Nuevas cartas de Rodolfo Walsh

Las cartas de Walsh a Donald Yates, entre Variaciones en Rojo y Esa Mujer

 

En abril de 1954 Rodolfo Walsh recibe una carta. Tiene 27 años y está en el camino de transformarse en lo que se dice un autor profesional. Las puertas de las editoriales porteñas, las puertas de Borges y de Bioy, las puertas de las revistas y los diarios están abiertas para él. Las abrió a fuerza de trabajo: publicó un libro excelente titulado Variaciones en rojo que contiene lo que él llama novelettes, que es la forma italiana de decir novela corta; escribe cuentos, artículos y comentarios; traduce textos en inglés, francés e italiano; estudia Filosofía y Letras; edita en uno de los sellos más importantes del país y ejerce influencia en lo que editan otros; lee y critica y parece estar más cerca de Faulkner que de Sartre: da la sensación de que no le importa tanto saber qué es la literatura, sino cómo va a poder escribir todo lo que desea escribir, cómo hacer para llegar al corazón de las ficciones, cómo seguir tensando la línea de su literatura.

La carta que recibe en abril del ’54 refiere al cuento policial, por entonces su tema predilecto. El remitente es Donald Yates, un norteamericano estudiante de la Universidad de Michigan que acaba de leer Diez cuentos policiales argentinos, la antología editada por Walsh para Hachette que circula bien en el ambiente académico de los Estados Unidos. Yates tiene 24 años y siendo adolescente se interesó por la literatura en castellano, lengua que lee con fluidez. Está escribiendo un artículo sobre el policial latinoamericano y por eso lo contacta: quiere saber nombres, fechas, títulos. Walsh responde con una carta de cuatro carillas en la que traza con maestría un pequeño mapa de la narrativa policial en el sur del continente, le propone intercambiar libros, enviarle textos inéditos suyos y de algunos colegas.

Yates no tarda en contestar y Walsh no tarda en responder. Empiezan a mandarse libros y revistas. Walsh le cuenta algunas cosas sobre sus dos hijas pequeñas y su esposa, Elina, que trabaja en un instituto para ciegos, pero principalmente habla de literatura y política, de proyectos editoriales y de autores que sólo él parece conocer. Nunca levanta el dedo; es profesional, sí, pero con un agudo y apasionado sentido del humor. Le manda cuentos que Yates traduce y traduce cuentos que le manda Yates; le cuenta que en la Argentina los escritores norteamericanos no pueden sacar del país los dólares que reciben por los derechos de sus obras: pueden comprar pesos, pero salen perdiendo con el cambio oficial, le dice, así que la mayoría deja congelados sus fondos. Algunos se niegan a seguir publicando en el país de Perón, al que ven como un dictador con pésimas leyes económicas. Walsh, que parece aprovechar cada crisis para crear algo nuevo (una cualidad que no cambiará con los años), le propone a Yates contactar a los autores que tienen dinero retenido para que lo inviertan en hacer una gran editorial o una gran revista. Yates acepta y sin conocerse personalmente fundan la New World Literary Agency.

Se escriben con fluidez durante tres años. Las profundas y avanzadas reflexiones de Walsh sobre el género policial confluyen con la descripción del golpe a Perón y la gestación de Operación Masacre, libro del que le envía un boceto para que lo intente colocar en la revista Time. Yates lo manda, pero Time lo rechaza. El ida y vuelta de cartas merma: la agencia New World queda en un segundo plano, Yates empieza a dedicarse a fondo en la traducción de los cuentos de Borges, y Walsh en la forma de trabajar los testimonios de los sobrevivientes de la masacre de José León Suárez. En 1957 Yates recibe una carta breve, en la que su amigo reflexiona:

«Una cosa muy positiva que me ha dejado este caso de Operación Masacre. Creo haber demostrado en la forma más espectacular que un autor de novelas policiales puede investigar un caso real… y resolverlo. ¡Y en qué condiciones! ¡Nada menos que el Jefe de Policía el culpable! No time for more. Muchos cariños a tu familia, de todos nosotros».

