No hace falta ir al FMI

El subjetivismo del gobierno vuelve necesaria la situación en tanto agota su espacio político

 

El ahora y la historia del FMI y nosotros, junto al fallecimiento el lunes 2 de abril, a los 81 años, de Winnie Madikizela-Mandela, la segunda esposa de Nelson Mandela, provocan reflexiones sobre la Argentina y Sudáfrica como dos ejemplos únicos de las consecuencias de las malas y violentas respuestas nacionales a los desafíos planteados por la evolución del sistema monetario internacional. En el caso africano talla el papel que jugó, y dejó de jugar, el oro en el dólar y en su disputa con la libra esterlina, desde que el sistema monetario internacional fue reformulado en 1944 por el acuerdo de Bretton Woods (BW) y hasta que cesó en 1971. En el argentino, del presente como historia de lo que vino después que finalizó BW, tal y como se manifestó en la deuda externa y ahora con el perenne papel ajustador del FMI. En los dos casos, la trama se teje con la acción de minorías que imponen a la mayoría el destino de mano de obra barata.

El acuerdo de BW (origen del FMI y el Banco Mundial) establecía tipos de cambio fijos, pero ajustables bajo determinadas condiciones. Para hacer eso posible regía un fuerte control del movimiento de capitales financieros. El equilibrio buscado lo aportaba el hecho de que todas las divisas fuesen cambiables por el dólar, pero el dólar era la única convertible a oro. La paridad fue ratificada en 35 dólares la onza troy, tal la fijada por los norteamericanos en 1934. Fue mantenida ahí durante toda su vigencia. Los norteamericanos impusieron esas condiciones porque eran el 50 por ciento del producto mundial cuando terminó la guerra. Además poseían desde hacía décadas más de un tercio de las reservas auríferas mundiales. Para establecer al dólar como la moneda mundial había que efectuar la transición desde las reservas de los bancos centrales del resto de los países, que en un 80 por ciento estaban en libras inconvertibles.

El objetivo era que el dólar con el tiempo deviniese una moneda fiduciaria pura, sin respaldo oro. Por eso le fijaron un bajo precio real al oro. Así restringían su producción y evitaban que la renta minera anulara los bajos costos por los salarios de miseria que se pagaban en la periferia donde se extraía. Sudáfrica y la URSS eran los principales productores mundiales de oro. La primera, formalmente colonia inglesa hasta 1961, mucho más que la segunda. Seis a uno la relación. La llamada Edad Dorada del capitalismo se asentó en la estabilidad cambiaria que tuvo BW, sostenida por la inhibición del movimiento del capital financiero.

 

Buying England by the Pound

En 1945 todo el mundo coincidía en que el dólar rápido sería la moneda mundial. No sucedió así. Los ingleses batallaron en aras de quedarse con una parte del botín de pagar las importaciones con la moneda propia. El oro y el petróleo fueron los instrumentos de las ambiciones inglesas por el manejo que tenían sobre los mercados globales de ambos minerales. Recién en 1955 las reservas en dólares excedieron a las de la libra esterlina. El papel de reserva de la libra esterlina se prolongó hasta finales de la década de 1970.

Cuando Mandela cayó preso en 1962, el diagnóstico de ingleses y europeos era que los bancos centrales necesitaban reclamar sus reservas, el oro depositado en los Estados Unidos, para respaldar el crecimiento del dinero propio. Pero esas demandas eventualmente superarían el stock de oro de los Estados Unidos e inevitablemente, a continuación, la de los propios bancos centrales reclamantes. Suponían que en el límite de ese eventual episodio que temían (lo situaban a principios de los ’70), los Estados Unidos se verían obligados a fijar muy altas tasas de interés. Eso causaría una deflación global. Proponían llevar a 70 dólares la onza troy. A los Estados Unidos mucho no les preocupaba. Llegado el caso, liquidarían el respaldo oro. Fue lo que ocurrió e hicieron. De lo contrario, debían tener en cuenta, más de la cuenta, a los ingleses. La relación especial y la Guerra Fría tenían sus asuntos.

