No arrojar verbos guerreros

El peronismo mostró signos de recuperación táctica pero debilidades estratégicas

 

De las elecciones recientes ya se ocupan todos los medios y la mayoría de los políticos y especialistas. En todo el país, la pulsión que llevó a cada argentino a constituir el hecho electoral es producto de análisis, críticas e interpretaciones. Y es válido que así sea. La importancia de las decisiones populares es clave para comprender mucho mejor la política.

Como peronista, planteo una proposición: “Mostramos signos enérgicos de recuperación táctica, pero debilidades estratégicas”. Y a esta segunda parte del enunciado quiero dedicar esta nota. Otros escribirán mucho mejor y con más calidades sobre el tema electoral.

Lo estratégico debe dar fe de escenarios de hoy, pero aseverarlos para el mañana, y en ese sentido decimos que hay tiempos para la guerra y hay tiempos para la paz. No en vano ya hace más de dos mil años, la Biblia, en su Eclesiastés 3:8 hacía esa diferencia.

En 1867 el gran pensador León Tolstoi puso esa dicotomía en el más alto nivel, de conocimiento y de excelencia literaria, con su novela Guerra y Paz.

Es una distinción clave para la vida, pues de confundir esos tiempos surge una verdadera entropía social que desordena la historia y que puede ser catastrófica. Es estratégico comprender su valía.

En política, con menos dramatismo, se requiere la misma certeza sobre conocer los disímiles tiempos, el de la guerra y el de la paz.

En tiempos de guerra caben actitudes y definiciones con cierta violencia y búsqueda de provocar daños lo más considerables posibles. Así es la guerra. Se busca la aniquilación de un enemigo. O al menos cumplir con las dos premisas principales que en su manual, El Arte de la Guerra, define Sun Tzu: “Todo el arte de la guerra se basa en el engaño” y “el supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar”.

Pero los tiempos de la paz obligan a otras miradas, donde se imponen ciertas reglas de convivencia en la diversidad. Lo distinto no es motivo de “aniquilación”. Y en estos tiempos de paz, la política también requiere de comportamientos que la alejen de prácticas vinculadas a tiempos de guerra.

La tolerancia en el disenso debe manifestarse en forma real. El engaño planteado por Sun Tzu, si bien no desaparece (no debemos ser ingenuos), debe contenerse en marcos éticos y con mayor cercanía al ardid que a la mentira.

El enemigo se convierte en adversario y el uso de la fuerza no apela a instrumentos bélicos sino a inteligencias y capacidades para obtener mejores resultados en cada construcción política.

Cuando en tiempos de guerra hay variables tácticas llevadas a cabo por “comandantes de la paz” se puede perder esa guerra. Pero cuando en tiempos de paz conducen “comandantes de la guerra” se puede perder una sociedad entera.

Por eso, una conducción y un pensamiento estratégico evitan estos infortunios.

La guerra es conflicto. La política también. Tienen continuidades, como bien contó Clausewitz, quien pensaba que la guerra moderna es un “acto político” y, en esa vinculación, el conflicto las acerca. La diferencia está en la magnitud de esa pugna y en la distinta estimación de preservar valores que van desde la vida humana hasta modelos sociales. En la guerra ese conflicto es antagónico y en la paz es agonal.

En la guerra, una batalla se define a veces en su victoria o derrota por la cantidad de muertes que conlleva y en otras por el sometimiento territorial que crea un nuevo dominio sobre cierta comunidad a la que desmantela en su forma original.

En la paz, ambas condiciones son inaceptables. Por el contrario, se trata de defender la vida humana y de no someter por la fuerza a ningún conglomerado social.

La paz requiere de la política. La guerra también.

Pero en la paz hay modelos inaplicables para la guerra. La democracia es uno. Lo que nos parece razonable para el manejo óptimo y la resolución de intereses contrapuestos en tiempos de paz, como lo es un ejercicio democrático en la toma de decisiones, es inaplicable para la guerra. Ningún general pone a votación de sus soldados una operación militar.

Por eso, y ya nos quedamos en tiempos de paz, la democracia es un valor defendible. Aún en las acusaciones devenidas de mediados del Siglo XX que la invisten en categorías que suenan negativas como “demoliberal burguesa “o “limitada”. En la Argentina, en 2021 y con nuestra propia experiencia histórica, siempre la democracia es un bien a defender. A mejorar y a perfeccionar. Pero desde su defensa y no desde su impugnación.

