Nueva Atlántida

Si no damos la batalla, seremos otro país hundido

 

"El mundo ha cambiado".

Esas son las primeras palabras que suenan, en la voz de Cate Blanchett, al comenzar El señor de los anillos (2001). La frase expresa algo que escapa al común de los mortales pero que su personaje, Galadriel, percibe en el aire, el agua y la tierra: la inminencia de un cataclismo, que amenaza cargarse a la civilización de la cual forma parte. Brete para la cual los griegos —hoy de moda gracias a La Odisea y enhorabuena, porque la sabían lunga— inventaron la palabra apocalipsis. Para nosotros apocalipsis es destrucción final. Pero en griego, apokálypsis significa revelación.

 

Galadriel (Cate Blanchett) en "El señor de los anillos".

 

El autor del libro original de la saga de los Anillos, John Ronald Reuel Tolkien, era un filólogo inglés, amante de la mitología nórdica, que concibió una historia en ese estilo bajo el influjo de su experiencia en las trincheras de la Primera Guerra. Tolkien admite que fue a pelear con renuencia. Se consideraba "un joven con demasiada imaginación y escaso coraje físico", y por eso pidió prórroga para completar sus estudios, hasta que no toleró más la presión social y se enlistó. En territorio francés, su nivel de educación le valió un grado de oficial, que lo puso al mando de soldados que hasta no hace mucho habían sido mineros, molineros y empleados textiles. Junto a ellos luchó en el Somme a mediados de 1916 y terminó en el hospital, no a cuenta de la metralla alemana sino de un mal más insidioso: contrajo fiebre de las trincheras, producto de una bacteria que transmitían los piojos que se morfaban vivas a las tropas de ambos bandos. (Un tercio de los ingleses cayó víctima de esa enfermedad infecciosa.) Le debemos El señor de los anillos a las picaduras de esos parásitos. Porque la guerra se cargó a la mayoría de los subordinados de Tolkien, así como a muchos de sus amigos y colegas de Oxford.

Tolkien comenzó a escribir El señor de los anillos a fines de la década del '30, y continuó haciéndolo durante la década siguiente. Dividido en tres partes contra su voluntad, el libro fue editado entre 1954 y 1955. Sobre su concepción pesó no sólo la experiencia en la Primera Guerra —donde aprendió a empatizar con sus soldados, jóvenes de la clase trabajadora—, sino también el fenómeno del nazismo que vio crecer y desarrollarse en tiempo real. A esa altura ya no temía por sí mismo sino por el mundo entero y en particular por su hijo Christopher, que formaba parte de la Royal Air Force y, como piloto de combate, debía enfrentar a las fuerzas de Hitler en el cielo.

La trama de El señor de los anillos está recorrida por un hilo similar al de la experiencia bélica europea del siglo XX. En el pasado de la imaginaria Tierra Media (Middle Earth) donde transcurre la historia, hubo una guerra devastadora que terminó con la derrota provisional de Sauron —una suerte de ángel caído, al igual que Satán— y dio pie a un prolongado período de paz. Pero, al igual que la Primera Guerra en Europa, el final del conflicto no supuso la solución definitiva de la disputa de fondo. Hubo vencedores y vencidos, pero no acuerdos. En consecuencia, estaba cantado que más temprano o más tarde la violencia volvería a estallar.

 

El oficial J. R. R. Tolkien.

 

Tolkien lo plantea en términos simbólicos. Al final de aquella guerra pretérita, y a consecuencia de la pérdida del anillo mágico que concentra su poder —he aquí, vía los Nibelungos, una de las marcas de las sagas nórdicas sobre la imaginación del escritor—, Sauron se desintegra. Y el mundo vuelve a vivir en paz, consagrado a sus quehaceres tradicionales. Pero Sauron no ha muerto. Convertido en una sombra de lo que fue, dedica miles de años a encontrar el anillo. (Tolkien convierte las tres décadas que separaron la Primera y Segunda Guerra en tres milenios.) Los pueblos de la Tierra Media creen que el mal es cosa del pasado, pero —como decía el Indio— los hijos de puta no descansan jamás. Todo lo que necesita Sauron para volver a materializarse y disponer de su poder es reencontrarse con el maldito anillo. La saga de Tolkien arranca en el preciso instante en que lo ubica y manda a sus fuerzas a recuperarlo.

