Si diseñásemos un croquis para explicar la transformación del personaje del súper-espía, a través de los tiempos —a la manera del que grafica la evolución de la especie, del mono al homínido y de allí al homo sapiens—, estoy seguro de que arrancaríamos con James Bond: el agente al servicio de Su Majestad británica (los súper-espías suelen ser ingleses, es así), seductor y letal. De Bond pasaríamos a George Smiley, emblema de varias novelas de John le Carré. La diferencia sería perceptible a simple vista. Smiley es un burócrata de mediana edad, que de seductor no tiene nada. Por el contrario, está casado y es cornudo. Y cuando es letal, lo es por interpósitas personas, el combate cuerpo a cuerpo no cuenta entre sus habilidades.
Lo cual nos llevaría al tercer exponente del gráfico sobre la evolución de los súper-espías—algunos dirán, con fundamento, que correspondería decir involución—, que sin duda alguna debería ser un personaje llamado Jackson Lamb. Este Lamb es el protagonista de una saga de novelas de Mick Herron, que devino exitosa serie de Apple TV: Caballos lentos (Slow Horses), cuya sexta temporada estrenó esta semana su primer capítulo.

Si Smiley marca un contraste con Bond a simple vista, Lamb lo hace con Smiley del mismo modo. Smiley encarna la propiedad y modestia del civil servant, o funcionario de carrera, británico: traje impecable, tendencia a la calvicie, miope, voz que no se aparta nunca del medio tono. Pero Lamb es francamente impresentable. Una agente del MI5 lo describe con precisión: dice que se parece a “uno de esos tipos que toquetean a la gente en los colectivos llenos”.
Lamb tiende a usar todo el tiempo la misma ropa (por ende arrugada y, en el caso de sus medias, agujereada) y es de un ecologismo encomiable, a la hora de ahorrar el agua que no usa ni para beber ni para bañarse: podríamos apelar a la grasa de su pelo para freír huevos. Su medio de expresión favorito es el bardeo ajeno, pero no a lo Milei, cuya carencia de imaginación lo relega a usar insultos predigeridos, sino con inventiva shakespeareana: a la hora de poner a parir a sus subordinados, es un verdadero artista — una máquina de gastarlos con elegancia y salvajismo a la vez. Su vis histriónica no se agota allí, por cierto. Jackson Lamb también es un maestro en el dudoso arte de controlar sus interacciones sociales haciendo uso de sus pedos, con timing digno de mejor causa. Quien se aproxima a él, sabe que lo hace a su cuenta y riesgo.
Hoy resulta imposible separar al personaje Lamb del actor que lo interpreta, el genial Sir Gary Oldman. También tiene su gracia que Oldman haya interpretado además al mesurado Smiley, en la adaptación de Tinker Tailor Soldier Spy —rebautizada El topo, entre nosotros— que dirigió Tomas Alfredson en 2011; una medida de su versatilidad como actor. Aun así, no olvido que en la primera novela de la saga, Slow Horses (2010), Mick Herron describe a Lamb como alguien parecido al también inefable Charles Laughton, empezando por su panza digna de una embarazada.

Lamb también supone una involución en relación a su estatura en el mundo de los espías. No es un agente especial con licencia para matar, como Bond (a no ser que valoremos su toxicidad como fabricante y excretor de flatulencias), ni parte de la conducción del servicio secreto, como Smiley. Por el contrario, lo han desplazado a los niveles más bajos de la Inteligencia británica; tan hondos, que muchos dudan de que todavía forme parte del sistema. Lamb figura a cargo de una repartición que funciona como una suerte de vertedero del MI5. Allí van a parar todos los agentes que han caído en desgracia, por las ineptitudes más variopintas. Y Lamb es el jefe de esa repartición: Slough House, una oficina decrépita a tiro de piedra de la estación Barbican del subte, vecina del restaurant chino donde almuerza a diario y al que usa como despacho alternativo. (La mutación fonética de Slough House a Slow Horses es otra de las formas en que el MI5 le baja el precio a los agentes degradados: slow horses significa caballos lentos, y los caballos se vuelven lentos cuando están viejos y fundidos y, en consecuencia, a cinco minutos de ser sacrificados.)
Jackson Lamb es el primero en reconocer que sus subordinados son unos chapuceros. No deja pasar una sola oportunidad de recordarles cuán incompetentes son. A uno de ellos le dice: “Tengo hemorroides que son más útiles que vos”. Y a otro más: “Por supuesto que no intentaste matarlo. Si hubieses querido matarlo, todavía estaría vivo”.
Se trata de una banda que efectivamente disparó torcido, como diría Jimmy Breslin. River Cartwright juzgó mal una situación de peligro y causó el cierre de la estación de trenes de King’s Cross. Min Harper se olvidó información confidencial en un tren. Catherine Standish es una alcohólica en recuperación. Shirley Dander es una drogadicta en recuperación. Roddy Ho es un talento en materia informática pero al mismo tiempo es un tarado insufrible, y así. Pero, más allá de la aspereza que les dispensa, Lamb los protege de sus colegas y en particular de la jefa de operaciones del MI5, Diane Taverner, uno de los blancos favoritos de sus chanzas… y de sus pedos, por supuesto. Lamb explica esta actitud al mejor estilo Lamb: “Serán una manga de perdedores absolutos —dice—, pero son mis perdedores”.

