Números locos

La transición energética popular y la necesidad de bajar el consumo de combustibles fósiles

 

El paradigma de la transición energética, si es que existe, corre un grave riesgo de verse apropiado por las grandes empresas, de ser banalizado y puesto al servicio del actual sistema de reproducción social que pretende perpetuar las relaciones de poder existentes, entre ellas el rol subordinado de los países periféricos a un orden establecido.

En contrapartida, las dinámicas de transición energética popular diversifican las posibilidades para colocar sobre la mesa opciones poco analizadas.

Entre los discursos instalados de la transición energética se encuentra el de los combustibles puente, es decir la aceptación de que si bien todos desean un avance hacia fuentes renovables de energía, algunos postulan que en este proceso hay fuentes fósiles que están llamadas a jugar un rol preponderante para la transición a las renovables.

Es cierto que ello tiene un fundamento claro, y es el de abandonar primero aquellos combustibles que tienen más emisiones específicas de gases de efecto invernadero. Por ejemplo, es imperioso abandonar rápidamente el carbón y el petróleo. Así algunos sectores ven al gas como una alternativa en este proceso de disminución de las emisiones de gases de efecto invernadero. Probablemente esto tenga algún sentido en economías altamente intensivas en carbón y petróleo. Pero no es el caso de la Argentina.

 

El gas no es un combustible puente en la Argentina

En el año 1970, la oferta interna primaria de energía era de 30.479 miles de TEP[1]. Dentro de esa oferta, el petróleo representaba el 73% y el gas natural un 18% de la matriz argentina. Cincuenta años después, con una oferta primaria de más del doble (70.558 miles de TEP), el peso del petróleo se redujo al 29% mientras que el gas creció al 55%.

Estos datos expresan que el gas ya ha jugado su rol como combustible puente en la Argentina. Hoy debemos pensar cómo bajar la intensidad de consumo y el peso de los combustibles fósiles, y el gas en rigor es el más utilizado en nuestro país. Más allá de que hemos transicionado a un combustible con menores emisiones específicas, las emisiones totales, las que de verdad importan, han crecido. Esto nos obliga a poner en primer lugar la disminución de la proporción fósil de nuestra matriz energética, que sigue teniendo un peso mayor al 84%.

Por tal motivo, es importante no subyugarse ante el discurso de los países desarrollados y el lobby hidrocarburífero que pretende fortalecer sus activos fósiles, ahora de la mano del gas, y perpetuar por algunas décadas algo que puede cambiar más rápidamente.

El problema de la transición no se asocia solamente a los combustibles utilizados sino que, en muchos casos, las claves se encuentran en el desarrollo de la infraestructura asociada a los combustibles fósiles. Algunas razones de la expansión de los fósiles en el planeta fue su alto contenido energético por unidad de volumen y/o peso, la posibilidad de ser acumulados y transportados con relativa facilidad frente a otros energéticos. Esto estuvo directamente asociado a grandes inversiones en infraestructura, que en la mayoría de los casos se ha hecho con dineros públicos para beneficio de grandes corporaciones.

 

Sobre los senderos de la transición

El 8 de agosto se anunciaron para la Argentina importantes inversiones de dineros públicos: 1.559 millones de dólares en sólo dos años para realizar obras de transporte y distribución de gas, cuyo objetivo es reducir las importaciones de GNL que tanto impactan sobre la balanza comercial en un contexto de restricción externa luego del endeudamiento producido durante el macrismo. Según los anuncios, estas obras permitirían incrementar la capacidad de transporte de gas desde Neuquén en aproximadamente 10 millones de metros cúbicos por día.

Serían 1.559 millones de dólares para enterrar infraestructura de caños, un negocio en sí mismo que perpetúa un modelo energético dependiente del gas.

Es claramente una propuesta de acción asociada a una concepción de política energética. La misma atiende la necesidad de reducir importaciones pero consolida una infraestructura gasífera.

¿Es posible atender la necesidad de reducir importaciones y a la vez descarbonizar? ¿Cómo se toman las decisiones? ¿Qué se evalúa? ¿Qué alternativas se contemplan? ¿Cuál es el objetivo de esa política?

