NACIÓN Y CAPITALISMO DE ESPIONAJE

El gobierno hizo grandes esfuerzos para ayudar a los más vulnerables, pero se podría haber hecho más

 

Un año aciago llega a su fin. La pandemia continúa dejando a su paso destrucción y muerte. Sus coletazos resquebrajan las instituciones y acumulan escombros y polvareda. Detrás de ellos se adivina la sombra de un fenómeno nuevo. Su rostro no es visible pero su voracidad lo delata: un capitalismo de espionaje se prepara para engullir al mundo entero.

Una bruma digital penetra a la economía, la política, la información y el mundo de la cultura buscando fusionar la vida social a un nuevo orden mundial cada vez más autoritario y complejo, un orden donde lo público y lo privado pasan a ser las dos caras de una misma moneda. Son los tiempos de los mega-monopolios tecnológicos, tiempos que impiden la competencia y las regulaciones.

Tiempos en los que un reducido grupo de corporaciones domina la vida de los individuos controlando el acceso a un espacio sin fronteras: el Big Data. El uso de tecnologías de avanzada permite minar este campo y expandirlo absorbiendo rentas y ganancias ilimitadas, controlando recursos y acumulando riquezas a una escala inédita y más allá de cualquier limite territorial.

Estas formas de acumulación se dan con diferentes ritmos tanto en el centro como en la periferia de la estructura de poder mundial. Conviven con otras formas de apropiación y control de recursos y ganancias, típicas de fases anteriores en el desarrollo del capitalismo mundial. Esta convivencia potencia los conflictos y los desparrama geopolíticamente en un mundo al borde de una crisis económica y financiera de magnitudes inéditas.

En el centro de la estructura de poder mundial los mega-monopolios tecnológicos engullen a los mercados e imponen sigilosamente sus reglas del juego al conjunto de la sociedad. Su relato se impone como una verdad absoluta en un contexto social cada vez mas fragmentado. En los Estados Unidos, este relato es funcional a la expansión de un Estado en las Sombras, un sistema de dominación que incluye a las estructuras administrativas y a los distintos organismos públicos y privados dedicados a la defensa, la guerra y el espionaje. Sin embargo, también los trasciende penetrando en las instituciones y en la sociedad civil. Así, las relaciones de poder en el capitalismo de espionaje se interpenetran en anillos concéntricos, confluyendo hacia un núcleo central, espeso e incandescente, sacudido por el fuego eterno de una lucha sin fin por acaparar mas poder.

En la periferia, en cambio, el avance de los mega-monopolios tecnológicos se hace de un modo solapado. Los tentáculos que emanan del Estado en las Sombras penetran las economías periféricas, sus instituciones y sus medios de comunicación, buscando anular la autonomía de los estados nacionales y profundizar la inserción de la periferia en la economía y las finanzas globales. Para ello el Estado en las Sombras se vale de distintas estrategias: desde las presiones económicas, el lawfare y los golpes “blandos”, a las revoluciones de colores y la presión militar si la conflictividad es muy grande. A esto se suman las operaciones “normales “e inocuas de organismos internacionales que con planes de estabilización y reformas estructurales buscan imponer nuevas y viejas formas de control social para resetear el capitalismo en la post pandemia. Ahora, la apertura de la periferia a las finanzas y su integración a las cadenas de valor global se da conjuntamente con una creciente presión por robotizar las economías y digitalizar la vida social, fenómenos que amenazan a los mercados de trabajo, profundizan la desarticulación industrial e imponen una lógica extractiva que encierra a estas economías en el chaleco de fuerza del endeudamiento ilimitado.

Tanto en el centro como en la periferia se multiplican los conflictos y en el medio de esa batahola nuevas formas de expresión de los intereses de los excluidos pugnan por romper las cadenas que los atan al yugo de un poder cada vez más concentrado. En este contexto, la descentralización de las decisiones y la transparencia de las palabras y de los relatos adquiere importancia inusitada.

