No tenemos miedo

Nos despojaron de tanto que también perdimos el miedo, tributarios de una herencia de resistencia

 

El 9 de julio de 2020 decidí no trabajar, tener un feriado de verdad. Como suele suceder con muchos de mis grandes propósitos, este también fracasó levemente. Al igual que las dietas mágicas que prometen que luego de dos semanas de hambre bajaré 7 kilos y, luego de 15 días de ojos de gacela detrás un chocolate, solo obtengo 3 kilos menos. La decisión venia acompañada de la intención de hacer un guiso de mondongo. Y antes de que aparezcan los detractores señalo, de chica odiaba el guiso de mondongo. Me lleva casi un día entero hacerlo, pero a mi papá, a quien le sale exquisito, le encanta como lo preparo. Y a mí me hace sentir muy orgullosa.

El primer obstáculo a mi decisión de tomarme el día feriado comenzó el día anterior, cuando llena de energía descongelé un mondongo que tenía limpio en el freezer y lo puse a hervir. Sonó el teléfono y me enfrasqué en una agotadora conversación que duró demasiado. Cuando volví a prestar atención, el agua donde hervía el mondongo se había consumido y una parte se había quemado. Todo sabía a quemado de cacerola y no tuve más remedio que tirarlo. Luego comencé el rastreo por los lugares cercanos a mi casa. Y claro, en Palermo Freud hay mil tiendas veganas, pero carnicerías que tengan mondongo cuesta más encontrar. Empezaba a resignarme a hacer un puchero o algo así, cuando mi amigo Pablo Tosco me llamo y me dijo que iba a salir por un tema de laburo y que, si necesitaba algo, lo compraba y me lo traía. No sin pudor le dije: “Pablo, si pasas por una carnicería… ¿comprás mondongo?” Se rió un poco y dijo que me despreocupara.

Varias horas después tocó mi portero. No sólo traía el mondongo sino huesitos de cerdo y un pedazo de panceta de verdad. Le agradecí, me fumé con él un cigarrillo en la puerta del edificio y subí, con varias horas de retraso en mi plan, pero con los elementos necesarios. El primer truco de un buen guiso de mondongo es limpiarlo perfectamente antes de hervirlo. Si no queda grasoso, gomoso.

El jueves puse el tedioso trabajo de cortar cebolla, puerro, ajo, tomate, apio, pimiento, zanahoria, zapallo y la carne, el chorizo y la panceta mientras hervía el mondongo. Y como cada vez que corto carne, mentalmente le agradecí a Rodrigo que me insistiese para que comprara un cuchillo de carne decente. Yo me resistía en función de mi proverbial tacañería para cosas que considero lujos innecesarios. Pero debo reconocer que un buen cuchillo es definitivamente un antes y un después en la vida de cualquier persona que cocine. Mientras tanto escuchaba en TV el discurso de Alberto Fernández por el Dia de la Independencia. Me reí un poco y le comenté a Lobito y a Morgana, “cada amigo tiene Alberto...”, después de que se refirió así a Rodríguez Larreta. De más esta decir que cuando cocino, tengo apostados a los perritos, siempre dispuestos a recibir algo de lo que cocine. Suelo tener charlas de lo más interesantes con ambos, aunque sospecho que darme la razón es parte de sus estrategias para obtener comida. Aunque ellos juren que no.

Hervido ya el mondongo, viene la segunda limpieza, para que quede perfectamente pulcro. Y luego se corta en pedacitos. Lo hice y puse todo a resguardo de los perritos, que cuando no están mendigando comida, caen en conductas claramente delictivas. Una verdadera asociación ilícita que suele consistir en Lobo en dos patas robando de la mesada, Morgana cogiendo lo robado y ambos dándose a la fuga escaleras arriba hacia la terraza, a disfrutar el botín.

