OJOS DE GATO

La música que escuché mientras escribía

 

Como no tengo la coquetería de ocultar mi edad, puedo decir que nos conocimos en 1960. Yo acababa de dejar mi pueblo de la provincia de Buenos Aires para instalarme en la capital y comenzaba a trabajar como periodista. Él había llegado un poco antes de Rosario, tenía varios años más pero no los parecía.

Después de un encuentro de la Agrupación Nuevo Jazz en un teatro de la calle Cangallo donde actuaban y dirigían Onofre Lovero, Alejandra Boero y Pedro Aschini, quienes los lunes cedían el escenario a los músicos, hubo una juntada en un departamento de San Telmo. Bien rapado, de modo que los pelos parecían clavados en su frente, como álamos en una cortina rompevientos, tartamudo hasta la desesperación, era muy tímido y hablaba en voz muy baja, de música, de política (era un comunista desilusionado del partido) o de fútbol, de modo que era el que menos me intimidaba de ese grupo en el cual yo era un sapo de otro pozo.

Esa cofradía musical me admitía porque la primer vez llegué con mi amigo y vecino Santiago Giacobbe, un gran pianista que me enseñó a escuchar jazz. Con su gata Proserpina tendida sobre la tapa del piano vertical, en la casa de Haedo donde vivía con su mamá y su abuela, Titín Giacobbe ponía sus manazas sobre el teclado y me explicaba cómo era la música de Bill Evans y por qué sonaba tan distinta a la de Oscar Peterson. Un año fuimos juntos al mar, en una combi que se rompíó varias veces en la ruta. Nunca vi un hombre tan peludo, pese a lo cual cuando se quedó dormido al sol se puso rojo como un camarón y pasó varios días colgado en un ropero inmóvil como una camisa.

El Gato post Michelle

Poco después los dos se largaron a recorrer el mundo. Al Gato Barbieri volví a verlo en un par de viajes que hizo a Buenos Aires ya convertido en una celebrity, aclamado en Roma y Nueva York y con Michelle, una siciliana que prefería pasar por francesa y que sofisticó a aquel pibe rosarino a la medida de la escena mundial que la calidad de su música merecía. Así fue que le crecieron el pelo, la chalina o el pañuelo al cuello, el sombrero, el relojón y los anteojos de marco gigantesco.  Michelle tenía una hija, Rochelle, que funcionaba como apéndice filial de la pareja. El Gato olía a perfume y no tartamudeaba. Un milagro. A Giacobbe nunca volví a encontrarlo. Me pasaron un teléfono donde dejé un mensaje que nunca supe si recibió. Me temo que uno de los dos se va a cagar muriendo antes de despedirnos, como en cambio pude hacerlo con Sergio Mihanovich, otro de mis desasnadores jazzísticos.

Uno de sus amigos porteños, el poeta Mario Trejo, lo puso en contacto con Bernardo Bertolucci, que le pidió la música para El último tango en París. No sé si es de lo mejor que hizo, pero sí lo más famoso, por las malas razones que María Schneider nunca le perdonó a Marlon Brando, que se tomó la escena en serio.

 

 

 

El mes pasado, el pianista italiano Giovanni Guidi lanzó un disco de homenaje a Leandro Barbieri, con el feliz título que tomé prestado para esta nota. Guidi tiene menos de 40 años y responde así a la enorme influencia que tuvo sobre los músicos italianos el Gato, quien murió hace ya cinco años. Su inspiración fue el disco que el Gato tituló Third World, tercer mundo, de 1969.

 

 

 

 

Pero este álbum no es una remake de aquel. Todos los temas son de Guidi y el conjunto refleja el itinerario del Gato: italianos, como Guidi, el trombonista  Gianluca Petrella y el percusionista Simone Padovani, y los estadounidenses James Brandon Lewis (saxo tenor), Chad Taylor (batería) y Brandon López (contrabajo). Después del álbum tenés un bonus track. La obra incluye homenajes musicales a los pianistas Carla Bley y Dollar Brand (el gran intérprete sudafricano descubierto por Duke Ellington, que luego fue conocido como Abdullah Ibrahim).

 

 

 

Y esta es una entrevista reciente en la que Guidi habla del Gato. En italiano, y con un  entrevistador que se pone muy nervioso cuando Guidi se refiere a los africanos que se ahogan tratando de llegar a las costas italianas y vinculándolo con la mezcla de identidades que dio origen y sentido al jazz.

 

 

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