El 25 de febrero de 1953 se estrenó Las vacaciones del Sr. Hulot (Les Vacances de Monsieur Hulot, en el original), comedia dirigida, interpretada y escrita por Jacques Tati junto a su coguionista Henri Marquet. Se trata de su segundo largometraje y de la presentación en sociedad del Sr. Hulot, un personaje lunar que Tati encarnaría durante el resto de su carrera. Por el humor físico, que remite al music hall y al slapstick –la comedia física característica del cine mudo– es inevitable compararlo con Charles Chaplin o incluso con Buster Keaton; aunque el propio Tati se consideraba lo opuesto a ellos. Es cierto que Hulot no nos ofrece las proezas atléticas de Keaton; ni tampoco parece ser un hombre alcanzado por la gracia, como Chaplin, a quien todo le sale con aparente facilidad. Si bien las películas de Tati tienen algo de relojería, de mecanismo regulado de forma obsesiva, su personaje es un hombre que observa, más que uno que hace. Nos ofrece un mundo, su mundo. “La naturaleza imita al arte”, escribió Oscar Wilde en La decadencia de la mentira, en el sentido de que las obras de arte modifican nuestra manera de ver el mundo y, de esa forma, logran que el mundo (la naturaleza) se adapte a ellas. Ocurre algo similar con Hulot: observa y se asombra de sus congéneres, de la vida en comunidad, de las rutinas humanas, y ese asombro, no exento de ironía pero sí de malicia, modifica nuestra propia mirada.
André Bazin, crítico de cine y cofundador de la mítica revista Cahiers du Cinema, escribió sobre Hulot:
“La originalidad del personaje, en relación con la tradición de la Commedia dell’arte que perdura a través del burlesco, reside en una suerte de carácter inacabado. El héroe de la Commedia dell’arte encarna una esencia cómica; su función es clara y siempre coherente. En cambio, el rasgo distintivo del Señor Hulot parece ser una reticencia a existir plenamente. Es una indecisión ambulante, una forma tentativa de ser. ¡Eleva la timidez a la categoría de principio ontológico!”
La indecisión ambulante es una gran definición del personaje. Una indecisión que los espectadores agradecemos. No hay en su mirada tierna una bajada de línea, ni tampoco la necesidad imperiosa de transmitirnos un mensaje. La película, que casi prescinde del diálogo –reemplazado por interjecciones– posee un encanto estival ya que, como lo anuncia el título, Hulot ha decidido tomarse vacaciones. El lugar elegido es Saint-Marc-sur Mer, un pequeño pueblo de la costa atlántica francesa. Los juegos en la playa, la rutina del hotel, el tenis (una pasión del propio Tati), las cartas, y el resto de los ritos veraniegos pasan bajo la lupa del director, evitando el cinismo cómplice, ese que consiste en hacerle guiños al espectador para que, desde un tranquilizador sentimiento de superioridad, pueda denigrar a los personajes. Ese truco fácil, esa visión de entomólogo, no tiene lugar en el mundo de Tati-Hulot. Al contrario: ambos sienten una gran empatía hacia esa pequeña burguesía de la que se burlan con ternura, desde su aristocracia de bolsillo flaco. Hulot es la tromba que descalabra la rutina tranquila de los veraneantes. Nuestro héroe involuntario es, por supuesto, totalmente ajeno a esa realidad, ya que sólo intenta, una y otra vez, encajar entre la gente “normal”.
Las vacaciones del Sr. Hulot son también una melancólica oda al ocio popular y a las vacaciones pagas, una iniciativa del gobierno del Frente Popular liderado por Léon Blum. Fue promulgada en 1936, generalizando para todos los trabajadores el derecho a dos semanas de vacaciones pagas obligatorias del que ya gozaban algunas categorías de asalariados. En realidad, el derecho al far niente no fue una prioridad de la coalición de gobierno conformada por socialistas, radicales y comunistas. Al considerarlo poco realista, lo dejó de lado, priorizando otras reivindicaciones que la coalición estimó más viables, como los aumentos salariales o la exigencia de control obrero en las fábricas. Además, en una Francia que lidiaba con la crisis económica y el desempleo, la prioridad era promover el trabajo, no el ocio o el descanso. Por su lado, las cámaras empresariales rechazaron rotundamente las vacaciones pagas, por considerarlas una fantasía utópica que equivalía a “cobrar por no hacer nada”, una crítica que parecía expresar un cierto sentido común. Finalmente, frente a la huelga general y a la ocupación de fábricas por parte de dos millones de trabajadores, tanto la patronal como el gobierno acordaron implementar esa “utopía revolucionaria”.
Nueve años después, en enero de 1945 y de este lado del Atlántico, el entonces coronel Juan Domingo Perón, a cargo de la Secretaría de Trabajo y Previsión del gobierno de Edelmiro Farrell, estableció por decreto las vacaciones pagas para todos los trabajadores en relación de dependencia.
