No quiero volver a Kamchatka

Del fin de la inocencia a la construcción de una conciencia

 

Hace cuarenta y dos años era jueves, por lo que presumo que debo haber sentido alegría. El fin de semana estaba al alcance de la mano y eso es promisorio para cualquier ser humano en general y en particular para un adolescente, y mucho más a tan pocos días de haber retomado el rito fatigante de las clases. Eso era yo en aquel entonces: un chico de catorce aún flamantes, que acababa de comenzar el tercer año de secundaria y estaba a punto de ponerse de novio con la que se convertiría en madre de su primera hija.

Mi memoria es caprichosa, así que los particulares del día se me escapan. Debo haberme levantado temprano (a veces me despertaba antes de tiempo y rezaba para que el despertador de mi viejo no funcionase) y cumplido a regañadientes con la rutina: colegio religioso por la mañana, almuerzo en casa, tal vez gimnasia o inglés por la tarde. También es probable que haya dedicado tiempo a imaginar el fin de semana inminente: anticipar el baile del sábado en casa de algún amigo, lo cual garantizaba la siempre anhelada compañía femenina. Porque en aquel entonces no íbamos a salones ni a discotecas, no sólo porque todavía éramos muy tiernos, sino porque la Historia ya había empezado a meterse con nuestra historia. Ninguno de nuestros padres nos hubiese dejado vagar por ahí, o permanecer durante la madrugada en algún sitio público. Las cosas están bravas, decían ante nuestra protesta. Y aun cuando perseverásemos en la bronca, lo hacíamos a sabiendas de que, ¡aunque más no fuese en ese único y excepcional caso!, nuestros padres tenían razón.

¿Cuánto sabía yo de política, y de historia argentina del siglo XX, aquel 18 de marzo de 1976? Poco o nada. La familia de mi madre era antiperonista, o gorila, como se decía, lo cual no era de extrañar, ya que por lo general la clase media entera padecía del mal del gorilismo. Mi padre tenía sus opiniones como cualquier vecino, pero ante todo era prescindente: la cuestión no le interesaba lo suficiente como para tomar partido. Lo más parecido al germen de un pensamiento político que pude haber tenido por entonces deriva, creo, de dos circunstancias azarosas.

Una, mi formación cristiana: yo ya llevaba marcado a fuego aquello del Dios que acompaña a todos pero en especial al marginado, al pequeño, al oprimido, y eso no podía sino determinar mis futuras elecciones políticas. El segundo hecho fue un comentario que oí de boca de mi madre en junio del ’73, en ocasión del regreso de Perón a la Argentina. Imagino que el Viejo debe haber conmovido a mi madre con aquel discurso donde dijo que regresaba «casi descarnado, sin rencores ni pasiones»; y que por eso mi madre, alimentada desde su más tierna infancia con leche de gorila, decidió contra natura otorgarle su confianza. «Si este hombre tan grande y con la vida resuelta vuelve a meterse en el quilombo de la Argentina, debe ser porque tiene buenas intenciones», razonó por aquel entonces. Y yo, que oí el comentario al pasar (porque la política me tenía sin cuidado, a los once suponía que podría seguir viviendo sin que esa señora se metiese conmigo) lo registré asombrado y me lo guardé. Por aquel entonces tampoco conocía aquel refrán que dice que el camino hacia el infierno está sembrado de buenas intenciones.

 

El Viejo ‘descarnado’ en quien mi madre, al final, eligió creer

 

Aquellos que sí sabían de política y habían vivido varios golpes durante el siglo XX tampoco vieron la noche que se avecinaba. Sé que mis padres no la anticiparon, y que a partir del 24 de marzo de 1976 ya no quisieron verla; cada vez estoy más convencido de que la culpa por no haber sabido ver, y por no haber hecho algo en consecuencia, no es inocente del cáncer que fulminó a mi madre, aquella que me había formado en la fe, la misma que había creído en las buenas intenciones del Patriarca que regresaba del exilio. Ya no puedo hablar con ella para cerciorarme, pero creo que entiendo su calvario. Si yo, que era un mocoso desinformado y demasiado infantil para mis años, pude intuir en silencio quiénes eran mis enemigos en la Argentina orwelliana que se instauró en el ’76 (nunca le temí a los terroristas, pero todos los uniformados me producían pavor) , ¿cómo pueden no haberlo entendido, o cuanto menos intuido, mi madre y todos mis mayores? ¿Con qué cara se miró al espejo desde el ’76 hasta su muerte y dijo, o trató de decir: Yo no sabía nada?

