Nada te pertenecerá

Consejos para sobrevivir al nuevo zarismo corporativo

 

Por el camino que vamos, en un futuro no muy lejano nada te pertenecerá. No serás propietario de tu casa, de tu coche, de tu vestimenta, de tus herramientas, de ninguna cosa. ¿Se suicida el capitalismo? De ninguna manera, no es el fin de la propiedad privada, es la concentración de la propiedad privada en pocas manos. En el comunismo de antiguo cuño, el Estado era el propietario de todo, especialmente de los medios de producción. Hoy en esta simulación de democracia que rige a la mayor parte de los países, el Estado está siendo reemplazado paulatinamente por las corporaciones.

Hasta hace unos pocos años, se conformaban con digitar elecciones y ascensos al poder para tener hombres y mujeres que les respondían en puestos claves de gobierno. Hoy su accionar es mucho más desfachatado, cada vez en mayor cantidad de países las corporaciones colocan a sus gerentes y CEOS en esas posiciones. Ello se traduce en prebendas, privilegios y exenciones impositivas en favor de los más poderosos de la economía y las finanzas. El modelo corporativo hecho razón de Estado. Se trata de un nuevo zarismo corporativo que incluye a los evangelistas, verdaderas corporaciones religiosas para completar el arco del poder.

Ya se ha puesto en marcha el mecanismo que permitirá a las corporaciones adueñarse absolutamente de todo. Cada vez se extiende más la práctica del renting y del leasing, contratos de alquiler de bienes, que suelen ser vehículos, inmuebles o equipos tecnológicos, pero que también es aplicable a otros tipos de bienes. Vivirás en una casa que no es, y nunca será, tuya; te desplazarás en un vehículo ajeno, trabajarás con sistemas informáticos de los que no serás dueño y así sucesivamente.

Esos sistemas, además, funcionarán con un software que no podrás comprar. Ya no es posible adquirir, por ejemplo y entre muchos otros, los famosos programas de Adobe, del cual Photoshop es el más destacado, pero no el único, imprescindibles actualmente para cualquier labor de diseño. Ahora se debe pagar un fee mensual para tener derecho a usarlo. Para funcionar, ese programa además tiene que estar conectado vía Internet con el proveedor, quien tiene en todo momento el control sobre él y puede deshabilitarlo cuando quiera. Esto implica un cambio sutil pero determinante en la relación con el cliente. Antes, el diseñador podía comprar un programa informático y utilizarlo a su gusto y piaccere. Actualizarlo o comprar nuevas versiones era una opción, ahora es obligatorio. Eras propietario de ese software que venía por lo general en un CD que se instalaba en tu computadora. Ya no. Ahora se adquieren “derechos de uso”. Antes eras el propietario ahora te han convertido en un “usuario”, (atención a este término) alguien que usa algo que no le pertenece. Antes poseías un bien a perpetuidad, ahora sólo dispones de un permiso de uso que la empresa propietaria puede revocar a su antojo en cualquier momento, sin necesidad de justificarlo o de tener una causa.

Lo que estas prácticas hacen en términos reales es incrementar la dependencia del cliente con el proveedor y del trabajador con el empleador. Esto corre en paralelo con la discrecionalidad en las exigencias laborales, en las políticas de retribución y de empleo, y en la minimización de toda forma de contención social. Esta operatoria se hace y se hará al amparo de las nuevas formas de contratación ideadas por los abogados de las corporaciones en colusión con esos otros grandes estafadores que son los gerentes de marketing. El envase es atractivo pero el contenido es tóxico. Los nuevos contratos que rigen cada día más nuestra vida están siempre y obligatoriamente vinculados con una cuenta bancaria y a sus correspondientes tarjetas de crédito o aplicaciones de pago para los móviles. Nótese que la tarjeta de débito está en vías de extinción, los bancos las están reemplazando por las aplicaciones de pago. La acción es parte del mismo plan. La de débito sólo te permite gastar lo que tenés, la de crédito te habilita para gastar lo que aún no ganaste, vale decir para empeñar tu futuro.

