Mundo de quimeras

La deuda externa argentina, ante una economía mundial de funcionamiento inédito

 

Al núcleo dirigente que está a punto de hacerse cargo del mirá lo que quedó del Estado y la sociedad civil argentinos, a raíz de que los interlocutores con poder global no saben bien para qué lado agarrar en los asuntos propios y que comprometen el destino ajeno, le cae entera la responsabilidad de trazar la salida de la crisis, renegociación de la deuda externa mediante. El hecho de que en su discurso de apertura de la asamblea anual del FMI-Banco Mundial esta semana en Washington, Kristalina Georgieva, la nueva directora gerente del FMI, haya subrayado que “en 2019 esperamos un crecimiento más lento en casi el 90% del mundo. La economía global se encuentra ahora en una desaceleración sincronizada”, no hace más que ratificar en la coyuntura el cariz que viene tomando la situación geopolítica mundial.

Para no desmentir a Kristalina, la economía japonesa continúa con su estancamiento de dos décadas, en tanto el índice alemán ZEW, de investigación  económica sobre Europa (Zentrum für Europäische Wirtschaftsforschung), en octubre cayó menos de lo esperado, aunque el subíndice de condiciones actuales alcanzó su nivel más bajo desde 2010. El ZEW mide la perspectiva económica de seis meses. Un nivel por encima de cero indica optimismo; menos de cero indica pesimismo. Se hace con una encuesta a unos 350 analistas e inversores institucionales alemanes. En septiembre (17/09/2019) el ZEW dio un valor pesimista de (-22,5) y proyectaba un valor negativo para octubre de (-38,0), el que efectivamente resultó menor ubicándose en (-22,8). En Inglaterra el circo Brexit redundó en una caída del empleo e ingresos de los asalariados del Reino. Buena prueba de cómo está afectando a los sectores productivos chinos la guerra comercial con los norteamericanos es que, mientras los precios al consumidor aumentaron a su tasa más alta en seis años —en gran medida por la continua escasez de carne de cerdo, debida a la epidemia de gripe porcina—, el índice de precios mayoristas de China declinó 1,2% en septiembre, siendo la mayor caída desde 2016. Para capear el temporal, el banco central chino aflojó las riendas del crédito y la demanda de financiamiento montó fuerte.

Se aguarda que este segundo semestre el crecimiento del PIB de los Estados Unidos sea menor que el del primero –con los segundos semestres el gatomacrismo hace escuela— y que el PIB baje aún más en 2020.

En el mercado de crédito de New York, donde en definitiva se dirime la suerte y verdad del endeudamiento externo argentino, respecto de la perspectiva bajista del producto bruto se registran unos cuantos comportamientos curiosos que van más allá del plano estrictamente financiero. Tras repasar lo que acontece en los países y regiones que más o menos explican el 70% del Producto Bruto Mundial, se saca la lógica conclusión cartesiana de que en cualquier mercado bursátil y sobre todo el neoyorquino, que es por lejos el más grande del mundo, la cotización de las acciones debería ir en sentido bajista porque en definitiva los precios de las especies bursátiles reflejan al alza la buena salud de la economía. Pero mirando los datos se constata que no es el caso actual. Y eso considerando de soslayo, para tener en cuenta y no entrar en detalles, que en el mercado global de bonos de grado de inversión (los de las empresas más grandes y sólidas) valuado en 60 billones de dólares (algo así como 120 productos brutos argentinos anuales), tienen rendimientos negativos una cuarta parte un cuarto del esto, es decir lo que representa un valor de 15 billones de dólares. Esto significa que los inversores, en vez de cobrar, pagan para tenerlos en cartera hasta su vencimiento.

 

 

El riesgo

El índice bursátil más representativo de la economía norteamericana —el Standard&Poor 500 (S&P 500)— aumentó alrededor del 20% desde enero. Por supuesto que la desaceleración –pero no caída— del mercado laboral (3,5% de desempleo, el más bajo desde 1969, con una inflación actual anualizada del 1,4%) y el desaliento de los indicadores económicos norteamericanos, impactaron en los balances de las empresas con resultados negativos en el segundo trimestre y sin mejores prospectos para el tercer y cuarto trimestres. El crecimiento económico recula y los activos financieros en vez de bajar aumentan de precio. El desacople encuentra su explicación en que los operadores están convencidos de que la Reserva Federal (la Fed) y el Banco Central Europeo (BCE) van a poner los billetes que hagan falta para que la sangre no llegue al río. Sus colegas chinos y japoneses también muestran esa decisión.

