No te extrañes, araña

Los comicios legislativos atravesados por conflictos coyunturales y estructurales

 

Las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) fueron fijadas para el 12 de septiembre. Las generales legislativas, para el domingo 14 de noviembre. Estamos ahí y pinta que con poco del talante de siempre que despiertan estas ceremonias laicas, que no es ¡guau! pero bastante más arriba que el de estos días. Verdad, el clima electoral corito tiene mucho de la angustia de la pandemia y su sesgo al mal hábito de hacerse costumbre, pero no todo. Está dando vueltas también la desazón que produce en la percepción popular que no se le encuentre la vuelta al encendido de los motores del desarrollo del país. El ciudadano de a pie, más a fuerza de intuición que de otra cosa, entiende que los obstáculos al desarrollo que se enfrentan, por más infranqueables que parezcan, deben ser sorteados sí o sí para inhibir que sobre la base del crecimiento la violencia política se enseñoree y escore una vez más la vida democrática.

En esa búsqueda del liderazgo adecuado, cabe preguntarse por el estado actual de ese hecho relativamente novedoso que es el producido por el impacto de las redes sociales en el comportamiento político. A la preocupación por la facilidad que tienen para la intoxicación con las noticias falsas se suma que encuesta tras encuesta revelan que los cuerpos gerenciales de las grandes corporaciones opinan que el más prominente conflicto potencial que tiene probabilidad de ocurrir con consecuencias económicas deletéreas son los ciberataques. Un sector del mundo corporativo sostiene que las redes sociales, en vez de atenuar los ciberataques, los amplifican. Se suma a estos hechos que casualmente el antecesor de Joe Biden en el cargo de POTUS, Donald Trump, acaba de presentar una demanda colectiva contra Facebook, YouTube de Google y Twitter, así como contra la mayoría de sus directores ejecutivos, por presuntamente violar sus derechos de libertad de expresión al haberle suspendido sus cuentas luego de que una multitud de sus partidarios atacara el Congreso de los Estados Unidos el 6 de enero. La demanda exige que el tribunal “ordene el cese inmediato de la censura ilegal y vergonzosa del pueblo estadounidense por parte de las empresas de redes sociales”. El ex Presidente acusa a las empresas de violar sus derechos de la Primera Enmienda (garantía para el ejercicio de las libertades individuales) y de comportarse como “actores estatales” en lugar de empresas privadas al imponer restricciones a lo que la gente puede publicar. Hasta ahora los tribunales han rechazado rápidamente los intentos anteriores de demandar a las plataformas por sus decisiones de moderación de contenido.

 

Las redes

La única certidumbre acerca de las consecuencias que sobre el debate público y las decisiones políticas está teniendo la drástica restructuración de las formas de comunicación humana generadas por las redes sociales, la que prácticamente aconteció de un día para el otro, es que de las largas mil leguas del camino –que una vez atravesado y llegado al final del recorrido se encuentra una buena comprensión del fenómeno– recién se han recorrido unos pocos tramos iniciales. A la continuación de esa marcha, dos trabajos recientes le agregan ritmo impar. Uno de ellos, titulado “Gestión del comportamiento colectivo global» (Stewardship of global collective behavior), editado por Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) durante este mes de julio, resume las visiones de diecisiete investigadores que se especializan en campos muy diferentes, desde la psicología hasta la ciencia climática, pasando por la filosofía. Tal número de gauchos de muy diferentes pampas académicas que se sienten obligados a expresar una síntesis conjunta puede ser apreciado como un síntoma inequívoco del agudo grado de preocupación sobre la salud democrática que azuzan las redes sociales. El estudio publicado en PNAS establece como punto de referencia que el comportamiento colectivo proporciona un marco para comprender cómo las acciones y los rasgos identitarios de los grupos surgen de la forma en que los individuos generan y comparten información. En los seres humanos, los flujos de información fueron inicialmente moldeados por selección natural, pero están estructurados cada vez más por las tecnologías emergentes de comunicación.

 

Estamos atrapados en la misma red.

