Ni los muertos estarán a salvo

Sobre Carta a una señorita en París, de Nicolás Prividera

 

Hace dos semanas publiqué en este mismo medio una nota donde transcribía el poema de Nicolás Prividera (Buenos Aires, 1970). Allí hace alusión a la conocida cita de Walter Benjamin: “Sólo aquel que esté firmemente convencido de que hasta los muertos no estarán a salvo si el enemigo gana, tendrá el don de alimentar la chispa de esperanza en el pasado”.

Pues nada es casual en los tiempos que corren. Su película Carta a una señorita en París, recientemente estrenada en el Bafici, es, acaso, una profunda investigación sobre esa convicción. Que ni los muertos estén a salvo significa, en la tradición benjaminiana, que las generaciones posteriores a una masacre no logren invertir la tragedia de las víctimas olvidadas y humilladas, frente a sus opresores. La capacidad de redención es siempre una oportunidad que desvela a los vivos frente a los fantasmas del pasado. Acaso, el propio cineasta hijo de desaparecidos busca en las huellas fantasmales de sus padres una respuesta posible que vaya más allá de su mera historia, que incluya a toda su generación.

Si bien el título Carta a una señorita en París hace referencia directa al cuento de Julio Cortázar publicado en 1951; los pasadizos temporales me llevan al famoso Libro de los Pasajes, obra inconclusa en la que Benjamin buceaba en los cimientos de la capital del siglo XIX. En ella me permito encontrar una clave para pensar el film en la búsqueda de un sentido a la pregunta por las generaciones diezmadas.

¿Qué son los vivos sino espectros que deambulan sobre los restos de un mundo soñado por sus ancestros también espectros? ¿Dónde, en qué fragmento del pasado buscar la chispa de esperanza para recordar a los que no están, y para dejarlos a salvo de las catástrofes de lo que puede venir, del olvido total de que existieron?

La París de Prividera es un intento de reflexionar sobre estas cuestiones. Y también (como en Benjamin) apela a un montaje de citas e imágenes para dar respuestas posibles. Pasadizos de tiempo e imágenes, que tienen –como en otro cuento de Cortázar– la capacidad de transportarnos desde una puerta en Buenos Aires a otra puerta con salida en París. De un tiempo pasado a otro presente, y así. Como quien se mete en una tumba en el cementerio de la Recoleta y sale del otro lado por una tumba en el Pere Lachaise. Las tuneleras de la memoria se bifurcan como senderos barrocos de la identidad.

Con una duración de 35 minutos y contada por la dulce voz de la actriz Claire Allouche (“si ella se hubiera negado, la película jamás existiría”), la secuencia muestra algo que se nos escapa y es el juego poético de suma profundidad entre el relato en off y el montaje de imágenes/carta y citas. Entre la imagen tiempo y la imagen movimiento, como diría Giles Deleuze, perdemos la noción de qué es presente y qué pasado, pues así se bifurcan las tuneleras interconectadas que se exponen a nuestra mirada.

En una París de tres momentos, Prividera edita la tríada de capas que se comunican: el siglo XIX, la ciudad luz, compuesta de los restos de 1789, la brevedad de la comuna de 1871, y el catafalco napoleónico. Y con ello la eterna pesadilla que va de la tragedia a la farsa, el murmullo de las generaciones muertas resonando en el cerebro de los vivos (recordemos el 18 Brumario de Marx).

En segundo lugar, la París de 1969, que es la de sus padres de luna de miel ante los restos del nazismo, un año después del Mayo Francés. El sueño de la juventud maravillosa. Podríamos agregar aquí el plano de la ciudad luz visto por los porteños, que incluye la postal de Julio Cortázar exiliado, sus cartas, y el mítico viaje; acaso esa extraña pasión que los argentinos hemos manifestado por París y la voluntad muchas veces mimética con que las clases dominantes y no pocos artistas e intelectuales han tratado de imitarla en Buenos Aires (algo tan bien expuesta en un libro de Jorge Fondebrider, La París de los Argentinos, 2013).

Y, finalmente, la ciudad que se abre a la cámara de Nicolás en un viaje en el año 2017, recorriendo –cual flâneur– cementerios, museos, memoriales, la torre Eiffel y su explanada, allí donde Hitler se tomara su famosa foto y donde posaron sus padres hace 50 años, los mismos puntos donde el cineasta intenta hallar algún rastro de sus huellas, confundidas con el telón de fondo en las calles de París atestadas de manifestantes protestando contra las reformas neoliberales del gobierno de Macron.

Toda película guarda una razón. Que los tiempos que corren no auguran la tranquilidad de los muertos es algo que va más allá de una mera intuición. El avance de las extremas derechas a nivel global, y especialmente a nivel local, acicatea la consciencia del director. Por eso esta película llega en un momento oportuno, lo dice de algún modo el propio Prividera en un texto publicado hace pocos días en el blog de Roger Koza (Carta sobre carta). Allí encontraremos indicios sobre su surgimiento, elementos para pensarla en tiempos destrucción del cine nacional.

En todas sus películas, Prividera tiene la capacidad de desplegar un juego de correspondencias (nunca forzadas y esa es su virtud) que se resuelven entre la historia personal que es –a la vez– la Historia colectiva (recordemos la gravitación que aun tiene en su obra aquella cita de Faulkner: “No era un ser, una persona. Era una comunidad”). Y en esto la historia de un hijo de desaparecidos es la de todos los hijos de desaparecidos, la de toda su generación y sus fantasmas.

Estas cuestiones están desarrolladas en todas sus películas, pero en cada una de ellas se plantea de modo distinto. Por eso cada vez que vi una película de Nicolás pensé: ¿Y ahora qué? Así después de M (2007). ¿Y ahora qué? Entonces vino Tierra de los Padres (2011), y después Adiós a la memoria (2020). ¿Y ahora qué? Ahora, Carta a una señorita en París, que se sale del secuencial dialéctico (Prividera es hegeliano, aunque no lo acepte), y se sale –como se debe salir de todo laberinto– por arriba. Como algo que está más allá de lo que miramos, y que de golpe aparece –por efecto retardo– de repente.

Los muertos estarán a salvo si encontramos la clave para saberlos cuidar, si los los recordamos con belleza y justicia, y eso nos sirva como plano para la acción. Como la chispa de esperanza en el pasado que no olvidaremos, Carta a una señorita es un “resto de un resto” que abre un pasadizo, y surge, como la crisálida.

 

 

Ficha técnica

 

Año de producción, 2024.

Duración: 35'.

Guión /Dirección: Nicolás Prividera.

Producción: Trivial Media.

Montaje: Pablo Ratto.

 

* Para ver Carta a una señorita en París, clickear acá (importante: la película sigue después de los créditos).

 

 

 

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