He leído la novela varias veces, y visto la saga entera otras tantas. Pero al enfrentarme nuevamente a las películas —a pedido de mi hijo menor, que está discutiéndolas en su escuela—, me resonaron de una forma que nunca antes me había impactado. El relato sigue siendo el mismo, por supuesto. Lo que cambió es la realidad que me rodea. Ya en los primeros minutos del film inicial, que cuentan la fabricación de los anillos que Sauron usó para sojuzgar a los pueblos de la Tierra Media —Enanos, Hombres—, sentí que la historia funcionaba en la clave del mundo actual. Después de todo, los anillos de Tolkien son dispositivos tecnológicos de los que se vale el poder para controlar a quienes necesita controlar. En esa ficción, los Elfos se quitan los tres anillos de que disponen, una vez que entienden su nefasto objetivo. Los Enanos se niegan a someterse a Sauron a pesar de conservar los siete anillos que les obsequió, y resultan diezmados. La etnia más corruptible —Tolkien no tuvo que malgastar imaginación, aquí— es la de los Hombres. Los nueve reyes que reciben anillos dejan de servir a sus pueblos para servir a Sauron, convirtiéndose en los Nazgûl, los temibles Jinetes Negros. Esta semana, al ver por enésima vez la escena en que los reyes reciben los Anillos de Poder y comienzan a envilecerse, me pareció que ya no estaba en presencia de los personajes de Tolkien sino de Rosatti, Rosenkrantz y Lorenzetti. ¿Qué otra cosa han hecho, las eminencias del presente Poder Judicial, que dar la espalda al pueblo al que debían garantizar justicia para servir a otras potestades?

 

 

Esta nueva visión me estremeció, porque sincroniza con nuestro propio tiempo de un modo que antes no era manifiesto. No hace falta ser Galadriel para percibirlo: en los últimos años, la civilización en cuyo seno nacimos y nos desarrollamos se volvió crepuscular, entró en la fase de su declinación. Siempre estuvo claro que El señor de los anillos contaba la historia de una civilización que termina. Aun cuando todo sale razonablemente bien —aun cuando la alianza entre Elfos, Enanos, Hombres y Hobbits se impone a Sauron—, la Tierra Media no vuelve a ser la misma. En la ficción de Tolkien, al culminar el conflicto bélico los Elfos se exilian definitivamente, los Enanos vuelven a las entrañas del planeta y comienza el Dominio del Hombre. Pero en nuestra realidad es casi imposible saber qué nos espera. Una de las razones que lo dificultan es el hecho de que las mayorías avanzan con los ojos vendados —y no de forma compulsiva: al contrario, han permitido que se las ciegue— hacia un futuro de pura incertidumbre.

Nadie se da cuenta, nadie quiere asumir que el mundo está cambiando. Lo cual preocupa, porque es imposible modificar la realidad, o aunque más no sea prepararte para sobrevivir en el bravo mundo nuevo, si no entendés que ya nada es como era.

 

 

 

La sangre en el ojo

Uno de los tópicos del relato épico es el mini-apocalipsis —el fin de un mundo, o al menos de una normalidad— que pone en marcha la acción. Juan Sin Tierra aprovecha la ausencia del rey Ricardo y convierte la Inglaterra medieval en un lugar abusivo, chispa que enciende la rebelión de Robin Hood. Luke Skywalker vive tranquilo en el planeta Tatooine, hasta que los soldados del Imperio asesinan a su familia adoptiva y lo lanzan a la aventura. El elemento común es la vida idílica que los protagonistas sostenían, hasta que la realidad les pasa por encima, reduciendo su mundo original a cenizas. Lo que tiene lugar a partir de entonces es el intento de recuperar lo perdido, de restablecer el equilibrio. Pero casi nunca es posible volver a la Arcadia, a la inocencia del comienzo. El protagonista de la saga de Tolkien, Frodo Baggins, ve consumada la misión que asumió al comienzo —destruir el anillo de Sauron—, a pesar de lo cual ya no puede retomar la vida que llevaba en el arranque. Aunque la Comarca donde nació y creció retorna a la paz, Frodo no logra reinsertarse. Ha visto y experimentado demasiado, y ahora sabe que, más allá del paisaje de renovada normalidad, el mundo ya no es el mismo. Una era ha terminado para dar paso a otra, y Frodo forma parte del tiempo que se despide.