Tenés un trabajo que te pone en la nómina, te abre una cuenta bancaria, te otorga un renting para el coche, un leasing para la casa, una credencial para la atención de tu salud y una tarjeta de crédito virtual para que compres hoy lo que consumirás mañana. Lo que muchas veces se ignora es que la empresa para la que trabajás, el banco, la tarjeta de crédito, los proveedores de leasing y renting y la prestadora de servicios para la salud pertenecen a la misma corporación. El dinero en efectivo dejará de existir y será reemplazado por asientos contables, la nada misma. La desaparición del metálico es un paso muy importante en la limitación de las libertades individuales. En el nuevo orden, la propiedad privada será una prerrogativa exclusiva de las corporaciones. Estamos atrapados en sus redes. Toda tu vida depende entonces de tu empleo. No podés dejarlo, no te podés dar el lujo de ser despedido, tenés que seguir ahí dando todo lo que te demanden, en tiempo, en trabajo, en días laborables, y si les tenés que entregar a tu mujer, a tu marido, a tu amante o a tu amigo, lo harás, porque no podés pasar a engrosar las filas la desocupación, convertirte en un paria. Pasar a formar parte de las legiones de excluidos del sistema, los que van cayendo por millones en la pobreza, la miseria y la ultramiseria, marginados del consumo, la educación y la salud. Dejaste de ser dueño de tu tiempo, pasaste a ser un mero “usuario” de tu propia vida. Hiciste realidad el sueño corporativo, sos su esclavo.

Las corporaciones tienen contratados una gran cantidad de traidores a la raza humana. Antes se los llamaba “ejecutivos”, tipos que se la pasan pensando en formas de optimizar la explotación de sus congéneres, la manera de inventar productos y servicios innecesarios, la forma de estafarte, de reducir el poder que puedas tener sobre tu propia vida, de minar tu capacidad para tomar decisiones autónomas y de elaborar un pensamiento crítico. Tipos que se creen muy vivos, como decía María Elena Walsh. Su sueño es la pesadilla de la especie y el empleado forma parte de ella. Primero crearon la sociedad de consumo sustentada por una ideología que supone que lo más importante es lo que tenés y no lo que sos. Ahora que la hiciste tuya, te van a quitar todo. En la lógica de esa ideología, no sos nada porque no tenés nada, no sos nadie, sólo un número que puede eliminarse con sólo apretar un botón. Sólo te queda transformarte en un sirviente agradecido, un usuario que se satisface con las sobras del banquete, un cómplice de su propia degradación. El plan corporativo avanza, se perfecciona, aprende de sus errores, dedica ingentes recursos para idear métodos que a vos no te permitan pensar, porque en definitiva también se están apoderando de tu pensamiento. Tienen universidades donde se forma la canalla corporativa, centros donde se concentra el conocimiento, saben que el conocimiento es poder y lo quieren todo para ellos. Quieren convertirse en tu único interlocutor. No se detendrán hasta conseguir que el usuario de tu cerebro que sos tenga a la empresa como única referente y fuente de toda razón y justicia, una entidad que no sabe nada de bien común, de solidaridad, de ética, de responsabilidad ecológica y carece de todo sentimiento de piedad, de compasión, de empatía. La ambición y la avaricia corporativa carece de límites y los gobiernos son cada vez menos capaces de ponerlos. Pero, ¿cómo oponerse al inmenso poder corporativo que sólo tiene el lucro por objetivo?

Algunas prácticas saludables a las que podés sumar las tuyas.

  1. Ante cualquier requerimiento de las corporaciones, respirar profundamente, como cuando te clavan una hipodérmica.
  2. Asumir la incomodidad sabiendo que la comodidad se paga caro.
  3. Apagar durante al menos seis horas diarias todos los dispositivos mediante los cuales son monitoreados nuestros movimientos y acciones: teléfonos, ordenadores, tablets, consolas, televisión, etc.
  4. No hacer uso de las tarjetas de crédito durante seis horas al día.
  5. Preferir los comercios pequeños a las grandes superficies. Comprar presencialmente.
  6. No comprar envases, comprar contenidos.
  7. Leer más libros, especialmente a los clásicos.
  8. Incrementar significativamente el contacto con el arte y las obras de arte.
  9. Visitar y compartir más con los amigos.
  10. Interesarse por la gente, en especial con quienes no estamos unidos por lazos afectivos o económicos. Preguntar cómo se encuentran, escuchar con atención, procurando comprender al otro.
  11. Eliminar todos los cantos de sirena de los vendedores de productos y servicios corporativos que nos llegan por mail, teléfono y otros dispositivos.
  12. Prestar atención a quienes critican al sistema desde posiciones razonables y humanitarias.
  13. Darse un margen de 24/48 horas antes de adquirir un producto o servicio para pensar si realmente lo necesitamos o lo queremos.
  14. Sumarse a actividades no regladas por los sistemas informáticos.
  15. No consumir comida basura.
  16. Tomarse el tiempo para cocinar en casa.
  17. No consentir la injusticia ni el abuso.
  18. Contribuir a la belleza.
  19. Educar para la libertad.
  20. Aumentar la autonomía y la independencia.
  21. Desenmascarar a los charlatanes corporativos cada vez que se pueda.
  22. Practicar la desobediencia civil en toda ocasión que se pueda y lo amerite.
  23. Solidarizarte con los desposeídos y los excluidos.
  24. Ser lo más feliz que se pueda.

Aunque no lo creas, la vida y la libertad te van en esto.