Y es la política la ratio lógica donde incluir ese grupo de reglas, límites y mandatos que permiten, a la vez, confrontar y darle sentido pacífico a una sociedad.

Y no son escasas, más allá de interesadas falsedades que la historia recoge como ciertas cuando habla del peronismo, las empáticas relaciones de este movimiento y la democracia. Tanto sea como régimen político democrático institucional, cuanto –más aún– como continente de demandas populares no resueltas dando forma a la democracia de tipo social.

¿Qué más democrático puede mostrar un gobierno, aún desde la faceta meramente institucional, que la transformación de derechos anhelados en derechos reales? El peronismo lo hizo.

Luego del 17 de octubre de 1945, Perón pudo, en un mundo y un país donde el facto estaba naturalizado, entronizarse como Presidente, ya que el poder sólo pedía que el general le tienda su mano. Prefirió el camino de la democracia. Desde cero, sin partido propio y sin experiencias de urna, campañas y roscas. A cara o ceca. A todo o nada. Y fue a elecciones. Democráticas.

Y más tarde en la historia, luego de 18 años de exilio y persecuciones y denuestos y castigos para él y para los suyos, algún matiz de rencor podría, casi lógicamente, sobrevivir en su ya anciano cuerpo y actuar en consecuencia con cierta perspectiva de venganza y revancha. Pero no, planteó la reconstrucción nacional y no tomó ninguna medida contra quienes lo habían vejado reiteradamente. Y se ubicó en cercos democráticos. Y apeló a votos y apoyo electoral.

O sea que a los peronistas no nos es ajena esta cercanía con el sistema democrático.

Si siempre vivimos en el conflicto, siempre terminaremos en la incertidumbre. Y, hoy, dar certezas es parte vital de cualquier agenda política. Por demanda cultural de la población. Porque la calma individual y familiar de millones de argentinos construye la calma que nuestra sociedad requiere.

La Argentina sólo puede resolver la lógica puja de intereses en democracia.

Hay que salir de dos climas: el de la inercia y el de las hendiduras, las de afuera y las de adentro.

En el primero, siguiendo y haciendo analogía desde la física (¡tan eficaz en brindarnos modelos para la política!) a la Primera Ley de Newton o Ley de la Inercia, describimos que los cuerpos, en este caso los sujetos sociales, tienden a continuar el movimiento que llevaban. El ejemplo más clásico es aquel en que un conductor de un automóvil frena de manera brusca y, por inercia, sale disparado hacia adelante. En este caso, ya en la política, algunos suponen que la velocidad continúa y no perciben que el vehículo ha frenado.

La inercia histórica ya alcanzó sus límites. La vida política en general ha pagado con cierta generosidad lo debitado hace años. No hay más territorio para conquistar con el impulso agotado de antiguos anhelos, tal vez con cierta gloria en antaño y desprovistos hoy de eficacia.

El automóvil detuvo su marcha, aunque los que viajan en él sienten que siguen para adelante. Las inercias tienen su fin. Se convierten en indolencias. Luego hay que recomenzar y encender de nuevo el motor.

Las hendiduras son las grietas que molestan cuando son históricamente innecesarias. Cuando se juegan fuera de objetivos que precisen esas distinciones.

Darle más fuste al momento democrático nos coloca en mejores contextos para gobernar.

O tal vez no conozcamos en todo su esplendor el funcionamiento de las instituciones democráticas y eso hace perder de vista su validez. Pero perder de vista no es abandonar su matriz. Al contrario, obliga a buscar esa magnificencia democrática.

El peronismo es, contra leyendas y mentiras, un hecho histórico y social democrático.

Hemos perdido, varias veces, elecciones de medio término y lejos de que ese dato táctico haga cundir pavores y aletargue militancias, tuvimos la visión estratégica que nos permitió luego salir victoriosos en elecciones presidenciales.

Hoy forjar esa posibilidad es un buen objetivo. Estratégico y de vida.

Por eso no es conveniente, en tiempos de paz, arrojar verbos guerreros.

Ni adentro ni afuera.

 

* El autor es diputado nacional (mandato cumplido) por la provincia de Río Negro.

 

 

 

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