mueren en el AMBA lo hacen en Unidades de Terapia Intensiva. Aunque hay dos momentos de su atención crítica: el del ingreso antes de recibir Asistencia Respiratoria Mecánica, y cuando han sido intubados y sedados. Los primeros tienen una posibilidad, aunque poco frecuente por la rapidez evolutiva de la enfermedad, de tomar conciencia del riesgo de una muerte próxima. Pero más del 50% de los pacientes que reciben ARM muere y lo hace en estado de sedación y sin conciencia alguna de su morir. Esta palabra —morir— es la que el lenguaje habitual del debate público oculta. Sin embargo, una cosa es la muerte y otra muy distinta es el morir.

Después de los meses iniciales de la pandemia, cuando los muertos iban creciendo en número, se empezó a extender el malestar por el modo en que los pacientes graves de Covid llegaban a la muerte en soledad, muriendo mal y padeciendo ellos y sus familiares la situación de distanciamiento y exclusión. Por eso se empezaron a escuchar debates sobre el final de vida de esos pacientes y a prestar atención al acompañamiento emocional y afectivo y a las medidas de cuidado de los moribundos y sus familiares. Esas guías proponían procedimientos dirigidos a garantizar el respeto de la dignidad de cada paciente y sus vínculos. Y procuraban abrir la visión de las muertes por la pandemia a una visión del morir en situación de pandemia.

 

 

La muerte y sus palabras

 

Laydis Milanés- Glosario de Covid-19.

 

Las palabras «los muertos» o «las muertes»  no son abstractas como los números, ya que para notificar que alguien ha muerto ha debido constatarse en un tiempo preciso que dejó de estar vivo. Son palabras hechas de tiempo. Pero no siendo abstractas son todavía vacías de contenido.

Y es que aunque la muerte de una persona pueda definirse como el instante de tiempo en el que deja de estar viva, el derecho ha debido definir siempre, con ayuda de la medicina, y para evitar el conflicto de opiniones en una cuestión tan relevante, cuáles han de ser las diferencias específicas de ese momento.

Es por esa necesidad problematizada en las últimas décadas, que el derecho se ha visto obligado a definir con una fórmula más precisa ese instante de paso. Una definición que no sólo marcará un tiempo preciso sino también un espacio concreto. Es decir: una realidad, que es lo contrario a una abstracción. Así es como se llegó a construir la más extendida definición jurídica actual de muerte, que dice que un individuo está muerto cuando hay un cese total e irreversible de las funciones respiratorias, cardíaca o neurológica. Porque cualquiera de esas tres funciones que hayan sufrido un cese en modo total e irreversible lleva a igual situación a las otras dos. El instante de ese cese es el tiempo de la muerte, y el corazón, los pulmones o el cerebro, el espacio en el que ocurre.

Esa definición jurídica de «la muerte» distingue entre cuerpo humano vivo o muerto desde un soporte empírico estrictamente biológico. Pero definir «la muerte» y hablar de «los muertos», con ese inevitable marco biológico, problematiza la práctica  en la atención de la salud y también en el derecho.

 

 

Se muere de uno en uno

 

Morir en Terapia Intensiva.

 

La salud pública construye su epidemiología con números. Su debilidad está en la esencia de esos números, que es la abstracción témporo-espacial. Y la norma jurídica se construye con términos de alcance nacional o internacional que dan una condición de universalidad a su alcance: para todos los habitantes de la Argentina o para toda persona en el mundo. Es así como en la totalidad de los 421 muertos por Covid-19 del jueves 15 de octubre se debieron verificar las exigencias de la definición jurídica de muerte. Era algo necesario, pero por ese camino el vacío que dejan los números  de la muerte no nos abandonó.

Porque aunque los términos que utiliza esa definición estén atravesados en su esencia de tiempo y espacio, no por ello dejan de ser abstractos en cuanto a su verificación en la existencia real. Esta diferencia es la que tanto suele señalar la Corte Suprema de Justicia cuando le presentan un problema que haya afectado o pueda afectar a personas concretas en la individualidad de la existencia de sus cuerpos y de su condición de persona como sujeto de derechos. La norma universaliza pero los jueces deben individualizar.

