Muchos cuentos, muchas vidas

Cecilia Pavón conserva, suprime y supera la protocultura under de los mistificados años '90

 

Porque los cuentos “son de pensar y recordar”, la perfección de un día se dirime en la alternancia entre lo primero y lo segundo, en orden aleatorio. Convertidos en una misma operación, se obtiene una asociación libre capaz de construir una suerte de cadáver exquisito de un solo autor —o autora— cuya lógica se manifiesta recién al concluir el fragmento. De tal modo resulta literariamente factible trazar un argumento que hilvane un tour de compras a Chile con la relación peso/dólar, la “Presidente saliente”, el “Presidente entrante”, comprar “ropa y computadoras; las dos cosas que definen mi vida”, un mall (así se les llama a los shoppings en Miami y otras partes de Latinoamérica) de la capital del “país limítrofe”, todas “las marcas que en Europa ya pasaron de moda pero en esta parte del mundo hacen furor”. El tour asociativo se desplaza hacia Wikipedia. Se detiene en el dato de que al primer mall chileno lo inaugura el pinochetismo el mismo día en  que comienza la guerra de Malvinas; hace escala en la similitud de una cascada con el arte contemporáneo, un abandono sentimental y las consiguientes ansias de conseguir pareja, el oficio de escribir, un caño roto, inundación y salvar la vida escapando del centro comercial a nado. Operatoria y método que han de dar la clave de una escritura que se despliega a lo largo de las casi cien páginas de cuentos breves en los que la ficción deja de otorgarle concesiones a una efímera, parca realidad.

Quien formula tamaño circuito es Cecilia Pavón (Mendoza, 1973), porteña desde hace dos décadas, posiblemente una de las figuras más representativas del under poético de los años ’90. Contraponiéndose al teorema gombrowitziano de “incendiario a los veinte, bombero a los cuarenta”, tanto como al prejuicio que asocia edad con aburguesamiento, en Todos los cuadros que tiré la autora propone dieciséis relatos en los que conserva, suprime y supera los parámetros culturales de aquella época mitificada en la que arribó a este puerto, “porque fueron muchos años en los que sentí que tenía muchas vidas”. Intensidad y variación, confiesa, que motivaron tanto su adoración por la urbe como el culto a la ambigüedad que, como el microcentro porteño, “no tiene una personalidad definida y clara, y eso es porque es un lugar de paso”. Rito de pasaje que Pavón homologa a la literatura que aún en el bajón, la euforia o la melancolía, hace del yo una herramienta de escritura: “yo puedo escribir”, se dice y reafirma “al decir yo yo yo también puedo decir que una mujer a la que aman desde la cercanía y no desde la distancia no puede escribir”.

 

 

La autora, Cecilia Pavón.

 

 

Autorreferencia en el ejercicio ficcional de la primera persona constituye el primer y principal rasgo que conserva Pavón de la estética noventista, juego que jamás implica que necesariamente la voz narrativa coincida con la acción de quien escribe. Factor que se suma al espíritu diverso y libertario, compatible con la aplicación de un diccionario escueto dentro de una biblioteca arrasada, en un semblante de precariedad destinado a la supresión de aquella suerte de elogio lumpen como provocación generacional, tan en boga en tiempos de pizza y champán en las alturas. Elementos disruptivos en una literatura que supera sus genéticas ataduras al asumir la plasticidad del paso del tiempo, las responsabilidades del hogar y la maternidad, en el constante desafío de hallar la veta poética hundida en el fárrago de lo cotidiano. Lo que la autora denomina, precisamente, literatura como “esa cosa” con el poder “de iluminar algo que está sucediendo pero que todavía no ha sido formulado en palabras”. Junto con la ambigüedad, la autora reivindica el olvido (forma de recordar, se ha dicho) como “parte central de la escritura” que “no son los libros que publico y vendo (que por otro lado son muy pocos), sino todas las pequeñas ideas brillantes o taradas, pero de cualquier forma, sorpresivas y liberadoras (en el momento) o libertarias, que tengo durante el día y que nunca llegan al papel”. Precariedades calculadas que, lejos de ser una falencia, constituyen un estilo.

Crónica en la que lo relatado nunca tiene por qué coincidir con lo sucedido y menos con quien lo cuenta como propio, genera una atmósfera brotada de múltiples espejos oscilantes donde se reflejan muchas vidas, esas que Cecilia Pavón anuncia haber vivido. Las mismas que ahora se replican con y desde otros cuerpos, los mismos y diferentes personajes, muchos reconocibles con nombre y apellido, los más, imaginados. Estilo de época recompuesto, Todos los cuadros que tiré esboza una forma de hacer literatura con el indispensable fervor, sin el cual escribir es imposible. O peor, una tontería.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Todos los cuadros que tiré

Cecilia Pavón

Buenos Aires, 2020

96 págs.

 

 

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