 

 

Crisis financiera y monopolios tecnológicos

Entre marzo y noviembre de este año la Reserva Federal inyectó más de 7 billones (trillions) de dólares comprando activos con problemas y estimulando la actividad financiera. Esto posibilitó un aumento extraordinario de la capitalización del mercado de acciones, fenómeno liderado por las acciones de cinco grandes corporaciones tecnológicas (Google/Alphabet, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) que hoy representan el 23% del valor del S&P 500. Esta enorme concentración del capital ha tenido su impacto sobre la concentración de la riqueza en manos de los ejecutivos y dueños de corporaciones tecnológicas. Así, por ejemplo, Elon Musk (Tesla) aumentó su riqueza en un 413% y Jeff Bezos (Amazon) lo hizo en un 61.42% (inequality.org 25 11 2020).

La contrapartida de estos fenómenos ha sido el brutal aumento de la pobreza y del hambre en los Estados Unidos. Los enfrentamientos políticos han bloqueado la emisión de nueva ayuda financiera y 83 millones de adultos ya tienen dificultades para cubrir sus necesidades básicas en alimentación, medicinas, alquiler y gastos de transporte (census.gov.23 11 2020).

En el ámbito de estas grietas estructurales proliferan los enfrentamientos entre las elites políticas

 

 

 

Monopolios tecnológicos y crisis política

Las grandes corporaciones tecnológicas norteamericanas se desarrollaron al calor de los contratos, subsidios y financiamiento otorgados por organismos del Estado vinculados con la guerra y la inteligencia. Esto coexistió con un débil monitoreo de sus actividades por parte del Congreso. Así, estas corporaciones desarrollaron su control monopólico de los mercados, hasta la llegada de Trump al gobierno en 2016.

Este prometió a sus votantes reconstruir la grandeza de la nación norteamericana (MAGA, Make America Great Again) arruinada por la “competencia desleal” de otros países, y especialmente de China. Para ello desató una guerra comercial con este país cuyo objetivo último fue la ruptura de la interpenetración de la economía china y la norteamericana, y el bloqueo al avance chino en el desarrollo de las tecnologías de punta.

Las corporaciones tecnológicas, con fuerte presencia en la economía china, resistieron estas políticas. Trump intentó entonces coartar su poder monopólico. Esto culminó esta semana con el anuncio de un mega juicio contra Facebook empujado por la Federal Trade Comission y los Fiscales Generales de 48 estados. Paralelamente Trump introdujo un inciso en la ley de Defensa que elimina la protección legal de las corporaciones que controlan las redes sociales ante posibles demandas judiciales por parte del público, y ha prometido vetar la ley si los legisladores eliminan este inciso.

Por otra parte, la Corte Suprema rechazó la demanda impulsada por el Estado de Texas junto con otros 18 estados, pidiendo que se analicen una serie de hechos que probarían la existencia de fraude electoral y solicitando que se transfiera la elección del futuro Presidente a las legislaturas de los estados, donde los republicanos tienen mayoría. Al decir de un ejecutivo de Rabobank, un poderoso banco europeo, este episodio de importancia constitucional ha sido cubierto por los medios y las redes sociales siguiendo las pautas de la novela 1984, de George Orwell (zerohedge.com 10 12 2020).

Lo mismo se puede decir de otro fenómeno: los ilícitos supuestamente cometidos por Hunter Biden —hijo del candidato demócrata a la Presidencia— en asociación con empresarios y funcionarios chinos. Declaraciones de un respetado académico chino han conectado ahora este episodio con una red de contactos que habría tenido el gobierno chino con dirigentes del establishment político y de Wall Street. Trump habría roto esta red y Joe Biden podría reinstalarla (Glenn Greenwald substack. com 9 12 2020).

Estos hechos sumados al peso creciente de los neo cons en el gabinete de Biden al que se sumó esta semana como Secretario de Defensa Lloyd Austin, general en retiro y actual miembro del Directorio de Raytheon, una de las principales corporaciones que producen armamentos, ha intensificado el cuestionamiento del ala progresista del partido Demócrata hacia un futuro Presidente que ya se aleja de los compromisos electorales.