 

Las redes sociales más grandes y complejas ahora transfieren información de alta fidelidad a grandes distancias a bajo costo. La era digital y el auge de las redes sociales han acelerado los cambios de los sistemas sociales, con consecuencias funcionales poco entendidas. Esta brecha en el conocimiento representa un desafío principal para el progreso científico, la democracia y las acciones para abordar las crisis globales, se afirma en el paper. Según entienden los diecisiete autores, “el estudio del comportamiento colectivo debe elevarse a una ‘disciplina de crisis’ (…) enfocada en proporcionar información procesable a los legisladores y reguladores para la gestión de los sistemas sociales”. Una disciplina de crisis es un área conjunta en la que científicos de diferentes campos trabajan rápidamente para abordar un problema social urgente, como la forma en que la biología de la conservación intenta proteger las especies en peligro de extinción o la investigación de la ciencia climática, que tiene como objetivo detener el calentamiento global.

El análisis se centra en señalar que “dado que los impactos de la tecnología de la comunicación trascenderán las líneas disciplinarias, la respuesta científica también debe hacerlo. (…) Mitigar el riesgo para nosotros y la posteridad requiere un estudio consolidado y centrado en la crisis del comportamiento colectivo humano”. Tomando como idea fuerza esa caracterización, los diecisiete académicos establecen que “será necesario integrar enfoques teóricos, descriptivos y empíricos para cerrar la brecha entre el comportamiento individual y el comportamiento a gran escala. Hay motivos para tener la esperanza de que los sistemas bien diseñados puedan promover una acción colectiva saludable a escala, como se ha demostrado en numerosos contextos”. Concluyen su análisis de las redes sociales advirtiendo que “no existe un enfoque de no intervención viable. La inacción por parte de científicos y reguladores entregará las riendas de nuestro comportamiento colectivo a un pequeño número de personas en empresas con fines de lucro. A pesar de los desafíos científicos y éticos, los riesgos de la inacción tanto en el presente como para las generaciones futuras requieren la gestión del comportamiento colectivo”.

El otro trabajo es un working paper editado por el National Bureau of Economic Research en junio pasado, titulado “Adicción digital”, en el que se podría suponer que se comienzan a diseñar las intervenciones viables. Sus autores son los economistas Hunt Allcott, Matthew Gentzkow y Lena Song, quienes definen “adicción” como la combinación de dos impulsos clave: formación de hábitos y problemas de autocontrol. La formación de hábitos significa que el consumo de hoy aumenta la demanda de mañana. Los problemas de autocontrol expresan que las personas consumen más hoy de lo que habrían elegido consumir por sí mismos de antemano. Estos dos impulsos son fundamentales para los productos adictivos clásicos como cigarrillos, drogas y alcohol. Los autores observan que los teléfonos inteligentes, los videojuegos y las redes sociales pueden ser dañinas y adictivas al igual que los cigarrillos, las drogas o los juegos de azar. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (2018) ha incluido oficialmente al trastorno de los juegos digitales como una condición médica. Estudios experimentales recientes encuentran que el uso de las redes sociales puede disminuir el bienestar subjetivo.

De acuerdo a los datos que aporta el trío, las tecnologías digitales ocupan una parte importante y creciente del tiempo de ocio de personas de todo el mundo. Una persona promedio con acceso a Internet pasa 2,5 horas al día en las redes sociales, y ahora en el planeta hay 3.800 millones usuarios de redes sociales, sobre 7.800 millones de habitantes. En una encuesta de 57 países, las personas afirman que pasan más tiempo consumiendo medios en línea que frente al televisor. Los estadounidenses revisan sus teléfonos inteligentes 50 a 80 veces al día, volumen cotidiano que presumiblemente sea bastante generalizado en el planeta.

Para darle cause a la conceptualización de que las tecnologías digitales como los teléfonos inteligentes y las redes sociales son adictivas, los autores desarrollaron un modelo económico de adicción digital. Para estimarla, utilizaron un modelo aleatorio experimental, que significa que someten a un grupo de personas a diferentes encuestas y pruebas controladas. Los autores aclaran que el grupo es indicativo, pero alertan que hay que tomar con cuidado su grado de representatividad. Con ese método hallaron que los incentivos temporales para reducir el uso de las redes sociales tienen efectos persistentes, lo que sugiere que las redes sociales crean hábito. Permitir que las personas establezcan límites en el tiempo que pasan frente a la pantalla en el futuro reduce sustancialmente el uso, lo que sugiere problemas de autocontrol. Evidencia adicional apunta a que las personas no prestan atención a la formación de hábitos y son parcialmente inconscientes de los problemas de autocontrol.

