Niño condenado

Occidente es víctima de una epidemia de infantilización

 

Esta semana los Figueras nos despedimos de la casa familiar, escenario de nuestra historia durante siete décadas. El lugar donde transcurrieron mi infancia feliz y mi atormentada adolescencia. Donde mi madre languideció y murió cuando tenía poco más de 50, fulminada por un cáncer, y del que mi padre huyó poco después, incapaz de convivir con los fantasmas.

Hubo que vaciarla por completo (extraño paisaje, ese del desierto blanco, tan opuesto a la plenitud de sus mejores días), echarle llave por última vez y darle la espalda, para empezar a poner distancia. En ese instante predominó un sentimiento que mezclaba tristeza y alivio. No será todo, lo tengo claro. Todavía no estoy en condiciones de decir con precisión qué removió esa despedida, y cómo reverberará de aquí en adelante. Lo que sí entiendo es que, de un modo u otro, marca el final de un capítulo — o más aun: de una era. Estoy cerrando algo que es mucho más trascendente que una puerta.

 

 

Siempre me llevé bien con la noción de la niñez. Soy consciente de que disfruté de ella porque no me faltó nada: techo y alimento, afecto, estímulo intelectual. Mi madre me legó el más inagotable de los tesoros: la cultura, a través de los libros, el cine, la música. De mi padre heredé la satisfacción del trabajo bien hecho. En consecuencia, me precio de conservar todavía rasgos que asocio con la infancia: el idealismo, la afición a armar quilombo, la imaginación, la sensibilidad a flor de piel, la capacidad de jugar. (Cuando me siento a escribir ficción, yo juego. Ese es el principal aliciente. Ya no me disfrazo de Robin Hood o Batman ni actúo el argumento, pero me cuento la historia a mí mismo — soy el primer lector de mi aventura.)

A pesar del transcurso del tiempo, me las arreglé para conciliar esos rasgos con lo que demandaba cada edad, hasta convertirme en un adulto funcional. (Aunque puede que mi familia no opine lo mismo. Respecto de que soy un adulto funcional, quiero decir.) Pero nunca perdí mi aprecio por la infancia y lo que representa. Todavía disfruto de la capacidad de aniñarme a voluntad, de hacerme niño cada vez que pinta la ocasión, sin dejar de ser quien he llegado a ser. Ocurre cada vez que juego con mis hijos y con mi nieto. Cada vez que me deslumbro en el cine o me sumerjo en una novela. Cada vez que suena una música y me hace sentir que el universo acaba y se recrea en un acorde.

 

 

Sin embargo, en los últimos tiempos me irritan actitudes de esas que también se asocian a la niñez. Tal vez porque están presentes en exceso, en este segundo cuarto del siglo XXI. No en todas partes, está claro. La realidad del casi 20% de la población mundial que vive en China es tan distinta de la nuestra, que bien podríamos estar hablando de planetas diferentes. Pero nuestro mundo —y con esto apunto a eso que llamábamos Occidente— está siendo arrasado por una epidemia de infantilismo. Lo cual no significa que esté volviéndose idealista o reconciliándose con la imaginación. Hoy se pretende que demos por buenas no las virtudes de la infancia sino sus limitaciones, contra las cuales solíamos luchar, durante las décadas iniciales de la vida, hasta llegar a ser considerados, en más de un sentido, grandes.Para entenderlo, basta con prestar atención a las características de algunas figuras político-mediáticas. Trump y Milei, sin ir más lejos, se comportan a diario como dos criaturas. Llevan su infantilismo a extremos que trascienden la auto-caricatura para entrar de lleno en el pasmo.

Hablamos de dos tipos que caminan como si hubiesen aprendido a hacerlo la semana pasada. De ambos se dice, por cierto, que usan pañales, lo cual puede ser falso pero resulta verosímil. Milei se mueve como si viviera paspado. Las imágenes de Trump de espaldas sugieren que, o tiene el culo de una abeja reina, o se calzó tres Plenitud Classic Extra Grandes, uno encima del otro.

 

Trump: si no es culo, es contrabando.

