Odium politicum

La historia del odio es la historia de la ignorancia y de su uso político

 

De las emociones que estamos preparados para sentir, puede que el odio sea la más duradera. Todo indica que nos fue útil durante milenios. Según los neurólogos, hemos desarrollado un «circuito del odio», focalizado en un sector central del cerebro llamado putamen (da para las chanzas, lo admito) que, además, regula nuestros movimientos — nuestra acción. El odio habría sido valioso en términos de supervivencia: produce adrenalina, acelera el corazón, aguza los sentidos y, así, colabora en la lucha física por una pareja, el territorio o la comida. Lo cual habrá sido imprescindible en un mundo que era hostil, tanto por su naturaleza incontrolable como por la falta de leyes regulando convivencias. Pero no debería ser tan útil ahora, cuando la vida —al menos en teoría— no supondría violencia cotidiana en aras de conservarla y prosperar. La mayoría de nosotros vive en ciudades contenidas por un entramado de leyes y un vasto funcionariado que existe para hacerlas cumplir. Y sin embargo, pocas emociones son hoy tan visibles —y tan sociales a la vez, a diferencia de otras que tienden a experimentarse en privado— como el odio.

De los odios del presente, no hay ninguno más ubícuo y con más prensa que el odio político. No costaría nada dibujar un planisferio que ligue, a través de colores o de simbología ad hoc, a tanto hijo de putamen en plena actividad. En los Estados Unidos, muchos blancos odian a los negros y a los inmigrantes; en Europa los movimientos de extrema derecha están en pleno risorgimento; Medio Oriente sigue siendo un caldero en ebullición, todavía dividido por una Guerra Fría entre Occidente y Rusia que hoy atraviesa su versión 2.0; las Coreas continúan divididas; en Latinoamérica se cultiva nuevamente la persecución política; y en Argentina en particular, los gorilas odian a los peronistas o, más específicamente, a los K.

 

“El odio es una copa sin fondo: verteré y verteré”. (Eurípides, ‘Medea’.)

 

Por supuesto, los odios políticos (o raciales o religiosos, que son la misma sputza con distinto moño) distan de ser un invento contemporáneo. Llevamos odiándonos desde que nos organizamos como pueblos, con energía digna de mejores causas: los amalequitas odiaban a los israelitas, los griegos a los persas, los romanos a los bárbaros, los católicos a los herejes, los protestantes a los papistas, los sureños a los yanquis, los nazis a judíos y gitanos, los cristianos serbios a los musulmanes y así, de modo interminable. A veces las disputas se iniciaban por una ofensa personal, a la que la historia y la leyenda concedían un rol central. (Pensemos en Paris llevándose a Helena, en la tirria entre Montescos y Capuletos.) Pero casi siempre se trataba de una racionalización: una excusa que resultaba funcional, en tanto exacerbaba prejuicios y desconfianzas entre las facciones mientras —eso sí, sotto voce— ponía en marcha la maquinaria de la conveniencia. No hay argumento más tradicional que apelar al honor herido para iniciar una disputa que, en el fondo, será esencialmente comercial.

He aquí una verdad universal: no hay guerra sin sponsors.

 

Una fina capa de hielo y nada más

También es cierto que, durante los primeros milenios de nuestro afán civilizatorio, tendimos a solucionar todo tipo de diferendos a través de la violencia azuzada por el odio. ¿Para qué íbamos a andarnos con chiquitas —someter al vencido a las leyes, a reeducación, a una condena penal razonable— cuando podíamos lanzarlo a la hoguera, descuartizarlo o entregarlo a la turba apedreadora? La diferencia intolerable se pagaba con la vida, no existía bien más escaso que la misericordia. En Éxodo 22:18 se lee: «A una bruja no se le permitirá vivir». Levítico 20:13 dice: «Si un hombre yace con otro hombre como uno yace con una mujer, habrán hecho algo detestable y deben ser ajusticiados». Y en el libro 2 Corintios, 6:14, Pablo sostiene: «No se unan en yugo desigual con los incrédulos porque, ¿qué camaradería puede haber entre la justicia y la injusticia? ¿Qué camaradería existe entre la luz y la oscuridad?» Según el apóstol, quien no piensa como uno encarna la injusticia y la oscuridad. Y así, aun el que creía estar predicando un Evangelio de amor sembraba semillas de discriminación y de odio.

