Nuestros padrinos criollos

Tras el impacto de El Padrino, varias películas argentinas recogieron el guante

 

Para el mundo del cine el año 1972 será por siempre el del estreno de El Padrino. Difícil, infructuoso, innecesario cuestionar la trascendencia que han tenido esos muchachos italoamericanos: hablo de Coppola, Pacino y De Niro como de los personajes de toda la saga.

En aquel 1972 el cine de gangsters o de maleantes cambió para siempre. Ya no se trataba de hablar de mafiosos sanguinarios y carismáticos hablando cocoliche sino de instituciones mucho más sofisticadas, poderosas hasta el asombro y, sobre todo, estéticamente imponentes pero con un flanco débil, la familia. Y por más que nos repitan que todo fue una invención con apenas algunos trazos de realidad del escritor Mario Puzo llevada a la pantalla por un director de cine talentoso y obstinado, El Padrino se consagró como la representación dominante de la mafia ítalo-americana.

Pero algo pasó también por nuestros pagos, acaso una coincidencia o una operación de inteligencia suprema. Dos semanas después del estreno de la peli sobre los Corleone llegó a las pantallas La maffia, ambiciosa producción dirigida por Leopoldo Torre Nilsson, acaso el más distinguido realizador argentino de aquel entonces. Es decir que tan solo quince días separan a la gran película sobre la mafia ítalo-americana del primer intento a gran escala por retratar su contraparte criolla.

 

 

 

La maffia tiene a dos personajes centrales, Francesco Donato y Luciano Benoit. El primero, interpretado por José Slavin, está inspirado en Juan Galiffi o Chicho grande, el capo mafia rosarino de los años ’20 y ’30, mientras que el segundo, su servidor y eventual rival en voz y cuerpo de Alfredo Alcón, suele ser aceptado como un alter ego de otro mafioso que se llamó Francisco Morrone, el Chicho chico. Quien escribe sospecha que, teniendo el apellido Benoit, este personaje refiere a los matones de la mafia marsellesa que también actuaba por ese entonces en la Argentina. El tema medular de la película es la mafia entendida como una familia extendida, con sus códigos de fidelidad y respeto y por supuesto con la política que la apaña, sin la cual no podría existir de ningún modo. En esta película el hecho que pone en juego estos códigos mafiosos es el caso real del secuestro del joven Abel Ayerza.

Más allá de haber recibido el premio Cóndor a la mejor película argentina, La maffia dista bastante del mejor Torre Nilsson, que para esos años andaba incursionando por las grandes producciones cinematográficas a costa de perder la sutileza y el misterio de sus anteriores películas de presupuesto más modesto. Como en casi toda su filmografía, participaron sus habituales guionistas Beatriz Guido y Luis Pico Estrada, según la ficha técnica oficial siguiendo un argumento de Osvaldo Bayer, de donde tal vez provenga la riqueza que el guión ofrece en términos estrictamente históricos, más allá de alguna licencia sin la cual el cine no podría existir.

Pero aquí no queda la cosa, porque luego de La maffia llegó una buena cantidad de películas con temas muy similares, algo así como una ráfaga que podemos suponer inspirada por el suceso de El Padrino. El mismo Torre Nilsson, otra vez con Slavin, Alcón, Guido y Pico Estrada, se despachó en 1973 con la adaptación de Los siete locos de Roberto Arlt (recordemos el ambiente y la centralidad del rufián melancólico interpretado por Sergio Renán) y en 1975 con el El Pibe Cabeza, basada en la vida del matón Rogelio Gordillo. Ambas están ambientadas en los años ‘30.

Zulma Faiad protagonizó La flor de la mafia, película de Hugo Moser estrenada en 1972 que, situada en tiempo presente, lleva como título el apodo con el que se la conocía a Agata Galiffi, la hija del ya citado mafioso rosarino Chicho grande. Un año después apareció la violenta y compadrona Paño verde de Mario David, con Carlos Estrada y Luis Brandoni a puazo limpio. Por su parte, Alejandro Doria estrenó en 1978 Proceso a la infamia, visión de la década infame con la política como suprema organización mafiosa, y en 1979 Contragolpe. Puede que falte alguna en este breve recuento al que damos fin para hablar, ahora sí, de la que para mí es la más interesante de las películas hechas acerca de aquella mafia argentina de principios del siglo XX.

