MORIR

Sin hablar del morir, la muerte no es más que un horroroso vacío

 

El número de muertos

El reporte diario vespertino del Ministerio de Salud de la Nación del  jueves 15 de octubre de 2020 por la tarde nos dijo que en las últimas 24 horas se habían confirmado 17.096 nuevos casos y se habían notificado 421 nuevas muertes por Covid-19.

En las últimas semanas las cifras de infectados y de muertos va en aumento superando registros anteriores.

Y aunque ninguna persona sensata puede cuestionar o negar el valor del seguimiento estadístico de la pandemia, hay algo vacío en esa escucha diaria. Un vacío que nos hace pensar.

Escuchamos, analizamos, opinamos, y criticamos al comparar si ese número es mayor o menor y sus razones. Y comparamos porque los números son comparables entre unos y otros en su magnitud. Pero a esa magnitud, para que su comparación no sea meramente matemática con abstracción del mundo físico, se la debe acompañar de algo real, algo que tenga un lugar y un momento en el que lo midamos, ya que los números en sí mismos son abstractos, no tienen espacio ni tiempo.

El número 421 no ocupa lugar ni momento alguno. Pero comienza a dejar su abstracción vacía que no dice nada de nada, cuando señala que se trata de muertos. Con lo que de allí surge lo comparable. Por ejemplo entre los muertos de un día y los de otro. Y aunque eso es verdad, todavía su vacío no nos abandona. Porque: ¿qué decimos al decir «un muerto»? y ¿qué decimos al decir «los muertos», que han pasado a ser una de las medidas de cada uno de los días que vivimos en pandemia? ¿Qué medimos? ¿Qué comparamos?

Podemos comparar el número de muertos para decir que el jueves 15 de octubre, con 25.342 muertes acumuladas, Covid-19 era la cuarta causa de muerte en la Argentina frente a los registros tradicionales. Pero con eso no llenaremos el vacío de la pérdida de cada uno de aquellos.

 

 

Mortalidad general en la Argentina en 2017.

 

 

 

¿Qué vacío el de la muerte?

No es lo mismo morir en terapia intensiva, en una sala general, o en domicilio. Tampoco es lo mismo morir en el AMBA que en Jujuy con un sistema de salud desbordado. Desde marzo a mediados de julio muchos de los pacientes con Covid morían en las salas de clínica general. Un buen número de ellos eran pacientes provenientes de geriátricos o casas de cuidados crónicos, y estaban siendo atendidos por sus enfermedades previas hasta que un día se infectaban con coronavirus. Cuando esos pacientes estaban recibiendo cuidados paliativos previos, sus familiares pedían que no se los suspendieran y que no los ingresaran a unidades de terapia intensiva (UTI). Eran pacientes que en general no tenían conciencia de la muerte próxima aunque sus familias sí.

Pero cuando la circulación comunitaria del virus fue aumentando, los pacientes pasaron de ser leves y poder ser asistidos en sala general a ser pacientes moderados o graves. Y hoy, la mayoría de los pacientes que mueren en el AMBA lo hacen en Unidades de Terapia Intensiva. Aunque hay dos momentos de su atención crítica: el del ingreso antes de recibir Asistencia Respiratoria Mecánica, y cuando han sido intubados y sedados. Los primeros tienen una posibilidad, aunque poco frecuente por la rapidez evolutiva de la enfermedad, de tomar conciencia del riesgo de una muerte próxima. Pero más del 50% de los pacientes que reciben ARM muere y lo hace en estado de sedación y sin conciencia alguna de su morir. Esta palabra —morir— es la que el lenguaje habitual del debate público oculta. Sin embargo, una cosa es la muerte y otra muy distinta es el morir.

Después de los meses iniciales de la pandemia, cuando los muertos iban creciendo en número, se empezó a extender el malestar por el modo en que los pacientes graves de Covid llegaban a la muerte en soledad, muriendo mal y padeciendo ellos y sus familiares la situación de distanciamiento y exclusión. Por eso se empezaron a escuchar debates sobre el final de vida de esos pacientes y a prestar atención al acompañamiento emocional y afectivo y a las medidas de cuidado de los moribundos y sus familiares. Esas guías proponían procedimientos dirigidos a garantizar el respeto de la dignidad de cada paciente y sus vínculos. Y procuraban abrir la visión de las muertes por la pandemia a una visión del morir en situación de pandemia.

 

 

La muerte y sus palabras

 

Laydis Milanés- Glosario de Covid-19.

 

Las palabras «los muertos» o «las muertes»  no son abstractas como los números, ya que para notificar que alguien ha muerto ha debido constatarse en un tiempo preciso que dejó de estar vivo. Son palabras hechas de tiempo. Pero no siendo abstractas son todavía vacías de contenido.

Y es que aunque la muerte de una persona pueda definirse como el instante de tiempo en el que deja de estar viva, el derecho ha debido definir siempre, con ayuda de la medicina, y para evitar el conflicto de opiniones en una cuestión tan relevante, cuáles han de ser las diferencias específicas de ese momento.