Algo semejante ocurre en la atención de la salud.  A los médicos y a los trabajadores de salud los pacientes se les mueren de uno en uno. Nunca asisten al morir de 421 pacientes. Los números notificados de nuevas muertes y los términos jurídicos en su extensión universal pueden ser infinitos en su alcance, pero cada muerto es uno. Y asistir al morir de cada uno de los cuerpos de los que habrán de sumar 421, abre a la dimensión inconmensurable que es la singularidad del cuerpo vivo de cada paciente. Algo que resulta ser duramente costoso de vivenciar en quienes lo asisten.

Con lo que decimos, el derecho ha definido cuando cesa la vida del sujeto capaz de tener derechos y contraer obligaciones. Y la escala de referencia para esa definición es biológica ya que el cuerpo vivo es el sustrato material desde el que se puede tener o no esa capacidad. Pero con esa definición asistimos a una suerte de paradoja en la visión de la muerte como aquella del triángulo imposible de Penrose.

 

 

 

Y es que desde la definición biológica de muerte, todos los muertos (y por consiguiente todas las vidas) son iguales. Es el reino de la igualdad absoluta. Y sin embargo, si hay algo que se revela en cada muerte, precisamente, es la identidad y las desigualdades entre cada uno de los que mueren. Ese es el vacío horroroso del número de muertos.

 

 

 

La vida que los números de la muerte ocultan

El cuerpo vivo, que se diferencia del cuerpo de los muertos en el funcionamiento de sus órganos vitales, tiene otras diferencias radicales con éste. El cuerpo humano con vida tiene también —debe tener— no sólo vida biológica, sino también proyecto de vida. Esta es la igualdad, a diferencia de la definición de muerte, que han de tener los cuerpos vivos de las personas: la igualdad en el poder proyectar sus vidas. Paradójicamente, es una igualdad que reconoce y protege tanto las diferencias, que nos permite ver a cada persona como un ser único, irrepetible, irreemplazable. La buena medicina nos enseña a saber ver y tratar estas diferencias y por eso es el costo tan grande de ver morir a cada paciente.

Cada uno de los 421 muertos del jueves 15 de octubre tuvo el proyecto de vida que sus determinantes sociales le permitieron tener para las capacidades que tenía. Cada uno de esos muertos tuvo una historia de vida insustituible: el día y lugar donde nació, sus padres y el deseo con que lo envolvieron, sus hermanos, su día a día, sus amigos, sus aprendizajes, triunfos y derrotas, sus alegrías y sufrimientos, sus deseos, sus trabajos, sus amores… Todo en cada uno de ellos era único e irrepetible. Y ese es el vacío que dejó su pérdida.

Pero al llegar el momento de la muerte, cada uno de nosotros habrá podido trazar y realizar, en más o en menos,  su proyecto de vida. Habrá gozado en más o en menos de esa que es la libertad. El momento de la muerte no sólo es el del cese total e irreversible de nuestras funciones vitales, en las que todos nos igualamos, sino también el cese total e irreversible de nuestro proyecto de vida, en el que todos nos diferenciamos.

El reporte diario del número de infectados y de muertos por Covid-19, aunque necesario, cuando reduce la información a números despersonalizados representa un modo de ver la muerte en la que el morir, como escena final de un proyecto de vida realizado o frustrado, desaparece. Ese juicio final, en este mundo, que es juzgar cuán realizada ha sido la vida del que muere y cuán justos hemos sido con la vida que se pierde, está ausente. Sin hablar del morir, la muerte no es más que un horroroso vacío.

 

 

5 Comentarios
  1. HERNÁN DE ROSARIO dice

    Covid-19: la dramática situación en la provincia de Santa Fe

    Aprovecho este espacio que el Cohete a la luna gentilmente nos cede para expresarnos para dar a conocer a sus lectores lo que acaba de manifestar el gobernador Omar Perotti sobre esta cuestión (fuente: La Capital, 21/10/020):