Consideremos que el bicho humano vivió milenios en condiciones de abyecta inferioridad, a expensas de un rayo que le causaba pavor, de aguas que se lo llevaban todo y de criaturas que le arrancaban la cabeza de un bocado; y que por ende creció en el miedo, sobreviviendo en la medida que su putamen se hipertrofió y adquirió la capacidad de actuar desde el odio extremo a casi todo y todos — la energía que proporciona la desesperación. De ser así, resultaría lógico que, a pesar de haberse dado ya techo, sembrado para no sufrir en invierno y asociado a una comunidad de autoprotección, no supiese bien qué hacer con el impulso agresivo al que tanto jugo le había sacado.

 

 

Es verdad que sublimó mediante la cultura, concentrándose en el arte, la vestimenta, las convenciones sociales, el deporte y la creación culinaria; pero por lo demás, lo imagino como la Ferrari de Sebastian Vettel condenada a moverse en un circuito de kártings. Tanta violencia contenida necesitaba ser canalizada. Aquellos que se atrevieron a apartarse de la norma se convirtieron, pues, en blancos móviles: alguien tenía que oficiar de chivo expiatorio y ofrecer su cuerpo como receptáculo del odio sin dirección.

El instinto agresivo que la especie backupeó en su disco rígido está siempre a mano, listo para jugar a la primera provocación. «Me fascina —dijo el cineasta Werner Herzog— la idea de que nuestra civilización es una fina capa de hielo encima de un océano de caos y oscuridad». Pelis suyas como Aguirre la ira de Dios (1972) dramatizan esa intuición. Otra que desarrolla la misma noción es Deliverance de John Boorman, estrenada el mismo año. La historia de los cuatro tipos de ciudad que, expuestos a la brutalidad de unos ignorantes, asumen la misma ferocidad como herramienta, puede ser pensada como una relectura de El señor de las moscas (1954), de William Golding, en clave adulta. Es uno de los raros casos en los que el título original dice tanto como la libérrima traducción al castellano. Deliverance significa liberación, aquí en acepción doble: se refiere al modo en que los sobrevivientes se salvan de pagar por sus crímenes pero, también, a la liberación que significó para ellos abandonarse a la ira.

El título con que se la estrenó aquí es todavía más claro: la rebautizaron La violencia está en nosotros.

 

‘La violencia está en nosotros’: duelo de banjos y de culturas

 

 

El poder, la gloria y la falta de imaginación

El circuito motor de nuestro cerebro sigue siendo capaz de producir odio a raudales tan pronto se lo demandamos, conscientemente o no. Y no en vano, porque todavía atravesamos por situaciones ante las que se presenta como una respuesta adecuada.

En un artículo publicado en Social Matter bajo el título El cultivo del odio político, Henry Dampier dice que «cuando el Estado es débil y la gente sufre injusticia es natural que el odio se desarrolle. Si las leyes son confusas e inconsistentes, la injusticia procede sin castigo, sin respuesta y sin siquiera ser asumida como tal… (Pero) Dentro de un orden legal estable, la pronta respuesta de la Justicia previene el desarrollo de esos odios. …El odio no es malvado en sí mismo. Es una respuesta a una sensación de injusticia, y persiste hasta que la justicia haya sido vengada, después de lo cual puede ser puesto a un costado. …La frase El amor conquista el odio es un absurdo. Lo que extingue el odio es la Justicia. El amor no tiene nada que ver».

Argumento persuasivo, el de Dampier, pero al mismo tiempo engañoso. (Su apelación al orden y el uso de la palabra venganza lo traicionan.) No negaremos que un sistema de Justicia efectivo —uno por completo distinto del nuestro, quiero decir— sería utilísimo a la hora de prevenir la proliferación de odios. Pero Dampier olvida, en primer lugar, que el odio no forma parte de la clase de emociones que fácil y rápidamente se pone a un costado. El odio se instala, dura y se resiste a evacuar las instalaciones — el odio coloniza. Todo aquel que tolera en su interior un odio prolongado involuciona hacia la condición del poseído, alguien cooptado por una emoción maligna que lo domina y, por ende, le impide pensar y readueñarse de su vida.