 

 

La Odisea también cuenta un mundo crepuscular. El poema de Homero sintetiza la experiencia del pueblo griego durante el tránsito de la Era del Bronce a la Era del Hierro, y el fin del orden creado alrededor de la xenia o ley de Zeus que, en un mundo anárquico, imponía una mínima regla de convivencia. La latitud que por entonces se permitían en materia de comportamientos era enorme. Una formación militar tenía derecho a saquear un pueblo, matar a hombres y niños y violar y esclavizar a las mujeres, con la excusa de reponer vituallas para la tropa. La piratería estaba a la orden del día. Pero, en lo que hacía a la vida cotidiana, uno estaba conminado a abrir las puertas y recibir a cualquiera —y cuando digo cualquiera digo griego o extranjero, rico o pobre— que reclamase hospitalidad. ¿Y cuál era la lógica de ese impulso generoso? La idea de que cualquier viajero, incluyendo los mendigos, podía ser un dios disfrazado. Una noción decididamente pre-cristiana, en tanto invitaba a tratar al más desvalido como tratarías al más insigne: ama al prójimo como a tí mismo.

En la película La Odisea, Christopher Nolan subraya la idea de que la Guerra de Troya fue un sacrilegio, porque vulneró la ley de Zeus a gran escala. El presunto rapto de Helena —que ni siquiera fue tal, ella quiso irse con otro— fue la excusa perfecta para que los aqueos conducidos por el rey Agamenón se lanzasen a la conquista de un puerto: no estaban movidos por el honor mancillado, sino por la codicia. El argumento no debería sonar extraño: es el mismo que empleó siempre el gobierno de los Estados Unidos, para justificar la agresión bélica de turno. ¿Alguien encontró, acaso, las armas de "destrucción masiva" que fueron el motivo expreso por el cual invadieron Iraq en el 2003? ¿No fue eso lo que hicieron en 1846 para despojar a México de California, en 1898 para quitarle las Filipinas, Guam y Puerto Rico a España y en 1964 para desatar la guerra en Vietnam, escudados en la mentira de una agresión en el Golfo de Tonkin?

El Odiseo de Nolan es un veterano de guerra con stress postraumático. Pero no se trata de un soldado cualquiera, sino de un alto oficial, responsable de la caída de Troya y de la masacre que desató su triunfo táctico. Hay quienes sugieren que Nolan se fue de mambo, al proyectar sobre el personaje clásico sentimientos modernos. Según ellos, la gente de aquellos tiempos mataba sin remordimientos. En todo caso, Nolan está en todo derecho de volcar su sensibilidad sobre un relato fantástico, lleno de monstruos y dioses, que data de hace casi 3.000 años: a eso se le llama adaptación. Pero además el trauma de Odiseo existe, en la entrelínea del poema. El Odiseo que abandona Troya arrasada y emprende el retorno a casa lo hace por un camino poco recomendable, porque no quiere seguir a su superior directo, Agamenón, cuya mera existencia le recuerda todo lo despreciable que hizo durante la guerra. En plan matador a lo Cacho Castaña, todavía borracho de sangre y exitismo, hace un primer alto para saquear un pueblo y después, al aproximarse a la isla de los Cíclopes, reitera el daño que cometió en Troya, casi como psicodrama.

 

Polifemo en "La Odisea".