Después de ese envío no habrá más cartas por mucho tiempo. Se conocerán personalmente, en Buenos Aires, pero no habrá más correspondencia hasta 1964, cuando Walsh, desde su casa del delta del Tigre, le envía una última epístola en la que habla maravillas de Macedonio Fernández, induciendo a su amigo a viajar a la Argentina para estudiar a Macedonio y luego presentarlo al público norteamericano, «como ya has presentado a Borges», le dice.

En total Rodolfo Walsh envió treinta y una cartas a Donald Yates, de las cuales los lectores sólo conocíamos dos: esta última, aparecida en antologías, y una del ’57, en la que habla de la caída de Perón. Dos, hasta el mes pasado, cuando un libro de Ediciones De la Flor irrumpió en el decaído mercado editorial argentino publicando estas cartas que el leal Yates guardó toda su vida y que un día decidió darle a otro argentino, al escritor Juan José Delaney, el encargado de que estos textos inéditos de Walsh finalmente lleguen a nuestras manos, bajo el título Cartas a Donald A. Yates (1954-1964).

 

Juan José Delaney nació en Buenos Aires, en 1954. Es profesor, traductor, investigador y autor de dos libros de cuentos policiales, una novela, una biografía de Marco Denevi y dos libros de ensayos referidos a la lengua inglesa. Fundó y dirigió la revista El Gato Negro, dedicada a la literatura policial y de misterio. Trabó contacto con Donald Alfred Yates en la década del ’80, cuando un día, sin esperarla, recibió una carta suya. Desde entonces y hasta la muerte de Yates han sido amigos. Es descendiente de irlandeses y un ferviente investigador de la literatura policial argentina, algo que parece acercarlo a los orígenes de Walsh, de forma simple, amistosa, características que se trasladan a su buena edición de Cartas a Donald A. Yates, un libro en el que trabajó, nos dice por teléfono desde su casa de Buenos Aires, durante muchos años:

—Este libro tardó mucho en salir porque yo lo empecé a trabajar en vida de Yates. Llevó mucho tiempo conseguir las cartas y cuando creía haberlas conseguido todas de pronto me faltaban tres, que finalmente la Universidad de Michigan consiguió y me las mandó. Detrás de este libro hay un trabajo de varios años. No digo que estuve todos esos años trabajando en el libro, pero sí, intermitentemente, tratando de reunir todo el material. Yates murió en 2017, digamos que diez años antes, por ahí más, en una conversación que tuve con él, sabiendo de su amistad con Walsh en una época en la que no había emails ni Internet ni nada, le digo: “Habrá habido correspondencia…” Me confirmó que sí y que además había guardado las cartas de Walsh. Las había guardado, pero son cartas que se escribieron entre 1954 y 1964, o sea que le llevó tiempo recuperarlas, ordenarlas. Después su esposa, Joanne, me las iba escaneando de a poco, y ese proceso duró tres o cuatro años.

 

 

Donald Yates y Juan José Delaney en casa de Yates, en Santa Helena (EE.UU, 2007).

 

 

—¿Tu relación con Yates empieza en la década del ’80?

—Sí, yo estaba escribiendo un artículo sobre Cornell Woolrich, que era un escritor de misterio, el autor de La ventana indiscreta, entre muchas otras, y necesitaba una foto; le escribí a un colega que enseñaba en Estados Unidos y sorpresivamente me respondió Yates, mandándome la foto, y hablándome de él, de su trabajo como interesado y estudioso de la narrativa policial, y anunciándome un viaje que iba a hacer a Buenos Aires. Yo sabía perfectamente quién era él, entre otras cosas porque conocía las traducciones de Rosaura a las diez, de Marco Denevi, y tantos otros cuentos de Borges y Bioy Casares y, por supuesto, del mismo Walsh. Cuando Yates llegó a Buenos Aires nos encontramos en la Richmond de Florida. Ese fue el principio de una amistad de muchos años y que se interrumpió con su muerte.

—¿Hasta entonces, cómo había sido tu relación de lector con Walsh?

—En verdad mi interés original por Walsh vino por otro lado, ya que Walsh estuvo pupilo en un colegio de descendientes de inmigrantes irlandeses en Moreno, y mi padre lo tuvo como compañero en esa época. Estamos hablando de la década del ’30. Lo primero que me interesó de Walsh fueron los cuatro cuentos que escribió sobre su paso en ese internado católico regido por curas. Mi interés original proviene de allí, pero simultáneamente me estaba interesando el policial, y teníamos en casa varios ejemplares de la Serie Naranja de Hachette. Hay un autor que se llamaba William Irish (en realidad se llamaba Cornell Woolrich, pero firmaba como Irish) cuyos cuentos me interesaban especialmente, y lo notorio es que todos habían sido traducidos por Rodolfo Walsh.