La muy conservadora revista británica The Economist se expresa desorientada ante lo que observa como “Las extrañas nuevas reglas de la economía mundial”, conforme titula su nota de tapa (10/10/2019) y llama la atención sobre el auge de la teoría monetaria moderna entre la izquierda norteamericana (MMT según sus siglas en inglés), a la que califica de “una noción descabellada que […] dice que no hay costos para expandir el gasto gubernamental mientras la inflación sea baja”, siempre que el banco central esté en posición de poder financiar la deuda en su propia moneda. Donald Trump no parece de izquierda y no está muy lejos de exigirle a la Reserva Federal lo mismo que la MMT.

Tras tomar nota de que los bancos centrales están comenzando a invadir la política fiscal, el territorio de los gobiernos, The Economist concluye que “el viejo plan ya no funciona. Las instituciones que dirigen la economía deben ser rehechas para el nuevo mundo extraño de hoy”, sin decir cuáles ni cómo. Y ese no sé si vengo no sé si voy de los conservadores es lo que ha bombeado al alza el riesgo global ante la sospecha de los operadores financieros de que los bancos centrales van a hacer lo que haga falta se encuentren con escollos políticos generados por una trama ideológica que se ha convertido en un peso muerto.

Eso se infiere de la lectura del valor más reciente del Índice de Incertidumbre Mundial (IIM) que mide el Instituto de Finanzas Internacionales (IIF por su sigla en inglés), el lobby de los grandes bancos globales. El índice está en su punto más alto en más de 20 años. Se mide rastreando la frecuencia de la palabra «incertidumbre» en los informes trimestrales sobre los países que hace la Unidad de Inteligencia de The Economist. El Índice de incertidumbre mundial se ha disparado después del ataque del 11 de septiembre de 2001, el brote de SARS y después de la Segunda Guerra del Golfo, la crisis de la deuda del euro, El Niño, la crisis fronteriza europea, el voto del Reino Unido por el Brexit y las elecciones de 2016 en los Estados Unidos. Aunque la tregua con China en la guerra comercial que dice haber alcanzado Trump es poco creíble, el peso de la incertidumbre comercial en la incertidumbre global no es de gran significación para el índice.

 

 

La dama aparece

Además de los datos que permiten discernir como delicada la coyuntura global en la que la Argentina deberá renegociar su deuda y la amenaza del peso muerto de las rémoras ideológicas, estas también se hacen sentir en el plano de las tendencias de fondo cuando se palpan al cruzar un discurso de Cristina de 2008 con el premio Nobel de Economía otorgado hace unos días y el diagnóstico del Bretton Woods Committee, reunido ahora con motivo del 75° aniversario del encuentro que dio origen al FMI y al Banco Mundial.

Adam Tooze, en su ensayo “Crash” sobre la crisis y los avatares transcurridos en su ya larga década de persistencia, dice que el martes 16 de septiembre de 2008 —un día después de la caída de Lehmann— los mercados financieros globales se paralizaron a la espera de cómo reaccionarían las autoridades para cortar la reacción que se temía en cadena. En paralelo, Tooze refiere que “en el centro de Manhattan, el 16 de septiembre de 2008 fue el día de la apertura del sexagésimo tercer período de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas”. El historiador inglés —actual profesor en Yale— especifica que “los oradores que intervinieron en la sesión plenaria que comenzó la mañana del 23 de septiembre no se explayaron sobre los aspectos técnicos de la crisis bancaria. En lo que insistieron en hablar fue en su significado más amplio”. Los oradores en los plenarios son los presidentes y primeros ministros.

Según Tooze, George W. Bush “no parecía tanto un Presidente al final de su mandato [sino] como un hombre desconectado de la realidad”. Habló mucho de terrorismo y casi nada de la crisis que en todo caso, dijo, era un problema estadounidense. En cambio, “Cristina Fernández de Kirchner señaló que ‘la presente intervención’ no solo era ‘la más formidable de la que se tenga memoria’, que la estaba llevando a cabo un Estado con un ‘colosal déficit fiscal y comercial’. De mantenerse así, el ‘consenso de Washington’ de disciplina fiscal y monetaria, al que habían estado sometidos tantos países emergentes, estaba claramente muerto. Era ‘una oportunidad histórica para poder revisar comportamientos y políticas’” consigna Tooze.

 

Cristina en la ONU en 2008. De los pocos que entendieron lo que pasaba en la economía mundial.