De esa forma, generalizaba un derecho del que hasta entonces sólo gozaban ciertas categorías de trabajadores, como los empleados de comercio o los ferroviarios. La medida fue complementada con subsidios estatales al transporte y construcción de hoteles y colonias de vacaciones para que los trabajadores pudieran viajar. La coordinación entre el Estado y los sindicatos fue esencial para lograr que los trabajadores ejercieran ese derecho. Algunos destinos exclusivos de la clase alta, como Mar del Plata, comenzaron a recibir masivamente a familias trabajadoras que podían viajar en tren gracias a tarifas populares, modificando el mapa turístico del país. Mis abuelos, que disponían de una hermosa casa en Mar del Plata, vieron llegar con cierta inquietud ese aluvión zoológico estival. Mi abuela afirmaba no estar en contra de que “esa gente” se tomara vacaciones, pero se preguntaba: “¿por qué acá?”
Como había ocurrido en Francia, las asociaciones patronales rechazaron fuertemente la medida. Argumentaban que otorgar días de descanso pagados era un atentado contra la productividad y la rentabilidad empresarial. Según esa visión supuestamente pragmática, era ilusorio considerar que un privilegio pudiera ser considerado un derecho. Pese a esas críticas furiosas que podían parecer simple sentido común (¿cómo se iba a pagar a la gente por no hacer nada?), no sólo mejoró la calidad de vida de las mayorías, sino que generó, tanto en Francia como en la Argentina, el turismo social o turismo de masas, que impulsó la economía (en particular las economías locales) y generó miles de puestos de trabajo. Cuando Tati filmó Las vacaciones del Sr. Hulot, hacía casi dos décadas que se habían implementado en Francia dichas vacaciones pagas, generando una edad de oro turística para clases sociales que antes no conocían la playa, las termas o la montaña. Faltaban apenas cinco años para que la Constitución de 1958 redactada e impulsada por el general Charles de Gaulle diera origen a la V República Francesa, el sistema político aún vigente en el país y, accesoriamente, permitiera su regreso al poder.
En la Argentina, por esa misma época –el 15 de abril de 1953– durante un acto convocado por la CGT en la Plaza de Mayo, el discurso de Juan D. Perón fue interrumpido por dos estallidos de bombas entre la multitud, que dejaron un saldo de seis muertos y un centenar de heridos.
En Los Mitos de la Historia Argentina 4, Felipe Pigna escribió al respecto:
“Para contrarrestar la ofensiva opositora, que encontraba en la carestía, el desabastecimiento y el caso Juan Duarte un interesante caldo de cultivo, la CGT convocó para el 15 de abril a una movilización. La Plaza de Mayo volvió a llenarse y estaba todo listo para otro ‘día peronista’. El General dedicó su discurso a vincular la complicada situación económica con el accionar de la oposición (...) No había terminado aquella frase cuando una ensordecedora explosión hizo volar a todas las palomas de la Plaza. Estaba claro que no era un petardo, sino una bomba de alto poder. Perón intentó continuar: ‘Compañeros, éstos, los mismos que hacen circular los rumores todos los días, parece que hoy se han sentido más rumorosos, queriéndonos colocar una bomba’. Otro explosivo estalló en ese momento (...) En la Plaza quedó el saldo humano de las explosiones: cinco muertos y más de cien heridos de consideración”.
El cruel atentado de 1953 fue el prólogo a los bombardeos a la Plaza de Mayo de junio de 1955 –cuando aviones de la Aviación Naval y de la Fuerza Aérea arrojaron bombas sobre el centro porteño y ametrallaron a mansalva a transeúntes–, acto terrorista que a su vez anunció el derrocamiento de Perón tres meses más tarde. La furia gorila suele aplicar una maniobra en espejo, justificando la violencia inaudita que ejerció históricamente sobre el peronismo, sus líderes y sus simpatizantes, como la respuesta a la violencia del campo adverso. En realidad, más que una respuesta a la violencia imaginaria del peronismo, esa furia se explica por las políticas justicialistas. Así como la ampliación de derechos hacia las mayorías populares (esas “fantasías utópicas”) pudo ser metabolizada por las élites francesas; las élites de nuestro país respondieron con sangre y fuego para garantizar sus privilegios e incluso aumentar su parte de torta. El capitalismo de rapiña ejercido a cielo abierto a partir del golpe cívico-militar de 1976 fue una victoria pírrica: sólo ha conseguido reducir la torta tan disputada. Nuestra élite se adueña de forma creciente de un país económicamente cada vez más irrelevante. Es decir, pensando que se enriquece, se empobrece a la par del resto de la población.
Como suele recordar Amado Boudou: en diciembre del 2015, cuando CFK se despidió de la presidencia frente a una Plaza de Mayo llena luego de doce años de gobiernos kirchneristas, todos los sectores del país (cuentapropistas, grandes empresarios, jubilados, amas de casa, docentes, científicos, artistas, empleados públicos o trabajadores en general) estaban mejor que en mayo del 2003, cuando asumió Néstor Kirchner. Cegadas por el antiperonismo, hoy circunstancialmente antikirchnerismo, nuestras élites empresariales olvidan algo elemental: la ampliación de derechos no sólo favorece a quienes los reciben sino que impulsa el desarrollo de todos.
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