—¿Cómo era la formación de los pupilos en ese colegio?

—Eran todos bilingües: en el colegio mismo a la tarde era obligatorio hablar en inglés, y en las casas de Walsh y de mi padre (y de tantos otros) se hablaba en inglés. Ahora: era un inglés que estaba muy influido por el gaélico irlandés, que es otra lengua, que influyó mucho sobre el inglés que se habla en Irlanda tras siete siglos de dominación británica. Eso se nota en la sintaxis, se nota en muchos neologismos, en el ritmo, y se nota especialmente en el carácter subliminal, en lo que se sugiere y en lo que no se dice. La palabra apropiada es el carácter “elíptico” de la lengua, eso que notamos en muchos cuentos de Walsh, por ejemplo en Esa mujer, que en ningún momento se dice quién es esa mujer. Por otro lado a los estudiantes los nutrían mucho de Humanidades, y especialmente Lengua y Literatura, en los dos idiomas, y mucha literatura, sobre todo literatura victoriana. Eso era lo que recibían en el Instituto Fahy, que todavía existe, dicho sea de paso.

—Me pareció un hallazgo de tu prólogo la vinculación del “Irish-English” con el estilo de los cuentos de Walsh.

—Piglia, por ejemplo, insistió mucho en el carácter elíptico de la prosa de Walsh, y en una reunión en el Malba donde yo hablé con Jorge Lafforgue y Osvaldo Aguirre, me acuerdo que Noé Jitrik preguntó de dónde creía yo que provenía el estilo tan singular de Walsh. Y yo creo que ese carácter elíptico proviene del inglés hablado por los irlandeses, que es el que él conoció y habló.

—Pensaba en Piglia y en sus ideas sobre el origen del cuento policial en Poe, por ejemplo, y descubrí leyendo las cartas que Walsh, en la década del ’50, ya estaba teorizando sobre eso, con una formación muy grande.

—Eso es verdad. Hay una carta que es un ensayo sobre el policial. Es claramente un ensayo, podría haberse publicado como ensayo y tendría esa autonomía y ese valor.

—Como la referida a Borges, o a Perón.

—Exactamente: la carta sobre la relación de Perón con las palabras a mí me parece que es magistral.

 

 

 

 

 

Donald Alfred Yates

—Lo que más se ha difundido (y se ha convertido en un clásico) es la traducción que Yates, junto con James Irby, hizo de cuentos, ensayos y poemas de Borges. Esa selección, que fue prologada por André Maurois, se titula Labyrinths, y realmente se ha convertido en un clásico en lengua inglesa; quien empieza a leer a Borges arranca con Labyrinths, que además está publicado por Penguin. Ese fue, por así decir, el primer golazo de Donald Yates. Después él tradujo gran parte del resto de la obra de Borges al inglés. O sea que fue el primero en haber visto la grandeza de Borges y la necesidad de presentarlo al pueblo de habla inglesa.

—¿Qué recordaba Yates de la recepción que tenían los cuentos de Walsh en Estados Unidos?

—Yates estaba muy contactado con las revistas del género policial en Estados Unidos, que eran publicaciones con enormes tiradas y que llegaban a un público que excedía el nivel de los lectores de Borges, era un público más bien popular. Ya el hecho de que aceptaran los cuentos de Walsh en revistas como The Saint Detective Magazine indica el interés o por lo menos la aceptación que los lectores tenían por su obra. Habían creado una agencia destinada a que Yates se ocupara de hacer conocer escritores policiales argentinos en Estados Unidos y Walsh lo mismo con estadounidenses acá en la Argentina. Pero la empresa que quiso ser comercial fracasó, como corresponde a toda empresa que llevan adelante intelectuales…

—La New World Literary Agency…

—Exactamente, se llamó así: se llegó a hacer, incluso, papel membretado; Yates me regaló un block, una de las pocas cosas que quedaron de la empresa.