 

 

La oportunidad histórica a la que se refería Cristina tardó casi una década en llegar al Centro. Ironías de la vida, tal como van las cosas ahora dependerá mucho del liderazgo y personalidad histórica que esté dispuesta a asumir la dirigencia argentina, marcar un antes y un después para la Periferia. Lo cierto que la oportunidad histórica en la práctica de estos días se manifiesta en el Centro postulando como factibles ideas económicas anteriormente marginales, que solo hace unos años se habrían considerado extremas o incluso ridículas. El presidente del BCE, Mario Draghi, una y otra vez viene señalando que la Eurozona debe considerar regirse por los cánones de la teoría monetaria moderna, la MMT, entre otras razones porque la política de tasas de interés negativas ha derramado una mejora insignificante.

 

 

Dinero por helicóptero

Mientras grandes administradores de activos financieros exhortan a más bancos centrales a comenzar a comprar acciones si toman un decidido tono bajista, en diferentes cónclaves ex presidentes de bancos centrales de los países desarrollados están abogando porque se pongan en marcha la política denominada dinero por helicóptero. Genéricamente se trata de programas en los que en circunstancias recesivas los bancos centrales depositan dinero directamente en la cuenta corriente de cada ciudadano. Hay propuestas de pagos automáticos del gobierno directamente a las personas cuando la tasa de desempleo promedio de tres meses aumenta medio punto porcentual por encima del mínimo del año anterior, porque cada vez que eso pasó desde la década de 1970, la economía entró en recesión. Otra similar propugna un programa que usaría fondos del banco central para depositar vales de compras directamente en las cuentas de los consumidores. Otra variante combina el dinero por helicóptero con una moneda digital del banco central.

Mientras el sostenimiento de la demanda agregada va conquistando adeptos hasta ayer remisos a estas heterodoxias, buena parte de la fauna que se mueve en torno a la conducción de los bancos centrales de los países desarrollados permanecen escépticos, desorientados como el editorial de The Economist o continúan rechazando tales ideas, incluso ante la creciente evidencia de que sus políticas no están funcionando. Actúan en consecuencia y el Nobel de economía otorgado hace una semana a Abhijit Banerjee, Esther Duflo y Michael Kremer por su investigación para aliviar la pobreza global, se puede leer como fruto de esa militancia. En medio de este verdadero despelote global, darle el Nobel de economía a un trío en el mejor de los casos de asistentes sociales, tratando de vestir a la mona con la seda de que se trata de investigaciones sobre desarrollo económico, como el mismo trío de neoclásicos conservadores llama a sus iniciativas sobre asistencialismo, es hacer el ridículo en la amarga práctica de negarse a aprender y olvidar nada.

Pero hay conservadores más conscientes que cabalmente van comprendiendo que es hora de virar el rumbo y así “el Comité de Bretton Woods insta a los encargados de formular políticas mundiales a que se comprometan nuevamente con el espíritu de Bretton Woods. Hace setenta y cinco años, este espíritu reflejaba la necesidad general de restaurar la paz global y la prosperidad económica”. El Comité compendió cincuenta trabajos, los presentó esta semana en la asamblea de Washington del FMI. Es simbólico que encabece el lote de análisis el trabajo de Paul Volcker, el ex chairman de la Fed (agosto de 1979-agosto de 1987) quien siendo subsecretario del Tesoro a fines de los ’60 impulsó la salida de Bretton Woods, tal como lo reconoce.

Volcker se justifica en que no les quedaba otra, pero admite que no funcionó la alternativa y postula volver a la cooperación internacional pues “no mantendremos por siempre una moneda nacional única como la piedra angular esencial del sistema, ni deberíamos querer hacerlo […] Pero necesitamos reconocer algunos elementos básicos del ‘buen comportamiento’ para que el sistema financiero y comercial internacional prospere. Necesitamos reconocer que las políticas cambiarias son inherentemente multinacionales y que una mayor estabilidad puede ser un bien internacional. Necesitamos apreciar la necesidad de standards internacionales con respecto a la tecnología y sus usos múltiples. Necesitamos evitar la discriminación comercial en bienes y servicios”. (Cursivas de Volcker).

Hace 75 años, en la reunión de Bretton Woods no hubo ningún representante argentino, los ingleses no lo consideraban conveniente. Tampoco hay ningún argentino en el actual Comité de Bretton Woods. No es únicamente por las aciagas circunstancias de la renegociación de la deuda que debemos ocupar un espacio desde la Periferia. Pero todo parece indicar que el descuido propio o la insuficiencia en conceptualizar cuál es nuestro lugar, impiden ocuparlo.

 

 

 

 

 

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