MUNDO AGRADABLE

Opciones para la Argentina entre los avatares de la acumulación planetaria tras la pandemia

 

Al planeta todo la infección le alteró el ritmo al que se vienen sucediendo las transformaciones en la estructura y la superestructura, al precipitar tanto como inhibir tendencias que ya estaban en el aire. Es cuestión de ver hasta dónde generó o no un cambio en la dirección hacia la cual se dirigían o dirigen los hechos, a fin de evaluar las opciones estratégicas a disposición de la Argentina en los avatares de la acumulación a escala mundial. Algunos indicios los proporciona la respuesta al interrogante de cómo afecta el bicho a las causas globales de muerte y cómo son estas afectadas por la distribución del ingreso. Ambas situaciones en cuanto a la esperanza de vida al nacer (EVN: el indicador más universal de salud) y en lo que respecta a la tasa de crecimiento de la población mundial.

La hechura del escenario demográfico posibilita hacerse una idea de los aspectos cualitativos y cuantitativos del daño que la pandemia le inflige a la humanidad. Hablando en cifras redondas y aproximadas, la población mundial actualmente está constituida por 7.700 millones de seres humanos. Anualmente nacen 139 millones y mueren 59 millones. Así, cada año se agregan 80 millones de nuevas personas lo que equivale a decir que la población mundial crece a razón del 1,03% anual. En el año 2000 la esperanza mundial de vida al nacer era de 67 años. Ahora el promedio ronda los 73 años. Siempre de acuerdo a los datos de Organización Mundial de la Salud (OMS), estos seis años más de vida promedio alcanzados durante las últimas dos décadas fueron a costa de que siete de las diez principales causas de muerte en el mundo en 2019 se debieran a enfermedades no transmisibles —enfermedades cardíacas, diabetes y cáncer—, frente a cuatro en 2000.

Entre este 75% de las muertes mundiales en 2019 a causa de enfermedades no transmisibles, se destaca en congruencia con el aumento de la EVN, que los decesos por Alzheimer que en 2000 se estimó que afectaron a 584.000 personas, en 2019 prácticamente se triplicaron, llevando la cifra a 1.600.000 fallecimientos, un incremento del 181%. Entre 2000 y 2019 la diabetes creció 71% como causa de fallecimiento. Entre los hombres el aumento fue del 80%. La enfermedad cardíaca, que ha sido la principal causa de muerte en el mundo durante los últimos 20 años, está matando a más personas que nunca, lo que representa el 16% del total de muertes mundiales en 2019.

Muchas enfermedades transmisibles, como el VIH / SIDA, la tuberculosis y las infecciones de las vías respiratorias inferiores, siguen siendo las principales causas de muerte en los llamados países de ingresos bajos y medio bajos. Huelga aclarar que el número de muertes por las infecciones de las vías respiratorias inferiores siguen siendo la enfermedad transmisible más mortal del mundo, aunque se han reducido en casi medio millón de vidas desde 2000 hasta 2019. Las muertes por cuestiones neonatales redujeron su número entre 2000 y 2019 en 1.200.000 casos, al igual que por diarrea. Los funcionarios de la OMS desde hace un tiempo estiman que Covid-19 se ubica entre los 10 principales causas de deceso de 2020. Posiblemente Covid-19 redunde en la lúgubre compensación de los casi tres millones menos de seres humanos que entre 2000 y 2019 murieron por enfermedades infecciosas respiratorias, diarreas y condiciones neonatales. De todas formas, el efecto en la tasa de crecimiento de la población humana es marginal.

 

 

Nueva Roma

Por más marginal que sea el impacto de la pandemia en la tasa de crecimiento de la población mundial, no impide que se esperance el odio fascista reinante en que la infección la abata de forma importante, liquidando a los pobres, que en su visión sobran. En ese andarivel se registran las declaraciones de la actriz francesa Brigitte Bardot, transitando los 86 años. En 2003 la actriz publicó el ensayo de su autoría: Un grito de silencio, destilado de odio racial anti inmigrante que por esas razones en su oportunidad fue denunciado ante los tribunales franceses. Hace una semana, en declaraciones a una revista italiana, no hizo más que hacer de aquellos polvos estos lodos y afirmar que “la Covid y las otras epidemias que se están conociendo restaurarán dolorosamente un nuevo orden […] ¿Me preguntas si este virus es algo bueno? Sí, es una especie de regulación de una superpoblación que no podemos controlar […] Cuando esos 5.000 millones de personas en esta tierra se hayan ido, la naturaleza recuperará sus derechos».

Estas declaraciones generaron un módico escándalo global. Casi sin repercusión el martes 2 de febrero, el economista de la Universidad de Cambridge Partha Dasgupta publicó un importante informe encargado por el gobierno del Reino Unido sobre la economía de la biodiversidad: The Economics of Biodiversity: The Dasgupta Review. Y la verdad, que lo que amaga a ser una nueva versión de informe del Club de Roma no merece una recepción indolente. El Club de Roma fue fundado en 1968 por el empresario italiano Aurelio Peccei, el banquero norteamericano David Rockefeller y el académico escocés Alexander King, a efectos de juntar voluntades entre los que mandan en el planeta para hacer realidad que un mejor e inevitable futuro provenía de detener el crecimiento de la población y el producto bruto. En 1970, el Club de Roma le encomendó al profesor Dennis Meadows del Massachusetts Institute of Technology (MIT) que formulara un modelo que resumiera las preocupaciones económicas mundiales. El informe Meadows salió a la luz en marzo de 1972 y se tituló Los límites del crecimiento. Era una apuesta maltusiana decidida a estancar el planeta en centro y periferia.