Por otra parte, Dampier presume que el odio es una respuesta sensible a una ofensa concreta. ¿Qué haríamos entonces con el odio racial, que mueve a ciudadanos a detestar a una minoría que, en la práctica, no los agredió de modo alguno más allá del mero expediente de existir? Los que se montan sobre un recelo atávico para manipularlo crean argumentos que lo racionalizan, lo (tra)visten de luces: en su momento se odiaba a los negros, como hoy se odia a los latinos, porque —esta explicación aspiraba a la seriedad de la economía — se quedaban con los trabajos que los blancos habían desempeñado «tradicionalmente». Mentira entonces y mentira ahora; en todo caso, se quedaban con las labores que los caucásicos ya no querían desempeñar por considerarlas denigrantes. Hasta que estallaba la crisis económica y los pobretes blancos se veían trasquilados y aceptaban ser usados por los poderosos, como ariete contra las minorías étnicas. ¿Cuántas «grietas» —cuántos odios— encontrarían explicación en la artera manipulación que hacen los ricos, lanzando a un grupo de pobres a la garganta de otro?

Como toda emoción intensa, el odio interfiere con el raciocinio. En medio de un ataque de rabia —por justificado que fuere— nadie piensa bien, hasta que la adrenalina decae naturalmente, el ritmo cardíaco se normaliza y se puede retomar la articulación de pros y contras. Es que hay algo en la naturaleza de este universo que en ese sentido nos juega en contra. Confucio lo percibió hace siglos: «Odiar es fácil y amar es difícil. Así funciona el esquema de las cosas. Todo lo bueno es difícil de lograr; pero las cosas malas se consiguen fácilmente». Puesto de otro modo: construir cualquier cosa valiosa es arduo y complejo, mientras que destruirlo todo es tan simple e instantáneo como hacer ka-boom.

La naturaleza pasajera de toda emoción fuerza a los mercaderes del odio a construir argumentos que la sostengan en el tiempo; excusas de naturaleza racial, religiosa, seudocientífica, económica y política que hacen del odio una industria. Pero como en este otro sentido el tiempo obra en nuestro favor, sus esquemas sólo prosperan entre gente que, por ignorancia o necesidad patológica de negar cierta realidad, se aferran a postulados que podrían ser desmontados en cinco minutos de honestidad intelectual.

En The Huffington Post, Dustin Swanger —presidente del Fulton-Montgomery Community College— publicó un artículo titulado Las políticas del odio, donde dice: «Lo que está claro es que una parte grande y, en su mayoría, poco o mal educada de nuestra población, responde a este tipo de tácticas. Están sacados. Sacados con el gobierno. Sacados con la policía. Sacados con los ricos. Sacados respecto de ellos mismos. Están sacados, nomás».

Esta es otra verdad universal: la historia del odio es la historia de la ignorancia y —muy especialmente— del aprovechamiento político de esa ignorancia.

De las múltiples definiciones del odio, me quedo con la de Graham Greene en El poder y la gloria: «El odio es una falta de imaginación».

 

“Decidí apegarme al amor… El odio es una carga demasiado grande para soportar”. (Martin Luther King Jr.)

 

El odio como creador de comunidad

Niza Yanay es académica del Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad Ben-Gurion del Neguev (Israel) y autora de un libro llamado La ideología del odio: el poder psíquico del discurso. Allí sostiene que a partir de los ataques del 11 de septiembre de 2001, el odio «empezó a colonizar nuevas esferas, operando como una fuerza social y política que manipula y moviliza sectores enteros de modos muy específicos». Por lo pronto, dice, el odio impide considerar las razones que mueven a los adversarios a hacer lo que hacen. «Mucha gente considera que los bombarderos suicidas están motivados por el odio, pero muy pocos consideran los bombardeos militares sobre áreas pobladas como crímenes del mismo tenor… Nunca encontré un artículo que describiese los ataques con drones a Pakistán como crímenes de odio, a pesar de que se cargaron a 3.500 personas. Lo cual sugiere —apunta Yanay— que está funcionando la ideología del odio. Hay una gran diferencia entre el odio como respuesta ante el poder y el odio como una operación del poder».