En una entrevista, Herron explicó cómo resolvía las escenas que involucran a Lamb. Según el autor, lo que suele hacer es pensar en la peor cosa que se puede decir en cada situación, y listo. Un personaje así es maná del cielo para un narrador. Más allá de la suerte de tus historias en términos comerciales (y Herron no la pegó de entrada, la primera novela pasó sin pena ni gloria), alguien como Lamb otorga a su creador licencia para escandalizar. Imagino que Herron la pasa bomba permitiéndose decir y hacer guarradas a través de Lamb —el tipo es un campeón de la incorrección política—, tanto como debe disfrutar Gary Oldman al interpretarlo.
(No hace mucho Stephen Colbert, uno de los comediantes más odiados y combatidos por Trump, hizo llorar a Gary Oldman, literalmente, al presentarle una selección de escenas de sus películas. Le preguntó si consideraba que un buen pedo podría haber mejorado su interpretación del Drácula de Coppola, o de Churchill en Darkest Hour, o del Sirius Black de Harry Potter, y le mostró el efecto que podrían haber causado con esa adición sonora. Incluyo ese clip aquí abajo porque intuyo que, aunque se les escape el idioma, se van a reír igual, y en días como estos una carcajada no se le niega a nadie.)
Al Servicio (No Tan) Secreto de Su Estupidez
El tono predominante es de comedia, como habrán advertido. Pero las tramas de suspenso funcionan, y ocasionalmente hay momentos dramáticos, y hasta trágicos. La saga de Slow Horses es fenomenal en el sentido de que dificulta decir qué es mejor, si las novelas o la serie, y eso —que una adaptación esté a la altura del original— es algo fuera de lo habitual. Pero como uno ya aprendió hace mucho a no entrar en el juego de la pregunta sobre a quién querés más, a mamá o a papá, puede permitirse disfrutar de ambos registros — que es lo que hago yo, al menos.
Así como el gráfico imaginario permitiría visualizar la ¿progresión? de Bond a Lamb, Slow Horses también tiene algo que decir sobre el legendario servicio secreto inglés. A diferencia de Ian Fleming, el creador de Bond, y de John le Carré —seudónimo de David Moore Cornwell—, Mick Herron no trabajó nunca en Inteligencia. Por eso ha subrayado reiteradamente que su visión de ese mundo no es la de un insider, y que muchos de los procedimientos que describe son producto de su imaginación, y por ende no tienen nada que ver con lo que hace la gente del verdadero MI5. Aun así, sus ficciones son tan poderosas como las de sus predecesores. En un pasaje, el agente River Cartwright recuerda que su abuelo —a su vez, veterano del MI5— le regaló las obras completas de le Carré cuando cumplió 12 años, y que al dárselas, le dijo: “Son invención pura. Pero eso no significa que no sean verdad”.

Herron fue empleado durante buena parte de su vida de un medio bimestral, especializado en derecho laboral, que se llama IDS Employment Law Brief. Lo cual lo conectaba con el aspecto más burocrático del trabajo convencional: el tipito que todos los días se toma el mismo tren de Oxford a Londres, trabaja en la oficina y retorna al tren al mismo horario vespertino para llegar a su casa a las 6 y ya no volver a salir. (Le Carré, a quien Herron admira, también explicó en su momento que, a diferencia de las fantasías de Fleming, la tarea del expía profesional es tan aburrida y burocrática como la de un bancario, durante el 90% del tiempo.) La naturaleza del periódico al que Herron dedicó tanta vida no debe haber sido ajena a la naturaleza de su creación. Después de limitarse al lenguaje leguleyo durante décadas, no sorprende que haya recurrido a un personaje como Lamb, mediante el cual puede decir todas las barbaridades que habrá reprimido en el ejercicio de su oficio diurno.
El MI5 que pintan sus novelas no es, en consecuencia, la maquinaria eficiente que siempre apoya a Bond; ni tampoco el sistema que empezó a crujir durante la Guerra Fría y Smiley consiguió mantener en pie, con ingente esfuerzo. En los relatos de Herron, el servicio secreto es una oficina más, donde se expresan los mismos fenómenos que en un banco, una aseguradora o una redacción: competencia despiadada por ascensos, chispazos entre gente competente y de la otra, tensiones sexuales, interferencias políticas, ventajerismo, embole cotidiano, bromas pesadas, etc. Se podría decir, entonces, que en las novelas de Fleming el servicio secreto intentaba preservar los restos de la gloria del ex Imperio Británico y, de ser necesario, salvar al mundo; que en las novelas de le Carré el servicio secreto intentaba salvarse a sí mismo. Pero en las novelas de Herron, el MI5 ya no puede salvarse ni salvar a nadie, porque extravió sus funciones en el camino. Hoy sería apenas una estructura burocrática que vive para auto-preservarse, nomás, y conceder los favores políticos requeridos para que no la cierren y, así, enviar a un montón de gente que sabe cosas incómodas a engrosar las filas de los desocupados.