Hace cuarenta y dos años, o sea el 18 de marzo de 1976, mi inocencia tenía los días contados: le quedaban poco más de cien horas de vida.

 

El corazón de las tinieblas

Yo no soy de los que creen que el horror ya ha sido narrado y que con esa narración es suficiente. No estoy descubriendo la pólvora: vaya como muestra la persistencia de los relatos sobre el fenómeno nazi y el genocidio por ellos perpetrado. A veces me digo que ese recurrencia debe tener algo que ver con la perplejidad. Creo que los abismos de maldad donde algunos especímenes humanos se precipitan, sin necesidad de mayores excusas, siguen siendo una fuente de asombro para muchos. Considero, pues, que debemos seguir narrando el horror hasta que ya no nos asombre, porque solo entonces podremos salir del marasmo y hacer algo al respecto. El asombro es una de las formas de la contemplación, y la simple lectura de las noticias alcanza para colegir que ya hemos sido contemplativos durante mucho tiempo. Dado el estado de las cosas no solo aquí sino en el mundo entero, aquel que no haya transitado ya del asombro a la indignación haría bien en palparse una muñeca, para asegurarse de conservar el pulso.

Tampoco creo que haya que tomarse literalmente eso de que, después de Auschwitz, narrar perdió sentido. Pienso que Auschwitz y las emulaciones que produjo hacen más necesaria que nunca la narración, desde que imaginar sigue siendo una de las mejores maneras que tenemos de pensar y de desarrollar empatía. Convengamos que el grueso de la narrativa clásica fue concebido en tiempos durante los cuales los genocidios eran tan cotidianos como la peste, las hambrunas y los tifones; en ese contexto, un exterminio disfrazado de guerra era tan natural, que en la mayoría de los clásicos funciona como telón de fondo, y por ende casi nunca es tematizado, desmenuzado, analizado. La narrativa del último siglo se debe a sí misma esa tarea, la de interrogarse sobre la raíz más irracional y violenta del hombre, y responderse si queda alguna posibilidad de revalidar nuestro módico, y por lo general inconsecuente, elemento racional. Por supuesto, existen numerosos autores que lo han intentado, no olviden que estoy generalizando: ¿pero no créen ustedes que nos vendría bien un poema, una novela o una película que hiciese por el aspecto más sublime de la especie (sea este cual fuere: su espíritu gregario, su capacidad de generar concordia, su invención de la piedad) lo que la Ilíada hizo por la guerra?

En buena medida me justifico, porque no pude dejar de narrar el horror de la dictadura argentina en ninguna de mis novelas. Tal vez con excepción de la primera, El muchacho peronista (1992), que lidiaba con la cuestión de un modo radical: simplemente imaginaba que un cambio en el curso de la historia —por ejemplo, eliminar a Perón antes de que se convirtiese en el Perón de la leyenda—, podía salvarnos de padecer lo que ya habíamos padecido en los ’70. El espía del tiempo (2002) utilizaba los recursos del policial para argumentar por qué no cabía responder con violencia a los dictadores que habían abusado de ella; tuve que recorrer ese camino para comprender a fondo la búsqueda no violenta de verdad y justicia que aquí encarnaron, desde el primer momento, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Kamchatka (2003) era una historia íntima, de padres e hijos, que se preguntaba si uno podía revisar la experiencia del terror y encontrar algo bueno en medio de tanta oscuridad. La batalla del calentamiento (2006) se planteaba el tema de la responsabilidad de una sociedad que hizo posible el genocidio con su silencio, y la forma en que ese horror comprometió el andar de las generaciones futuras. Aquarium (2009) ocurre en el 2000 y en Israel, o sea lejos; pero suelo pensar que su protagonista es el mismo de Kamchatka, sólo que adulto. Y El negro corazón del crimen (2017) ocurre durante los ’50 pero busca, en aquella dictadura que bombardeó y proscribió, al Huevo de la Serpiente dentro del cual se incubaron los ’70.