 

Odiseo no necesita detenerse allí, tiene vituallas de sobra. Lo hace por curiosidad, para "poner a prueba" a los Cíclopes y averiguar si son "violentos, salvajes, sin ley, o amigables hacia los extranjeros". Esos gigantes de un solo ojo no son guerreros. Aunque intimidan por tamaño y aspecto, viven como pastores, conviviendo con cabras y carneros. Pero Odiseo no tiene mejor idea que meterse en la cueva de Polifemo y, junto a los doce hombres que llevó consigo, le morfa todos los quesos. Al regresar, Polifemo desconfía del aspecto de los visitantes y les pregunta qué clase de gente son: si comerciantes o "piratas, lobos de mar que saquean a su antojo y arriesgan sus vidas para desvalijar a otros hombres". (Polifemo será una criatura simple pero no un idiota: entiende que alguien que se mete en su casa y le vacía la alacena tiene que ser un violento o alguien que no reconoce más dios que el dinero.) Odiseo responde que son hombres de Agamenón, que acaba de saquear una gran ciudad: "¡Las multitudes que ha asesinado!", agrega, orgulloso. Y a continuación demanda hospitalidad, diciéndole que, si no la concede, Zeus los vengará.

¿Ustedes cómo reaccionarían si un tipo se mete en sus casas en esos términos? Polifemo reacciona como el culo y se zampa a dos hombres de Odiseo como cena. A partir de ahí Odiseo deja a un lado la curiosidad sociológica y se pone en plan supervivencia: emborracha al cíclope, ciega su único ojo y procede a escapar de la cueva con sus hombres, aferrados al vientre de los carneros, para que Polifemo no los encuentre al tacto.

A esa altura está claro que Polifemo no es el único victimario en esa circunstancia. Y Nolan subraya que Odiseo se da cuenta. Al alejarse de la isla de los Cíclopes y ver a la distancia al gigante ciego al que le jodió la vida porque sí, lo que siente es piedad y vergüenza. Pero la cosa no puede terminar ahí ni así, con el crimen impune.

 

Christopher Nolan dirigiendo "La Odisea": el fin de una civilización.

 

Polifemo pide justicia a su padre Poseidón, el dios del mar. Y le hace una demanda específica: pide que impida que Odiseo retorne a su patria, o que, si al final lo logra, pierda mucho tiempo en el intento, llegue solo, convertido en un hombre roto, y para encontrar "un mundo de dolor en su hogar". Que es casi exactamente lo que ocurre durante el resto del poema. Ni siquiera Zeus se interpone entre Odiseo y la voluntad de Poseidón. Recién cuando el castigo se ha hecho efectivo —diez años más tarde— intercede, a pedido de Atenea, para permitirle arribar a una casa donde casi nadie lo espera con los brazos abiertos. El palacio de Odiseo está lleno de tipos que disputan la mano de su esposa Penélope, mientras viven de arriba, saqueando sus alacenas. Simetría inescapable: le están haciendo a él lo mismo que él hizo a Polifemo.

Pero como Odiseo, más allá de los raptos de necedad y orgullo, es un tipo inteligente, acepta que el castigo es justo. Tanto lo que perpetró en Troya, al convertir una ofrenda de paz —el caballo hueco— en instrumento de muerte, como lo que hizo en la cueva de Polifemo, fue abusar de la ley de Zeus. Casi como un integrante más del Poder (Per)Judicial argento, trabajó sobre los grises del planteo de la xenia y convirtió una disposición benévola en una trampa. Y al hacerlo, subvirtió el orden que imperaba, dando fin a un acuerdo civilizatorio. "Violamos todo lo que era sagrado entre la gente", confiesa ante Penélope. Al igual que el Oppenheimer del film previo de Nolan, en el afán de ganar una guerra puso en peligro el futuro de la humanidad.

 

 

 

Apocalypse Now

El mundo está cambiando. Pero esta vez no me refiero al escenario de El señor de los anillos ni al trasfondo de La Odisea, sino a nuestro mundo.

