El triunfo en recientes elecciones internas del Partido Demócrata de candidatos que se referencian en la corriente denominada DSA (Socialistas Democráticos de América) viene generando gran preocupación en el establishment norteamericano. Haciéndose eco de esa inquietud, el Presidente Donald Trump ha recuperado el lenguaje de la Guerra Fría, para afirmar, ante un grupo de periodistas en el Despacho Oval, que sus oponentes “utilizan el término socialistas democráticos porque suena muy bien, pero en realidad se trata de comunismo”. Trump añadió: “[La situación] Supone una gran amenaza para nuestra nación, porque no es socialismo, sino comunismo en toda regla. Creo que es la mayor amenaza que existe para nuestra nación, quizá desde nuestra fundación, incluyendo la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial y el 11 de septiembre, incluido el ataque a Pearl Harbor. La gente sonreirá cuando diga esto, pero las personas inteligentes dirán: 'Probablemente tenga razón'. Básicamente, se trata de introducir el comunismo en los Estados Unidos de América. Nunca ha habido nada tan peligroso”. En el discurso pronunciado en conmemoración del 250º aniversario de Estados Unidos en el monte Rushmore –donde Trump aspira a ver tallada su cara–, arremetió nuevamente contra el fantasma del comunismo: “El comunismo es lo opuesto a la vida, libertad y la búsqueda de la felicidad. Es la muerte, la tiranía y la búsqueda del mal. En vísperas del 250º aniversario de la libertad estadounidense, resolvemos y juramos para que todos escuchen que los ciudadanos de Estados Unidos expulsarán al comunismo de nuestras orillas… ¡Estados Unidos nunca será un país comunista!”, dijo Trump.
Tiene alguna razón cuando reconoce que su hipérbole solo puede provocar sonrisas en la gente bien informada. El programa del DSA se limita a reivindicar algunas reformas en las políticas públicas dirigidas a hacer asequible la vivienda, poniendo límites al incremento de los alquileres; establecer la gratuidad del transporte público; subvencionar la educación infantil y aumentar la imposición a las grandes fortunas. Por lo tanto, estamos muy alejados de los programas del marxismo-leninismo del siglo pasado que reclamaban la socialización de los medios de producción y sostenían la discutible necesidad de implantar una dictadura del proletariado. Es solo en el plano internacional donde el DSA formula un replanteamiento radical de la política exterior de los Estados Unidos. Reclama poner fin a la relación especial con Israel, asumiendo la defensa de los palestinos en Medio Oriente, denunciando el genocidio israelí y reclamando poner fin a las guerras interminables. Para diferenciarse de las prácticas de otros candidatos demócratas y republicanos, los socialistas democráticos rehúsan recibir dinero de la AIPAC (Comité Americano Israelí de Asuntos Públicos), el lobby israelí que canaliza fondos de las grandes fortunas a los partidos. Financian sus campañas con aportes de los militantes y difunden su programa mediante el trabajo puerta a puerta. El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, que pertenece a esta corriente, ha congelado recientemente los alquileres de casi un millón de viviendas, demostrando así la voluntad de dar cumplimiento a una de sus promesas electorales.
Las primarias del Partido Demócrata
El avance de los socialistas democráticos en las primarias del Partido Demócrata se ha verificado en varios distritos. En Nueva York, con las victorias de Claire Valdez, Brad Lander y Darializa Avila Chevalier, se han impuesto tres candidatos pro palestinos, respaldados por el alcalde Zohran Mamdani. Los resultados de Nueva York muestran que los candidatos que han defendido posturas en favor de acabar con la guerra contra Irán, que han denunciado el genocidio en Gaza y que han reclamado una revisión de la relación bilateral con Israel, han encontrado el creciente apoyo del electorado demócrata. En realidad, la cuestión palestina se ha convertido así en un símbolo de una transformación más profunda, donde las generaciones jóvenes se identifican con la defensa de los derechos humanos, el antirracismo y el deseo de una mayor justicia social. El hecho notable es que muchas de las propuestas que hace una década eran consideradas radicales han pasado a formar parte del debate político habitual.
La ola progresista también ha llegado al estado de Colorado de la mano de una demócrata de 29 años, Melat Kiros, quien ha ganado las internas en Denver, el primer distrito del Estado, de fuerte tendencia demócrata y que alberga la mayor población judía del Estado. Logró derrotar a la veterana representante Diana DeGette, quien ocupaba el cargo desde 1997, año en que nació Kiros. De ser elegida en las próximas elecciones de noviembre, esta activista se convertiría en la primera mujer de la “Generación Z” elegida al Congreso. En las últimas semanas, Kiros obtuvo el apoyo de los sectores progresistas a nivel nacional tras recibir el respaldo del político de izquierdas Hasan Piker, quien afirmó que el 7 de octubre fue "la consecuencia inevitable del apartheid, de décadas de ocupación". Kiros, que es abogada, fue despedida del despacho de abogados en el que trabajaba cuando se negó a retractarse de una carta en la que defendía el derecho de los estudiantes a protestar contra el genocidio en Gaza. “Mi bufete me dijo que la retirara o me despedirían. No me acobardé porque defendí cada palabra y siempre lo haré. Pero sé que no será la única vez que quienes ostentan el poder me pidan que cambie de opinión. Eso parece ocurrir con frecuencia en el Congreso. Pero aquí defendemos nuestros valores", dijo en su discurso de victoria. En la carrera por gobernador, se impuso el fiscal general de Colorado, Phil Weiser, que anteriormente formó parte de las administraciones presidenciales de Barack Obama y Bill Clinton, considerado más afín al ala izquierda del partido.