Si tuviese que elegir una sola historia para sintetizar aquella experiencia, no dudaría. Es una que figura en el Nunca más y que incluí casi sin disfraces en un capítulo de El espía del tiempo. Cuando la leí por vez primera me impresionó que su protagonista, un niño de pocos años, se llamase igual que yo: Marcelo. La coincidencia me forzó a ponerme en su lugar aunque más no fuese de modo aproximado, porque carezco de la imaginación y de la fortaleza de alma para padecer algo parecido a lo que padeció Marcelito — y sobrevivir.

Marcelito tiene cuatro años cuando los militares entran en su casa y se llevan a sus padres y a su hermana mayor. Por algún motivo que escapa a la crónica, dejan al niño en manos de su abuela materna. El testimonio de esta abuela sirve para afirmar que a partir de entonces se convirtió en un niño taciturno, que pasaba horas mirando por la ventana y que no toleraba dormir solo: necesitaba abrazarse a otro cuerpo humano.

¿Por qué montaba a diario guardia en la ventana? ¿Porque quería estar preparado en caso de que los militares regresasen por él? ¿Porque esperaba la vuelta de su padre, de su madre, de su hermana?

Una mañana la abuela lo sacude y ya no logra despertarlo. El veredicto médico es inapelable: a Marcelito le falló el corazón.

No encuentro síntesis más perfecta, ¡y más terrible!, de lo que significa para mí esa dictadura. Se trata de la clase de horror que parte el corazón de un niño, aun cuando sabemos que los niños no mueren de ataques cardíacos.

 

La edad de la inocencia

Siempre se me hizo difícil explicar a mis hijas lo que significaba tener catorce, quince, dieciséis años durante la dictadura. La idea de un país donde los adolescentes se esconden en sus hogares para no exponerse a los riesgos de la calle les resultaba inconcebible. Ellas vivieron la vida prototípica de los jóvenes: salir hasta cualquier hora, andar por cualquier lugar, vestir de cualquier forma… No temieron reír en público ni ponerse en ridículo, siempre expresaron su alegría con las ínfulas (y el descaro) de esa edad. La Argentina de 1976-1983 les resultaba tan ajena como un paisaje marciano.

Yo crecí en el miedo. El terror era mi aire. Mis padres jamás pasaron por el trance de luchar con un hijo adolescente para ponerle límites: yo tenía tanto miedo de andar por las calles, que regresaba por propia voluntad antes de que dieran las diez, ¡incluso los sábados! O me quedaba en casa de algún amigo o de mi novia, y cuando se hacía la hora de volver cubría las distancias en tiempos que un maratonista habría envidiado.

Quizás lo más singular haya sido la forma de mi miedo. Tal como dije, carecía de formación política y era de los que escapaba de diarios y noticieros. Sabía lo mínimo indispensable, que estábamos bajo un gobierno militar que gustaba de llamarse a sí mismo «Proceso» (los militares no han sido nunca afectos a la lectura de Kafka, de serlo habrían elegido otra denominación) y que ese gobierno combatía a los terroristas, que según el discurso oficial eran retoños de Satán sobre la Tierra. Lo singular es que a pesar de la omnipresencia y de la gravedad de semejante discurso yo jamás le temí a los terroristas, esos muchachos de barba que, según el relato admonitorio, ponían bombas y te llenaban la cabeza de ideas extrañas. Yo le tenía miedo a otra cosa.

Le temía a los uniformes. A todos. A los azules de la Policía, a los verdes del Ejército, a los blancos de la Armada. Y a las criaturas que los llevaban puestos.

 

La materia de las pesadillas. Con el tiempo y la experiencia descubrimos quién se escondía detrás de los uniformados.

 

Cada vez que me aproximaba a un policía en la calle, empezaba a transpirar. El padre de un amigo estaba convencido de que yo sudaba así de modo natural, pero no. Sudaba así solo cuando tenía pánico. Y yo sentía pánico en esas ocasiones porque tenía claro (no sé cómo porque nadie me lo había explicado, no conocía a nadie que afrontarse el miedo de decirme la verdad) que si alguien podía hacerme daño, un daño informe e impreciso pero no por ello menos amenazador, ese alguien sería un uniformado.