Yanay recurre al ejemplo de los avisos que abarrotaban los subtes de Nueva York después de los atentados, repitiendo la misma leyenda: Si usted ve algo, diga algo. «Además de alertar sobre objetos sospechosos —dice—, ese mandato creaba una desconfianza que, paradójicamente, ligaba a gente muy distinta conminándola a sostener una misma, temerosa mirada, cargada de sospecha y de prejuicio. El odio devino artefacto político, creando comunidad a través del horror compartido ante el extraño y el diferente».

Hoy constituye (¡basta mirar en derredor!) una de las herramientas más populares de la práctica política. Lo que todavía permanece oscuro —lo que debería desvelarnos— es la razón de su efectividad. En una sociedad que convive con el miedo cotidiano ante un ataque terrorista, la explicación es simple: se trata de sobrevivir y en medio de la paranoia nadie hila fino, más bien se apunta al cliché del villano — que no siempre es el villano real. ¿Pero por qué prende tanto el odio en sociedades que no están expuestas a semejantes peligros? ¿Por qué existen tantos que se dejan ganar por la más nociva de las emociones?

Herman Hesse escribió: «Si usted odia a una persona, está odiando en ella algo que también es parte suya. Lo que no es parte nuestra no nos perturba». Esto que el psicoanálisis define como proyección fue identificado como tal mucho antes de Freud, como lo sugieren estas líneas de El rey Lear (IV, vi 157-60):

 

¡Eh, bribón, detén tu maldita mano!

¿Por qué azotas a esa puta? Desnuda tu propia espalda;

Tu deseo ardiente es usarla del preciso modo

que le valió los latigazos que le das.

 

Yanay sostiene que el odio es una emoción más ambivalente de lo que creemos. «Nadie odia a un individuo o un grupo —dice— con los que no tiene algún tipo de ligazón o proximidad. La falta de conexión produce indiferencia antes que odio». Ese individuo y/o grupo pueden tener algo que queremos negar en nosotros mismos, una compulsión que —como toda negación— nunca arroja resultados saludables. («No se odian las raíces del árbol sin odiar al árbol todo», decía Malcolm X. «Nadie puede odiar al África sin odiarse a sí mismo».) O también es posible que exista la clase de ligazón o proximidad que crea el deseo, por mucho que quiera reprimírselo. (¡Imaginen la reacción de tanto odiador profesional, si se lo enfrentase a la evidencia de que en el fondo ama o envidia aquello mismo que desea destruir!)

En su libro, Yanay cita el ejemplo de Albert Memmi, el escritor y ensayista francés de origen judío-tunecino. Memmi sostiene que la experiencia colonial está marcada por la paradoja del amor/odio. El colonialista trata de no pensar en sus vasallos y dice soñar con esa misma tierra libre de los colonizados, pero al mismo tiempo sabe que, sin ellos, la colonia sería inviable y su dominación dejaría de tener sentido. Por eso debe mantenerlos vivos. Sólo cuando el colonizador se vuelve indiferente («Lo opuesto al amor no es el odio sino la indiferencia», decía Elie Wiesel) se vuelve posible el genocidio o las «soluciones finales» de carácter étnico.

El colonizador o dominante necesita de sus vasallos —jamás lo admitiría, pero es verdad— porque depende de ellos, sería poco o nada sin ellos, perdería identidad si los reconociese como iguales. Por eso, si es astuto y tiene a mano a Yagos como Durán Barba, trabaja para mantenerlos divididos y enfrentados, alimentando el odio de unos contra otros. La prueba palmaria de que es odiodependiente, de que se convirtió en adicto a esa emoción —porque la experimenta también o al menos porque, maquiavélicamente, sabe que necesita dealearla— radica en el hecho de que nadie está en mejores condiciones que él para acabar con el resentimiento malsano. Por eso Yanay recurre al ejemplo de Anwar el-Sadat y su anuncio público de que estaba dispuesto a visitar Jerusalén. El mandatario egipcio corrió el riesgo de que Menachem Begin lo desairase y quedar pedaleando en el aire; se expuso a una potencial humillación pública. Pero Begin comprendió la astucia de su adversario y, lejos de rechazarlo, le extendió una invitación formal en el ’77. Y así, durante un breve tiempo, Medio Oriente apostó a una paz duradera basada en la justicia.