En La malavida, estrenada en 1973, tenemos como personaje central a “el Oriental”, un joven y apuesto rufián interpretado por Víctor Laplace. Su compañera, a la vez que explotada y protegida, es una prostituta llamada Juana (Soledad Silveyra), tan atractiva y requerida como él. En un principio “el Oriental” prefiere trabajar por su cuenta, le basta con lo que gana con “la Juana”, pero aconsejado por un amigo aceptará sumarse a las huestes de Víctor “el Francés” (Hugo del Carril en una de sus últimas apariciones cinematográficas), dueño de varias “casas de tolerancia”, como se denominaba a los prostíbulos de antaño. Un verdadero maquereau, que como todo delincuente de alto rango tiene gustos refinados y es muy sagaz para relacionarse con los altos círculos del poder.

 

Soledad Silveyra como «la Juana» y Víctor Laplace como «el Oriental». Los jóvenes ascendentes de «La malavida».

 

Expeditivo como ninguno, “el Oriental” irá ascendiendo en este mundillo, al tiempo que conserva su relación rufianesca y amorosa con Juana, ahora famosa como “la Juana del Oriental”. En un momento, los negocios de “el Francés” entran en colisión con los de otra organización formada por judíos polacos que se encargan de traer ellos mismos a mujeres de Europa del Este para explotarlas sexualmente. Los ajustes de cuentas entre las bandas van a ser seguidos muy de cerca por un juez que empieza a investigarlas casi en soledad, porque claramente estas mafias están protegidas por miembros de la política, la Justicia y las fuerzas de seguridad. Ya sé que suena muy familiar aunque estamos en los años ‘20, pero del siglo pasado.

Con el ojo apuntando a uno de sus negocios más lucrativos como la explotación de mujeres, a partir del cual se abroquelan mil y un delitos, La malavida podría haber sido tranquilamente la gran película argentina sobre la mafia. Y es muy probable que esa haya sido la ambición natural del proyecto.

 

Hugo del Carril interpretando a Víctor «el Francés», mafioso de gustos refinados.

 

Por empezar la dirección estuvo a cargo de Hugo Fregonese, recién regresado a la Argentina tras haber sido el único realizador que hizo pata ancha en Hollywood. Hay a la vista una sólida y costosa reconstrucción de época, con vestuarios y escenografías a cargo de las prestigiosas socias Tita Tamames y Rosa Zemborain, y un reparto que la eleva a la categoría de superproducción: además de Laplace, del Carril y Silveyra figuran nombres fuertes como Tito Alonso, Ignacio Quirós, María Vaner, Jorge Rivera López, Alberto Segado y María Rosa Gallo. Cita aparte para Adrián Ghío, el querido actor fallecido trágicamente en 1991 a causa de la bestialidad policial poco después de haber filmado su última película, El camino del Sur (1988, de Juan Bautista Stagnaro), cinta que casualmente aborda el mismo tema de La malavida y utiliza las mismas fuentes periodísticas y literarias, puntualmente el libro Le chemin du Buenos Aires (El camino a Buenos Aires) de Albert Londres, el periodista francés llegado a nuestras tierras en 1927 siguiendo los pasos de Le Milieu , la mafia francesa dedicada al tráfico de mujeres.

 

Hugo Fregonese, el director.

 

Este libro de Londres, junto a Trilogía de la trata de blancas del comisario Julio Alsogaray, era una de las pocas fuentes que se tenían en ese entonces para reconstruir los tiempos oprobiosos de La malavida, y forma incluso parte de la trama. El personaje de Del Carril es claramente Víctor “el Victorioso”, rufián que fue entrevistado por el periodista en su mansión, situación presente en la película. También hay una secuencia en la que el investigador interpretado por Ignacio Quirós muestra un ejemplar de dicho libro, pero esta escena está ausente en muchas de las copias disponibles actualmente porque la película sufrió algunas mutilaciones con el paso de los años, además de sendos embates de la censura.

 

Albert Londres, el periodista francés que arribó en 1927 para investigar la trata de mujeres.

 

Afloran además fuentes periodísticas y políticas, como el discurso del senador socialista Mario Bravo: “Sabemos de comités que entregaban bonos para ser canjeados en los prostíbulos a cambio de votos”, y se cita la famosa ley de Alfredo Palacios contra la explotación sexual, sancionada y vigente mientras los piringundines se poblaban de honorables caballeros entregados con la misma avidez al sexo y a la rosca política.