 

 

De vocabulario limitadísmo, apelan siempre a las mismas fórmulas y latiguillos. Como los niños, parecen no percibir la diferencia entre lo que es apropiado y lo que no, incurriendo constantemente en conductas y expresiones indecorosas. Nada les cuesta más que atenerse a las reglas, actúan como si considerasen que no están hechas para ellos. Coherentemente, se conducen de modos que parecen regidos por el capricho y el repentismo. Viven hablando de sí mismos y de lo grossos que son. No aceptan otra voluntad que no sea la propia, y no toleran que se los contradiga. Cuando alguien lo hace, lo mandan a callar con modales propios de pendejo imbancable. (¡Periodistas mierdas, malo malo, fake news, fuera de acá, mi casa es mía y acá no entrás!)

Su inseguridad es tan atroz que, a pesar de las décadas que llevan en este mundo, todavía no aprendieron a aceptarse. En consecuencia, para aparecer en público —y nada les gusta más que mostrarse en público, son cocoritos— dependen de un ejército de empleados/as que los emperifollan sin animarse nunca a enfrentarlos con la verdad de que ciertas realidades son indisimulables. Y así salen a la vida. Trump, con la apariencia de haber hundido la jeta en un bowl lleno de chizitos. (Como debe mirarse al espejo de frente, no percibe que el espolvoreo naranja se acaba detrás de sus mandíbulas, revelando su color original, símil leche cuajada.) Y Milei en zapatillitas, con el pelo batido y un emplasto de color para disimular su tonsura natural, que espero no salga de lo que colecta en sus pañales.

 

Milei: esa pelada me huele mal.

 

Aun hablando en ejercicio de su investidura, expresan razonamientos e ideas de criatura. Esta semana, en el contexto de un foro mundial, Trump planteó una cuestión de enorme gravedad en los términos más infantiles. Esencialmente dijo: “Puedo negociar con Irán o puedo destruir el país por completo. ¿Qué haré?” Un discurso más propio de Ricky Ricón que de Winston Churchill. En el mismo foro, durante una entrevista, le preguntaron a Milei por la presencia de autos chinos en la Argentina y eligió irse por las ramas, expresando un sueño personal: tener un Tesla Cybertruck negro, con el detalle de un león dorado, con el cual pasearse por las calles de Buenos Aires. Un deseo más propio del Chavo del Ocho que de Margaret Thatcher. Creo no haber alentado una fantasía tan pelotuda ni siquiera a mis cinco años.

Cada vez que se exhiben o toman decisiones, nos hacen sentir que estamos metidos en una de esas comedias de Hollywood en las cuales, por obra de algún sortilegio, padre e hijo intercambian mentes o un niño despierta en el cuerpo de un adulto, a lo Tom Hanks en Quisiera ser grande (Big, 1988). Eso es lo que sugiere la trayectoria de Trump y Milei: que en el interior de esos cuerpos torpes y abotargados hay un pendejo malcriado, que el cerebro que opera dentro de esa caja craneal tiene una edad mental de 8 años.

Pero temo que ni Hollywood produciría algo tan aterrador como la historia de un adulto con cerebro de niño al que su pueblo elige Presidente.

 

"Quisiera ser grande" (Big, 1988).

 

 

 

En el mismo lodo, todos manoseaos

Y es ahí donde radica el problema. Porque Trump y Milei no son un fenómeno azaroso, una freakeada que se mandó el universo. Son la prueba de que existen sociedades proclives a poner sus destinos en manos de gente así.

Perversos, chantas, hijos de puta e inescrupulosos hubo siempre, pero lo disimulaban para zafar de la guadaña. Trump y Milei son todo eso junto y sin embargo no lo ocultaron nunca, al contrario: lo agitaron como bandera, fingiendo que lo suyo no era psicopatía sino personalidad de winner. Y las mayorías —ocasionales, pero mayorías al fin— los votaron igual.

Para que esos nenazos se convirtiesen en Presidentes, hubo que infantilizar antes a sus pueblos. Y eso se logró a consecuencia de una crisis que no era nacional, ni tan sólo político-económica sino —a falta de mejor expresión— civilizatoria. Hablo de un movimiento de fuerza, una invasión comunicacional a escala continental, que se está cargando el entero sistema de valores y creencias que organizaba la cultura y las sociedades, pero no para sembrar algo mejor o al menos nuevo en su reemplazo, sino —a la manera de los que incendian bosques intencionalmente— para lucrar con la tierra arrasada.