 

Barrotes de oro

Tras el encarcelamiento de Mandela en 1962, la represión contra los bantúes, que ya era espantosa, escaló. A mediados de los ’60 la producción aurífera sudafricana era de 900 toneladas. 60 por ciento del total mundial. El stock de oro monetario de los Estados Unidos era de 12.000 toneladas y debía suplir la mayoritaria demanda mundial por oro industrial y oro para ahorro privado. La producción mundial no la cubría. Sin el apartheid, los bantúes reclamarían más salario. Con más salario, el costo de producción subiría por arriba de los 35 dólares de la onza troy. Si no se corregía al alza del precio, el grueso de las minas sudafricanas hubieran cerrado. Según cálculos de la época, la producción no hubiera superado las 100 toneladas. El stock de Fort Knox hubiera desaparecido en pocos años. En medio de la gran contradicción entre británicos y norteamericanos, hubo una coincidencia objetiva de intereses para respaldar el apartheid. Los primeros, porque les permitía seguir presionando por el alza de la onza troy sin que subiera el costo y aumentar la producción lo que le daba más vida a la libra. Los segundos, porque querían salirse del respaldo sin perder de Fort Knox y todavía no era el momento. El régimen político criminal de los afrikáners impuesto en 1948, controlado por los ingleses, siguió cosechando su lúgubre agosto. La Guerra Fría mantenía a baja temperatura el resto de las contradicciones.

En 1971 Nixon declaró la inconvertibilidad del dólar. Mientras se operaba la salida del oro, definitivamente en 1973, el dólar —como era esperable— se devaluaba y disminuía la demanda de reservas en esa divisa. El oro pintaba como un activo de reserva más atractivo. El mundo y los norteamericanos en septiembre de 1973 se encontraron con el primer shock del petróleo. La crisis fue acompañada por un aumento general de precios, a tasas sin precedentes, y una marcada recesión. Únicamente eso lo puede explicar el encarecimiento de un insumo tan universal como la energía. Además, su universalidad provocó, a escala mundial, el desencadenamiento simultáneo de la crisis. La intensidad en cada país fue en función del déficit comercial. El comercio del petróleo estaba principalmente expresado en dólares. Como los precios en dólares del oro y del petróleo crudo se mueven muy juntos, el valor del dólar se recuperó, y los déficit comerciales impusieron a los países rehacer sus reservas en dólares. Tras la disolución de su base material, el apartheid por la inercia recién en 1990 mordió el principio del fin cuando Mandela recuperó su libertad. En 1994 fue elegido Presidente. El 80 por ciento de la población sudafricana, los negros, por primera vez pudo votar. Sudáfrica, en 2006 dejó de ser el principal productor mundial de oro. Hoy anda por el cuarto o quinto lugar. ¿Diagnóstico? Los mineros bantúes son muy combativos. Más allá del agotamiento de los filones, sus salarios vuelven antieconómica la extracción de oro al ritmo y volumen de antaño.

 

El paso del tiempo

Cuando terminó BW, por primera vez en la historia del capitalismo mundial se puso en marcha un régimen de inconvertibilidad universal. Puro papel verde. Con la inconvertibilidad, por primera vez también los salarios podían subir sin mellar las ganancias. Bastaba que el alza de los precios resulte menor que la de los salarios. El gran problema fue y es que también se dejó que los capitales financieros se muevan libremente.

Desde entonces, la conjunción de ambos rasgos marca el funcionamiento del sistema monetario mundial y también como expresión de la unidad orgánica de la acumulación a escala internacional: centro rico – periferia pobre. Periferia en el mercado mundial connota vender especializado barato y comprar variado caro. De manera que seguir en el lugar histórico que se tiene en la periferia implica una nación de salarios bajos, abierta al movimiento de capitales y al comercio. Esas condiciones potencian los problemas en los países de la zona, cuando la presión política hace que los salarios aumenten. Es que mientras resultan favorables para el crecimiento del producto, al mismo tiempo engendran una contra-tendencia secundaria negativa que neutraliza tal aumento. Esto lo registra la balanza de pagos. El impacto o bien lo recepta la cuenta comercial o bien la cuenta capital, que son las dos que la componen. Cuando los salarios al alza percuten sobre el precio de las exportaciones, la balanza comercial acusa el golpe por la competencia de los otros países productores de los mismos bienes. En la cuenta capital, a corto plazo, actúa la tendencia a la igualación mundial de la tasa de ganancia. Como el alza salarial baja el beneficio, los capitales salen en busca de mejor rentabilidad. Una o la otra, todo lo demás constante, generan un déficit en la balanza de pagos. La consecuencia deflacionista que sobreviene del déficit aumenta el desequilibrio interno entre la oferta y la demanda. Los salarios al alza son un factor primario para equilibrar la oferta y la demanda.

