En mayo de 1974 se estrenó Quebracho, dirigida por Ricardo Wullicher, con Héctor Alterio, Lautaro Murúa, Juan Carlos Gené y Cipe Lincovsky, entre los protagonistas principales. La película narra la historia de La Forestal, empresa inglesa de explotación del quebracho colorado. El guion pone el eje en los conflictos sindicales y en la tensión social entre la patronal y los trabajadores, con un poder político muchas veces cómplice de la compañía.
El ‘74 fue un año prolífico para el cine argentino. Se estrenaron también Boquitas pintadas, de Leopoldo Torre Nilsson; La tregua, de Sergio Renán; y La Patagonia rebelde, de Héctor Olivera, quien escribió el guion a partir de la investigación histórica de Osvaldo Bayer, autor de Los vengadores de la Patagonia trágica. Como Quebracho, La Patagonia rebelde describe la lucha de los trabajadores contra la explotación y el abuso de aquella patronal, resaltando el papel fundamental del anarco-sindicalismo europeo en los inicios del movimiento obrero.
“Quise hacer una película que mostrara cómo son los esquemas de explotación colonial de los países del primer mundo sobre los emergentes. Y dar a entender que es un sistema de expoliación planificada. A propósito, no le puse la palabra fin, porque a mí me parece que esta lucha todavía continúa”, afirmó Wullicher en una entrevista en 2014. “La película la filmamos bajo amenazas de atentados de la Triple A y protegidos por grupos de Montoneros. Se filmaba con mucha tensión y muchos nervios”. El director recordó que “los ingleses no sólo destruyeron la posibilidad del crecimiento del quebracho y cerraron todas las fábricas, dejando a miles de operarios argentinos sin trabajo, sino que en 1960 dinamitaron las instalaciones y las máquinas para que no pudieran usarlas los obreros”.
El diálogo entre Rogelio Lamazón, abogado radical y defensor de los derechos de los trabajadores (interpretado por Lautaro Murúa), y Mr. Murphy, gerente inglés de La Forestal (Héctor Alterio), describe con claridad la expoliación planificada.
Lamazón: En cinco años, la compañía ha talado 1.250.000 hermosos árboles de quebracho, únicos en el mundo, y no ha plantado uno solo para reponerlos.
Mr. Murphy: No tiene sentido plantar; tardan al menos cien años en crecer.
Lamazón: Claro, para entonces ustedes ya no estarán aquí y a nosotros nos quedará la tierra sucia y baldía, que no sirve ni para agricultura ni ganadería… ¿Y los beneficios mutuos, señor Murphy? Los de la compañía ya los conozco, pero yo le hablo de los nuestros…
The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited, más conocida como La Forestal, fue fundada en 1906. De origen inglés, su radio de acción comprendió el sur del Chaco y el norte de Santa Fe. Hasta que cerró su última fábrica, a principios de la década del '60, funcionó como un Estado dentro del Estado. Fuera de los gerentes de la compañía, las condiciones de vida eran extremadamente precarias. La empresa también contaba con su propia fuerza de seguridad, la “gendarmería volante”, un grupo de culatas creado por el gobernador radical Enrique Mosca en respuesta a las huelgas de 1919. Según el diario socialista La Vanguardia, esa fuerza fue responsable del asesinato y tortura de centenares de trabajadores. Como la connivencia entre el poder político y La Forestal se ejercía a cielo abierto, Mosca fue luego abogado de la empresa. Unos años después, en 1945, sería candidato a Vicepresidente por la Unión Democrática en 1946, junto a José P. Tamborini; elección que perdió Braden y ganó Perón. La compañía contó con otros apoyos políticos, como el ineludible diputado radical Romeo David Saccone, quien —frente a las condiciones de extrema miseria de los trabajadores— argumentaba que la compañía traía “progreso” a la región y destacaba su “misión apostólica”. Su colega, el diputado provincial Luis E. Filiberti, fue un poco más allá al culpar a los trabajadores de sus propias penurias: “Generalmente no tienen noción de economía y, así, derrochan todo cuanto ganan y se arruinan materialmente". Si no levantaban el parquet para hacer asados, era porque carecían tanto de parquet como de asado.