    “El gobernador de la provincia, Omar Perotti, señaló este miércoles que «el mejor consejo» para dar en estos momentos de la pandemia de coronavirus sería «que nadie salga de su casa por 15 días». Pero luego aclaró que esa situación «no puede darse, y menos en estos momentos», al ser consultado sobre las sugerencias de numerosos profesionales de la salud que recomendaron una cuarentena estricta por 15 días para frenar los contagios de coronavirus.
    «Hay que escuchar a todos. Cero movilidad, que nadie salga de su casa por 15 días sería el mejor consejo a dar. Todos somos conscientes que eso no puede darse, menos en estos momentos», dijo este miércoles Perotti durante una conferencia junto al ministro de Desarrollo Social de la Nación, Daniel Arroyo, durante la entrega de fondos para la compra de alimentos y productos de limpieza para distintos municipios y comunas de la provincia por 14 millones de pesos.
    «Generar un equilibrio entre esa cuestión deseable pero no ciento por ciento posible es lo que tenemos que resguardar. Convivimos en un país con esquemas de comunicaciones cruzados. Hubo lugares que estuvieron muy cerrados y en el interior había otro nivel de actividad. Y hoy quedamos al revés. Somos difíciles en la comunicación en Argentina para determinar una instancia que pueda discernirse», se explayó el titular de la Casa Gris.
    Perotti amplió su postura respecto a la posibilidad de ampliar restricciones y destacó que «la evaluación se hace día a día. Las instancias de hoy son las que estamos analizando, ya no con los parámetros iniciales, de la fase 1, sino con restricciones en las nuevas modalidades de convivencia y donde se sigue atentamente el estrés y el número de camas ocupadas. Allí seguimos con un porcentaje alto de ocupación, tenemos las instancias de emergencia al máximo porque queremos seguir atendiendo a todos los santafesinos. Seguimos con un nivel de testeos muy altos por lo cual vamos a seguir teniendo cifras muy altas. Creo que las instancias de movilidad nos permitieron en algunos casos mejorar los días de duplicación, tener algunos indicadores que permitieron que esa curva no siga tan empinada, pero seguimos con números altos».
    El gobernador dijo que para saber qué pasara en definitiva el fin de semana será clave el análisis junto a intendentes, presidentes de comuna y los asesores expertos en el tema salud. «No hay secretos, la búsqueda de quitar movilidad es el elemento central y el cumplimiento de los protocolos. Allí hay protocolos donde hay ajustes, otros que hay que adaptarlos a las nuevas condiciones de temperatura. Eso requiere de una adecuación con la gente de Salud, del Ministerio de Trabajo y de todos los actores. El cuidado siempre se va a seguir priorizando, pero también incorporamos pautas de comportamiento y allí insistimos con la importancia del uso del barbijo, del lavado de manos. Así demostramos cómo nuestro comportamiento nos permite tener activas el mayor número de actividades».

  2. HERNÁN DE ROSARIO dice

    En su reflexión sobre la muerte el doctor Tealdi expresó:
    Es por esa necesidad problematizada en las últimas décadas, que el derecho se ha visto obligado a definir con una fórmula más precisa ese instante de paso. Una definición que no sólo marcará un tiempo preciso sino también un espacio concreto. Es decir: una realidad, que es lo contrario a una abstracción. Así es como se llegó a construir la más extendida definición jurídica actual de muerte, que dice que un individuo está muerto cuando hay un cese total e irreversible de las funciones respiratorias, cardíaca o neurológica. Porque cualquiera de esas tres funciones que hayan sufrido un cese en modo total e irreversible lleva a igual situación a las otras dos. El instante de ese cese es el tiempo de la muerte, y el corazón, los pulmones o el cerebro, el espacio en el que ocurre.

    El tema me interesó tanto que inmediatamente comencé a bucear en Google en la búsqueda de escritos sobre tan apasionante problema. Rápidamente me encontré con el ensayo de María Graciela de Ortúzar titulado “La definición de muerte desde las perspectivas filosóficas de Bernard Gert y Daniel Wikler” (1996-Revista de filosofía y Teoría Política-Fac. de Humanidades y Ciencias de la Educación-Univ. Nac. De La plata). A continuación me tomo el atrevimiento de transcribir la parte del escrito donde la autora alude a los pensadores mencionados.

