Nos cuidamos entre todos

Una respuesta contundente a la crueldad social

Foto: Luis Angeletti.

 

Entre fines de 1899 y fines de 1900, Joseph Conrad –el marino polaco Józef Teodor Konrad Korzeniowski, devenido uno de los mayores escritores británicos– publicó Lord Jim, por entregas, en la Blackwood's Magazine. Se trata de una de sus novelas más potentes, cuya historia es relatada por Marlow; personaje que aparece también en El corazón de las tinieblas, novela corta inspirada en los horrores llevados a cabo por la supuesta civilización europea en el Congo, entonces asolado por el rey Leopoldo II de Bélgica. Horrores que el propio Conrad conoció diez años antes, al ser contratado por la Société Générale de Belgique (SGB), una de las mayores corporaciones belgas, que todavía existe aunque bajo otro nombre. El futuro escritor recorrió 1.800 kilómetros del río Congo a bordo del barco Le roi de belges (El rey de los belgas): “Árboles, árboles, millones de árboles, masas inmensas de ellos elevándose hacia las alturas; y a sus pies, navegando junto a la ribera, contra la corriente, se deslizaba aquel vapor lisiado, como se arrastra un escarabajo perezoso sobre el suelo de un elevado pórtico (...) Penetrábamos más y más en la espesura del corazón de las tinieblas”. “En el Congo dejé de ser una animal para convertirme en un escritor” apuntaría varios años más tarde.

Por inspirarse en tierras y mares lejanos (de Europa, por supuesto), muchas veces se ha definido a Conrad como un escritor de aventuras, una especie de Emilio Salgari. Jorge Luis Borges, un gran admirador suyo, comentó al respecto: “En primer término quiero recordar toda la obra de Conrad. No diré que ha sido olvidada, ya que ha sido traducida a todas las lenguas, pero creo que no ha sido justipreciada. Se lo lee en función del mar y de la aventura. En él hay tantas otras cosas. Hay el sentido del honor, las variedades del alma humana, el destino, el amor y la soledad. Es acaso el único novelista que hereda las virtudes de la epopeya, madre de la novela. La felicidad que nos deparan sus páginas, aunque sean trágicas y terribles, refleja la felicidad que él debió sentir cuando las escribió”.

La aventura, el mar y las tierras remotas no son más que pretextos para escribir sobre el alma humana y, en particular, sobre los dilemas morales inherentes a la vida en sociedad. Sus personajes no son héroes, no son seres excepcionales, sino personas profundamente sensibles, aun en su locura (o, tal vez, justamente gracias a su locura). Marlow, el alter ego de Conrad, observa y luego relata lo que ve. En El corazón de las tinieblas, tras un largo viaje iniciático, conoce a Kurtz y descubre en ese supuesto monstruo a un hombre refinado, culto, que sucumbió a la “fascinación de lo abominable”. Kurtz es la conjunción de la locura de la selva y, sobre todo, de la barbarie de la civilización occidental. En Apocalypse Now, la lisérgica y brillante versión cinematográfica de Francis F. Coppola, que traslada la novela a la guerra de Vietnam, Marlon Brando lleva al paroxismo a ese personaje (“¡El horror!”).

 

 

Lord Jim, el héroe de la novela homónima, es lo opuesto a Kurtz. Es “un personaje simple y sensible”, según la descripción que hace Conrad en el prólogo. Es un joven británico de origen modesto que se enrola en la marina mercante buscando aventuras y honor. En el fondo, sueña con transformarse en héroe. Consigue que lo nombren primer oficial en el Patna, una nave destartalada abarrotada de peregrinos que se dirigen a La Meca para el Hajj (la obligación religiosa que todo musulmán que esté en condiciones de realizarla debe cumplir al menos una vez en la vida). A poco de iniciar el viaje, el casco del barco sufre un desperfecto grave. Convencidos de que el hundimiento es inevitable y que no pueden salvar a todos, los marinos deciden abandonar el barco, dejando a los peregrinos a la buena de Dios. Son rescatados por una nave de la armada francesa, pero –para felicidad de unos y asombro de otros– los pasajeros del Patna también son rescatados y la cruel decisión de la tripulación blanca sale a la luz. Las autoridades navales convocan a todos los responsables, pero sólo se presenta Jim. Es castigado con la revocación de su certificado de navegación por abandono del deber. El joven, definido como “uno de los nuestros” por los británicos, se sentirá culpable durante el resto de sus días. En la vida, como él mismo lo explicará unos años después, todo “consiste en estar preparado. Yo no lo estuve, no en aquel momento”. Tuvo la posibilidad de ser el héroe con el que tanto había soñado y la desperdició; siente que no tiene perdón posible.

Para dejar atrás ese gesto de cobardía elige alejarse aún más de “la civilización” y viaja a Patusan, un enclave perdido en la costa de Borneo, como representante de un comerciante de origen alemán. Allí nadie conoce su pasado y con el paso de los años, los lugareños –malayos y bugineses– terminan ofreciéndole no sólo su aceptación sino también su respeto. Gracias a su oportuna intervención para defenderlos de las garras del jefe local, recibe el título de Tuan Jim (Lord Jim). Se enamora de una joven mestiza, lo que lo integra aún más a su nueva comunidad. Sin embargo, hay algo en él que no logra la felicidad plena o al menos, el olvido. Algunos años después, Patusan es atacada por una banda de ladrones liderada por un blanco, un tal Brown. Jim logra rechazarla pero un error de su parte tiene como consecuencia la muerte del hijo del líder buginés. Luego de la batalla, Tuan Jim acepta ser ejecutado como compensación por esa muerte. En realidad, logra por fin la expiación.