De manera indirecta, pues, la saga de Slow Horses se hace cargo de un mundo moderno cuyas instituciones dejaron de cumplir con sus objetivos, para convertirse en rémoras —organismos que sobreviven merced a la práctica del parasitismo— o directamente en reliquias, piezas de museo. Cualquiera que no lleve los ojos de adorno habrá percibido que lo que sugiere Herron del MI5 podría predicarse casi en cualquier parte de los tres poderes del Estado (dedicados hoy a conceder favores a los ricos, para acceder a una posición que les permita decir yo ya estoy hecho, a lo Milei), pero también de los sindicatos, los medios, los partidos políticos, las instituciones culturales y la mar en coche. En porcentaje considerable, los miembros de estas organizaciones alguna vez sagradas no manifiestan interés alguno en hacerlas funcionar como deberían. Por el contrario, se concentran en exprimirles hasta la última gota de beneficio personal. Hay muchos que rozan el patetismo, incluso, porque no parecen advertir que están retorciendo una ubre seca.
Pero, a pesar de ese contexto, lo que hacen los caballos lentos bajo la guía de Lamb no es inocente. El esquema al que responden los relatos de la saga es siempre parecido: los slow horses terminan salvándole las papas al elenco oficial del MI5, justo antes de que el legendario Servicio Secreto de Su Majestad descarrile a causa de su propia negligencia. Lo cual sugiere por lo menos dos cosas. Una, que los empleados de Slough House no son tan chapuceros como pretendía la superioridad, o por lo menos igual de chapuceros que sus colegas de traje. (En ese sentido, Slow Horses es un canto a las segundas oportunidades, y al mismo tiempo una crítica al sistema de evaluación del personal.) Y dos, que a pesar de que la institución se haya convertido en un mamut inmovilizado por su propio peso burocrático, todavía puede funcionar si existe alguien capacitado —como Lamb, sin ir más lejos— que conserva el amor por el oficio y la ilusión de cumplir con el trabajo para el que fue contratado.

Esa es la diferencia esencial entre Diana Taverner y sus acólitos y Lamb y su banda de desharrapados. Los únicos que están interesados en demostrar que valen y en dar sentido a sus vidas a través del trabajo bien hecho son estos poligriyos a los que el MI5 desprecia, y a los que sólo acuden en las emergencias, para disimular los desaguisados del elenco oficial — o responsabilizarlos por ellos.
Neanderthaleando
En cierta medida, la apariencia y los modales de Lamb rinden como un disfraz. A la manera del Mr. Reeder de las novelas de Edgar Wallace que heredé de mi abuelo: un investigador que se hacía pasar por viejo, para parecer inofensivo; o del Columbo de la serie de los ’70, interpretado por Peter Falk, que la jugaba de tonto para hacer que los asesinos pisaran el palito.
Pero en el caso de Lamb, esa actitud pretende algo más que desconcertar a los incautos. Entraña una suerte de rebelión-de-un-solo-hombre, cristalizada en una forma de ser que manifiesta su radical desacuerdo con el mundo en el que le ha tocado vivir. A la manera de los filósofos cínicos, se podría decir, que despreciaban las riquezas, el poder, las leyes y las convenciones sociales, y no temían oler como perros ni servir de transporte a sus pulgas.
Como lo demuestra cada vez que no le queda otro remedio, por detrás de la fachada de Lamb hay un espía excepcional, formado durante la Guerra Fría, cuando el MI5 era todavía un servicio de Inteligencia que inspiraba respeto. Un tipo inteligentísimo —no en el sentido schargrodskiano del término, insisto, sino en el verdadero—, al que ese don, combinado con una pizca de sabiduría, le sugiere que se baje de la carrera por el poder que termina consumiendo a la mayoría de los colegas de similar excelencia.