    Bernard Gert: una definición de muerte adecuada al uso ordinario del lenguaje

    Como hemos visto anteriormente, de acuerdo con Gert la definición de muerte es una tarea primariamente filosófica, consistente en la explicitación del significado ordinario de «muerte». En el sentido ordinario todos los organismos vivientes mueren y dicha muerte es caracterizada como permanente. Por lo tanto, cuando hablamos de muerte nos referimos a la muerte del organismo, y sólo después de la misma es posible el funeral o la cremación del individuo. La muerte es un fenómeno biológico común a todos los miembros de todas las especies, no obstante los criterios para determinar la muerte de una planta no son precisamente los mismos que se requieren para determinar la muerte de un animal consciente. A su vez, tales criterios médicos y test corroborativos se vuelven cada vez más sofisticados por el mismo avance de la tecnología que permite mantener artificialmente el cuerpo de un cadáver. El momento de la muerte puede determinarse con precisión. La muerte es considerada por nuestro autor como un evento que separa el proceso de morir del proceso de putrefacción. Analicemos entonces la definición de muerte propuesta por Gert: «la muerte es la cesación permanente de todas las funciones clínicamente observables del organismo como un todo y pérdida permanente de la conciencia por el organismo en todas sus partes identificables”.5 En principio destacaremos dos de las características mencionadas anteriormente: la muerte es permanente y es la muerte del organismo como un todo, no de un cuerpo sólo o de una persona sin consideración sobre el cuerpo. Ahora bien, «organismo como un todo» no es lo mismo que «todo el organismo». Por «organismo como un todo» Gert entiende el complejo superior que interacciona con todos o con la mayoría de los subsistemas orgánicos.

    Del complejo superior (encéfalo) depende la integración generación, interrelación y control de las complejas actividades del cuerpo. Si a un individuo le falta parte de su organismo (una pierna, un brazo), no diremos que esta muerto porque no es más «todo el organismo». Si el individuo ha perdido la integración de as funciones vitales por la destrucción del encéfalo entonces ese individuo esta muerto. Gert resalta el concepto de «funciones clínicamente observables» por el hecho de que a nivel de laboratorio puede existir vida celular, lo cual no influye en la consideración de muerte del organismo como un todo. No diremos que el cadáver esta vivo por el hecho de que le crezcan as unas o los cabellos. En resumen, el punto de vista defendido por Bernard Gert es biológico, su argumentación a favor del criterio de muerte encefálica se basa en la perdida de las funciones integradas del organismo como un todo. Según Wikier lo ubicaríamos en la tercera posición, opuesta a la definición de muerte neocortical postulada por dicho autor, entre aquellos que defienden la muerte como única: muerte del organismo. Desde el punto de vista filosófico responde a la concepción analítica, buscando solucionar los problemas a través del esclarecimiento del lenguaje. Por ejemplo, sostiene que la concepción de muerte de la persona surge de la confusión ocasionada cuando hablamos de la «muerte de la persona» y os referimos a la «muerte del organismo que fue una persona», no al paciente (PVS) que no tiene conciencia, que no puede interaccionar socialmente, pero que respira espontáneamente, que posee reflejos cerebrales y respuesta espontánea, que conserva funciones vitales, etc. Según Gert la definición de muerte no debe alejarse del sentido común como pasaría si definiéramos como muerto a un PVS – muerte de la persona -, el cual para poder enterrarlo deberíamos matar o dejar morir su cuerpo.

    Tampoco debe depender de los futuros cambios tecnológicos, como seria buscar diagnosticar la perdida de las funciones neocorticales a través de nuevas tecnologías para redefinir la muerte, tal como veremos mas adelante cuando anal icemos la definición de Wikler. A pesar de considerar que las razones dadas por Gert para justificar la definición de muerte son autenticas, Wikler sostiene que dichas razones encubren razones espurias como son: 1- considerar que el hecho de que puedan ser mantenidos solo por pocas horas brinda la seguridad de la muerte, a lo cual Wikler sostiene que confunden la muerte con el morir, 2- la dependencia de la máquina para las funciones vitales, no seria una razón valida ya que existe mucha gente que depende de la maquina para vivir -por ejemplo y esa no implica que estén muertos. Para el filósofo crítico -como gusta Ilamarse a si mismo Wikler- no es verdad que el cuerpo bien mantenido de un paciente en muerte encefálica no es un sistema integrado. Podemos imaginar que reemplazamos las funciones del tronco encefálico artificialmente y de forma permanente„ la diferencia estaría en la causa y no en la función. A lo cual responderíamos que si entramos en el terreno de ciencia ficción también podemos imaginar el reemplazo de las funciones neacorticales, las cuales tampoco constituirían un criterio de muerte. Antes de analizar cuáles son las razones autenticas que justifican la definición de muerte según Wikler, consideramos necesario explicitar nuestra adhesión a las razones dadas par Gert desde el punto de vista biológico para definir a la muerte como la pérdida permanente de la conciencia y de las funciones vitales integradas como un todo. Es lógica que los test corroborativos excedan el sentido común por tratarse de cuestiones medicas, siendo diferentes las test que se requieren para diagnosticar la muerte a un individuo que se halla mantenido artificialmente en terapia intensiva. No entraremos aquí a detallar los mismos.