—Me llamó la atención una carta en la que Walsh plantea el anhelo de empezar con cuentistas policiales para ir llegando a otros autores y editar a Faulkner, a Hemingway, a Steinbeck.

—El oficio del que vivió gran parte de su vida Walsh era el de traductor, o sea que siempre estaba ávido de traducir, pero él siempre apuntaba alto, es decir que le interesaban los autores de nivel. Pudo haber traducido los westerns o novelas o cuentos policiales de otro nivel, pero él apuntaba más alto, efectivamente habla de Hemingway, de Faulkner… él quería ser como ya era en ese momento Lawrence Smith, un agente literario, pero de autores de nivel.

—¿Cómo veía Yates el pasaje del Walsh editor, traductor y autor de policiales al autor de Operación Masacre y de los libros que lo siguieron?

—La respuesta la da la secuencia de las cartas. Cuando Walsh entra en el proceso de investigación, se van espaciando y va decayendo el interés y el entusiasmo por todo el período anterior. Y lo que se venía no era tanto del interés de Yates; Donald Yates era un practicante de la literatura por la literatura misma; el concepto, creo yo, de literatura comprometida no estaba arraigado en él. Me faltó decir que él mismo, Yates, era también autor de cuentos policiales, realmente muy buenos. Yo siempre lamenté dos cosas: que no reuniera todos sus cuentos en un libro y que no hubiera terminado la biografía de Borges.

—¿La biografía titulada Magical Journey?

—Sí. Yates me empezó a enviar los capítulos, pero ya medio tarde (su salud estaba flaqueando, y mucho) para que le diera mi opinión. En algún momento de ese proceso me propuso traducir el prólogo y uno de los capítulos. De todo lo que yo leí surge que hubiera sido un libro con mucha información original; hay mucha información que Yates tenía y que quizá nunca se llegue a conocer, por ejemplo que Borges no terminó la escuela secundaria.

—¿Cuál era la opinión de Yates sobre Operación Masacre?

—Precisamente las Cartas terminan con eso. Yo no quiero usar una palabra excesiva, pero mi percepción era que a Yates la política no le interesaba demasiado. Operación Masacre tiene que haber sido una sorpresa para Yates, y un cambio de rumbo en lo que él creía que eran los intereses literarios de Walsh. Yo de las cartas ni de las conversaciones obtuve nunca un juicio categórico de Donald Yates respecto de Operación Masacre. Incluso sí valoró Yates las dos obras de teatro de Walsh que, creo yo, no tienen el nivel que tienen sus cuentos. Pero aún así él las valoró, pero nunca se refirió explícitamente a Operación Masacre.

 

 

 

Una amplia amistad con los lectores

Escribió Donald Yates en el número 5 de la revista El Gato Negro, de 1994, cerrando una breve nota sobre su amigo Rudy Walsh:

«De mis catorce viajes a Buenos Aires, el primero fue en 1962. A partir de entonces Rudy y yo nos convertimos en amigos personales hasta 1977 cuando su vida encontró trágico fin. Fueron quince años en los que conversamos, escribimos y asistimos juntos a los estrenos de sus piezas. Fue una amistad amplia y cordial para cuyo abrupto e incomprensible fin yo no estaba preparado».

De ese abrupto e incomprensible fin pasaron casi cuarenta y cinco años. Durante ese tiempo mucho se escribió sobre Rodolfo Walsh. Para algunos biógrafos y lectores de su obra hay un rotundo antes y después de Operación Masacre, de su relación con Perón, de su relación con la Revolución Cubana, de su participación en Montoneros. Las cartas, que son presente en estado puro, pueden ser una buena forma de conocer el medio, la experiencia que corre el riesgo de perderse entre los mayúsculos Grandes Momentos de su vida. Lo especial de estas cartas de Walsh es que cada línea parece dar cuenta de un gran momento, por más que ese gran momento sea un hecho simple, una idea, un proyecto, el retrato de un deseo. Desde su primera carta a Yates hasta su carta a la Junta Militar muchas cosas habían cambiado, sin embargo este libro da muestras de una serie de constantes, como la pasión del estilo, la invención de un futuro a pura prepotencia de trabajo, la extraordinaria capacidad de recrear el mundo, de inyectarle vida a las cosas cuando todo alrededor parece estar muriendo.

 

 

* Publicado en Riobelbo.com

 

 

 

 

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