Trabajamos cada vez más, por menos. Nuestro margen para hacer cosas —y no hablo de cambiar el auto ni de practicar el turismo, sino de asegurar techo y comida y pagar servicios— se achica locamente. Se nos niegan derechos elementales: los viejos mueren porque no pueden comprar remedios, los niños se malogran porque comen mierda y se caen de un sistema educativo que ya no los contiene ni les da respuestas. El desguace del Estado puso fin a controles elementales y reaparecen enfermedades que habíamos desterrado. En resumidas cuentas: nos están metiendo en el corral de la pobreza generalizada. Cada día nos dan un empujoncito nuevo en esa dirección, tan discreto que es casi imperceptible: nos habituamos de inmediato. Y mientras tanto, la industria armamentística prospera, el planeta se incendia y el grueso del sistema político trabaja al servicio de los hombres que amasan las más grandes fortunas de la historia.

 

Musk, Bezos, Trump, Zuckerberg: más ricos que Creso.

 

Los consensos que se labraron post-Segunda Guerra no corren más. Leyes internacionales, las pelotas. Trump ya no necesita excusas para perpetrar asesinatos e iniciar guerras. Si los Estados Unidos envían soldados a Venezuela, secuestran al Presidente Maduro, lo llevan a Nueva York a juzgarlo en base a las leyes que se le canten y no pasa nada —N-A-D-A—, es porque el mundo dio vuelta la página. El juego en que estábamos embarcados cambió de pantalla. El país más poderoso ungió Presidente (¡y por segunda vez!) a un tipo condenado por violación, que desconoce el resultado de las elecciones, se burla de los discapacitados, festeja la muerte y la enfermedad de sus adversarios y gana fortunas con negocios paralelos mientras ejerce su cargo, sin molestarse en disimular. Los Estados Unidos son una Ítaca a la que Odiseo nunca regresó y donde reina el pretendiente Antínoo, aquel que (¡como Trump!) evadió la colimba porque su familia era rica y manda gente al muere sin ensuciarse las manos. Eso sólo puede significar una cosa: que la civilización en la que crecimos ya no existe.

Los mínimos acuerdos que regían la convivencia volaron por los aires. Las leyes son instrumentos para el sometimiento de las mayorías y los jueces trabajan de Inquisidores al servicio de los millonarios, Sumos Pontífices de la Iglesia del Dinero. El equivalente contemporáneo de la xenia griega fue pulverizado: hoy no hay acuerdo ni siquiera para dictaminar qué es bello y qué es bueno. En la actualidad, la mitad de Occidente celebra actitudes que la otra mitad considera aberrantes. Gente hija de puta, ignorante y mezquina existió siempre, pero a esa gente se le hacía saber que dar rienda suelta a sus instintos estaba mal visto y/o era ilegal. Hoy las probabilidades que asisten a cualquiera de obtener éxito económico y social son más grandes si se exhibe como un turro, un bestia orgullosa de serlo y un violento sin remordimientos, que si se demuestra honesto y competente.

Y esto es lo que ocurre en el grueso de Occidente: América, Europa. En nuestro país es peor, porque la Argentina está al borde de la desintegración. Durante décadas nos creímos a salvo porque producíamos lo imprescindible y estábamos lejos del epicentro de los quilombos. Vivíamos silbando bajito y haciéndonos los giles. Pero ya no más. Sauron se avivó, su ojo-que-todo-lo-ve nos clavó la mirada. En estos momentos, avanzan hacia nuestro tierra las fuerzas que conchabó: orcos, trolls, goblins, Uruk-hais, hombres corruptos, Nazgûl. No disimulan su objetivo: quedarse con todo aquello que les sea de utilidad —recursos naturales, territorio—, reduciendo al pueblo a la servidumbre.

 

 

Su misión es convertir la Argentina en una cáscara de país, una entidad que retendrá las formalidades de una Nación —fronteras, autoridades, leyes—, pero que en la práctica estará organizada en feudos que se repartirán los señores que tomen la delantera en esta nueva conquista.

Alguien podrá pensar que exagero. Pero no.