    Daniel Wikler: hacia una nueva definición de muerte, muerte neocortical

    Desde una pastura «esencialista» Wikler considera a la función del filósofo en la definición de muerte coma una tarea meramente intelectual consistente en dar las mejores razones para justificar dicha definición, la cual debe ser eterna y autónoma. Como filósofo critico pretende dar una definición de muerte más allá del contexto social y del modelo de acomodación tecnológica (determinismo tecnológico). La definición debe estar basada en las características esenciales individuales, y, por lo tanto, no respondería a cuestiones prácticas, adelantos tecnológicos, etc. Paradójicamente, cuando argumenta en contra de la definición de muerte encefálica, sostiene que en el futuro se podrán realizar pronósticos certeros en los PVS y diagnosticar, a través de nuevas tecnologías, la muerte neocortical tal como hoy en día se puede diagnosticar la muerte encefálica. Según nuestro autor su argumentación sobre la definición de muerte es sólo ontológica y no moral, basada en la Teoría de la identidad personal (la cual se diferencia del concepto de persona por la connotación e implicancias morales que trae aparejada la utiIización de dicho concepto). Wikler justifica la muerte a través de la Teoría de la ldentidad personal (1980). La identidad individual se centra en la posesión de ciertos rasgos sicológicos, cuyos requisitos son la continuidad de la actividad cerebral, la relación causal de los procesos sicológicos y neurológicos, la preservación de la memoria y de las capacidades mentales del individuo. Ahora bien, cuando queremos saber si individuo está muerto no investigamos sobre la identidad personal del individuo. No decimos: «si X ha perdido las capacidades mentales que lo hacen ser X, entonces X está muerto». La Teoría de la identidad personal ha sido criticada desde la edad moderna por filósofos empiristas como David Hume, por considerar un postulado metafísico la visión del yo como una entidad que permanece invariable mas allá de los cambios la cuestión de la identidad personal seria para Hume una dificultad gramatical más que un problema filosófico. Según dicho autor es a través de las leyes de asociación de ideas, en este caso semejanza y causalidad, como – ayudados por la memoria- construimos está idea del sujeto como una identidad personal.

    Para Wikler, la ausencia de continuidad de las funciones cerebrales, la ausencia de las relaciones causales entre los procesos sicológicos y neurológicos, y la pérdida de la memoria y las capacidades mentales, implican que el individuo ha dejado de existir como persona. Sin embargo, según Hume tal continuidad solo existe como producto de la imaginación. A su vez, las funciones sicológicas y neurológicas de los hombres están sometidas a cambios que pueden ser graduales o abruptos. Por lo tanto, no diremos que aquel individuo que no muestra continuidad de ciertos rasgos sicológicos o neurológicos está muerto porque no es el mismo individuo. La mismidad es un concepto que se construye por relación de ideas y aún hoy día no se puede medir desde el punto de vista medico el grado de destrucción de las funciones neurológicas superiores, por lo tanto no se sabe sobre la capacidad de recuperación variable de los casos de PVS. Por otra parte, si el concepto de muerte neocortical propuesto considera que lo esencial del ser humano se encuentra en las funciones superiores de la corteza y, en consecuencia„ aquel los que hayan perdido la continuidad de dichas funciones están muertos, bajo ese concepto incluiríamos no solo a los PVS. Wikler distingue el caso de los anencefalicos (infantes) de los otros estados vegetativos argumentando que por carecer desde su nacimiento del material cortical necesario para desarrollar sus funciones cognitivas, su propia identidad individual es no tener una conciencia y no involucra procesos sicológicos de nivel superior. Por lo tanto, la definición de muerte no se aplicarla a esos casos, existirían como «cuerpos humanos vivientes» y no como personas. De lo anterior se sigue: 1- la ausencia de las funciones neocorticales no equivale a la muerte en los casos de pacientes anencefálicos, aún cuando considera a la muerte como la perdida permanente de la conciencia (lo cual constituye una teoría ad hoc, independiente de la justificación ontológica y eterna de la muerte a través de la teoría de la identidad personal) 2- supone que no son personas aquellos que no posean o hayan perdido las funciones mencionadas, de lo cual concluimos que tanto los anencefálicos como los PVS no son personas, pero ambos son cuerpos vivos , y sólo éstos últimos -PVS- estarían muertos. Wikler no solo excluye a los anencefálicos de su definición -de muerte. Excluye también a las demencias profundas.