 

 

 

Biden y su designado Ministro de Defensa, Lloyd Austin.

 

 

 

Lawfare, inflación y pobreza

Esta semana CFK publicó una dura carta denunciando a la Corte Suprema por perpetuar el lawfare, gestado con su connivencia durante la era Macri. Sostiene que los miembros de la Corte actuando al margen de todo control, intentan proteger a los ex funcionarios de Macri involucrados en toda clase de delitos. Advierte, además, sobre la posibilidad de que la Corte emita próximamente fallos económicos con el objetivo de condicionar, extorsionar y hacer fracasar al gobierno actual. “Si esto sigue sucediendo… estaremos lejos de construir la Republica y la Nación que…. anhelamos la inmensa mayoría de los argentinxs” (https://www.cfkargentina.com/a-un-ano-balance/).

La carta de CFK constituye un llamado de atención a un oficialismo que se refugia en “la difícil gestión de la pandemia” para no tomar medidas contundentes destinadas a parar los embates del poder económico concentrado y de un macrismo rabioso que, apoyado en el periodismo de guerra y la mafia judicial, traba el funcionamiento del Congreso y acude a cualquier artimaña para impedir la ejecución de políticas destinadas a cumplir las promesas electorales.

La manipulación de la información resta legitimidad a la palabra oficial al embarrar una cancha que es bien conocida por los que le dieron el voto. Nadie duda de que el gobierno hizo grandes esfuerzos en ayudar a los más vulnerables en épocas de pandemia, pero no es cierto que no se podría haber hecho más y mejor para impedir que la pobreza y la indigencia aumentaran. La complacencia quita fuerza al gobierno frente a sus adversarios y contribuye a deslegitimar su relato frente a los que lo votaron.

Este “estilo de gestión” se replica en cuestiones de enorme importancia como la inflación y las negociaciones con el FMI. En el primer caso: el gobierno no parece reconocer la gravedad de unos precios que suben constantemente a pesar de la caída de la producción y de la demanda. Pretende justificar los aumentos en el rubro alimentos por el aumento del precio internacional de las materias primas. Suponiendo que esto fuese cierto, debería aplicar las medidas necesarias para revertir esta situación, y sancionar también a la formación de precios en mercados monopólicos. En su lugar, se prometen regalitos de Navidad encarnados en aumentos en los planes y prestaciones, que además de ser ínfimos, son efímeros. A esto se suma una magra cosecha de cortes de carne a precios más bajos, que no alcanzará para cubrir ni el 10% de la demanda de una clase media empobrecida.

Por otra parte, las negociaciones con el FMI son esgrimidas por el gobierno como el escudo protector de la futura estabilidad cambiaria. Esto no es cierto. La estabilidad cambiaria depende en primera instancia de la inmediata liquidación de divisas y de cosechas y de la capacidad del gobierno para controlar lo que se declara y lo que efectivamente se exporta y se liquida. Un puñado de exportadores y de grandes productores periódicamente se sienta sobre las divisas y las cosechas hasta que el tipo de cambio asciende al nivel que pretenden. Este es un juego histórico que, en condiciones de escasez de reservas, encierran al gobierno en un brete. De esto se sale aplicando la fuerza de la ley para controlar la oferta y la liquidación de cosechas y divisas, y con un BCRA que no se haga el distraído ante las maniobras especulativas.

El poder que no se ejerce desde el gobierno es apropiado por la oposición. Este es un viejo adagio que también se aplica a las relaciones internacionales.

En este ámbito, la indefinición del gobierno frente a las elecciones en Venezuela y el “invento” por parte del Canciller de una conversación entre Biden y el Presidente (infobae.com 2 12 2020), contrastan con la firme posición de México frente a Venezuela y a las elecciones en los Estados Unidos e indican que navegamos a la deriva en un mundo, que si bien peligroso, permite pujar y obtener cambios en la relación de fuerza entre la periferia y el centro.