La Forestal se benefició de amplias exenciones impositivas, porque ya por entonces el poder político profesaba la toxina del recorte de ingresos fiscales “para incentivar las inversiones”. La paradoja resultante fue que la empresa pagaba muchos más impuestos en el Reino Unido, donde estaba su casa matriz, que en la Argentina, donde se encontraba su unidad productiva. De esa manera, con los impuestos generados por el trabajo argentino se construyeron durante décadas escuelas y rutas en Manchester y Southampton. Algo parecido ocurrió en los '90, durante el menemismo: las empresas europeas también se beneficiaron de exenciones impositivas “para incentivar las inversiones”. Pero lo que dejaban de pagar a la AFIP, lo pagaban en sus países de origen. Lo más bobo es que, al existir un convenio de doble imposición, lo que la filial local hubiera pagado en la Argentina, lo hubiera podido descontar de los impuestos pagados por la casa matriz en su país de origen. Es decir que no había beneficio impositivo alguno para la empresa en cuestión, sólo una pérdida fiscal neta para el Estado argentino. Como ocurrió con La Forestal, con el trabajo de nuestro país se construyeron escuelas en Baviera, Toscana y Normandía.
Las ventajas impositivas bobas no fueron las únicas similitudes entre la época de oro de los accionistas de La Forestal y el neoliberalismo de los ‘90. La compañía contaba con una moneda propia que usaba para pagar a sus trabajadores. Estos sólo podían utilizarla en las proveedurías pertenecientes a la empresa o para endeudarse a tasas usurarias. Durante el menemismo se implementó un sistema comparable: los tickets canasta. Héctor Recalde, abogado especialista en derecho laboral y ex diputado de Unión por la Patria, explicó hace algunos años cómo funcionaba esa estafa legal: “En 1989 se sancionaron dos decretos que establecieron que los tickets canasta no eran remuneratorios. Ello implicaba que sobre el valor de los tickets no había aportes y contribuciones para la jubilación, para obra social ni para el sindicato. Los trabajadores no percibían los tickets durante licencias por enfermedad, por accidente, ni durante las vacaciones, no cobraban aguinaldo sobre tickets y, en caso de tener derecho a percibir una indemnización (ya sea por despido o por incapacidad), en su cálculo no se tomaba en consideración el valor de los tickets. Además, su valor no se computaba tampoco para el pago de adicionales ni horas extraordinarias”. En su pico de uso, antes de ser derogados como pago salarial no remunerativo bajo la presidencia de Néstor Kirchner, unas 5.000 empresas en la Argentina los utilizaban, incluyendo al 15% de los trabajadores registrados (cerca de 1.500.000 personas). Según algunas estimaciones, el Estado, los trabajadores, los sindicatos y obras sociales perdieron unos 21.000 millones de dólares, que se trasladaron al sector empresarial.
Una colosal transferencia de abajo hacia arriba. Otra más.
Hace unos días, el Banco Central alertó sobre el crecimiento de la deuda entre repartidores y comercios asociados a aplicaciones de entrega a domicilio. La deuda promedio por trabajador se acerca al millón de pesos, mientras que los comercios alcanzan los seis millones. Los créditos provienen, en su mayoría, de las propias aplicaciones. Es, en realidad, un círculo vicioso: al carecer de recibos de sueldo, ya que son “sus propios jefes”, los trabajadores precarizados de las diferentes plataformas no tienen acceso al sistema bancario formal y sólo pueden contar con el financiamiento de dichas plataformas o de las billeteras virtuales, que despliegan tasas usurarias muchas veces desconocidas por los deudores. En estas condiciones, un tercio de los jóvenes que accedieron a un crédito por primera vez en 2025 terminó en mora. Pero, si bien este grupo etario es uno de los más afectados, la morosidad llega a niveles récord en todos los niveles: más de siete millones de usuarios deudores fueron excluidos para recibir nuevos préstamos.
“Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías”, escribió J.L. Borges en La trama. Por si quedara alguna duda sobre la circularidad de nuestra historia económica, en la que las élites empresariales capturan una y otra vez la renta empobreciendo a la clase trabajadora, el nuevo vocero presidencial tuvo la cortesía de evacuarla. Frente al crecimiento alarmante de la morosidad, Adrián Ravier invocó el espíritu del diputado Luis E. Filiberti y explicó: “A veces, la gente se pone en riesgo de impago simplemente por no saber manejar sus propios ingresos y obligaciones”. No debemos buscar la causa del endeudamiento creciente de los hogares en la caída sostenida de los ingresos fijos (salarios y jubilaciones), sino en la tenaz ignorancia de quienes no tomaron la precaución de nacer ricos.
Como siempre, la culpa es de la víctima.
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