Nos falta Raúl Ruiz

Palomita Blanca, o el abismo que separa a las clases sociales chilenas

 

Chile está por definir una elección histórica. Como todos saben, ya hubo otros procesos electorales de una importancia tal que aún hoy siguen reverberando, incluso en aquellos que ni siquiera habían nacido para ese entonces. Basta con decir que para las elecciones de 1970, cuando triunfó la Unidad Popular de Salvador Allende, el actual candidato derechista José Antonio Kast tenía apenas siete años y Gabriel Boric, candidato de la izquierda, ni siquiera había nacido. Es más, Boric era apenas un niño cuando fueron las elecciones de 1989 que despidieron a Pinochet del Palacio de la Moneda (aunque no del poder). Y sin embargo el tema está ahí, trinando en la conciencia de los chilenos.

Quien escribe estas líneas nació en Chile en los años ‘70 y se crió en la Argentina, escrutando por la ventana familiar lo que sucedía en un país aislado por una dictadura tan monstruosa como su geografía. Ya de adolescente, con la flamante democracia argentina en marcha, comencé a ir más seguido a Chile a visitar a mi familia y me llamaban la atención ciertas situaciones. Era habitual que en una conversación informal se me preguntara cuál era mi apellido, acaso en busca de algún linaje. O en qué barrio había nacido, o a qué tipo de colegio distinguido acudía. Y sobre todo me extrañaba el modo servil y temeroso con que la gente humilde se dirigía a los que tenían apenas un poquito más de dinero. Con el tiempo Chile fue cambiando en muchos aspectos, algunos de ellos notablemente positivos, pero las protestas que en 2019 decantaron en estos comicios otrora impensados son la prueba de que el conflicto medular es exactamente el mismo de siempre. Las desigualdades son demasiado profundas como para zanjarlas con bienes de consumo.

Dicho esto, como lo mío es hablar de cine, si debo escoger una película que describa el abismo cultural, económico, comunicativo y hasta psicológico que separa a las clases sociales chilenas, su título es Palomita Blanca, de Raúl Ruiz. Obra genial, incómoda, la incorrección política y cinematográfica hecha gramática. Un mito desmitificado en vida, o mejor dicho el secreto peor guardado de la historia del cine chileno. Porque si bien fue gestado en su época más prolífica, es decir durante los años de la Unidad Popular, su estreno se postergó tras el golpe militar por casi veinte años, ya con la restauración de la democracia.

Esta película se centra en el romance juvenil entre María y Carlos. Ella es una adolescente humilde con los complejos propios de la edad. Algo ingenua, poco confía en poder sostener su amorío y está de verdad fascinada con Carlos que, en cambio, es un chico de familia rica con auto, buena pilcha y cierta distancia emocional o más bien profiláctica. Se muestra despreocupado por las urgencias de la vida cotidiana y hasta se permite una tibia rebeldía para con su familia.

 

Carlos, interpretado por Rodrigo Ureta, y María, por Beatriz Lapido. Los pololos de ‘Palomita Blanca’.

 

 

Ambos parecen indiferentes a la campaña electoral que enfrenta a Allende con el ex Presidente Jorge Alessandri, que llevará por primera vez en la historia a un político socialista al poder. En la única charla al respecto Carlos dice que no quiere votar porque es adepto al humanismo (¡cita a Silo, el mendocino!), y para él todos los políticos padecen de un vacío espiritual, mientras que María parece estar más cerca de votar a Alessandri, aunque no sabe muy bien por qué.

Pero claro, por más primaveral que sea un romance, siempre estará subordinado a su época, y mientras los “cabros pololean”, los hogares de cada uno de ellos nos representan dos mundos totalmente opuestos. En la casa de María hay superpoblación, tanto de personas como de objetos, porque los pobres no se dan el lujo de tirar cosas y desechar personas. Como son muchos, y además los amigos de la familia entran y salen todo el tiempo, se hace difícil comprender los lazos parentales. En sus conversaciones se entrelazan peleas, declaraciones de amor, chistes picantes, llantos y reflexiones políticas. Pero atención, porque esto no significa que prevalezcan las ideas socialistas en la casa, algunos se espantan porque “estos comunistas nos van a mandar a los críos a Cuba”.

 

 

Una familia popular chilena disfrutando del aire libre.

 

 

En el hogar de Carlos todo es distinto. Está súper poblado de otro modo, por servidumbre. Las conversaciones son mucho más sosegadas y tienen un objetivo claro. La puntería de esa familia está perfectamente calibrada y por eso las charlas sobre política son innecesarias. Entre medio de estos dos hogares no hay nada, porque en el Chile de los ’70 la clase media casi no existía, y cuando una historia de amor se da entre dos personas de clases tan distantes siempre habrá una que terminará fagocitando a la otra. ¿Adivinen cuál es?