Para que un odio político sea aplacado con posibilidades de ser extinguido, quien debe dar el ejemplo no es el que está en inferioridad de condiciones o el que tiene poco y nada que perder, sino —esta sería la prueba de que realmente está por la paz y la democracia— quien tiene el poder mayor, las cartas de ganar y es mano en el turno del juego.

Si no lo hace es porque, aunque lo condene de la boca para afuera, está enrolado en el bando del odio.

 

Los trolls sólo quieren divertirse

Lo grave es que nos tocó en suerte una época en la que odiar, así como mentir, es más fácil que nunca. Hay gente que le debe su subsistencia a esa práctica cotidiana. ¿O no ganan fortunas ciertos comunicadores, a cambio de atizar el fuego del rencor político?

Las redes sociales permiten, y por ende alientan, el desarrollo del odio anónimo. Cualquiera puede putear, amenazar y difamar a quien odia —o a quien cobra por odiar—, desde un alias o nom de plume, protegido por la impunidad que otorga el anonimato. La tecnología está al servicio del crecimiento exponencial de la capacidad de verter vitriolo. Y la gente lo aprovecha en el mundo entero, consciente de que odiar —vuelvo a Confucio— es mucho más fácil que amar. Algunos creen, incluso, que odiar es cool. Pero no puede serlo, desde que odiar —por el contrario— es hoy mainstream y, por ende, la más vulgar de las emociones.

En 2014, la revista académica Personality and Individual Differences publicó un artículo que se llamaba Los trolls sólo quieren divertirse. Allí describía un estudio realizado por tres psicólogos canadienses, según el cual cuanto más tiempo se pasa metiendo comentarios en internet, más posibilidades hay de que se trate de una personalidad patológica con tendencias sádicas. El 5% de los participantes de la experiencia que anotó trolling entre sus actividades favoritas fue aquel que los tests identificaron como personalidades psicopáticas. (El autor del artículo se permitió bromear al respecto. «Si durante una primera cita usted pregunta al otrx si le gusta comentar anónimamente en las redes y la respuesta es un sí entusiasta, considérelo una luz amarilla».)

Otro estudio, esta vez del neurocientífico de Stanford David Eagleman, escaneó el cerebro de participantes que contemplaban una pantalla donde seis manos eran sujetas a una actividad diversa: a algunas se las acariciaba con algodón y a otras se las pinchaba con una aguja. Cuando los participantes veían la jeringa clavándose en la mano, la zona de sus cerebros vinculada al dolor se encendía. Entonces el experimento fue duplicado, con una modificación: ahora se le agregaba a cada mano una etiqueta que establecía que su dueño era ateo, cristiano, judío o musulmán. Al ver que se pinchaba la mano de aquellos con los que sentían afinidad, el cerebro de cada participante se encendía en las zonas que asociamos con la empatía. Cuando se trataba de aquellos con los que no había afinidad, la zona empática permanecía muda. Por eso concluye Eagleman: «Todo depende del equipo en que estés».

El problema es que, en los términos más esenciales, el equipo es uno solo porque la humanidad es una sola. Como decía Malcolm X, no se puede odiar una parte del árbol sin odiar al árbol todo; y odiar al árbol todo supone odiarnos a nosotros mismos — una emoción autodestructiva.

 

 

No podemos soslayar el problema del odio político. Debería ser una prioridad: hasta que no encontremos modos efectivos de disolverlo, de licuar su poder, la humanidad estará en riesgo. A los progresistas de EE.UU. les encanta decir que la respuesta al hate speech —el discurso del odio— es more speech, más discurso. Pero lidiamos con gente que no quiere escuchar y efectivamente no escucha, a la manera de los niños que tapan sus oídos y gritan en simultáneo para no registrar un reto. Habría que pensar en acciones, en gestos, porque aunque insistan en no oír, los hijos de la cultura virtual ven constantemente. Y como no podemos hacerles lo que el Estado le hacía al Alex de La naranja mecánica —saturarlos de imágenes violentas hasta generar repulsión—, la única que queda es poner en escena al amor político y social. (Muchos lo están haciendo, tampoco soy ciego. ¡Pero habría que potenciarlo hasta la locura!)

«Una de las razones por las que la gente se aferra a su odio —dijo James Baldwin en The Fire Next Time— es porque sienten que, si se desvanece, deberán lidiar con su dolor». Para ayudar a que lo trasciendan, ¿quién mejor que aquellos que abrazamos la política no para solucionar cuitas personales, sino porque nos ocupamos del bienestar del Otro?