A veces pienso que mi alma reaccionaba de esa manera porque seguía un razonamiento simple: en la Argentina existía un discurso único, yo no creía en ese discurso (mi desconfianza era pura intuición), ergo, yo era un disidente, y en la Argentina todo disidente era un criminal; me había convertido en Josef K sin saberlo y por eso vivía con la sensación de haber cometido un crimen, sin siquiera entender cuál había sido mi falta. Pero otras veces pienso que el argumento peca por cerebral, cuando la cosa era más sencilla: en Argentina el miedo se respiraba, se sentía sobre la piel, se leía en los rostros de los otros, de todos y de cada uno. Yo temía no porque fuese un iluminado, sino por exceso de empatía: les temía a aquellos a quienes todos temían, en el más profundo y degradante de los silencios.

Agradezco al cielo que mis hijas no hayan vivido algo parecido. Y agradezco la indiscutible fortuna con que atravesé ese infierno, aun cuando me quedaron marcas profundísimas porque nadie cruza el infierno sin tostarse. Yo no tuve que lamentar pérdidas personales, no sufrí la desaparición ni el exilio de parientes o amigos. Lo único que perdí fue la inocencia.

La saqué barata. Cientos de miles de argentinos no pueden decir lo mismo.

 

El perfume de la tempestad

Dentro de seis días voy a volver a salir a la calle para hacer lo que hace cuarenta y dos años hubiese sido una locura: decir lo que pienso, poner el cuerpo, ocupar los espacios que alguna vez el miedo dejó vacíos y sentirme acompañado por una multitud en la construcción de algo mejor. Voy a marchar para recordar a miles de otros que fueron asesinados por la dictadura; y para rechazar las políticas de los herederos de los asesinos, sus ideólogos y sus cómplices, que volvieron al poder —perplejidades de la Historia— por vía del voto.

Ya no temo por mis hijas, pero sí por mis hijos pequeños. Me subleva la idea de que crezcan en un país salvaje, donde los poderosos hacen lo que quieren sin respetar ningún límite, podés ir preso por decir tu opinión y la gente se caga de hambre aunque produzcamos alimentos para saciar a diez países como el nuestro. ¿Cómo le explico al más grande que la policía mató de un balazo en la nuca a un pibe de apenas tres años más que él, sin contagiarle la misma fobia que sufrí yo en los ’70? O mejor dicho: ¿cómo habría de no explicárselo, si quiero que se proteja como debe y de quien debe?

Los hechos son tan ominosos y las víctimas tan simbólicas —mujeres como Milagro Sala y Marielle Franco, ejecutada en Brasil a sangre fría; jóvenes y niños, lo que va de Santiago Maldonado a Facundo Ferreira—, que hace días que me pregunto si lo que sentiría en el ’76 la gente que tenía mi edad de hoy se parecería a esto que percibo ahora; una carga eléctrica que eriza la piel, como si anticipase una gran tormenta. No tengo respuesta aún, pero cuento con dos certezas. Una, que nunca le diré a mis hijos —porque no me lo digo a mi mismo— Yo no sabía. Yo sé. Todos sabemos, incluso aquellos que al contemplar la ensaladera pretenden no distinguir posverdades de verdades. Y dos (esta es la que me da esperanza), que a diferencia de lo que habrán sentido mis viejos, yo sé que no estoy solo; que los que pensamos parecido, aunque más no sea con respecto a aquello que no queremos experimentar nunca más, somos una mayoría abrumadora. (¿Se acuerdan de la protesta contra el 2×1?)

Yo perdí la inocencia el 24 de marzo de 1976. La dictadura me cagó la vida de mil maneras; todavía me visitan sus espectros. Muchos de los errores que cometí de adulto se deben, en buena medida, a que me convertí en un viejo a los catorce (un anciano inmaduro solo puede ser infeliz), y en consecuencia dejé jirones de piel y libras de carne por todas partes, peleando la batalla por readueñarme de mi vida. Esa la gané, al menos. Hace tiempo que sé quién soy y qué quiero, para mí, para los míos y para toda la gente de buena voluntad de este país. Por eso voy a salir a la calle este 24, para perderme nuevamente en un magma jubiloso y hacer lo que hace cuarenta y dos años, para todos nosotros, hubiese sido una locura.

Ese día vamos a ser felices.

 

 

6 Comentarios
  1. Rafael dice

    Una sola observación.La barbarie terrorista no fue irracional.Tuvo una profunda racionalidad histórica. La que sufrimos aquí y también la barbarie nazi. Hubo quienes ganaron, y mucho, (empresas, bancos, personas) y quienes perdimos. Lo sabemos todos, pero me pareció útil insistir ante la imagen de una gobernadora que cierra escuelas y abre un sitio de Memoria.

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