Por capacidad y méritos, Lamb debería estar en pie de igualdad con Diana Taverner —Lady Di, como le dice Lamb—, interpretada en la serie por la exquisita Kristin Scott-Thomas. Sin embargo, ha aceptado o directamente precipitado la aparente degradación que significa el puesto en Slough House, donde su única tarea es, por propia confesión, asegurarse de que sus subordinados no hagan nada. Una suerte de protesta indirecta, a través de la cual sugerir que el MI5 actual se ha depreciado tanto que ya no le encuentra uso a la gente que, como él, piensa y sabe de verdad.
Es uno de los temas de nuestro tiempo: la dinámica socio-político-económica que contribuyó a vaciar las instituciones de sentido y a ponerlas al mando de la gente menos calificada de la sociedad —tanto en el sentido intelectual como en el ético—, marginando a los más inteligentes y capaces en el proceso. El mismo Mick Herron era un tipo brillante que languidecía en el laburo más aburrido de la galaxia, hasta que decidió llamar la atención al estilo Lamb.
No me pregunten cómo ni por qué se dio esta involución, porque es tema para otra charla. Pero en la práctica, hoy nuestras vidas están en manos de un puñado de tipos cuya edad mental es la de una criatura de 9 años. Mientras los mega-millonarios rapiñan más que en toda la Historia previa junta, nuestras sociedades —cuya edades mentales, dicho sea de paso, también merecerían estudio— se dejaron fascinar por estos payasos mediáticos a los cuales, mediante el voto, se les concedieron responsabilidades inmensas que no dejan de incumplir, de la forma más criminal concebible. Actúan como niños caprichosos, aun cuando no son sino adultos perversos, y nuestras sociedades reaccionan como esos padres incapaces de poner límites a sus críos: grandulones que ríen, nerviosos, ante la destrucción que producen sus vástagos, y no atinan a decir más que qué pibe, este Jaimito.

Por eso desconfío de alquimias como las que proponen un frente anti-Milei. No se puede hacer política contra Milei, porque Milei es la no política. Sería tan inútil como organizar un frente anti Bart Simpson, o anti Cartman, o anti las nubes, o anti la primavera. (Aunque, por mis alergias, creo que consideraría seriamente la última opción.) La herramienta política a la que se recurra al fin, sea frentista u otra cosa, debe ignorar al pendeviejo que demanda atención constante y hacer política contra los adultos que lo habilitan y lo usan como cortina de humo. Si vamos a ir a disputar poder, como corresponde, vayamos contra los amos de verdad, no contra los teloneros.
Pero como eso no termina de cuajar, y las sociedades continúan rebajándose a hablar como tontas en la esperanza de que los niñatos entren en razón –y así, entrando en el juego de sus habilitadores—, las personas inteligentes, sabias y sensibles asumen que en esta obra no hay lugar para ellas. Y por eso tienden a auto-marginarse, auto-exiliarse, auto-relegarse a los márgenes de esta locura, al mejor estilo Jackson Lamb, que tendrá nombre ingenuo (porque lamb significa cordero), pero no se resigna a la mansedumbre.
Hay que tener mucho coraje, y mucha lucidez, para impedir que la demencia que hoy impera te devore, te arrastre. Y tampoco se puede vivir explicándole constantemente a la gente que eso que quiere y reclama y defiende va a terminar haciéndole daño, a ella y a los suyos. En términos de Lamb, es como explicarle Noruega a un perro. La energía finita de la que disponemos habría que usarla de mejor manera.
En ese sentido, el de Jackson Lamb es un personaje como el Rick Blaine de Casablanca o el Corto Maltés de nuestro querido Hugo Pratt: tipos cuya inteligencia y sabiduría los insta a adoptar una fachada cínica, una actitud prescindente ante los problemas del mundo, pero que, cuando las cosas arden, son llevados por esa misma inteligencia y sabiduría a hacer lo que es correcto. En el caso de Lamb, eso significa proteger a su gente, la pequeña comunidad de la que se considera parte, y de ser posible, usar los recursos de la institución para servir a los fines que tenía originalmente, aunque sea en términos de excepción a la norma vigente. La realidad no da para mucho, pero aun así permite incursiones quirúrgicas que alientan la esperanza de que la vida en democracia no perdió sentido definitivamente.

La actitud de la especie humana en este tramo de su existencia constituye una anomalía, en términos evolutivos. Hoy existen muchas, demasiadas personas que abdican voluntariamente de su capacidad de pensar, que renuncian a hacer el esfuerzo de superarse; y esto es tan raro —por no decir: tan absurdo— como que un guepardo decidiera no correr nunca más o un águila eligiese llegar a todas partes caminando. Parecen convencidos de que nos pasamos tres pueblos y nos convertimos en homo sapiens sin necesidad alguna, cuando podríamos haber seguido neanderthaleando, lo más campantes.
El tema es que de este brete donde nos metimos solitos no saldremos comportándonos como en un corto de Los Tres Chiflados. Y cuando necesitemos de las mejores mentes para reconstruir casi todo, sería deseable que su respuesta al requerimiento no sea cagarnos a pedos, literalmente.
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