Los argumentos de Dasgupta no parecen alejarse mucho de esa impronta. Señala que si bien el capital productivo (activos como fábricas e infraestructura) se duplicó entre 1992 y 2014, y el capital humano aumentó en aproximadamente un 13%, el stock de capital natural por persona disminuyó casi un 40%. El informe cita estimaciones de que las tasas de extinción de las especies actuales son de 100 a 1000 veces más altas que la tasa de referencia del planeta y que el 20% de las especies podrían extinguirse en las próximas décadas. Conforme la Dasgupta Review esas tendencias son en gran parte una consecuencia de cuánto la Tierra se ha convertido en un sistema de apoyo para una sola especie: los seres humanos. Dasgupta desnuda los objetivos que persigue su revisión al subrayar que «las estimaciones de nuestro impacto total en la naturaleza sugieren que necesitaríamos 1,6 Tierras para mantener los niveles de vida actuales del mundo».

Como la tierra es una y no puede ser 1,6 veces, hay que atajar lo que lleva a ese imposible guarismo: la población. Parece que la mayor frecuencia de la visita de la muerte a la vida cotidiana de la humanidad durante la pandemia ha inspirado a la muchachada. La Dasgupta Review estipula el control demográfico al poner de manifiesto que “el crecimiento de las poblaciones humanas tiene implicaciones significativas para nuestras demandas sobre la naturaleza, incluso para los patrones futuros de consumo global. Las elecciones de fecundidad están influenciadas no solo por las preferencias individuales, sino también por las elecciones de los demás. Además de mejorar el acceso de las mujeres a las finanzas, la información y la educación, el apoyo a los programas comunitarios de planificación familiar puede cambiar las preferencias y el comportamiento y acelerar la transición demográfica. Ha habido una importante sub-inversión en dichos programas. Abordar ese déficit, incluso si los efectos pueden no ser evidentes a corto plazo, es fundamental”. Fundamental para que caiga el crecimiento de la población pero en la periferia, porque en el centro ya es un hecho.

Por lo demás los argumentos de Dasgupta no pintan diferir mucho de los que sostenía en los ’60 del siglo pasado el historiador inglés Arnold J. Toynbee. El autor del monumental Estudio de la Historia abogaba por una gestión mundial de la inversión considerando los intereses globales de la humanidad. Dasgupta anda en lo mismo pero ahora coloreando la propuesta con verde esperanza. Es como si a los súbditos de su graciosa Majestad, cada tanto les diera culpa su en extremo cerrado nacionalismo (ese que los llevó al Brexit) y quisieran lavarla considerando al planeta y a la humanidad, sin dejar de ser fiel a su tradición de achicar la segunda para agrandar el primero.

 

 

Autos, medio ambiente, energía, inmigrantes

General Motors anunció que a más tardar en 2035 dejará de fabricar autos con motores de combustión. Ford se va de Brasil. El cambio climático talló fuerte en el reciente finalizado cónclave de Davos (virtual, como corresponde estos tiempos). Tesla y su por ahora poca producción anual de autos eléctricos vale más en la bolsa que el resto de las automotrices juntas; las que hoy por hoy abastecen el grueso de la oferta del sector. Larry Fink, el mandamás del principal fondo de inversión mundial BlackRock (modalidad pasiva: invierte siguiendo los índices bursátiles), cada año envía a los directores de las 17.000 empresas donde están puestas sus inversiones una carta en la que fija la posición estratégica de la empresa bajo su mando. Advirtió que BlackRock está comprometido con el cambio climático y llevará a las empresas donde tienen invertidos fondos a que vayan a fondo en esa dirección. Haciéndose cargo de estas transformaciones, Exxon Mobil y Chevron pueden estar abiertas a una fusión. Es fuerte la presión bajo la que se encuentra el sector a medida que las economías abandonan los combustibles fósiles.

¿Cómo afecta esto a la Argentina? En la medida en que tenga mercado creciente, es decir salarios en alza (condición necesaria para las jubilaciones en alza) podrá digerir estas o cualquier otro tipo de transformación tecnológica sin mayores inconvenientes. En el capitalismo antes que nada se trata de vender, como sea, pero vender. Los salarios crecientes aseguran que haya compradores, y entonces que las transformaciones en marcha resulten beneficiosas. De lo contrario, sin salario suficiente es factible que el cese de una actividad que venía impulsada por la división internacional del trabajo repercuta en la desconexión y aumento de la pobreza.

Y una cosa más favorable a la tradición argentina en este mundo que reverdeció sus desagradables laureles maltusianos. Un reciente working paper publicado por el NBER titulado: La globalización de los flujos de refugiados, de Xavier Devictor, Quy-Toan Do y Andrei A. Levchenko, dice que, en comparación con las décadas pasadas, los refugiados de hoy:

  • viajan distancias más largas. A finales de la década de 1980, la distancia media recorrida por un refugiado era de aproximadamente 1.000 kilómetros; alcanzó los 2.300 kilómetros en 2006 antes de caer a 1.800 kilómetros en la última década;
  • tienen menos probabilidades de buscar protección en un país vecino;
  • están menos concentrados geográficamente;
  • tienen más probabilidades de residir en un país de mayor desarrollo que no sea vecino;
  •  en 1990, menos del 5% de los refugiados residían en países de la OCDE; a mediados de la década de 2000 esta proporción había aumentado a casi el 25%; en 2017 fue del 15%.

El tema viene a cuento en el ámbito del desarrollo dado que en el capitalismo tal cual es nadie se puede desentender del avance del consumo, la condición necesaria para que haya inversión, lo que implica vigilar que no se malogre la cantidad de consumidores. En ese aspecto —y en vista de las buenas enseñanzas de nuestro pasado— es menester considerar los nuevos comportamientos detectados en las corrientes migratorias mundiales.