No nos callamos más

Estudiantes del ILSE contra la violencia de género

 

La calle Libertad al 555 alberga al Instituto Libre de Segunda Enseñanza (ILSE), colegio preuniversitario fundado en el año 1892. En su fachada sujeta el lema consagra la vida a la verdad, traducción del antiguo letrero vitam impendere vero. El secundario que depende de la Universidad de Buenos Aires fue creado por hombres y para hombres. Hacia 1982, noventa años después de su creación, la institución por primera vez permitió el ingreso de mujeres, que con el paso de los años se volvieron protagonistas en las aulas y en el Centro de Estudiantes. El pasado viernes, el Centro presentó a las autoridades una denuncia por casos de abuso de autoridad, violencia institucional, de género y patriarcal, ejercidas por docentes y avaladas por la institución durante al menos, las últimas dos décadas. El documento histórico cuenta con más de cuatrocientas adhesiones de ex alumnos y alumnas.

Recientemente, el colectivo de Mujeres y Disidencias del Colegio Nacional de Buenos Aires denunció durante el acto de graduación situaciones de acoso sexual y abuso, apuntando directamente a profesores y preceptores de la casa de estudios. También exigieron educación sexual con perspectiva de género y la pronta aplicación del Protocolo de Intervención Institucional ante las denuncias efectuadas en el ámbito de la Universidad de Buenos Aires. De este modo, por medio de una resolución difundida hace algunos días, el Rectorado de la UBA estableció la competencia exclusiva para la aplicación del protocolo en los hechos denunciados el marco del discurso que realizaron las alumnas en su entrega de diplomas. Al conocerse el texto difundido por el Centro de Estudiantes del ILSE, el rector del colegio rápidamente convocó a una mesa de diálogo a los responsables de la agrupación gremial estudiantil. Finalmente comunicó que el procedimiento aplicado al Colegio Nacional será análogamente utilizado para los casos del Instituto Libre y que la responsable de las actuaciones e investigaciones será directamente la Universidad de Buenos Aires.

“Nos animamos a hablar porque sabemos que fueron excesivos los casos y no puede haber más. Nos animamos a hablar por las generaciones graduadas que no pudieron. Y no nos referiremos a situaciones de profesores que ya no dictan clases en el colegio”, manifestaron las alumnas. El Centro de Estudiantes insiste en que el objetivo traspasa la denuncia en sí misma, pero ante la falta de medidas efectivas y respuestas se ven obligadas a hacer pública la situación. Los colegios resultan grandes encubridores de violencia, pero las pibas ya no se callan. La visibilización de los abusos, las incomodidades y los testimonios rompe el esquema de la élite intelectual, conservadora y machista que este tipo de colegios fomentan omitiendo las violencias escolares diarias. Quienes estudian en secundarios preuniversitarios, conocen sus privilegios y desde ese lugar alzan sus voces en la esfera pública y denuncian los acosos sistémicos, sistemáticos y permanentes que sufren sobre sus propios cuerpos pero que también suceden en la mayoría de los colegios que no tienen ni las cámaras, ni la prensa, ni la repercusión que genera un caso en un secundario dependiente de la Universidad de Buenos Aires. Ese es el motivo que perfora en sí la demanda concreta. El tejido de las propias narrativas de mujeres de catorce, quince, dieciséis, diecisiete años que sufren hechos de violencia en sus propios lugares de aprendizaje y formación, es una forma de comenzar a frenar el abuso de poder hegemónico, violento y cosificante del que hacen uso los docentes denunciados.

Un profesor entra al aula y les reparte revistas de supermercados a las alumnas, la tarea es que se interioricen porque ese es su destino, la cocina. Timbre, cambio de profesor. Hay examen oral. “Si te desabrochás el primer botón de la camisa aprobás seguro”, le dice una compañera a otra y le recuerda que el profesor nunca mira a la cara a las estudiantes. “El no de las mujeres es un sí, ustedes que son hombres tienen que insistirles”, manifiesta el docente a un grupo de quinceañeros que se sientan al fondo de aula. Se ríe. Mientras tanto en el curso de al lado, un licenciado le contesta a una recién egresada de la primaria, “vos no podés opinar porque sos mujer”, y se burla. Interrumpen la clase, una alumna tiene que salir porque la van a castigar por algún motivo injustificado. La encierran en preceptoría, llora, quiere irse, no la dejan. Firma la sanción y llaman a la madre para advertirle que su hija se está juntando con gente que la está mal influenciando políticamente. Estas son algunas escenas cotidianas con las que conviven las menores.

En los pasillos color beige del Instituto Libre el silencio cómodo y calidez artificial se rompió. Las alumnas tienen mucho para decir y si no las escuchan el grito va a ser cada vez más fuerte, y si el patriarcado no se cae lo van a tirar a patadas. Quizás este sea el principio del fin.

 

* Quien escribe es ex alumna del Instituto Libre de Segunda Enseñanza (ILSE).

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