Neoliberalismo y derrota

Universidades del Conurbano, impronta ideológica y colonización pedagógica

 

I.

Las universidades del Conurbano fueron estigmatizadas por el macrismo. Según esta parcialidad, en ellas se prohíja un adoctrinamiento a favor del hecho maldito de estos tiempos.

Es historia conocida. En los años ’40 y ‘50 el peronismo fue difamado por introducir la política en la escuela y ponerla al servicio de la propaganda del “régimen”, lo cual no dejaba de ser cierto, ya que nadie puede negar el culto a la personalidad y el modo insistente en que en libros escolares se enaltecía los logros de aquel gobierno.

En estos años, efectivamente en las universidades nacionales se imprime una impronta revisionista/peronista. Y no está ni bien ni mal que así sea, ya que en la UBA los materiales de estudio están henchidos de una imprescindible teoría marxista pero brillan por su ausencia autores de raigambre nacional.

Nadie señala adoctrinamiento en la UBA y a nadie inquieta el adoctrinamiento liberal que, desde la escuela a los medios masivos, manda odiar al indio, matar al gaucho o al inmigrante díscolo, y obliga a ver con espanto toda reivindicación de derechos de la clase obrera.

No me preocupa la impronta ideológica que prevalece en las universidades nacionales.

Me preocupa otra cosa.

 

 

II.

Pasolini admiraba a Emilio Gadda. De sus libros, prefería El zafarrancho aquel de vía Merulana, novela en la que convivía la tradición modernista junto a la lengua viva y dialectal del pueblo que, a fines de los ‘60, se extinguía bajo el peso de la “neo-lengua” del capitalismo en nueva fase.

Heredada de Europa, en la UBA se ha consolidado solo una voz que modela desde material bibliográfico a su cometido: dictar clases a “los salvados entre los salvados”, como advirtió Bourdieu.

Desde la tasación de saberes a los concursos docentes, somos eco de un eco: hablamos la lengua de la UBA. Pero ya porque se cohabita con los siervos del sistema –guardias de seguridad o enfermeras, trabajadoras del servicio doméstico, operarios de una fábrica o empleados/as de comercio– y se lo hace desde un vínculo casi familiar con ellos/as; ya porque se trabaja en ese fango distrital y emocional donde se vive y se produce en convivio con intendencias, cooperativas y proyectos comunitarios, las universidades del Conurbano son más bien un zafarrancho en el que se hablan distintas voces, muchas veces sin orden ni concierto.

 

 

III.

Estas universidades fueron creadas por gobiernos peronistas. Cuesta hasta escribirlo, pero en medio de la hoguera privatizadora, en tiempos de recorte del presupuesto educativo y cuando se ponía en discusión el ingreso irrestricto y la gratuidad, el peronismo neoliberal de Menem creó seis universidades en el Conurbano.

Al igual que lo hecho por el primer peronismo en la Era industrial, que apostó por la educación con escuelas técnicas y universidad obrera, en la Era post-industrial el kirchnerismo hizo lo propio con escuelas “inclusivas” y universidades nacionales. Ante la retirada del radicalismo de la discusión sobre la política universitaria y en oposición al macrismo, en donde se confía que “nadie que nace en la pobreza llega a la universidad”, el kirchnerismo creó once universidades y Becas del Bicentenario destinadas a estudiantes que cursaban carreras científico-técnicas, dispuso del programa PROGRESAR y mantuvo iniciativas para sostener a los/as estudiantes en el secundario (de Conectar Igualdad a FINES) para que puedan llegar a la universidad.

Pero a diferencia de la escuela sarmientina y del sistema de salud de Carrillo, el impulso a la educación del kirchnerismo no supuso un cambio de paradigma. Acaso sea porque, entre las voces que lo habitan –que habitan sus universidades–, domina la del neo o post-capitalismo.

 

 

IV.

En las universidades del Conurbano por momentos parece inaudible esa “lengua viva y dialectal”. Parte del estudiantado desprecia lo que huela a peronismo y a intervención del Estado. El plantel docente, en su mayoría, descree del sindicato, y los rectores dejan hacer porque siempre es mejor contar con un gremio amigo que uno que defiende derechos laborales en retirada; cuando esto último ocurre, conviene hacer a un lado la “grasa militante”, incluso entre peronistas.

Agréguese a este triunfo del realismo neoliberal, que la lógica de contratación del plantel docente en estas casas de estudio es “el festival del contrato”, maquinaria por excelencia de la flexibilización globalizada, forma perfecta de precarizar el empleo que hemos aprendido del neoliberalismo y no estamos dispuestos a discutir.

 

 

V.

Hay otro triunfo de la única voz en pie: los cuadros técnicos necesarios para la administración del Estado, formados algunos en Universidades Nacionales, piensan de modo liberal. La colonización pedagógica llega a tal punto que en las carteras ministeriales del actual gobierno (también en intendencias, universidades y hasta en unidades básicas) se cobijan ideales nac & pop, pero la concepción del Estado es absolutamente liberal.

A fines de los ‘60 surgieron las Cátedras Nacionales, una experiencia de franco sentido latinoamericanista e inclinada a la revalorización de los saberes populares. Eran tiempos en que teoría y práctica se fusionaban en pos de una lucha anti-imperial, la última acaso. Hoy día sería un modelo nostálgico e impracticable, alguien dirá no sin razón.

Estos son tiempos si no de claudicación, cuanto menos, de aceptar la derrota: la firma con el Fondo (dolorosa pero necesaria) no es otra cosa.

Con mucho de patrullas perdidas y no poco de voluntarismo inscripto en políticas reparadoras, las universidades nacionales son ese zafarrancho, ese “anacronismo con patas” que, en medio de un horizonte ayuno de ascenso social, representan un símbolo del paraíso perdido de la justicia social.

El neoliberalismo es la legitimación de la pérdida de todo derecho, también del de la educación superior para las mayorías. Reproducir sus lógicas es aceptar la derrota.

Las universidades del Conurbano son importantes para miles de familias cuyo único destino es ser buey de carga. Si no podemos desaprender saberes trasplantados (tanto de la UBA como del neoliberalismo), vendamos cara la derrota al menos.

 

 

 

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