NO APOSTAR SÓLO A LA BALA DE PLATA

Los riesgos de centrar todas las expectativas en la vacuna. Testear y rastrear para evitar la segunda ola

 

Pareciera que desde el Ministerio de Salud de la Nación la estrategia para enfrentar una posible segunda ola de la Covid19 se basa exclusiva y excluyentemente en poder realizar en los próximos meses una vacunación masiva. Esta estrategia (más allá de lo que podamos opinar sobre la misma respecto a cuestiones de seguridad) supone para que tenga éxito una serie de condiciones que a priori no podemos asegurar que se vayan a cumplir:

a. Que la todas las vacunas a las que se va a tener que recurrir tengan una alta eficacia en la población en general;

b. Que la eficacia sea aceptable en los grupos de riesgo, que no son sólo las personas mayores de 65 años (debería tener eficacia en las personas obesas, diabéticas, etc.);

c. Que la cobertura de vacunación sea muy generalizada; y

d. Que el tiempo de protección sea por lo menos seis meses.

Respecto a los puntos a y b, si bien los resultados parecieran ser muy prometedores, hasta ahora sólo tenemos información periodística incompleta dada por las empresas sobre datos parciales. No sabemos sobre qué población se obtuvieron esos datos y qué potencia estadística tienen si se analizaran los diferentes subgrupos (por edad o por otros factores de riesgo). Respecto al punto c, si las vacunas tuvieran una alta eficacia debería poder vacunarse a un 70% de la población para poder tener cierta seguridad de cortar la circulación del virus. Por razones puramente logísticas es difícil pensar que se va a lograr antes del otoño ese nivel de cobertura. A eso hay que sumarle la potencial reticencia que puede tener parte de la población a vacunarse antes de que haya pasado un periodo prudencial de observación una vez finalizada la vacunación del último voluntario en los estudios de fase 3. Por último, si bien es muy posible que la duración de la protección sea mayor a seis meses, es algo que se va poder comprobar con el tiempo.

Surge entonces la pregunta: ¿Es prudente centrar todas las expectativas de evitar una segunda ola en una única estrategia que requiere que se cumplan una serie de condiciones para que pueda ser efectiva en cortar la circulación del virus?

 

¿Qué puede pasar en una segunda ola según los datos que tenemos hoy?

Si vemos los datos que se tienen de lo sucedido con la pandemia hasta aquí podemos ver que:

  • De acuerdo a estudios realizados por Roberto Etchenique, Rodrigo Quiroga y Guillermo Durán basados en la razón de letalidad de la infección (infection fatality rate en inglés) al día de hoy alrededor de un 25% de la población se habría infectado en Argentina. Analizado por franjas etarias, la población mayor de 60 años es la que menos expuesta ha estado al virus (alrededor de un 15% de esa franja etaria vs un 30% en los menores de 60 años). Estas son las estimaciones más altas con que se cuenta. Si utilizamos los estudios de seroprevalencia hechos en el AMBA los resultados obtenidos indican que una proporción mucho menor de la población se ha infectado (las limitaciones de estos estudios se plantean en el punto 2).
  • La gran mayoría de los casos han sido asintomáticos de acuerdo a estudios serológicos. Está descripto en estudios realizados en Reino Unido y en Brasil que una proporción muy importante de los asintomáticos pierden los anticuerpos en aproximadamente tres meses. El estudio hecho en Reino Unido muestra una seronegativización de más del 60% de los asintomáticos (lo cual vuelve poco preciso a los estudios de seroprevalencia para realizar estimaciones de infección en la población durante periodos largos). Por otro lado tanto en la ciudad de Manaos (Brasil) como en Suecia, lugares en los que una importante proporción de la población había estado en contacto con el virus en la primera ola, el número de casos se incrementó día a día en la segunda ola. Esto llevó en el caso de Suecia a tener que imponer medidas de restricción. Estos dos hechos hacen pensar que la inmunidad adquirida por las personas asintomáticas es de corta duración y no va a contribuir a frenar la circulación del virus.
  • Hay un hastío de una parte importante de la población respecto de las medidas de aislamiento debido a la extensión temporal de las mismas y a los pobres resultados que han obtenido si se mide su eficacia en función del número de muertos por millón de habitantes.

En estas circunstancias, frente al escenario de relajamiento de los cuidados personales y de las medidas de distanciamiento social (relajamiento que va a aumentar durante el verano), es esperable que el desarrollo de una segunda ola durante el otoño del 2021 sea particularmente grave. Lo que ocurre en Europa es un espejo adelantado de lo que podría pasar aquí. Pero aquí podemos tener un agravante y es que una mayor proporción de la población vulnerable sigue siendo susceptible al virus ya que la mayoría de los contagios ocurrió en gente joven (por lo que la proporción de muertos menores de 65 años es mayor en Argentina que en España). Frente a esta posibilidad todas las medidas de previsión que se puedan tomar parecerían ser pocas. Jugar todas las cartas a la vacunación parece irresponsable y temerario.

 

¿Cómo aprovechar la disminución de casos que se está dando en Argentina?

El 19 abril de este año, a un mes de iniciada la cuarentena que la gran mayoría del pueblo había respetado escrupulosamente, Argentina tenía 2839 casos confirmados de Covid-19 y 139 muertos. En ese momento la tasa de positividad era de un 5%. Esto es que 5 de cada 100 test de diagnóstico realizados daban positivos. Ese mes de cuarentena nos había permitido estar en una situación ideal para con una logística razonablemente accesible, instalar testeos y rastreos de sintomáticos y asintomáticos que combinados con aislamientos diferenciales de ciertos territorios permitieran aplastar la curva de contagios. Sin embargo, contra toda la evidencia científica, desde el Ministerio de Salud de la Nación se decidió no ampliar los testeos a los asintomáticos. En los siguientes seis meses vimos un crecimiento sostenido del número de contagios y de muertes, llegando esta semana a más de 1,3 millones de casos confirmados y más de 36.000 muertos.