Mirando estos hechos a través de la lente del modelo que desarrollaron, calculan que los problemas de autocontrol causan el 31% del uso de medios. Como se dijo más arriba, si la meta operativa del paper de PNAS es la de estudiar el comportamiento colectivo como disciplina de crisis para “proporcionar información procesable a los legisladores y reguladores para la gestión de los sistemas sociales”, ese 31% hipotético hallado por el trío del trabajo del  National Bureau of Economic Research sobre la base de experimentos del comportamiento controlados que giraron en torno a los subsidios trazan los pasos para frenar las adicciones, lo que incluye la fijación de impuestos. Visto desde otro ángulo, las 2,5 horas al día que, en promedio, una persona se enfrasca en las redes sociales con una adecuada regulación, o sea: un proceso subsidio-impuesto, según el modelo, podría bajar a 1 hora 45 minutos, pues hay 45 minutos de más que se generan por adicción. El número es opinable, pero ya hay un número.

 

Guerras culturales

Respecto del medio ambiente político poco saludable que concurre a delimitar las redes sociales, resultan de interés, por su implicancia para nuestro país, los resultados de una encuesta realizada por The Policy Institute del King’s College de Londres, en conjunto con Ipsos-Mori, dados a conocer a mediados de junio. Aunque la encuesta se denomina “Guerras culturales en el Reino Unido”, tiene una sección titulada “Guerras culturales en todo el mundo” que comprende los resultados de una encuesta realizada en 28 países, incluido el nuestro. Con “guerras culturales” se tratan de describir las tensiones en las cosmovisiones que hay entre ortodoxos y progresistas. Acá llaman a ese viejo problema teórico de las Ciencias Sociales, con ínfulas de haber descubierto la pólvora, “la grieta”. Las guerras culturales involucran mucho más que un simple desacuerdo. Denotan dos puntos de vista irreconciliables sobre lo que es fundamentalmente correcto e incorrecto del mundo en el que vivimos. Los investigadores generalmente sostienen que los debates culturales cambiantes no pueden verse únicamente como un simple movimiento de abajo hacia arriba, liderado por la opinión pública. La forma en que los partidos políticos y los medios de comunicación se involucran en estos debates también juega un papel importante y creciente.

En la encuesta, ante la pregunta “¿Cuánta tensión, si es que hay alguna, diría usted que hay entre quienes tienen ideas progresistas y socialmente más liberales y aquellos con valores más tradicionales?”, el porcentaje de la media mundial que respondió “mucho o bastante” fue de 65%, y en la Argentina del 80%. A la pregunta “¿Cuánta tensión, si es que hay alguna, diría usted que hay entre la élite metropolitana y los trabajadores corrientes? El porcentaje de la media mundial que contestó “mucho o bastante” fue de 62%, y en la Argentina del 70%. El interrogante de “¿Cuánta tensión, si es que hay alguna, diría que hay entre personas que apoyan a diferentes partidos políticos cuánta tensión, si es que hay alguna, diría que hay entre ricos y pobres?”, recibió como respuesta una media mundial de “mucho o bastante” del 74% y una argentina del 85%. La pregunta “¿Cuánta tensión, si es que hay alguna, diría que hay entre las diferentes clases sociales?” tuvo de respuesta una media mundial de “mucho o bastante” del 67%, y en la Argentina del 85%.

Por lo visto, la tarea política de la integración nacional tiene mucho trabajo por hacer. Hasta dónde las redes sociales son parte del problema o parte de la solución parece que tiene un primer abordaje en frenar el origen de las tendencias desintegradoras. Esa condición necesaria se materializa con la puesta en marcha del programa de desarrollo acelerado. Esa rémora da pie para reflexionar si no será que estos preocupantes síntomas de falta de empatía en el pacto nacional estarían reflejando las dudas crecientes hacia la sustitución de importaciones que de una u otra manera vienen expresando franjas considerables de la clase dirigente argentina identificadas con la causa popular, que en honor a la tradición no deberían, y por la liviandad de sus argumentos lucen simplemente encubrir su inoperancia.

 

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