Movimientos subterráneos

Viejas fuerzas empiezan reactivarse ante la falta de énfasis en corregir tropelías que supimos ver

 

De a ratos, los niveles de hartazgo son exasperantes. Supongo que a ustedes también les pasa. Y entonces la única salida saludable es reírse. Supongo que allí radica la enorme difusión e intenso debate sobre el “Carpinchogate”. Aunque en el fondo no deja de ser un debate que deberíamos darnos con seriedad. Porque el avance del hombre sobre el ecosistema no deja de ser una preocupación real. Con consecuencias concretas sobre nuestro presente y sin duda consecuencias decisivas sobre nuestro futuro.

Siempre que abordo este tema recuerdo con claridad un viejísimo fallo de la Corte Suprema de 1887 que se llama “Saladeristas de Barracas”. Allí, un grupo de saladeristas reclamaron ante la Corte Suprema por la indemnización de los daños y perjuicios que les había causado la suspensión de las faenas de los saladeros situados en el Riachuelo de Barracas, ordenada por su legislatura provincial por ley de 6 de setiembre de 1871. De ese fallo siempre me resultó inolvidable el considerando 3°, que dice: “Los saladeristas de Barracas no pueden por consiguiente invocar ese permiso para alegar derechos adquiridos, no sólo porque él se les concedió bajo la condición implícita de no ser nocivos a los intereses generales de la comunidad, sino porque ninguno puede tener un derecho adquirido de comprometer la salud pública, y esparcir en la vecindad la muerte y el duelo con el uso que haga de su propiedad, y especialmente con el ejercicio de una profesión o de una industria”. Más de 130 años después, el problema de Riachuelo y su inclemente contaminación aún persiste.

Lo que sucede en Tigre es que la construcción de casas y barrios privados se extendió hasta afectar recursos naturales tales como los humedales. Donde vivían, muy tranquilos, como el oso de Moris, los carpinchos. Y los carpinchos disputando territorio con los humanos son la prueba fehaciente de que más temprano que tarde la naturaleza hace su reclamo. Y hay que reconocer el talento de la madre naturaleza, que guió a estos simpáticos roedores a ser el emblema simpático de una disputa mucho más significativa que la de los vecinos de Tigre contra los simpatiquísimos roedores, y que es la disputa respecto al uso de los recursos naturales. Y que como sucedió en el Riachuelo, los avances del obrar humano tienden a ser irreversibles, también para los propios seres humanos.

Para ser clara, hoy son los carpinchos cuya aparición nos toma por sorpresa, aun sabiendo perfectamente a qué se debe. Pero no nos olvidemos que las réplicas de estos mensajes suelen ser mucho más contundentes –y fatales— que estos bichitos. Ojalá no los necesitemos para entender y nos amiguemos con el comando carpinchero y con la tierra en que vivimos.

Mientras vemos la revolución del carpincho, hay otras revoluciones que vienen demoradas. Una de ellas es la que prometía terminar con la persecución judicial con la que supimos lidiar tantos años. En aquellos días al menos sabíamos con qué lidiábamos y con quiénes. Hoy, en honor a la verdad, no lo tengo tan claro.

Veamos unos breves ejemplos. En la semana que pasó un periodista publicó que dos diputados de Juntos por el Cambio presentaron un proyecto de ley para regular de algún modo la elección de autoridades de la Corte Suprema. Elección cuya fecha prevista es octubre de 2021.

Con toda claridad quiero decir que esta abogada no tiene simpatía por ninguno de los miembros de la Corte Suprema actual, porque con sus más y con sus menos todos formaron parte de dispositivo de persecución que impulso el gobierno de Mauricio Macri. Tengo la absoluta certeza de que cualquiera de los cinco no será una renovación del Poder Judicial, sino una funesta continuidad de lo que ya vimos hasta acá. Y lo que vimos no fue bueno.

Me resulta increíble que las opciones sean cinco jueces que están fuertemente cuestionados. Porque me parecen verdaderas “no opciones”. No para el Estado de Derecho, que esos cinco jueces debieron proteger y custodiar y desatendieron lisa y llanamente o más bien actuaron contra él.

Lo sorprendente es que el proyecto de los diputados de la oposición es extraordinariamente parecido a una idea que circulaba hace unos meses por algunas bocas del oficialismo y que todos referenciaban como surgida de la cabeza de alguno de esos cinco señores. No me preocupa tanto el proyecto, porque creo que hay nula posibilidad de que sea convertido en ley alguna vez, como el gesto inequívoco de que a los jueces de la Corte —al menos, a algunos de ellos— les da exactamente lo mismo que gobierne un sector que vulneró el estado de derecho con una verdadera interferencia del Poder Judicial por parte del poder político como que gobierne un espacio político que retiró a los espías y operadores de los pasillos del Poder Judicial. Y de hecho están dispuestos a negociar con el sector que interfirió con el Poder Judicial hasta hace poco tiempo

Lo cierto es que, discretamente y siempre detrás del frufrú de los cortinados del Palacio, la Corte Suprema está discutiendo, de espaldas a la sociedad, quién será su futuro presidente. Ninguno de los actuales jueces la tiene fácil. Algunos porque las causas judiciales que investigan las interferencias del Poder Ejecutivo en el Poder Judicial los involucran directamente, otros por sus conductas de los últimos años, pero todos tienen un costado que preferirían que no fuese expuesto a la opinión pública.