Apelo a ficciones populares para graficar lo que está en juego, porque está visto que con la realidad no alcanza. Las mayorías no conectan con lo que pasa, ya sea porque no lo ven o porque no quieren verlo. Pero las cosas son como son, no como uno se miente que son. La Argentina está a minutos de convertirse en la Nueva Atlántida. Y no me refiero a un balneario ni a la novela utópica de Francis Bacon, no. En términos simbólicos, trato de decir que se transformará en un país que se hundió, que no existe más tal como lo conocimos, del que en el mejor de los casos quedarán recuerdos, referidos por los sobrevivientes que consiguieron flotar.

 

 

En estas circunstancias, hacer nada no constituye una opción. A no ser, claro, que estemos dispuestos a someternos a formas modernas de la esclavitud, que nos condenarán a vivir como menesterosos.

Ya sé que lo que planteo supone un rompedero de bolas. Yo también querría seguir en mi Comarca mental. Pero hay tiempos que se prestan a que uno la pase más o menos bien —tomando cerveza, fumando pipa y comiendo siete veces al día, como un Hobbit—, y hay otros que no. Este es uno de esos. En estos tiempos, o hacés algo concreto para frenar al tipo que viene a esclavizarte, o te bancás las cadenas.

La ventana de que disponemos para cambiar las cosas es pequeña. A comienzo de agosto hay que frenar el proyecto de ley mediante la cual pondrán nuestro territorio en venta al mejor postor. Y en noviembre se verá si las elecciones propinan a Trump una derrota indisimulable, o si termina de cargarse la democracia de los Estados Unidos, corrompiendo o negando el sistema electoral. (Cosa que es muy probable y que, de ocurrir, pasará como una noticia más, al estilo del secuestro de Maduro, aunque suponga un hecho histórico — el fin del mito de los Estados Unidos como república y su transformación en un Estado-Imperio napoleónico.)

En cualquier caso, resulta imperativo que Milei no prorrogue su turno como Presidente. Un freno que no pondrá el Congreso, cuyas disposiciones Milei desconoce a diario mientras se caga de risa, sino el pueblo argentino en la calle, retomando el ejercicio de expresión en el ágora que puso en marcha la despedida al Indio y continuó al celebrar la victoria futbolística sobre Inglaterra. (Dicho sea de paso, creo que todavía no dimensionamos la repercusión de lo que significó el cartel que decía Las Malvinas son argentinas. Lo vio el mundo entero y fue un acto de rebeldía, un gesto insumiso, en el seno del más careta y genuflexo de los certámenes deportivos — recuerden las indignidades a que sometieron al equipo de Irán y la prohibición a Rusia de participar. Esa es la razón por la cual el tsunami de ira en las redes no apuntó a Milei, a quien el mundo desprecia como a Trump, sino a los argentinos de a pie. Porque Milei será un hijo de puta pero es su hijo de puta. En cambio nosotros, al reclamar soberanía, actuamos como los indios que no aceptan el lugar al que se los relega.)

 

Atenea a Odiseo: quien quiera oír, que oiga.

 

De lo que no dudo es de que, aunque nos salgamos con la nuestra, nada volverá a ser igual. Va a haber que re-pensar, refundar, reconstruir las instituciones, empezando por los tres poderes que entronizó la Constitución. Pero si creamos un acuerdo que sustituya al que surgió a la caída de la dictadura —algo que vuelva a establecer qué es lo bueno y deseable para las personas que quieren vivir acá, a partir de un proyecto de país independiente y soberano—, la remezón habrá valido la pena. Recién entonces, como dice Penélope al final, "la civilización volverá a surgir".

En un pasaje del film La Odisea, el protagonista le dice a Atenea: "¿Por qué los dioses no hablan de una manera que podamos entender?" Pero la diosa caza al vuelo que Odiseo se está haciendo el gil para evadir su responsabilidad, y retruca: "¿Quién no entiende los truenos? ¿La sonrisa de un niño? ¿Una buena cosecha?"

El mensaje está en el aire, a disposición de todo aquel que quiera hacerse cargo del momento histórico que le toca vivir. Aprovechemos, pues, lo que este apocalipsis tiene de revelación. Y dejemos de hacernos los boludos para dar las batallas que haya que dar, porque nadie las dará por nosotros.

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí