Negros vestidos de negros

Una rareza que, en los ’40, apeló a la evolución del género musical

 

Hace un buen tiempo viene circulando en YouTube un fragmento de una película musical llamada Hellzapoppin, de 1941. Lo que sucede en esta escena es más o menos esto: estamos en la utilería de un estudio de cine cuando dos operarios, negros ellos, se ponen a juguetear con piano y contrabajo y garabatean un ritmo de swing. A ellos se les suman otros tres compañeros, también negros, que toman trompeta, clarinete y trombón de la utilería y se suman a la improvisación. La banda se completa con un empleado de seguridad, un joven y rozagante negro que ríe luminosamente al ponerse a tocar los timbales. Atraídas por el ritmo acuden un grupo de empleadas de cocina y de limpieza, negras por supuesto, que se ponen a bailar con otros negros que cumplen diferentes oficios dentro del estudio: carpinteros, cocineros, mozos. Negros vestidos de negros, porque en los años cuarenta eran esos los laburos que tenían, y haciendo ahora esas cosas de negros sin las cuales la industria del espectáculo estadounidense ni hubiera sido la misma. Si aún no la han visto, les aseguro que se trata de una secuencia musical extraordinaria, exuberante, que contagia las ganas de mover el esqueleto.

Es esta la escena más famosa de Hellzapoppin. Según algunos conocedores del tema, el estilo que aquí bailan se llama Lindy Hop, una variante del Charleston creada por los afroamericanos en los años ’20. Este último dato lo incorporamos no solo por una cuestión de rigor periodístico sino porque realmente tiene un significado muy importante dentro de todo lo que sucede en esta delirante película, un musical único, de una osadía para su época destinada a fracasar en la taquilla y a convertirse en una misteriosa obra de culto.

 

 

Hellzapoppin fue una obra teatral estrenada pocos años antes y que tenía la particularidad de superar la cuarta pared, aquella que separa la escena del público. Dicho en criollo, en un momento dado los personajes se entremezclan con la audiencia y se desenvuelven en la platea. Esto se traslada al cine como un relato articulado dentro de otro: la película es en principio el proyecto de dos productores que encaran la adaptación de la obra, que pasará a desarrollarse en la imaginación de un guionista, pero que a su vez está contado desde el puesto de un proyectorista. (Este papel es interpretado por Shemp, el menos conocido de Los Tres Chiflados.) Cine dentro del cine, como una colección de muñecas rusas. Como todos estos personajes están dentro de la pantalla, cuando quieran hacer correcciones o surjan diferencias la película que estamos viendo tendrá severas alteraciones.

En medio de este aparente caos aparecen los momentos más sublimes de Hellzapoppin, muchos de ellas haciendo alusión a algún tópico del cine popular. Hay por ejemplo un estridente número en el agua a lo Esther Williams, un show de música latina interpretado con premeditada torpeza. (Convengamos es que si hay algo insufrible en el cine musical de Hollywood, son los números latinos.) Hay también una puesta a lo Busby Berkeley que se transforma en coreografía recién cuando los decorados enloquecen. También hay gags y efectos especiales primitivos, pantallas que se dan vuelta y un honesto homenaje a Gershwin, fallecido poco antes.

La película fue dirigida por H.C. Potter, nombre con una abultada foja de servicios en el Hollywood musical pero que no sonará familiar para la gran mayoría del público. Tampoco lo serán los de los dos protagonistas, Ole Olsen y Chick Johnson. Podría decirse que ambos tuvieron su oportunidad en la pantalla grande cuando la era de los dúos de capo cómicos estaba por concluir por lo cual sus carreras tendrán un opaco destino televisivo.

Pero déjenme volver a la escena del principio. Los bailarines que literalmente la rompen son los Whitey’s Lyndi Hoppers, un grupo formado en Harlem y que participó apenas en un puñado de películas, pocas de ellas accesibles hoy en día. (Además de Hellzapoppin, la otra más o menos conocida es Un día en las carreras junto a los Hermanos Marx.) Es una pena que semejante talento no haya quedado más testimoniado, pero esto no debiera extrañar siendo que ellos atravesaron una época en la que las expresiones afroamericanas ocupaban en el cine un lugar apenas marginal. Es esto lo que rescata esta escena, que sarcásticamente concluye con los músicos y bailarines negros huyendo despavoridos a retomar sus trabajos ordinarios al ser descubiertos en plena fiesta por los personajes blancos.

No es el objetivo de esta nota dilucidar cuáles fueron las intenciones de esta película tan delirante, tan irreverente, que hasta se permitió la chanza de candidatear a los premios Oscar una canción que ni siquiera aparece en su metraje. Lo que sí me animo a decir, con la ventaja de estar a casi setenta años de su estreno, es que Hellzapoppin advertía allá por los años ’30 que el cine musical, uno de los pilares de la industria cinematográfica estadounidense, exigía imperiosamente una evolución. Ya no eran suficientes las puestas portentosas de Busby Berkeley y no era necesario sacrificar una buena narración con tal de meter a la fuerza un número musical. No es ingenua entonces una breve escena en la que uno de los personajes se topa en la utilería con el trineo de Citizen Kane. Welles la había estrenado ese mismo año, y no muchos se percataron de que el cine estadounidense cambiaría para siempre.

 

 

 

FICHA TECNICA

Título original HELLZAPOPPIN / Año de estreno 1941 / Duración 84 min. / País Estados Undos / Dirección H.C.Potter / Guion Nat Perrin, Warren Wilson (basado en una obra musical de Alex Gottlieb / Música Frank Skinner / Fotografía Elwood Bredell / Reparto Ole Olsen, Chic Johnson, Martha Raye, Hugh Herbert, Jane Frazee, the Whitey’s Lyndi Hoppers

 

 

 

 

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