Suelen divertirme las operaciones de prensa que recíprocamente se montan unos contra otros, pero en los últimos tiempos han dejado de causarme gracia. Porque los extremos a los que están llegando involucran a muchos otros miembros del Poder Judicial. E incluso a muchos miembros del poder político, como expresa que las iniciativas de algunos de esos jueces aparezcan mágicamente presentadas como proyectos de ley.

También, y no puedo evitar asociarlo, el runrún que empiezo a escuchar de muchos que claman por un retroceso sobre uno de los avances claves que ha tenido el gobierno de Alberto Fernández. Esto es la toma de control real sobre la administración del aparato de inteligencia del Estado. Desde que está intervenido por Cristina Caamaño, se acabaron los negocios y cuentapropismos que, en ese universo oscuro, eran moneda corriente.

Hay muchos que invocando la necesidad de garantizar la seguridad nacional o lo que cuernos se le ocurra, empiezan a dar rienda suelta a su nostalgia de viejas épocas. Nostalgia que por cierto no comparto en lo más mínimo. Porque creo que de eso ya tuvimos suficiente. Lo creo con honestidad y lo defiendo con énfasis y mordiéndome la lengua cuando escucho a los nostálgicos. Porque siento que su nostalgia no tiene nada que ver con la seguridad nacional o las razones que invocan, sino con la codicia de atisbar la oportunidad de volver a tener las herramientas de las cloacas de la democracia.

Yo suelo recordarles que con el viejo aparato de los servicios de inteligencia no se evitó ni el atentado a la Embajada de Israel ni el atentado a la AMIA y que sobre este último más bien se entorpeció su investigación al punto que, a 27 años de ocurrido, estamos casi a fojas cero en materia de avances concretos. ¿De qué seguridad nacional me hablan?

Más reciente aún, con ese mismo aparato de inteligencia tan acostumbrado a regirse sin ley, se filtraron dos contrabandos de armas y una descomunal maniobra de inteligencia ilegal. ¿Para eso quieren que vuelvan? No, gracias. Mejor paso.

Hay quienes contestan que, cuando considero que las cosas están bien así y que en lo personal no tengo nostalgia alguna, omito la necesidad de hacerlo, porque hay otros sectores, sobre todo vinculados al poder económico, que tienen todo un equipo de inteligencia ilegal. Mi consejo siempre es que, si creen eso, lo denuncien e impulsen las investigaciones. Es lo que he hecho en lo personal cada vez que tuve en mis manos algo que pareciera una prueba de eso.

No se me escapa que mientras tanto, se están llevando adelante varias investigaciones judiciales sobre las maniobras de inteligencia ilegal. Y tengo la sensación de que en algún lugar las nostalgias de algunos y estas investigaciones están vinculadas de algún modo que no logro dilucidar.

Y mientras tanto el Poder Judicial avanza cansinamente –o con cronoterapia, según se prefiera–. Es curioso cómo va todo. Va un ejemplo palmario de eso, que es la causa “Memorándum”. Hace poquitos días el fiscal de la causa dictaminó que no apoyaba las nulidades. Sin perjuicio de las réplicas, que serán el miércoles que viene, no puedo dejar de notar que en su dictamen el fiscal informó que había realizado la denuncia penal contra dos jueces de la Casación por sus visitas no declaradas a la quinta de Olivos y al mismo tiempo consideró que esas visitas no resultaban suficientes para apoyar la nulidad de la causa en la que intervinieron decisivamente esos dos jueces. Es extraño que algo tenga la gravedad para merecer una denuncia penal y al mismo tiempo carezca de la entidad para fundar una nulidad. Uno de los principios básicos que aprendí en Lógica –y uno de mis favoritos, por otra parte— es el principio de no contradicción, ese que señala que algo no puede ser y no ser al mismo tiempo. Después del miércoles podré contarles qué sucedió en la audiencia que viene.

Tengo esta horrible sensación de que, mientras estamos distraídos analizando fotos y videos, tomando partido por los carpinchos o preocupados por las elecciones que serán en breve, hay viejas fuerzas que empiezan reactivarse al calor de la distracción y de la falta de énfasis en corregir las enormes tropelías que supimos ver. Le dije a un querido amigo hace pocos días, después de charlar sobre esto, que tal vez yo sea algo paranoica, pero eso no quiere decir que no tenga un punto en lo que digo.

Esas pequeñas ondas que varios percibimos en la superficie son consecuencia de movimientos que se dan debajo de ella. Porque, paranoica o no, si hay ondas, es que hay movimientos. Tal vez sean inofensivos, o aspiracionales. Eso no lo sé. Pero si sé que mal fueron las cosas cuando no se le prestó atención a esas ondas y de pronto nos sorprendimos de modo horrible. Si de algo sirve la experiencia es para aprender de ella y no cometer los mismos errores. Necesitamos parar la pelota un segundo y ver cómo viene este partido. Porque, sabiendo que jugamos o sin estar formalmente notificados, el partido se está jugando y el cómo se desarrolle y cómo termine es verdaderamente crucial para el destino de todos como país.

 

 

 

 

 

 

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