NEOTRIBALISMO

El neoliberalismo pretende que todas las tribus políticas son iguales y comparables, cuando no lo son

 

 

El uso del término ‘tribu’ para referirse a los espacios políticos se ha extendido en algunos medios y en algunos analistas políticos y de opinión pública. El 24 de febrero pasado, por ejemplo, en una nota de El Cronista, se decía que «uno de los hombres de mayor confianza del Presidente Macri vuelve a desafiar al círculo rojo con un análisis electoral provocador: ‘Estamos mejor ahora que en febrero de 2015’”. Ante la pregunta: ¿Y qué dicen ahora las encuestas que maneja el Gobierno?, esa fuente afirmaba: “Más allá de algunas tenues oscilaciones, el escenario se divide en tres tercios. Dos tercios son duros. Inamovibles. Representan opciones conceptuales. Una manera de ver la vida. Podríamos denominarlos tribus”. De acuerdo a este análisis –dice el periodista— un tercio corresponde a la ‘tribu’ kirchnerista, el otro a la ‘tribu’ macrista, y el resto a los que hoy sostienen que no votarían a ninguno de los dos”.

El diario Ámbito Financiero también ha utilizado el término, como en los títulos “Macri activó mesa chica para definir calendario electoral en tribus propias” (11-1-19), y “En modo campaña: Macri, Vidal y una reunión para arengar a la tribu propia” (15-3-19). Y el analista Eduardo Fidanza, en “La política, de Laclau a Durán Barba” (La Nación, 6-1-18), había dicho: “El sujeto de Laclau son los movimientos sociales y la militancia; el de Durán, los votantes a los que no les interesa la política, sino la solución de sus problemas cotidianos. Son dos tribus irreconciliables que se miran con prejuicio y desdén: para unos Laclau es un denso, inclinado a la violencia; para los otros, Durán es un superficial, interesado en descafeinar la política para manipularla. Cualquier parecido con lo que se reprochan los acólitos de Cristina y Macri no es casualidad”.

 

La “tribu” bonaerense del Presidente Macri.

 

 

Relativismo y universalismo en política

A primera vista, el uso de ‘tribu’ parece ser neutro en el discurso político. Sin embargo, cuando nos detenemos a indagar un poco en su significado, lo que ves no es lo que obtienes. En primer lugar, porque “un tercio, y otro tercio”, o “un denso y un superficial”, se hacen políticamente equivalentes bajo el concepto antropológico de ‘tribu’. Y es que este concepto encierra la idea de cultura y relativismo cultural introducida por Franz Boas: «Todas las culturas son iguales y comparables; no hay culturas inferiores y superiores”. Una idea que en política no es neutra, ya que es contraria a la idea de universalismo normativo (como el de los derechos humanos), en torno a la cual los partidos políticos marcan la disputa de sus diferencias y no sus equivalencias.

Por eso es que el uso del término tribu como significante relativista en el análisis de un político neoliberal puede deberse tanto a su intuición del valor pragmático de un término para su práctica política, como al adoctrinamiento por algún asesor en la retórica electoral. Y en un analista político, ese uso puede que se explique por la aspiración profesional de actuar desde el lugar supuestamente neutro que otorga una visión relativista. Pero en ambos casos, ese relativismo tiene una pretensión comparable a lo que Hegel llamaba “la ingenuidad del vacío en el conocimiento”, que él aplicaba a las filosofías que hablaban del Absoluto –la noche en la que todos los gatos son pardos— por no explicar la realidad y sus diferencias verdaderas, y que en igual sentido se puede aplicar a los enfoques políticos, que en el otro extremo, se fundan en lo Relativo.

 

 

¿Cuál es el modelo de cultura de su tribu?

 

Ruth Benedict, «Modelos de cultura», 1934.

 

En una obra ya clásica de la antropología –Modelos de Cultura, 1934—, Ruth Benedict explica las diferencias en la organización social, la economía y la cultura en general, entre tres tribus: los indios Pueblo del estado de Nuevo México en Estados Unidos; los Dobu de Nueva Guinea en la Melanesia; y los Kwakiutl de la isla de Vancouver, en la costa noroeste de Canadá. Aunque Benedict conocía muy bien el concepto de relativismo cultural, en su análisis comparativo sobre las tres tribus usa la distinción que Nietzsche había introducido en El origen de la tragedia (1872), para describir las diferencias entre lo apolíneo (racional, en equilibrio) y lo dionisíaco (sensual, en éxtasis).

La tribu Pueblo, en particular su grupo Zuni, a diferencia de otras tribus de América del Norte, se muestra con un carácter más apolíneo: sus intereses se focalizan en el respeto de la vida ceremonial del grupo, sus rituales formales, la sobriedad y la moderación de un carácter sin violencia y sin ofensas.

El dobu, en cambio, está consumido por los celos, la sospecha y el resentimiento. Ha robado, matado, y engañado mediante brujería, cuanto ha podido. Son violentos y premian la mala voluntad y la traición. Benedict relata como uno de los más respetados hombres de la isla le dio a un visitante un encantamiento para hacerse invisible y poder robar lo que quisiera sin ser visto.