Doré la panceta, el chorizo, el pimiento, el apio, el puerro, la cebolla y en ese orden, que es como debe hacerse; puse la carne y el ajo y luego el tomate en cubitos, hasta que se disolvió; recién entonces agregué la zanahoria y puse agua. Entonces se condimenta y se suman los huesitos de cerdo y los garbanzos que estaban en remojo desde la noche anterior. Hay que hervirlos una hora y después se agrega el zapallo, el mondongo y el chorizo colorado, para que se cocine una hora y media mas como mínimo.

La ultima parte de la cocción es tediosa porque, como el zapallo se ha disuelto, hay que revolver el guiso para que no se pegue. Y agregar las papas.

Estaba en esta delicada etapa cuando escuché en la tele los disturbios que precedieron a la agresión de los periodistas de C5N y entonces hice algo que no se debe hacer. Apagué el fuego. Y me fui al comedor a ver la TV.

"Ahora van a empezar a tener miedo", dijo uno de los energúmenos que agredía el móvil de televisión. Y pensé: "¿Por qué alguien quiere periodistas con miedo? ¿Por qué alguien querría periodistas con miedo y que, en consecuencia, no cubran ni den visibilidad a una marcha –absurda a mi criterio, peligrosa para la salud en plena cuarentena desde el criterio de los médicos— pero de la que participan los propios agresores?"

“Porque odian”, me dijeron a unísono los perritos. Y creo que tienen razón.

No me cabe duda que muchos de los que participaban de esa marcha irresponsable convocada por sectores de la oposición – e incluyo a diarios como La Nación entre esos convocantes— nos odian. Están frustrados por causas inmediatas tales como una cuarentena prolongada y el claro estancamiento de la economía. Yo miro el numero de muertos que tenemos como consecuencia de la pandemia y los comparo con otros países y agradezco la cuarentena, porque cada muerte es dolorosa, pero en comparación con otros países tenemos pocas. Me aterra pensar en imágenes como las que muestran en otros países. Cada muerto es el padre, la pareja, el abuelo, el hermano, el amigo de alguien. Y los últimos números dan cuenta que también se mueren los hijos de alguien. Mientras, comienza a saturarse el sistema de salud argentino. Me pregunto si los que protestan por la cuarentena estarían dispuestos a elegir, llegado el caso, a quién se le asignará respirador si se acaban y a quien se dejará morir, asfixiado. ¿Cuántos de los que protestan aceptarían el horror de la asfixia real, la que te duele en la espalda por el esfuerzo de pulmones que no funcionan? ¿Tendrán idea de lo que es jadear sentado, ardiendo en fiebre y mientras se te nubla la vista y no coordinás lo que pensás porque no tenés aire? Porque esa es la muerte que nos espera a todos si nos contagiamos y se complica el cuadro. Y quisiera decirles que duele, asusta y nunca llega el sueño.

Veo los países que han intentado mantener abierta su economía. Pienso en Brasil y sus ataúdes de cartón prensado. La economía de la muerte y el dolor. Porque los pronósticos de esas economías también están en ataúdes de cartón. Junto con personas. Pienso en las fosas comunes de Nueva York. Ahí descansan, pero no en paz, las teorías de las economías abiertas, cuando al mismo tiempo están abiertos los portales de la muerte.

Pienso en los que decían protestar por la plena vigencia del sistema republicano. Extrañísimos republicanos que buscan que el periodismo empiece a tener miedo. Y cuyos representantes políticos en el Congreso de la Nación se niegan a tratar temas que no refieran al Covid-19. Que con su ausencia pretender cerrar el Congreso a todo otro debate. Extraña pretensión la de abrir la economía y cerrar el debate parlamentario. Y mas extraña la situación que se ve en la Cámara de Diputados, donde el bloque opositor tiene muchos contagiados y aun así, insiste en retomar las sesiones presenciales. Supongo que, en lugar de café, deberían proveerlos de ataúdes de cartón por si llegan a precisarlos. Y quiero decirlo con toda claridad, exigir sesiones presenciales es una forma de cerrar el debate parlamentario. Ellos lo saben y yo también. Cada uno de los sectores señalados como esenciales en el marco de esta pandemia, son los sectores cuyos contagiados crecen. La actividad parlamentaria es una actividad esencial, sin lugar a dudas, por eso los representantes parlamentarios pueden circular, aunque más bien parecen usar los permisos de circulación para ir a la TV y a almuerzos de los que salen contagiados. Me pregunto: ¿por qué condenar a enfermarse a los trabajadores si hay medios alternativos para hacer el trabajo?