Entre otros candidatos con posibilidades de ganar las internas se encuentra Abdul El-Sayed, un médico que fue voluntario en Gaza y aspira a un puesto en el Senado por Michigan. Es probablemente la candidatura más importante del DSA y del movimiento progresista fuera de Nueva York. Fue candidato a gobernador de Michigan en 2018. Su programa gira en torno a Medicare para todos, reforma de la financiación de campañas, vivienda asequible y embargo al envío de armas estadounidenses a Israel. En cuanto a apoyos, ha sido respaldado por Bernie Sanders, por el senador Chris Van Hollen, por el sindicato United Auto Workers y por diversas organizaciones progresistas. La interna se ha convertido en un símbolo de la disputa entre el ala progresista y el establishment demócrata.
En Texas se afianza la candidatura del pastor evangélico James Talarico. Si bien no es miembro del DSA, pertenece al ala progresista del Partido Demócrata. Su perfil es llamativo porque rompe con la identificación habitual entre cristianismo evangélico y conservadurismo político. Es muy conocido por utilizar argumentos religiosos para defender políticas progresistas como la sanidad pública, la justicia económica y los derechos de los inmigrantes. En Pensilvania, una figura destacada por su apoyo al movimiento propalestino y por pedir un alto el fuego en Gaza es Rick Krajewski, que es miembro de la Cámara de Representantes de Pensilvania y pertenece al DSA de Filadelfia. Su distrito, en el oeste de Filadelfia, es uno de los bastiones del socialismo democrático dentro del Estado.
La acusación de antisemitismo
Dentro de la campaña macartista lanzada por el Presidente Trump, deben incluirse las absurdas acusaciones de antisemitismo contra el alcalde Zohran Mamdani, provenientes de los principales diplomáticos israelíes que residen en Nueva York. El embajador de Israel ante la ONU, Danny Danon, y el cónsul general de Israel en Nueva York, Ofir Akunis, acusaron a Mamdani de utilizar “un lenguaje descaradamente antisemita" después de que el alcalde, en una entrevista con la ABC News, ante la pregunta si apoyaba a Israel como “Estado judío tal como es ahora”, manifestara que "he dicho una y otra vez que apoyo a Israel como un Estado con igualdad de derechos". Cuando el periodista insistió para que respondiera si apoyaba a Israel “como Estado judío”, dijo que no podía apoyar a "cualquier Estado que privilegie una religión sobre otra, ya sea en Israel, en Arabia Saudita o en cualquier otro lugar". Agregó que esto proviene de su creencia fundamental de que "todos deberíamos ser considerados iguales, sin importar cuál sea nuestra fe".
La posición de Mamdani es coherente e impecable. No cuestiona la existencia del Estado de Israel, pero considera que la Ley del Estado-Nación, aprobada en 2018 por el Parlamento israelí a instancias de Netanyahu, es discriminatoria. Esta ley define oficialmente a Israel como el “Estado nación del pueblo judío”, reserva el derecho a la autodeterminación solo a los judíos, de modo que solo son poseedores de la nacionalidad israelí los ciudadanos reconocidos como judíos por los tribunales rabínicos. “El derecho a ejercer la autodeterminación nacional en el Estado de Israel es exclusivo del pueblo judío”, reza la nueva ley, violentando de esta manera el compromiso establecido en la Declaración de Independencia de 1948, cuando Israel se comprometió a “garantizar la plena igualdad de derechos sociales y políticos para todos sus habitantes”. Por otra parte, el régimen de apartheid que Israel ha establecido durante décadas sobre millones de palestinos en Cisjordania, Gaza y Jerusalén es prueba irrefutable de que Israel no ha cumplido su promesa fundacional. Como señalara Daniel Barenboim en una columna de opinión publicada el 24 de julio de 2018, “ahora tenemos una ley que confirma la condición de la población árabe como ciudadanos de segunda clase. Por consiguiente, se trata de una forma muy evidente de apartheid. No creo que el pueblo judío haya vivido 20 siglos, la mayor parte de ellos sufriendo persecución y soportando crueldades sin fin, para ahora convertirse en el opresor que somete a los demás a sus crueldades. Precisamente esto es lo que hace la nueva ley. Por eso, hoy me avergüenzo de ser israelí”.
El uso abusivo del antisemitismo
El uso abusivo de la acusación de “antisemitismo” para cualquier crítica dirigida contra el gobierno o el Estado de Israel se ha convertido en un recurso frecuente por parte de los defensores de Israel. En la medida en que el genocidio en Gaza ha hundido la imagen de Israel en el mundo, la acusación de “antisemitismo” se ha vuelto cínica e inconducente y carece de toda pregnancia. Lo cierto es que la oposición a Israel es ahora el principal tema de política exterior en Estados Unidos. Ocupa un lugar central en las campañas y en las visiones que tienen los partidos políticos. Por este motivo es muy probable que vuelva a ser un tema central en las primarias presidenciales de 2028, donde los eventuales candidatos de ambos partidos no coincidirán en casi nada, salvo en que la política de Estados Unidos hacia Israel necesita cambiar. En abril, una encuesta del Pew Research Center mostró que el 60% de los estadounidenses tenía una opinión desfavorable de Israel, frente al 42% en 2022. Mientras continúen los pogromos de los colonos judíos contra los palestinos residentes en Cisjordania y se siga asesinando a un niño por día en Gaza, es evidente que la causa palestina no será nunca más un tema marginal en la política exterior norteamericana.
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