No bombardeen Zivals

¿Para qué expropiar el alma a la calle que jamás apoliya?

 

No bombardeen Zivals,
dejen tranquilos los fantasmas
que arriba Charly sigue pitando en la pared.

No construyan arriba un adefesio de hormigón,
ni tapen con escombros esa esquina de oído absoluto.

¿Para qué expropiar el alma a la calle que jamás apoliya?
¿A quién le molesta esta trinchera de bateas
donde el jazz conversa con la noche y el silencio?

La franja de asfalto no quiere acero ni estación,
sino el refugio de un tango bien guardado en la memoria.

Ni la sombra larga de la pandemia,
ni el vendaval de la música en la nube
pudieron doblarle el espinazo a la mística porteña.

Pero avanzan las langostas de hierro
y la piqueta implacable
que mide macrisegundos con un reloj de estiércol.

Que vengan con sus grúas, sus permisos y sus renders.
Que midan, que expropien, que prometan progreso.
Nosotros ya sabemos lo que no entra en el cálculo:

el surco del disco por el túnel vacío,
la curaduría de un viejo blues,
alguien que toma su café caliente
vibrando la tensión de una cuerda
que aprieta en la garganta.

 

 

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