Entonces la contradicción que enfrentan los países y tensiona su gobernabilidad es, por un lado, entre el equilibrio del mercado externo y, por el otro, el equilibrio de las cuentas externas. Administrar los flujos de capitales y el comercio es imperativo si la meta es sintetizar la contradicción a favor del alza salarial sostenida. Sin eso, el desarrollo en el capitalismo tal cual es deviene imposible. La permanencia en la periferia como destino ineluctable, implica jugar a la apertura y de esa contradicción se sale con deuda que al final no se paga. De lo contrario, los acreedores deberían sufrir ellos el desequilibrio interno. De resultas, se verifica que las reestructuraciones (defaults encubiertos) son asuntos de rutina en los países de ingresos medios y bajos. Por caso, según datos de J.J. Cruces y Ch. Trebesch, entre 1970 y 2010 se registraron nada menos que 180 reestructuraciones de deuda soberana en 68 países. La quita ha aumentado con el tiempo, a partir de un valor medio de sólo 25 por ciento en la década de 1980, a aproximadamente 50 por ciento entre 1990 y 2000. Los costos por incurrir en préstamos impagos son pequeños o de corta duración, y los morosos es común que recuperen el acceso a capital nuevo sólo un año después de la crisis. Es consistente que así sea porque, en realidad, las reestructuraciones terminan funcionando de subsidios a las exportaciones del centro para las siempre deficitarias balanzas de la periferia.

Como la Argentina es del puñado de países que pueden salir de la periferia, la gran contradicción que deben desafiar los intereses de la minoría es como evitarlo para continuar detentando el poder político. El medio es el de mantener al país abierto al comercio internacional y al movimiento de capitales. En lo inmediato, son esas las tendencias que están operando para que el gobierno necesite ir al FMI. Es para darle aire, subjetivamente, al poder político de la minoría, porque objetivamente la Argentina no necesita recurrir al FMI. Le alcanza, para sortear este difícil momento, con administrar el comercio y controlar los movimientos de capitales; más una eventual, modesta reestructuración.

Antes del fin de BW los afrikáners, como eran necesarios, habían recibido la sentida condena moral del orbe y el aislamiento internacional, pero nada más. Pagaron ese diabólico precio, módico con relación a sus propios intereses, para conservar el poder político de un país devastado por la irracionalidad del apartheid. Después del fin de BW, la minoría argentina devastó al país para conservar el poder de decisión nacional. Gracias a la liberación internacional del movimiento de capitales (muy cargado por el reciclaje de los petrodólares), pudo financiar su aventura librecambista y disciplinante con la deuda externa, e ir lo lejos que fue con la dictadura genocida. Mundialmente recibió todo el repudio que la Guerra Fría se podía permitir. En el plano nacional, como globalmente no eran necesarios sino contingentes, a su tiempo y cumpliendo con la más absoluta legalidad, la guardia pretoriana criminal guarda cárcel. Sectores de la sociedad civil hicieron que lo que era necesario se volviera posible.

El orden monetario internacional del patrón cambio oro necesitaba a los afrikáners. El gobierno argentino necesita al orden monetario internacional fiduciario. Su carácter es contingente. Advenedizo. Como tal, sufrirá los avatares del poder político que disponga. El economista de Harvard Jeffrey Frankel, amigo de Federico Sturzenegger, en un estudio que realizó sobre las devaluaciones que se descontrolan, encontró que los gobiernos que atraviesan por tal situación presumiblemente duren seis meses. Si esa situación se verifica o no entre nosotros es un asunto que no quita el alto grado de tensión que se experimente en el recorrido hacia su resolución. El papel impreso verde y las consecuencias de lo actuado por los sectores incumbidos de la sociedad civil aseguran que no hay oro en el mundo que pueda comprar, para reproducir aquí, el comportamiento afrikáner. Cuando la minoría caiga en la cuenta, una vez más, de que para permanecer en la periferia no le queda otra salida, pero no la tiene a disposición dado que no es ni factible ni posible, se extraviará. Recurrir al FMI pinta como un primer síntoma.

 

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