Palomita Blanca está basada en una novela de Enrique Lafourcade, todo un fenómeno de ventas que sigue siendo uno de los libros más leídos en Chile. Según el autor, existía el compromiso de respetar al menos un cincuenta por ciento de la historia original, pero está claro que no se contaba con que Ruiz iba a desarmarla, armarla y volver a desarmarla tantas veces como le fuera posible, y para Lafourcade el resultado fue todo un desmadre. Suele suceder que mientras más se aleje del libro original, mejor será una adaptación cinematográfica.

No considero redundante reiterar que Raúl Ruiz (1941-2011) fue un cineasta extraordinario. Uno de los tipos que nos demuestra que el cine es una fuerza centrífuga capaz de salpicar todo aquello que nos rodea, de llevarnos a espacios y reflexiones impensadas, como si en una sala, sin saber de qué modo, terminamos la función sentados en otra butaca. En Palomita Blanca todo lo que excede al romance de María y Carlos es oro en polvo para asomarnos al atolladero que era aquella sociedad chilena en un momento de enorme importancia histórica. Un material que Ruiz manipula con virtuosa desprolijidad, con ese estilo impredecible en el que estallan escenas inolvidables, geniales secuencias que sólo son posibles desde la improvisación y diálogos confusos de los que apenas se pueden rescatar algunas líneas, las suficientes como para tener la sensación de que estamos viendo cualquier cosa menos una película familiar. Un caos bajo el total control de un titiritero bajo la tempestad. Todo ese caos es el lenguaje del Chile de aquellos años.

 

Raúl Ruiz (1941-2011).

 

Ruiz contó alguna vez que la idea de hacer la película la tuvieron unos socialistas que querían recaudar un buen dinero para financiar una futura revolución. O los tipos estaban locos o es una joda de Ruiz, y me quedo con esta última opción, porque Raúl era un tipo con un humor genial e impiadoso y solía despacharse con estas bromas sobre su propia obra. Lo cierto es que Palomita Blanca fue sencillamente un proyecto de un grupo de inversores, entre ellos un destacado disc-jockey, que buscaba ganarse unos cuantos pesos usufructuando de la popularidad de la novela, el naciente prestigio de Ruiz y el florecimiento de las expresiones juveniles como el festival de Piedra Roja (el Woodstock chileno) registrado en la apertura del film. La música fue compuesta por Los Jaivas, grupo insignia del rock progresivo local, y se contó con un presupuesto inusual para la época. El reparto cuenta con algunos nombres célebres de la pantalla chilena como Bélgica Castro y Lucho Alarcón, aunque la parejita principal fue interpretada por dos jóvenes totalmente inexpertos de los que poco y nada se supo luego. Ellos fueron elegidos luego de un maratónico casting al estilo de las grandes productoras, tan desagradable para Ruiz que existe la leyenda de que pretendió hacer un documental sobre esto llamado Palomita brava, el cual permanecería perdido. Por suerte sobrevivió la otra palomita, la “blanca”, pero es de sospechar que a Ruiz le hubiera gustado que sobreviviera la otra, la “brava”. Un documental incorrecto sobre una película incorrecta. Hubiera sido el colmo de las humoradas de Raúl.

Finalmente, para completar esta modesta reseña sobre Raúl Ruiz, quisiera señalar que no sólo la clase alta chilena fue objeto de su mirada sarcástica (esto sería lo esperable) sino también las clases populares y la propia militancia política, como puede apreciarse en Palomita Blanca y en otras cintas suyas como El realismo socialista y Diálogos de exiliados. Será por eso que Ruiz, a diferencia de otros colegas, nunca fue tomado como un pleno referente cinematográfico de la izquierda chilena por más que sus observaciones son un dechado de agudeza. En todo caso, me encantaría que él estuviera observando y desmenuzando lo que sucede en el Chile de hoy. Se lo extraña, es una gran ausencia para estos tiempos en los que urgen el trabajo y la justicia tanto como el humor y la poesía.

 

 

Afiche del estreno en 1992, con un desnudo inusual para el cine chileno de los ’70 y el anuncio de la banda sonora de Los Jaivas.

 

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Título original: Palomita Blanca / Año 1973-1992 / Duración 90 minutos / País: Chile / Dirección: Raúl Ruiz / Guión: Raúl Ruiz / Novela original: Enrique Lafourcade / Música: Los Jaivas / Fotografía: Silvio Caiozzi / Reparto: Beatriz Lapido, Rodrigo Ureta, Bélgica Castro, Luis Alarcón.

 

 

 

 

 

 

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