En los últimos días se observa una disminución de casos en casi todo el país, lo cual indicaría que lo que llamamos la primera ola está finalizando. Podríamos mencionar dos posibles causas de este fenómeno. La primera es estacional. En los meses cálidos por razones de hábitos sociales las enfermedades respiratorias disminuyen. La segunda es que una proporción importante de los argentinos que por razones de trabajo o simplemente por falta de precaución han estado circulando, se han infectado (en forma asintomática en su mayoría), creando una inmunidad comunitaria circunstancial y temporal circunscripta a aquellos que por diferentes razones no pudieron o no quisieron aislarse.

Parecería inteligente y diría obligatorio por parte de las autoridades del Ministerio de Salud de la Nación aprovechar esta circunstancia para armar un plan eficaz de testeos y rastreos. Para ello se requiere una logística cuya dimensión dependerá del nivel de circulación del virus. Alemania, que ha optado por una política de detección de casos y de aislamiento de los contactos, ha sido desbordada en su capacidad durante la segunda ola por lo que está aumentando día a día las restricciones con el objetivo de no tener más de 6.000 casos diarios para poder volver a hacer eficiente el sistema de rastreos.

La baja en el número de contagios en Argentina abre una nueva oportunidad para poder armar a nivel nacional ese plan de testeos y rastreos que permita buscar los contactos de casos confirmados, sean sintomáticos o asintomáticos. El gobernador Kicillof ha decidido tomar ese camino en la provincia de Buenos Aires al anunciar que el objetivo va a ser aplastar la curva de contagios durante el verano. A partir de las decenas de centros de rastreo que se han armado y se están armando gracias al enorme esfuerzo del matemático Guillermo Durán, miembro del comité de especialistas que asesoran al gobernador, hoy la provincia está en condiciones de afrontar ese desafío sumando a los rastreos de contactos de casos confirmados sintomáticos aquellos provenientes de casos asintomáticos. Está política por sí sola puede no ser suficiente pues se necesita además de la acción gubernamental una concientización de la población sobre la necesidad de seguir tomando medidas de protección y distanciamiento. Para este fin involucrar a las organizaciones sociales de cada localidad es fundamental. Son los referentes de cada comunidad los que pueden generar la confianza necesaria para que se cumplan efectivamente los aislamientos y que la gente participe y espontáneamente dé a conocer sus contactos estrechos para que puedan ser testeados.

Las soluciones unidimensionales que hoy se pregonan desde el Ministerio de Salud de la Nación no contribuyen a ese fin.

Es necesario que el Ministerio de Salud revea su accionar y siguiendo el ejemplo de la provincia de Buenos Aires aproveche la baja de casos para que durante el verano se monte en todo el país la logística necesaria para poder realizar un plan eficaz de testeos y rastreos que permitan realizar aislamientos selectivos tanto de individuos como de localidades cuando sea necesario, de forma de bajar la circulación del virus para evitar una segunda ola. Esto sumado a la vacunación de determinados sectores de la población podría dar como resultado el control efectivo de la pandemia.

La pandemia no se combate con promesas ni con deseos, se combate con múltiples acciones basadas en el conocimiento científico aportado tanto por las ciencias duras como por las sociales. La vacunación es uno de los elementos que tenemos hoy para afrontar el problema, pero dadas las circunstancias de tiempo en que se han desarrollado las vacunas y del tiempo que hay para aplicarlas en forma segura, no puede ser el único.

 

* Biólogo especializado en inmunología. Docente e investigador en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA. Trabaja en el desarrollo de medicamentos por biotecnología. Ex secretario adjunto del gremio de docentes universitarios de 1986 a 1992.

 

 

7 Comentarios
  1. Rodolfo Lombardelli dice

    Estoy jubilado y retirado de mi profesión (médico y diplomado en salud pública)
    Pero tengo la impresión como expectador de la realidad, que los debates decisorios «oficiales» se dan en grupos convocados que no incluyen a todos los que pueden aportar al mismo, como es el caso de Juan Flo que encuentra este espacio periodístico para expresarse.
    No se trata de abrumarse con una idea asambleística desordenada, pero hay formas actuales de interacción colectiva que debiesen utilizarse para llegar a las mejores conclusiones posibles para emitir decisiones y recomendaciones.
    Los grupos oficiales cerrados son sensibles a presiones de distintos grupos de poder y del propio poder politico y pueden terminar agotándose y tergiversando sus propósitos originales.

  2. Gustavo Serrano dice

    Estimado Juan, me parece muy válida tu nota y la explicación que le haces a Graciela GR acerca del testeo de asintomáticos.
    Pero creo que también hay otras maneras de hacer el seguimiento.
    Vivo en una provincia (La Pampa) donde hace meses se emplea trazabilidad (algo no muy sofisticado: cada uno deja sus datos de DNI y teléfono en una planilla en negocios, oficinas, etc., que los sube a una página web de la provincia diariamente). Y a partir de ahí se aísla a contactos estrechos Y TAMBIÉN a contactos de contactos.
    Entiendo que solo hacen tests a quien expresa síntomas (todos los días hay operativos de detección en distintos pueblos y/o barrios de las ciudades más grandes). Pero igual me parece que se controla igual el árbol de contagios.
    ¿No sería esta también una estrategia correcta?

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