    ¿Cual es el criterio para distinguir entre unos y otros, ya que médicamente los casos son semejantes -en todos los casos persisten las funciones vegetativas debido a que el tronco esta indemne- y no existen métodos para diagnosticar con precisión cuales son los funciones superiores que se han perdido? Para distinguir entre demencias profundas y otros PVS, Wikler sostiene: «PVS no es meramente un estado avanzado de demencia, esto es amencia, ausencia de todo lo que hace valiosa la existencia de la gente». En conclusión, el citado autor en su argumento ontológico supone un criterio de valor -no explicito- sobre que vida es valiosa, excluyendo intencional y arbitrariamente de la definición de muerte los casos controvertidos de pacientes con incapacidad jurídica (demencias profundas e infantes): -Supone que sólo es valiosa la vida mientras haya continuidad de ciertos procesos sicológicos cognitivos fundamentalmente. Pero como saber si existe esa continuidad? ¿Cómo saber si el día de mañana, por los mismos adelantos tecnológicos, algunos de esos casos de PVS que no han perdido todas las funciones neocorticales recuperan la conciencia? Sin embargo, Wikler (1988) sostiene que la definición de muerte debe ser independiente de premisas (criterios de valor) y conclusiones morales (suspensión del tratamiento) y, a su vez, debe estar limitada a algunos casos de PVS por el problema del abuso: extender la misma a pacientes seniles, dementes, etc. (argumento de la pendiente resbaladiza). Por lo tanto, según Wikler no se seguiría del hecho de pronunciar la muerte a los PVS la suspensión de la hidratación y la nutrición. No obstante, supone la consideración de que tratándose de pacientes muertos cuyos cuerpos siguen vivos seria moralmente permisible matarlos o dejarlos morir (justificación encubierta de la eutanasia por la muerte de la persona).

    Al mismo tiempo sostiene que la definición de muerte no puede alejarse del sentido común: que más alejado del sentido común que tener que matar o dejar morir al muerto para poder enterrarlo o velarlo. Si sostiene que «no es una existencia valiosa” la vida de los estados semejantes a los PVS, admite que no hay muerte, que es necesario “dejarlos morir» ya que no se puede velar ni enterrar a los cuerpos que respiran. Su planteo no justifica la definición de muerte, postulando la misma como una alternativa al dilema moral de mantener o suspender la hidratación y nutrición en dichos casos -PVS-. La búsqueda del consenso social por parte de Wikler para la aceptación de la idea de muerte en dichos pacientes no contribuye a clarificar la justificación epistemológica y ética independiente de los conceptos de muerte y eutanasia. En síntesis, as distintas teorías, principales y ad hoc, dadas por Wikler para justificar la definición de muerte neocortical responden a razones espurias -suspensión del tratamiento moralmente permisible, confusión del proceso de morir con la muerte- y no a autenticas razones que establezcan la diferencia esencial entre la vida y la muerte, como pretendía nuestro autor. Hablar de dos muertes, muerte de la persona y muerte del cuerpo, no solo implica sostener un dualismo extremo. Es una falacia la cual no conduce de la premisa que es moralmente permisible permitir morir (al «cuerpo de la persona muerta») a la justificación de la muerte. Más bien permite justificar matar o dejar morir a dichos pacientes.

  3. ricardo dice

    Brutal y certero…..oscuro…….

  4. Alberto Tordella dice

    Quizás, introducir el debate, sea una obligación moral, que entienda que el «proceso de morir», sea acompañado de manera compasiva, tratando este tránsito, como un derecho humano esencial.
    La humanidad no puede suspenderse y, debería estar presente en los currículos de la formación del equipo de salud, evitando caer en la tentación de creer que, por formarse y capacitarse en los estados de salud y enfermedad, esta consciencia , el morir, está abordada.
    Ojalá, podamos como seres humanos, formar equipos con la capacidad de acompañar a los seres humanos e, independientemente del contexto, asistir al portal que es, simplemente, el morir.

  5. un colega dice

    Siempre y cuando no seamos trascendentes.
    Un cuerpo un proyecto de vida y más allá.
    En el hijo se puede volver nuevo, vivo, siempre, nuevo.

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