Y los kwakiutl son un claro ejemplo dionisíaco: “El propósito último que perseguían era el éxtasis”. En sus ceremonias religiosas –el Potlacht—, el danzante principal debe “perder el control de sí mismo y quedar absorto en otro estado de existencia (…) agitarse de forma violenta y anormal, realizar actos que en un estado normal serían considerados terribles”. Su mayor realización es la destrucción de todos los bienes. Eran un pueblo rico, pero toda riqueza les era poca para ser destruida en su megalomanía paranoide.

 

Macri bailando en éxtasis.

 

Si ahora pensáramos el término ‘tribu’ a la luz de esos estudios: ¿cómo se plantearía el significado de los tercios o de las “tribus irreconciliables”? ¿Quiénes serían Pueblo, Dobu, o Kwakiutl?

 

La revolución neotribal

El concepto de ‘tribu’ que utilizó Benedict fue el propio de la antropología cultural, pero años después ese uso fue reformulado en un sentido sociológico por Marshall McLuhan en La Galaxia Gutenberg (1962) y La aldea global (1968), para decir que aunque la globalización y el impacto de los medios electrónicos en la vida moderna habían introducido nuevas relaciones sociales, “la naturaleza instantánea de la información electrónica está descentralizando —en lugar de ampliar— a  la familia humana en un nuevo estado de existencias tribales multitudinarias”. Este sentido sociológico se profundizaría filosóficamente en El tiempo de las tribus (1988) de Michel Maffesoli, quien luego acuñaría el concepto de ‘tribu urbana’.

Pero Daniel Quinn, en Más allá de la civilización (1999), ya puso la cuestión en términos políticos. Y así postuló la idea de un “nuevo tribalismo” fundado en la dinámica propia de la selección natural y entendido como crítica a las estructuras jerárquicas de la sociedad de masas basadas en “la falacia de un mundo justo”. Las políticas con los indigentes, por ejemplo, no deberían ser asistencialistas sino encuestar lo que los indigentes quieren según sus tácticas de sobrevivencia y considerando el sentido placentero que ellos puedan disfrutar del no tener obligaciones sociales como el trabajo: “No hay un camino correcto para la vida de la gente”. Por eso es necesaria una revolución neotribal.

 

Involución.

 

Un año antes del libro de Quinn, sin embargo, el presidente de la Universidad de Oregon, Dave Frohnmayer, había definido al neotribalismo como el crecimiento de una política basada en preocupaciones estrechas, arraigada en la explotación de las divisiones de diverso tipo, que exige satisfacción y no acepta compromisos, y se expresa como una atmósfera de odio, de emoción cruda, de personas que no se preguntan si una acción va a ser justa, mientras se apoya en los medios de comunicación y en tecnología informática para encontrar subgrupos demográficos y dirigirles mensajes direccionados.

 

El monstruo que todo lo devora

En ese itinerario, el neoliberalismo conjugó con el significado antropológico del relativismo cultural el significado social y político de ‘tribu’ que le resulta útil. Siguiendo a Boas, los neoliberales ahora pueden decir, desde su “cambio hacia el futuro”, que la civilización global no es algo absoluto, sino relativo, y que todas las culturas políticas son iguales y comparables, ya que no hay culturas políticas inferiores y superiores.

El capitalismo devora todos los lenguajes y resignifica todos los discursos. Por eso lo que el neoliberalismo pretende sostener al decir algo así, es que la cultura política de la tribu de los derechos humanos y la dignidad del sujeto de derecho, no es superior a la cultura de la tribu del mercado y la meritocracia del individuo competidor agrupado.

Sin embargo, la globalización no es una civilización, la dignidad es lo contrario de la mercancía, una cultura política no es lo mismo que una cultura tribal y el concepto universalista de la familia humana en los derechos humanos no es lo mismo que el relativismo de “las tribus propias”, “las tribus irreconciliables”, o las “neotribus”. Y es que en la claridad del día, cada gato tiene un color distinto.

 

 

 

 

1 comentario
  1. Canta dice

    Eso es básicamente el contraste entre los paradigmas éticos aristotélicos y kantianos.

    Aristóteles pensaba una moral local y autónoma de cada ciudad-estado, y que a cada comunidad había que dejarlas con su propio ethos.
    El pequeño problemita está cuando el ethos de uno consiste en someter al otro, como se ocupó de demostrar el mundo durante siglos después de Aristóteles, siendo las guerras de religión la gota que rebalsa el vaso.

    Frente a eso, Kant va a proponer un universalismo basado en su imperativo categórico: usamos la capacidad de decidir nuestras propias leyes, y el único límite es no atentar contra la capacidad de los demás de también decidir sus propias leyes. Y que eso sea un ethos universal.
    Sin embargo, por ese camino también llegamos a la ley del más fuerte: hoy somos todos capitalistas y globalizados, bajo pena de ser sometidos a diferentes tipos y grados de asedio, cuando no directamente invadidos. El universalismo tiene esas cosas, y mientras tanto los derechos humanos «bien, gracias».

    No me parece ni por casualidad un tema resuelto.
    Fuera de eso, lógicamente, los poderes de turno lo van a usar para sus propios intereses, como bien plantea la nota.

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