Supongamos que el objetivo político, que compartimos, sea evitar la importación de GNL. ¿Tenemos opciones? ¿Se trata sólo de sostener el consumo en esos términos? ¿Es posible satisfacer esos usos del gas de otra manera?

Entendemos que las opciones son múltiples si logramos desprendernos de algunas ataduras epistemológicas y sólo proponemos algunas.

 

Opciones fuera de la agenda de mercado

En este caso bosquejamos algunas opciones desde el sector de consumo.

  • En la Argentina se utiliza para el calentamiento de agua sanitaria de uso doméstico casi el 10% de todo el gas consumido en el país. Los consumos pasivos de calefones y termotanques (los pilotos) utilizados en el país pueden ser superiores a 4 millones de metros cúbicos de gas por día. Podríamos inferir que casi la mitad de la inversión anunciada la podríamos resolver sólo eliminando los sistemas de llama piloto de estos electrodomésticos.
  • La mayoría de los calefones y termotanques en uso en el sector residencial son de muy baja eficiencia. Un recambio de equipos por calefones y termotanques clase A (más eficientes) permitiría un ahorro de 3,6 millones de metros cúbicos de gas por día, proceso que incentivaría el sector de línea blanca y que sumado a los pilotos se acerca a los supuestos beneficios del gasoducto.
  • El programa Casa Propia del Ministerio de Desarrollo Territorial y Hábitat anuncia la instalación de sistemas solares térmicos híbridos, 120.000 viviendas que calentarán el agua con sol y un poco de gas o electricidad. Esto implicará un ahorro anual de 20 millones de dólares por menores necesidades de importación de gas.
  • Si se desarrollase un mercado residencial de estos equipos solares térmicos híbridos, de modo que atendiera la demanda de aquella población sin acceso a la red de gas, se podrían dejar de consumir 4,6 millones de metros cúbicos de gas por día.
  • Sabemos que la eficiencia energética es difícil de “vender”. El trabajo realizado por Gil, Giovagri y Codesiera nos indica que si redujéramos un 50% las pérdidas térmicas en la mitad de los hogares de Argentina lograríamos ahorrar 11 millones de metros cúbicos por día de gas.

Todos los ahorros indicados no son durante un año, son desde que los implementemos en adelante.

El ahorro potencial es enorme si consideramos que la opción original del gasoducto no termina con la inversión en el mismo, sino que luego, año a año, hay que pagar el gas y consolidar emisiones.

 

Entonces, ¿por dónde vamos?

Primera observación, tenemos múltiples opciones de políticas energéticas, muchas con dificultad para vislúmbralas porque no son alternativas de consumo sino de evitar consumo, y esto no implica que no se genere empleo o trabajo alrededor de las mismas.

Sin dudas es más complejo discutir cómo no consumir energía en lugar de dar rienda suelta a una demanda sin sentido. Pensar en consumir menos es disruptivo, rompe la concepción mercantil capitalista de la energía, nos pone frente a un escenario que desconcierta la visión corporativa de la energía.

Lo segundo a observar es que en este ejercicio sólo analizamos cómo actuar sobre menos del 10% del uso del gas, una fracción mínima de la matriz energética. Dimensionemos que pasaría si bajo esta lógica trabajáramos sobre las opciones para el sector transporte o para el sector industrial, para el sector público y el comercial o la generación eléctrica.

La transición energética popular se asienta sobre la idea de desprivatizar, de fortalecer las diversas formas de lo público, lo participativo y lo democrático. Se asienta sobre la imperiosa necesidad de superar la desigualdad, la inequidad, las pobrezas energéticas, de reducir en este marco la utilización de energía, lo que implica redistribuir y a la vez desfosilizar las fuentes energéticas utilizadas. Plantea la necesidad de descentralizar y democratizar los procesos de decisión en torno a la energía. En definitiva, se trata de recuperar la idea de la energía como una herramienta para mejorar la calidad de vida en un contexto de límites y desigualdades. Opciones tecnológicas hay muchas. Números locos también.

 

* El autor integra el Observatorio de Energía y Sustentabilidad de la Universidad Tecnológica Nacional, Facultad Regional Rosario.

 

Referencias:

[1] Toneladas equivalentes de petróleo.

 

 

 

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