NUEVE AUTORES CONTRA EL OMBLIGUISMO

Recorte político de un puñado de escritores para formular una política de la escritura

 

¿Qué mágico hilo enhebra a Rafael Barrett, Lucio V. Mansilla, Quique Fogwill, Witold Gombrowicz, Leónidas Lamborghini, Albertina Carri, Jorge Asís, David Viñas y León Rozitchner? La serie, por sí misma, habla y vacila. Un par del siglo XIX, una sola mujer, cineasta; escritores, filósofos, anarcos, marxistas, peronistas, narcisista alguno tal vez. Cultores de la palabra, entregados “al festejo y a la conmemoración” que hace del lenguaje arma y herramienta. Autores de una obra plausible de ser leída por encima y por debajo de los respectivos (prejuicios de los) géneros, estilos, pertenencias, orígenes y destinos; mas nunca sin ellos.

Son los que ponen el cuerpo para “así hacer de uno mismo el lugar del enfrentamiento”, materializado por extensión en una obra convertida en una original “forma de hablar para no ser hablado por los consensos de la cultura”. De tal modo construye y caracteriza la serie el sociólogo Pedro Yagüe (Buenos Aires, 1989) al provocar la lectura con sus Engendros, que brevemente planean por sobre aquellos textos, en la experiencia de buscar dentro de ese pozo remanente de la ausencia de toda una generación liquidada por la dictadura. Oquedad en cuyo fondo quedó un walkman y una moto de alta cilindrada y sobre la cual creció “una estrategia más en el mercado de las palabras”, que propone la disyuntiva de “repetir lo que otros dijeron o seguir lo que otros hicieron”: el ombliguismo.

En esa tan breve como ampliable lista, Yagüe visita los rasgos de ruptura y discontinuidad capaces de ser reciclados como coordenadas referenciales de una construcción cultural que puja y no alcanza a parirse a sí misma. Lo hace desde la perspectiva de esa generación de “los que llegaron tarde”, veinte años a la lucha armada, treinta al hippismo, cuarenta al peronismo de Evita, y así sucesivamente. Arranca con Rafael Barrett (España 1876 – Francia 1910), anarquista, acusado de homosexual en el Madrid de 1910, batido a duelo, expulsado a Buenos Aires y luego al Paraguay, memorable cronista y narrador, empecinado en combatir la “incapacidad de mirar vivir (que) es la madre miserable de la pobreza intelectual”.

 

Lucio V. Mansilla.

 

De allí, sin escalas, Yagüe salta a Mansilla (Buenos Aires 1831 – Paris 1913) y su pasión por “la otredad radical encarnada en la figura del indio” con la que Lucio Victorio embate “una venganza contra las clases políticas que lo excluyeron del lugar que, según creía, debía ocupar” y con el cual “irá destruyendo el imaginario urbano del desierto argentino”. Mecanismo con el cual “invierte la dicotomía inaugurada por Sarmiento” y se “sumerge en aquella prolongación del corazón que llamamos lenguaje”.

De Fogwill toma su condición de narrador, dejando adrede de lado su labor como poeta –por cierto, gigante— o, en todo caso, subsumiéndola en los relatos. Porque el autor de Los Pichiciegos le resulta apto para teorizar la escritura como “la exigencia que el afecto le hace a la razón. Es animar en el lenguaje aquello que sentimos pero todavía no sabemos”. Y la lectura, por ende, una “escucha atenta a los murmullos que acechan detrás de lo escrito”. Bagaje con el que se alza sin miramiento contra congresos y ciclos de lectura, “mundos especializados y aburridos en los que sus miembros, como por obra de un pacto, se felicitan entre sí”.

 

Gombrowicz.

 

Con Gombrowicz (Polonia, 1904 – Francia 1969) desarrolla un elogio de la inmadurez, “concebida como un combate insistente contra la forma. Una resistencia contra el aroma putrefacto de la cultura”, que el autor actualiza en cantautores y poetas que “muestran su arte como quien publica en Instagram o Facebook una imagen de sus nuevas tetas”.

En un paréntesis, Engendros se relanza picando a partir del film Cuatreros de Albertina Carri (Buenos Aires, 1973): “Pero los tiempos son otros y me tocó este, el de un ombligo tan lastimado del que no logro zafar”. Movimiento con el que se desplaza del contexto y apunta a partir de allí a la especificidad de su crítica.

 

Albertina Carri.

 

Esta es la desorganización “del sentido de una época” que, con Leónidas Lamborghini (Buenos Aires 1927 -2009) “hace oír lo que ni se sabe que se oye” mediante la operación que “asimila la distorsión y la devuelve multiplicada”. Plataforma que le permite a Yagüe, ahora sí, centrarse en Albertina Carri, ponerla en correlato con su padre, Roberto, asesinado por la dictadura en 1977, y “plasmar la historia individual en la colectiva”, leer “la nación cicatrizando en el cuerpo” y viceversa. Y propone leerla junto a Mansilla.

Más debatible es la aproximación a Jorge Asís (Avellaneda, 1946), a quien por momentos detiene en Flores robadas en los Jardines de Quilmes (1980), primer eslabón chamuyero que aúna “el comercio, la seducción de las palabras”. Acaso exagera con que el actual mediático dibuja “el rostro desnudo de la política”, retrata “los gestos de una sociedad que prefiere no mirarse”. No obstante, marca “un imperdonable defecto: ha renunciado a mirar como condición para no mirarse, ha renunciado a pensar como condición para no pensarse”. Al asumir que “la derrota se hereda”, la asimila al quiebre, lo que le catapulta a acercar la escritura de Asís a la de Fogwill (se escuchan murmullos).

Con David Viñas (Buenos Aires 1927-2011) el autor se recupera, superpone odio con pasión y lo instala como pulsión de la “venganza del humillado”, cuando tal categoría –el humillado— lo que define en rigor es a los humilladores en tanto clase que somete a otras clases. Concepto que retoma al abordar la obra filosófica de León Rozitchner (Chivilcoy 1924, Buenos Aires 2011) como adalid de un pensamiento que resulta “de un cuerpo que le exige a la razón estar a la altura de su pasión”.

Alguien alguna vez afirmó que una nueva modalidad de pensamiento está condenada a nacer vieja porque conserva mucho de las ideas de las que proviene; es joven cuando madura y se desprende de aquellas; alcanza la madurez cuando se independiza, establece y genera las semillas que, a su vez, han de superarla. Tal vez la senda que Pedro Yagüe bosqueja enfile en esa dirección. En el bricolaje que procura, traza algunos elementos capaces de próximas construcciones. En el mejor de los casos.

 

 

FICHA TÉCNICA

Engendros

 

 

 

 

Pedro Yagüe

Buenos Aires, 2018

86 págs.

 

Dejá tu comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.