 

 

Las ideas-fuerza que se nos imponen a través de la tecnología tienen un efecto infantilizante, en el peor de los sentidos. Una red social es el equivalente moderno de una clase donde cuarenta pibitos gritan al mismo tiempo: sin escucharse entre sí, sin orden alguno, en la ausencia de todo criterio de valor que no sea el poder de quien aulla más fuerte. (De lo que se trata, en el ecosistema cultural que predomina, es de llamar la atención. Y uno puede hacer el esfuerzo de convocarla a través de una idea novedosa, expresada con gracia, pero rinde más mostrar las tetas, decir una animalada o pegarse un palo en directo — las redes son la versión digital del Cambalache de Discépolo, lo igualan todo en el fondo de la olla.)

El ideal de vida que venden es igualmente reductivo. En la práctica resulta imposible de llevar a cabo, ya que hay que tener seis trabajos para llegar al día 20 y por eso andamos de aquí para allá, como bola sin manija. Pero si nos permitiesen actuar como creemos desear, viviríamos como criaturas de 10 años que no tienen que ir a la escuela: tirados en el sillón, viendo plataformas o porno todo el día, jugando jueguitos con amigos remotos y pidiéndole a mamá delivery que traiga más coca, más pizza, más birra. Ese es el modelo que introyectamos, que hicimos nuestro. Eso queremos ser, aunque no nos demos cuenta: pibitos que se quedaron solos en casa, sin supervisión, y que en consecuencia se permiten todas las cosas que mamá y papá prohibían —pelotudeces, en suma—, en grado excesivo. He ahí parte de la seducción del home office. Te quedás en casa, trabajás en calzones si te da por ahí, cortás cuando querés. Aunque en los hechos termines encadenado a la computadora, más de lo que le dedicarías si te trasladases a una oficina real.

 

 

Para que el modelo prospere, hay que cargarse a la educación formal y su insistencia en la superación gradual, en la evolución a través del esfuerzo. En el lapso de medio siglo, pasamos de reverenciar la educación a despreciarla. Cuando todavía vivía en la casa familiar, sufrí la presión de mis padres para obtener un título universitario. La pasé mal, porque no conseguía que entendiesen que uno no se recibe de escritor, y que aunque me graduase de periodista —a diferencia del médico y del ingeniero—, obtendría un título que carecería de valor habilitante. Pero en estos días, uno tiene que contenerse para no decirle a sus hijos: “¿Y para qué vas a estudiar?” Porque la mayoría de las carreras formales ya no ofrecen grandes perspectivas de futuro, y porque estudiar para saber —para agregar ambientes nuevos al alma y refaccionar los viejos— suena a vocación exótica, por no decir a psicopatía. Algo más propio de las catacumbas, que de la vida en sociedad.

La ley del menor esfuerzo nos está anclando más que la gravedad. ¿Para qué esmerarse en producir un razonamiento y arribar a una respuesta, cuando Internet permite comprarla hecha? El tema es que la gente olvida que el envase en que vino al mundo contiene el superpoder de perfeccionarse en el tiempo. Nuestros cuerpos, nuestros cerebros, nacen listos para empezar a maximizar las capacidades físicas e intelectuales. Son dones que cada uno desarrolla a voluntad, según sus posibilidades y los objetivos que se fije en la vida. Y sin embargo, la población de Occidente está renunciando en masa a la posibilidad de hacer uso de ese superpoder que nos regaló natura, y gratis, sin considerar las posibles consecuencias. (Cuando tenés un Fórmula 1 pero sólo te movés por el Microcentro, es inevitable que la máquina se joda.)

La única “novedad” que trae aparejada el tecno-capitalismo parece ser la de un Occidente donde nadie aspira a nada que demande un esfuerzo sostenido, una construcción, o por lo menos a nada que no sea superficial. Una sociedad donde el gym es una institución más prestigiosa que la universidad apesta a producto que, aunque siga en la góndola, ya está vencido.

 

 

Hasta no hace tanto, nadie le hubiese ofrecido a sus pequeños hijos o hijas la posibilidad de elegir entre ir a la escuela o quedarse en casa, porque, en ese caso, la inmensa mayoría de los niños habría optado por la más fácil. Se trataba de una decisión —la de ponerlos en la senda de desarrollarse y superarse— propia del mundo de los adultos, que requería de un grado de responsabilidad respecto de la vida de quienes dependían de nosotros. Hoy la matriz socio-cultural usurpa el rol de los padres, para ofrecerle a los jóvenes esta disyuntiva: ¿querés romperte el culo para nada y cagarte de hambre como el mejor, o preferís hacer la plancha como un duque? Porque, mientras tengas un telefonito, una moto, una notebook, podrás ingeniártelas para ganar un mango en cinco minutos, trabajando o apostando, y disponer del resto del tiempo para hacer lo que quieras. Buscavidas digital o jugador: ¿qué mejor destino?