Puede ser que la película no discurra con naturalidad y que la esperada tensión dramática no esté del todo lograda. Tal el caso de La maffia de Torre Nilson, La malavida no le hace honor a la pericia y el talento de Fregonese, autor por ejemplo de Apenas un delincuente (1949), pieza mayor del cine policial argentino. Pero está en la rigurosa investigación y la laboriosa incorporación de datos históricos del guionista José Dominiani (también colaborador en La maffia) la gran virtud de La malavida, por más que esto sugiera que no se trata de una buena realización. Hoy por hoy abundan los libros, artículos, documentales y hasta una muy reciente serie de televisión acerca del tema, pero al momento al momento de filmarse esta película las fuentes eran muchísimo más escasas y prácticamente no se contaba con antecedentes en el terreno del cine, por lo cual fue el primer abordaje serio y contundente sobre las mafias y la explotación sexual femenina.

Entre las tantas referencias históricas sobresale, además de la mafia de Víctor “el Francés”, una organización de proxenetas judíos que ocultaban sus actividades detrás de una Sociedad de Socorros mutuos nombrada en la película como “Poskal”, y que en la vida real se la conocía como “Varsovia” aludiendo al origen polaco de sus miembros, antecesora de la mucho más conocida “Zwi Migdal” afincada en el barrio del Once. Apropiadamente, La malavida se toma el trabajo de mostrar cómo la mayor parte de la comunidad judía consideraba impuros y despreciaba a estos rufianes que al morir eran sepultados sin la presencia de un rabino.

Mientras en algunas zonas había una prostitución de elite aparece también la isla Maciel en Avellaneda, con su oferta de cabarets de segunda selección bajo la tutela del famoso intendente conservador Alberto Barceló. Punto más que interesante, porque mientras ha quedado en el imaginario colectivo que la prostitución era cosa de mafiosos extranjeros (polacos, franceses, etcétera) La malavida nos confirma que en todo este sistema muchos criollos cumplían con funciones tan importantes como variadas: desde ser un matón de baja estofa hasta estar en los más altos cargos políticos.

 

 

Afiche de «La malavida», anunciada en su versión original, sin censura.

 

 

Y el mismo cine naciente de entonces no queda afuera de esta mafia: en estos lupanares arrabaleros podemos ver una práctica habitual en esos años que es la exhibición de primitivas películas pornográficas como parte de los atractivos del lugar, con la insinuación de que algunas de esas cintas eran directamente registros de violaciones.

Tiene su lugar en la película un personaje inspirado en Raquel Liberman, la valiente mujer polaca que se animó a denunciar el proxenetismo organizado del cual era víctima, desnudando sutilmente el modo en que el Estado simulaba regular la actividad. Renunciar a la prostitución era quedar sin trabajo y protección, un hecho riesgoso que se rubricaba con la devolución de la famosa libreta sanitaria que las mujeres debían tener al día para poder trabajar, o sea ser explotadas legítimamente.

De todas las escenas de La malavida, la que con más contundencia dimensiona el nivel de organización e impunidad de estas mafias es una en la que mujeres recién traídas de Europa son expuestas y vendidas al mejor postor mediante un procedimiento idéntico al de la venta de ganado: un almuerzo campestre al que acuden dueños y dueñas de los prostíbulos (porque los había en todo el país), caballeros, damas de sociedad y varios políticos, de los más criollos y argentinos todos ellos, que en esos bucólicos encuentros no pagaban un peso por la comida ni por los futuros servicios sexuales de estas muchachas.

 

Mujeres vendidas en lote para una selecta concurrencia.

 

 

 

 

 

FICHA COMPLETA

Título original: La malavida / Argentina / 1973 / Duración 115 minutos / Color / Dirección: Hugo Fregonese / Guión: José Dominiani / Música: Sergio Mihanovich, Víctor Proncet / Fotografía: Aníbal González Paz / Reparto: Hugo del Carril, Víctor Laplace, Soledad Silveyra, Ignacio Quirós, Tito Alonso, Adrián Ghío, María Vaner, Jorge Rivera López, Alberto Segado, María Rosa Gallo.

 

 

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