Es por esa necesidad problematizada en las últimas décadas, que el derecho se ha visto obligado a definir con una fórmula más precisa ese instante de paso. Una definición que no sólo marcará un tiempo preciso sino también un espacio concreto. Es decir: una realidad, que es lo contrario a una abstracción. Así es como se llegó a construir la más extendida definición jurídica actual de muerte, que dice que un individuo está muerto cuando hay un cese total e irreversible de las funciones respiratorias, cardíaca o neurológica. Porque cualquiera de esas tres funciones que hayan sufrido un cese en modo total e irreversible lleva a igual situación a las otras dos. El instante de ese cese es el tiempo de la muerte, y el corazón, los pulmones o el cerebro, el espacio en el que ocurre.

Esa definición jurídica de «la muerte» distingue entre cuerpo humano vivo o muerto desde un soporte empírico estrictamente biológico. Pero definir «la muerte» y hablar de «los muertos», con ese inevitable marco biológico, problematiza la práctica  en la atención de la salud y también en el derecho.

 

 

Se muere de uno en uno

 

Morir en Terapia Intensiva.

 

La salud pública construye su epidemiología con números. Su debilidad está en la esencia de esos números, que es la abstracción témporo-espacial. Y la norma jurídica se construye con términos de alcance nacional o internacional que dan una condición de universalidad a su alcance: para todos los habitantes de la Argentina o para toda persona en el mundo. Es así como en la totalidad de los 421 muertos por Covid-19 del jueves 15 de octubre se debieron verificar las exigencias de la definición jurídica de muerte. Era algo necesario, pero por ese camino el vacío que dejan los números  de la muerte no nos abandonó.

Porque aunque los términos que utiliza esa definición estén atravesados en su esencia de tiempo y espacio, no por ello dejan de ser abstractos en cuanto a su verificación en la existencia real. Esta diferencia es la que tanto suele señalar la Corte Suprema de Justicia cuando le presentan un problema que haya afectado o pueda afectar a personas concretas en la individualidad de la existencia de sus cuerpos y de su condición de persona como sujeto de derechos. La norma universaliza pero los jueces deben individualizar.

Algo semejante ocurre en la atención de la salud.  A los médicos y a los trabajadores de salud los pacientes se les mueren de uno en uno. Nunca asisten al morir de 421 pacientes. Los números notificados de nuevas muertes y los términos jurídicos en su extensión universal pueden ser infinitos en su alcance, pero cada muerto es uno. Y asistir al morir de cada uno de los cuerpos de los que habrán de sumar 421, abre a la dimensión inconmensurable que es la singularidad del cuerpo vivo de cada paciente. Algo que resulta ser duramente costoso de vivenciar en quienes lo asisten.

Con lo que decimos, el derecho ha definido cuando cesa la vida del sujeto capaz de tener derechos y contraer obligaciones. Y la escala de referencia para esa definición es biológica ya que el cuerpo vivo es el sustrato material desde el que se puede tener o no esa capacidad. Pero con esa definición asistimos a una suerte de paradoja en la visión de la muerte como aquella del triángulo imposible de Penrose.

 

 

 

Y es que desde la definición biológica de muerte, todos los muertos (y por consiguiente todas las vidas) son iguales. Es el reino de la igualdad absoluta. Y sin embargo, si hay algo que se revela en cada muerte, precisamente, es la identidad y las desigualdades entre cada uno de los que mueren. Ese es el vacío horroroso del número de muertos.

 

 

 

La vida que los números de la muerte ocultan

El cuerpo vivo, que se diferencia del cuerpo de los muertos en el funcionamiento de sus órganos vitales, tiene otras diferencias radicales con éste. El cuerpo humano con vida tiene también —debe tener— no sólo vida biológica, sino también proyecto de vida. Esta es la igualdad, a diferencia de la definición de muerte, que han de tener los cuerpos vivos de las personas: la igualdad en el poder proyectar sus vidas. Paradójicamente, es una igualdad que reconoce y protege tanto las diferencias, que nos permite ver a cada persona como un ser único, irrepetible, irreemplazable. La buena medicina nos enseña a saber ver y tratar estas diferencias y por eso es el costo tan grande de ver morir a cada paciente.

Cada uno de los 421 muertos del jueves 15 de octubre tuvo el proyecto de vida que sus determinantes sociales le permitieron tener para las capacidades que tenía. Cada uno de esos muertos tuvo una historia de vida insustituible: el día y lugar donde nació, sus padres y el deseo con que lo envolvieron, sus hermanos, su día a día, sus amigos, sus aprendizajes, triunfos y derrotas, sus alegrías y sufrimientos, sus deseos, sus trabajos, sus amores… Todo en cada uno de ellos era único e irrepetible. Y ese es el vacío que dejó su pérdida.

Pero al llegar el momento de la muerte, cada uno de nosotros habrá podido trazar y realizar, en más o en menos,  su proyecto de vida. Habrá gozado en más o en menos de esa que es la libertad. El momento de la muerte no sólo es el del cese total e irreversible de nuestras funciones vitales, en las que todos nos igualamos, sino también el cese total e irreversible de nuestro proyecto de vida, en el que todos nos diferenciamos.

El reporte diario del número de infectados y de muertos por Covid-19, aunque necesario, cuando reduce la información a números despersonalizados representa un modo de ver la muerte en la que el morir, como escena final de un proyecto de vida realizado o frustrado, desaparece. Ese juicio final, en este mundo, que es juzgar cuán realizada ha sido la vida del que muere y cuán justos hemos sido con la vida que se pierde, está ausente. Sin hablar del morir, la muerte no es más que un horroroso vacío.