Conrad nos explica en qué consisten esos momentos fugaces, en los que una vida puede justificarse o condenarse al olvido: “Parece mentira la frecuencia con que, en la vida diaria, vamos con los ojos medio cerrados, los oídos como tapiados y adormecido el pensamiento. Acaso es bien que así sea, y tal vez esa mismísima somnolencia o embotamiento es lo que hace que tan soportable y deseada resulte la existencia para una incalculable mayoría de personas. De todas suertes, bien pocos serán entre nosotros los que no hayan pasado nunca por uno de aquellos raros momentos en que despierta el espíritu para ver, oír y entender infinidad de cosas… mejor dicho, todas ellas… como iluminado por un relámpago… antes de volver a caer en nuestra grata somnolencia”.

Así como esos “raros momentos” pueden ocurrir en la vida de ciertas personas, como en el caso de Tuan Jim, también ocurren a mayor escala en la vida de las sociedades. Ciertas veces sentimos como ciudadanos que estamos transitando uno de esos momentos fugaces, es decir, que estamos viviendo la historia. Recuerdo, por ejemplo, una de las últimas cadenas nacionales del Presidente Fernando de la Rúa, en diciembre del 2001, cuando anunció el Estado de sitio. Apenas terminamos de verlo, escuché los cacerolazos en el barrio. Salimos hacia la calle y, siguiendo un río de gente, nos dirigimos a la Plaza de Mayo. Cruzamos a un policía, apoyado sobre el techo del patrullero. Le pregunté por el Estado de sitio y me contestó con una mueca de fastidio hacia el Presidente, que confirmó la impresión general: con el gesto torpe que imaginó viril, De la Rúa acababa de perder toda legitimidad. Fue un momento bisagra.

 

 

Unos años más tarde, durante los festejos del Bicentenario, volvimos a vivir un momento epifánico. Bajo un gobierno que los medios hegemónicos describían como autoritario y detestado por la ciudadanía, la gente salió masivamente a festejar. La alegría ciudadana fue un antídoto eficaz contra el veneno antikirchnerista destilado cada noche en prime time. La Mentalista Carrió, sin ir más lejos, afirmaba: “la gente en la calle dice ‘que se vayan’, la gente en la calle dice ‘los quiero matar’”.

 

 

En un país considerado como extremadamente violento, un verdadero baño de sangre, los Presidentes de la región (Sebastián Piñera, Rafael Correa, Fernando Lugo, Evo Morales, Lula Da Silva, Hugo Chávez) pudieron caminar junto a Néstor Kirchner y CFK por la Avenida de Mayo sin custodia policial y saludando a la gente, que no parecía querer matar a nadie. Unos meses más tarde, durante el velorio de Néstor, la tristeza y el agradecimiento masivo volvieron a aportarnos un momento bisagra. Una década después del rechazo antipolítico expresado en la consigna “que se vayan todos”, la ciudadanía despedía con expresiones de dolor y agradecimiento a un ex Presidente. Frente a la masividad del velorio, Felipe Solá –por entonces enfrentado al oficialismo– reconoció con honestidad que “hay algo que no vimos”.

Tanto la alegría desbordante de los festejos del Bicentenario como la congoja popular del velorio de Néstor representaron un quiebre en el relato mediático del fenómeno kirchnerista. Fueron momentos que definieron un antes y un después, y que prefiguraron la contundente reelección de CFK un año más tarde.

Con el velorio del Indio Solari volví a sentir algo parecido. Apenas unos días antes, el Primo Jorge –el matón de barrio que gobierna la ciudad de Buenos Aires–había preparado un show policíaco tan grandilocuente como inútil, anunciando un “muro de control” que protegería a los porteños de la barbarie conurbana. El domingo a la noche, luego de que centenares de miles de seguidores despidieran en paz al Indio en Avellaneda, ese mismo matón consideró que, en realidad, “el grueso de la sociedad argentina es una sociedad pacífica”.

 

 

Si la mayoría de los ciudadanos son pacíficos, ¿por qué terminan irremediablemente fajados y gaseados por la Policía de la Ciudad, como los ricoteros que se congregaron en el Obelisco el día anterior? Del otro lado de la grieta, Máximo Kirchner, Axel Kicillof y Jorge Ferraresi supieron responder al pedido de Virginia, la valiente pareja del Indio, y el resto de su familia, de una ceremonia donde “habrá tiempo para que nadie se quede sin adiós” y, sobre todo, en la que “nos cuidamos entre todos”. Contra la letanía desquiciada de la “provincia baño de sangre”, repetida hasta la náusea por los medios hegemónicos, el antídoto fue colectivo, como en los festejos del Bicentenario y el velorio de Néstor.

“Nos cuidamos entre todos” es una respuesta contundente a la crueldad social que nos impone este nuevo experimento neoliberal, y nos ofrece otro momento bisagra en nuestra historia. “Nos saca de la somnolencia y nos ilumina como un relámpago” diría Conrad. Debería, además, ser la consigna del peronismo para terminar con la barbarie y el horror.

 

 

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