Eso es lo que propone el tecno-capitalismo actual. Vivir eternamente como pibes, sin responsabilidades descomunales. Conservando la dispersión propia de las criaturas, que van saltando de un estímulo a otro como animalitos. Sin procuparnos por nada que no sea el hoy, este momento, y nosotros mismos. (La baja de la natalidad es consecuencia, entre otras razones, de esta tendencia a vivir sin futuro, sin proyectarse en el tiempo, ni aspirar a evolucionar, ni a desarrollar las capacidades propias, ni a enaltecer el alma.)

Esa forma de vivir, pensar y sentir explica la existencia de seres como Trump y Milei. Porque a nosotros, los que crecimos en un mundo diferente, esas criaturas nos parecen aberrantes. Pero las generaciones que están creciendo en el tecno-capitalismo los valoran, porque sienten que los entienden, que vibran en la misma onda. Representan el ideal de la hora: hacer lo que se te canta el culo, no respetar nada ni a nadie, pasarla bomba, venderte como el más grande aunque sepas que no te da el piné y vivir como si no hubiese un mañana.

 

 

Los tecno-capitalistas cuentan con grandes equipos de marketing, qué duda cabe. Consiguieron que las nuevas generaciones se sumasen gustosas a la demolición del viejo orden, convencidas de que jugaría en su favor, desde que aboliría el sistema meritocrático. Les prometieron que en el Neo Mundo nadie sería o valdría más que ellos, porque los saberes tradicionales dejarían de rendir económicamente y médicos, ingenieros y científicos pasarían a ser pobres o desocupados. Por eso se desengancharon voluntariamente de la educación y del desarrollo humano, a la espera del cumplimiento de la profecía igualatoria. Y mientras tanto aplauden a tipos como Trump y Milei, que corporizan el Credo del Nuevo Mundo con el que van por la vida, tan campantes: “No estudié nada, pero lo sé todo”.

Hasta el momento, los jóvenes del Neo Mundo no parecen haber advertido que, primero, están haciendo exactamente lo que el tecno-capitalismo pretende que hagan, lo cual cuestiona su noción de libertad (una cosa es elegir ser obediente, y otra ser obediente sin darte cuenta, porque caíste en la estafa); y segundo, que esa forma de encarar la vida no es gratis.

Cuando la factura llegue —y la creciente cantidad de suicidios sugiere que en algunos casos ya está llegando—, muchos van a descubrir que, comparado con las libras de carne propia que se les demandará que aporten a la balanza, lo que le debemos al Fondo son chirolas.

 

 

 

Fahrenheit 451, revisitada

En los Evangelios (Mateo 18:3, para ser preciso) se dice que, si no cambiamos y nos hacemos como los niños, no entraremos al Reino de los Cielos. La metáfora es transparente: “hacernos como los niños” significa ser buenos y humildes, alegres, sensibles, amorosos y confiados en quienes nos aman. Aunque el Reino de los Cielos no exista, no deja de ser una linda receta para vivir bien. Pero una cosa es hacerse niño en ese sentido, y otra cosa es ser infantil, o permitir que se nos infantilice. Vivimos en un mundo en el cual comportarse como un adulto se volvió imprudente. Lo único que se nos permite es consentir en silencio los berrinches de los poderosos. Se espera que los dejemos que rompan todo y que nos resignemos a vivir entre escombros.

Pero para una persona madura, eso es imposible. Tarde o temprano uno se sale de la vaina y alza la voz, llamando a la cordura. Esa es la razón por la cual el sistema trabaja para que cada vez existan menos adultos, no en sentido cronológico, sino mental. Y ese es el marco en el que interpretar la guerra franca contra el saber humanista que los tecno-señores libran hoy. Y digo franca, porque no puede estar más a la vista: combaten a los docentes y a las escuelas, a la universidad, a los científicos, a los escritores y a los lectores, a los actores y a los cineastas, a los músicos y a los artistas plásticos, a los dramaturgos y a los teatros, a los periodistas y a los medios independientes. (Léase: pauta free.)