Supongo que debe haber muchos en las marchas opositoras que están enojados y desilusionados. Votaron a la alianza Cambiemos en pos de una mejora institucional. Y la mejora se tradujo en jueces de la Corte Suprema designados por decreto, jueces trasladados a dedo, tareas de inteligencia ilegal, un segundo semestre que nunca llegó, una lluvia de inversiones que no fue, una inflación descontrolada y un endeudamiento brutal. Debe ser tremendo asumir ese error. Yo que voté mal alguna vez, sé lo horrible que es darse cuenta de la magnitud de esos errores. Y no tener a nadie más que a uno mismo para culpar por haber sido tan ingenuo.

Y después están los que odian en defensa propia. Muchos de ellos odian porque sí, porque tienen miedo. Algunos por la magnitud de las conductas que podría reprocharles el Poder Judicial. Otros por el reproche social que podría sacarlos de la comodidad en la que viven. Y otros por necedad, estupidez o complacencia.

Pero mientras odian, agreden y son irresponsables con la salud de los demás, hay una parte de la sociedad que también tiene miedo, pero no odia. Por suerte hoy gobiernan los representantes de esa parte de la sociedad. Que también está enojada, pero no odia. Pienso en lo solo que debe sentirse en la región Alberto Fernández. Sin Lula, sin Evo, sin los muchos con los que podía hablar sin estar esperando una puñalada trapera. Pienso en lo injusto que debe parecerle cuando enojados criticamos todo, como si no estuviese haciendo el gobierno nacional todo lo posible para mantenernos a flote. Nunca es suficiente. Nunca alcanza. Siempre hay un pero. Siempre hay mil iluminados que no tienen la responsabilidad de sostener a flote un país y que opinan como si conocieran algo más que el placer casi masturbatorio de escucharse a sí mismos. Imagino la mueca cuando escucha criticas de quienes lo alababan cuando era opositor. Pienso en el esfuerzo enorme que implica no contestar con agravios los agravios. La tarea de conciliar con todos, incluyendo con quienes que están ahí, al acecho. También pienso en Cristina, que guarda un férreo silencio aun cuando la difaman y la acusan de modo vil. Cobarde. Sin fundamentos.

La realidad se ha tornado cruel. Con los que odian y con los que no odian, Y en consecuencia la política, que no es mas que un reflejo de esa realidad, también es cruel. Me gustaría tener la solución. Porque detesto la crueldad y el dolor tanto como detesto la muerte. Pero no la tengo.

Pienso, sin embargo, que tal vez no reproducir la crueldad ni los discursos del odio sea un camino posible. Al menos para no envilecernos. Para no hundirnos en ese fango pegajoso que todo lo mancha. Que todo lo pudre. Porque los discursos del odio legitiman la violencia. Y no estamos haciendo este sacrificio enorme como país para concluir en finales violentos que causen precisamente lo que estamos tratando de evitar: nuevas víctimas.

Y voy a decir algo a nuestro favor, ya hemos pasado por tantas y tan malas. Tantas y tan tristes. Aun así, los que odian saben que a diferencia de ellos nosotros no aprendimos a tener miedo. Ni vamos a aprender. O como dicen algunos, nos despojaron de tanto y de tantos, que también nos despojaron del miedo. Porque somos tributarios de una herencia de resistencia. De gente que apretó los dientes y siguió adelante. Hacia un futuro más justo. Más humano. A un mundo posible, sin crueldad, sin violencia, sin injusticia. Un mundo sin hambre ni desigualdad. A un mundo en el que nadie pretenda enseñarnos a odiar. Un mundo en el que nadie pretenda enseñarnos a tener miedo.

 

 

 

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