 

‘La naranja mecánica’: atiborrar de imágenes violentas no sensibiliza, insensibiliza.

 

3 Comentarios
  1. alejandro dice

    Muy interesante cuando dice «a una bruja no se le permitirá vivir», para desentrañar la forma en que la mentalidad genocida/eliminadora define -desde fuera- los límites de los grupos (étnicos, políticos, religiosos, culturales) que se considera deben ser eliminados para que la necesaria purificación de la sociedad. En el Medioevo y la Modernidad temprana eran ante todo los grupo político-religiosos considerados como heréticos, por desafiar la ortodoxia cristiana y poner en duda nada menos que la salvación de la comunidad: estos grupos eran entonces considerados inasimilables por la comunidad cristiana, y sólo había un camino posible para la restauración del orden querido por Dios: su destrucción. La mentalidad de los genocidas argentinos, formateada por décadas de interpenetración con los grupos de la extrema derecha católica (integristas, veían al «enemigo subversivo» de una forma similar: en tanto portadores de la herejía del siglo XX, el marxismo (que «minaba las bases de nuestra forma de vida occidental y cristiana», blablabla) eran seres contaminados, inasimilables por la comunidad nacional -entendida ante todo por estos verdaderos cruzados dementes como comunidad religiosa- a la que se quería salvar de la pèrdición eterna a la que la habría arrastrado el triunfo del enemigo ideológico marxista/subversivo. Esta monstruosa, medieval cosmovisión (que se asemeja también a la de los nazis: hay grupos que son asimilables, y otros que no lo son de ninguna manea) ese trasluce una y otra vez en las declaraciones de los cruzados genocidas. Dos de muchísimos ejemplos: Videla (La Prensa, dic. 1977)nos aclara que «la represión es contra una minoría, a quien (sic) no consideramos argentina». es decir, primero la colocamos por fera de la comunidad, y después procedemos a su destrucción. Otra, de Nicolaides, un anima particularmente desagradable: «el individuo que está comprometido con la subversión (entendida, ya lo sabemos, tan amplia y confusamente como se nos ocurra: no está hablando de guerrilleros ni nada remotísimamente parecido; está hablando de purificación) es un delincuente irrecuperable». Es decir, un grupo, una cuasietnia, que no tiene salvación. A tal punto a estos «delincuentes ideológicos» («los más peligrosos», aclaraban una y otra vez) se les negaba el derecho de pertenecer a la comunidad nacional redefinida como comunidad cristiana, que estos católicos fanáticos le negaron a sus enemigos una sepultura cristiana. Porque la comunidad cristiana está compuesta por los vivos (en las calles de la ciudad) y los muertos (en el cementerio localizado DENTRO de la ciudad); y a estos herejes, a estos representantes de la otredad absoluta, inhumana, irredimible, se los condenaba al limbo por toda la eternidad, como a los valdenses, cátaros, patarrinos o husitas medievales, quemados en las hogueras papales.

  2. Liliana Rabinovich dice

    Si, como siempre Marcelo Figueras, muy bueno tu artículo, y a lo que dice mi predecesora, le agregaría que el odio, está muy ligado a ese putamen que es parte del cerebro primitivo del ser humano, así como un bebé cuando empieza a hablar dice mío… O los perritos marcando territorio, se manipula fácilmente al odio a todo el que trate de tocar, cosas y condiciones diferentes como la igualdad en la distribución de bienes materiales o la solidaridad etc, porque ponen en peligro algo tan básico que estimula el capitalismo que es la propiedad privada, y toda su propaganda como la felicidad etc, que pone en peligro esos conceptos tan básicos del cerebro humano, quizás por eso su éxito en estas épocas dónde las derechas están en apogeo.
    Abrazo grande y gracias por tus aportes culturales.

  3. graciela pozzi dice

    Muy buen artículo, tal vez en una próxima entrega se podría asociar el odio y la violencia con el miedo a lo diferente, o mas bien el miedo a lo que se constituye como límite de nuestra subjetividad, el otro como hostis aquel al que el bando nombraba como wargus, al que se podía aniquilar sin cometer delito alguno. Saludos

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