¿Cómo que no existe la batalla cultural? No sólo existe, sino que además nos convoca a dar una pelea que está a nuestro alcance. Porque nosotros somos —o deberíamos ser— sus soldados, no en el sentido literal sino en el metafórico, como los personajes de Fahrenheit 451 que memorizaban libros enteros para el poder no privase a la humanidad de su belleza, arrojándolos a las llamas. Preservar y difundir lo ya hecho y crear lo nuevo no es sólo un hecho artístico, en esta circunstancia: es un hecho político, en su sentido más radical.

 

Los villanos grotescos de "Dick Tracy": faltan Trump y Milei, nomás.

 

Y lo es porque la guerra contra el saber y la belleza es vital para el proyecto político de los tecno-señores. Un pueblo infantilizado es un pueblo manipulable, al que se convence de que vote a quien debería reconocer a simple vista como un enemigo de sus intereses. Un pueblo infantilizado no distingue una persona real de un personaje creado para su consumo, con el propósito de encarnar sus pulsiones, y en particular las más cuestionables. (Trump y Milei encajarían perfectamente en la galería de villanos grotescos que Chester Gould diseñó para Dick Tracy.)

Y a quien dude de la existencia de ese proyecto, no necesita más que mirar al vértice faltante de ese triángulo de poder político. A diferencia de Trump y de Milei, Netanyahu no tiene nada de niño, ni de infantil. Es un adulto siniestro, que manipula a esos dos imberbes como Nerón a la lira. Y que tiene más claro que nadie por qué le sirven socios así de pavos, que infantilizan a sus pueblos: porque los niños son blancos fáciles. Y no lo digo tan sólo en sentido figurado. En lo que lleva pulverizando Gaza, Netanyahu ha matado más niños que todos los civiles que murieron en la guerra de Ucrania. Y no como esas víctimas ucranianas, que sucumbieron a consecuencia de bombas, artillería y derrumbes. Muchos de esos pibitos fueron asesinados por francotiradores, con disparos a la cabeza y al pecho. Ese es el hombre a quien Milei considera “un gran héroe de la humanidad”.

 

 

Un niño irresponsable no deja de ser un niño. Un adulto que incurre y persiste en una irresponsabilidad histórica es un vulgar criminal.

En estos días de despedida al escenario de mi infancia, me vino a la mente una vieja canción de Invisible, compuesta y cantada por Spinetta: esa que se llama Perdonado (Niño condenado). No podría explicar la razón, porque en estas semanas vengo escuchando muchos vinilos de mi adolescencia, pero El jardín de los presentes —donde está esa canción— no fue uno de ellos.

Tal vez por el título, que me conducía directamente a tantos pibes que están jodidos, desde los de Gaza a los millones de pobres de este país — los que ya existían y los que generó Milei en casi tres años de miseria planificada. (En estos días, además, sumé a esa cuenta a una criatura de la escuela de uno de mis hijos, que apareció muerta.) Pero, no conforme con esa interpretación —la curiosidad que conservo también la vinculo con mi parte infantil, y a mucha honra—, me puse a buscar info sobre el tema. Y encontré una explicación de Spinetta que me pareció más rica que mi literalidad.

 

Spinetta (derecha) junto a la banda Invisible.

 

Según consta en un libro llamado Martropía, Spinetta le dijo a Juan Carlos Diez que la canción, antes que a un niño, estaba dedicada a un perro. Una perra, en realidad, llamada Amapola, que siempre lo había impresionado porque la encontraba tan contemplativa y afectuosa que le parecía humana. Y por eso le imaginó una historia: que antes de ser Amapola había sido un niño, a quien en su momento se condenó a ser hombre pero eventualmente fue perdonado y se le permitió revivir como perro, libre al fin de las angustias que caracterizan nuestra existencia.

Los grandes artistas perciben los hilos invisibles que existen por debajo de las cosas visibles, y por eso dan cuenta de la verdadera trama del universo. Que esa canción viniese a buscarme hoy, cuando necesito desprenderme de ciertos significantes de mi infancia, me impresionó como un signo. Tal vez estemos a tiempo, todavía, de que quienes se dejan infantilizar comprendan que “hacerse como los niños” en el sentido que persigue el tecno-capitalismo no lleva al perdón, sino a la condena definitiva. Pero para que eso ocurra, hay que cortarla con la droga de la distracción permanente y convivir con la angustia, hasta trascenderla.

El futuro es incierto, y no hay margen para chiquilinadas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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